sábado, marzo 28, 2009

Por Treinta Monedas…

I
Nos pusimos en marcha temprano. Tras meses sin vernos pasamos una noche inquieta y apenas cesamos de joder en la tienda anclada sobre la pared. Pero ahora, era preciso continuar...
Liang Xu era bella y salvaje. Yo no podía permanecer mucho tiempo junto a ella sin follar o pelearme. Entre nosotros no existían límites. Quizá por eso el sistema nos buscaba. Habíamos desafiado a lo establecido en un mundo que proclamaba: “Elige libremente lo que desees.” Yo elegí perseverar y por eso ya no era libre. Algo no funcionaba. Todos creían ser libres y en cambio estaban sujetos... vigilados. Todo estaba cercado y lleno de ojos.
Liang era adorable y salvaje. Los mejores instrumentos contra el sistema eran mi cizalla y ella; nadie como ella... Día tras día atravesábamos fronteras, cortábamos cercos y penetrábamos en mundos libres y prohibidos. En eso consistía el capitalismo. Era un mundo libre y prohibido; una paradoja.

II
Millones de habitantes libres “sujetos al sistema” proclamaban que el socialismo había fracasado porque tan sólo permitía aspirar a poseer una bicicleta. En cambio, ahora, podías aspirar a tener cuantas quisieras, claro que como reventaban cada mes debías de comprarte una nueva. La verdad, nunca supe diferenciar qué era mejor, si la eterna bicicleta o las cien mil de papel...
Como tampoco supe entender el afán humano por acumular objetos tantas veces… sin sentido. Nosotros no éramos políticos. Apenas sabíamos lo que eso suponía o significaba; lo habíamos olvidado. Nosotros éramos “rompe cercos.”

III

Me fijé en la complexión de Liang Xu. Durante la escalada ella iba siempre delante. En las paredes no encontrábamos cercos; por eso escalábamos, porque allí éramos libres y únicos. A una gran mayoría de personas no les gustaba sentirse únicas, preferían pertenecer a la multitud. Actuar como multitud, hablar como multitud, vestir como multitud, llorar como multitud, esconderse en la multitud, e incluso reír cuando lo hiciera la multitud... o lo que es lo mismo, la masa.
Nosotros no hablábamos, actuábamos. Liang estiró sus brazos de goma prendiéndose de lo inaprensible. Para poder repetirlo necesitaba fijarme y comprenderlo: asimilarlo... Yo era bueno escalando en cambio ella, genial. Ahí radicaba la diferencia. Quisieron atraparnos en el sistema; su sistema. Nosotros no hablábamos. Tampoco concedíamos entrevistas a programas imbéciles. Descubrieron que filmarnos les salía barato y lo hacían cuando les interesaba. Los helicópteros nos molestaban, por eso huíamos siempre. Durante días o incluso meses nos perdíamos uno del otro. Aquella había sido la última vez, y nos habíamos reencontrado. Liang realizó un giro de noventa grados sobre un saliente a más de trescientos metros del suelo. Había llovido y el mármol estaba resbaladizo; me costaba seguirla. Era la reina del equilibrio.

IV

Antes de vernos me atraparon. Las manos de la masa sobaron mi cuerpo reluciente de sudor y por primera vez en años sentí repugnancia y miedo, lloré y vomité. No quería decírselo. No debía enterarse de que acudí al programa y hablé sobre ella. Les conté que no era como ninguno. Que era puro genio dedicado a su vida en las paredes. Nadie podía amarla y menos follarla excepto yo, porque jamás lo consentiría (lo último omití decirlo).
Me ofrecieron dinero por atraparla y oro. Nunca había visto el oro. Era amarillo y brillaba como mil soles juntos. Me prometieron que si la atrapaba construirían un muro de oro dentro del cual podríamos vivir en libertad. Que ir de rascacielos en rascacielos no estaba bien, que comprendiera el significado de la palabra, prohibido.


V
¿Cómo hacerla descender? Jamás la había visto en el suelo. Sólo yo bajaba. ¿Ella? Se alimentaba de huevos de los nidos que encontraba, o de insectos y de vez en cuando, aceptaba una manzana. ¿Cómo explicar que existía un muro de oro sólo para nosotros? No lo entendería, lo material para ella ni siquiera tenía sentido. En cambio yo... lo descubrí cuando el niño me regaló la moneda y me explicó que con ella podría comprar. Desde entonces entraba a los supermercados con sigilo, nadie se fijaba. Descubrí el pan, la leche en tetrabrik, la mermelada. Se lo llevé todo, no aceptó nada, lo rechazaba dejándolo caer con desprecio, excepto algunas manzanas y huevos.


VI

Descubrí a la mujer pálida y con cabellos rojos en un callejón. Me insinuó que por treinta monedas... No supe qué decir. Estuvimos meses haciéndolo y me enamoré. Por vez primera perdí a Liang, continuó merodeando en las cimas de los edificios más altos y fríos. Allí, abajo, con Dress, me supe arropado, hasta que se marchó y me dejó. Entonces me atraparon.


VII

Ahora, hoy, me cuesta seguirla. Sé que estoy enfermo. Como sé que la he fallado y he dictado su sentencia, a ella, a mi amor. Igual que Dress hizo conmigo. Y la quiero muchísimo. Ella es mi único amor, siempre lo fue. Lo sé. Lo mismo que sé que no existen los sueños con muros de oro. También ahora lo sé. Vivo en un mundo libre en el que está prohibido ser libre y donde la libertad está llena de cercos. Sólo aquí arriba somos libres. Sólo aquí, en el cielo, y cuando echemos a volar...


José Fernández del Vallado. Josef. 2009.



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