miércoles, marzo 25, 2009

Ejecutor.

Me ordenaron ir a una ciudad de provincias. Era un lugar frío, perdido en medio de una meseta interminable, a unos mil ochocientos metros de altura. Tres tercios del año estaba inmerso en heladas perpetuas y los restantes no era mejor, el territorio se transformaba en un lodazal donde los mosquitos proliferaban y resultaba imposible salir sin verse acribillado a picotazos.
Los días discurrían de forma inplacable, encerrado en un hotel silencioso y moderno de paredes húmedas y desconchadas, amueblado rígidamente. La orden, como siempre, partió de alguna mente hastiada de vivir sin dejar vivir a su aire a los demás.
Contraté a Illia, me visitaba tres veces por semana, follábamos, pagaba bien sus servicios, aunque apenas me satisfacía. Lo descubrí hace tiempo. Ni siquiera una mujer me hacía sentir más hombre.
La primera vez que lo vi estaba acomodado en la cafetería Svantik, fumaba un puro habano y charlaba animadamente con tres políticos más. Me bastó echar un vistazo para comprender que se trataba de un hombre dispuesto a lo que fuera con tal de prosperar en la vida. En tanto prosperar significara acumular dinero. En tal caso yo también había prosperado, y para ser franco, no sentía que mi logro conllevara felicidad alguna.
Los atardeceres eran largos y aburridos, hacía un frío terrible. Bajo el hotel, junto al río, había un viejo parque. Me agradaba pasear por allí, contemplar a las madres con sus hijos abrigaditos con gorros de piel y bufandas hasta las orejas deslizarse en los toboganes. Presenciaba sus risas, sus gritos de júbilo. Aquello era con mucho lo más próspero que encontraba en mi vida. Las madres me observaban con desconfianza. Procuraba no acercarme y menos entablar conversación.
Alquilé un piso frente a su portal. Por las mañanas, temprano, su chofer iba a buscarlo en su flamante sedan sufragado por el gobierno regional. Los fines de semana salía toda la familia: Él, su mujer y sus tres hijas de apenas siete cinco y cuatro años.
Dejé de llamar a Illia, dejé de ver la televisión e incluso de echar solitarios, y me dediqué a beber; estaba en un entorno demasiado frío para mí, yo, un hombre duro y en apariencia, curtido.

La mañana que tropecé ella me ayudó a levantarme y sentí sus manos tibias, llenas de vida. Percibí a una mujer ingenua y feliz y supe que pese a tener un marido vehemente y codicioso, todavía vivían enamorados. Me preguntó si estaba bien, afirmé sin hablar y soltándome me retiré apresurado y temblando, entré en el piso me serví un güiski cargado y me pregunté qué derecho me daba juzgar a los demás si yo era incluso peor. Acabé con la botella de Chivas.
A la mañana siguiente me desperté vomitando. Eran las seis y media de la madrugada, a las siete estaba junto a la ventana entreabierta con las cortinas veladas y el ojo en la mira telescópica. Se abrió la puerta y el objetivo salió. Sucedieron unos segundos presioné el percutor, a continuación el sonido de aire a presión y el leve siseo del silenciador. Pero el automóvil había arrancado y estaba lejos. No hice blanco. ¿Lo hice de forma deliberada o algo me lo impidió? Por la mirilla del telescópico permanecí observando a unos gorriones con fascinación, aquellas aves diminutas luchaban sin armas ni dinero contra el invierno glacial y los avatares de la vida y tenían éxito, o quizá no, pero jamás se engañaban ni engañaban y menos se asesinaban entre ellas. Por primera vez desafié mi realidad y comprendí en qué se había convertido mi vida. Era un ejecutor y estaba solo. Me encendí un cigarrillo di unas caladas y decidí afrontarlo; me iría. No supe a donde. De pronto lo entendí, el problema no consistía en marcharse sino en cómo. Giré la escopeta, la apoyé contra el suelo. ¿Quedaba güiski? Me pregunté. Eché un vistazo a las frías paredes de la estancia sin amueblar, allí no había nada nunca lo había habido. Puse el cañón bajo mi mentón...

José Fernández del Vallado. Josef. 2009

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