domingo, mayo 10, 2009

Nobleza sin Casta.

Carlos Ariza, oficial español de bajo rango, estaba acostumbrado a luchar sin piedad. Su corazón, forjado en el combate, se había transformado en un témpano de hielo.
Acostumbrado a subsistir en un mundo hostil donde la codicia y la mentira prevalecían, se había convertido en un hombre cínico, pero sobre todo práctico e incrédulo. Para empezar no creía en Dios, pero ante el escalofriante dilema de verse despojado de sus bienes, sufrir tormento y perecer en la agonía en la hoguera, prefería mantenerse en silencio.

Aquel amanecer se levantó muy temprano; su misión, asaltar y saquear una ciudad considerada inexpugnable, y en la que resistía una estirpe de indígenas.
Ese día, la aguerrida hueste de españoles, volvió a declarar que en las batallas no recibían otra ayuda que la de Dios y su ingenio – cuando su táctica consistía en enviar una gruesa avanzada de indígenas, para quienes no existía más alternativa que luchar o morir. –
Se enamoró en el fragor de la batalla, nada más verla. Cuando el primer rayo del alba encendió aquellas mejillas prodigiosas, en el instante en que ella le dirigió la mirada más limpia y llena de tenacidad que jamás había vislumbrado.
Recibieron una soberana paliza, y Ariza, uno de los pocos valientes que se expuso en la vanguardia, fue hecho prisionero. Conducido al centro de la ciudad lo amarraron a un tótem, junto a los perros, ya que así iba a ser considerado desde ese momento.

Transcurridos cuatro meses de asedio y tras la muerte de su rey Ch’allqu: El que tiene gran fuerza para arrojar piedras y es habilidoso con la honda, una corte presidida por el príncipe Atiq: vencedor, y la princesa Achikilla: Luna resplandeciente, acudieron a Ariza y le preguntaron qué debían hacer para derrotar a Champiwillka: Hombre montado a caballo enviado de los dioses y su Rayo de Sol.
Indignado con los suyos, que lo habían dejado de lado a su suerte, se revolvió sobre sí y pronunció una frase:
“Permitidme ir a la guerra al frente de vuestros valientes.”
Lo llamaron Chikan: Único y distinto a todos, y le dieron el bastón de mando.
Guiando a las tropas indígenas, profiriendo rugidos de rabia, decorado con pinturas de guerra, hizo frente a los invasores utilizando sus tácticas, hasta derrotarlos y expulsarlos de la región.

Se sucedieron años felices para aquel pueblo de origen incaico y en los que Ariza, ahora Chikan, tan sólo sentía el corazón alegre cuando se reunía en la corte con la princesa Achikilla.
Empezaron a verse y amarse a escondidas, hasta que el príncipe Atiq hermano de Achikilla, ahora rey, sospechando, declaro que en al mes siguiente, mes de Aymoray Quilla: Luna de la cosecha, la princesa Achikilla se uniría al rey Atahualpa II: Pájaro de la fortuna.
Noches antes del evento Achikilla y Chikan huyeron a la guarnición española más cercana.
Al ir siempre enmascarado de indígena sus compañeros no lo habían reconocido y lo daban por muerto, y cuando lo volvieron a ver, lo aclamaron como a un héroe. En cuanto a la princesa todos la consideraron su concubina y la respetaron.
Recibió nuevos títulos y una orden tajante y directa de los reyes de España: Romper la resistencia de Atiq. Apesadumbrado, no tuvo más remedio que ceder pero interpuso una súplica y le fue concedida: Terminada la campaña regresaría al reino de España.
Días antes de partir envió en una carabela a Achikilla, embarazada, con su cohorte de esclavas indígenas, a su pueblo en la sierra de León.
Nada más llegar Achikilla se encontró con una tierra fría, triste y oscura; pero se mantuvo firme. Recibió varias cartas de Ariza, en las cuales se declaraba con ansias de reunirse; no volvió a saber más.

Ariza derrotó a Atiq y días después, cuando le imponía besar la Biblia, un pariente de la princesa Achikilla se arrojó a sus espaldas y mordiéndole con ira en el cuello le desgarró la yugular. Falleció desangrándose, sin cesar de susurrar el nombre de su devoción.
Ella tuvo descendencia, vivió triste y a la espera durante cerca de diez años hasta que se extinguió. El hijo de ambos también llamado Carlos, no fue noble ni soldado; le desposeyeron de sus títulos. En cambio de joven fue un extraordinario pastor de cabras y de mayor se convirtió en ermitaño, retirándose a vivir a una caverna de osos en la Sierra de Salientes, León. En su lugar hoy se encuentra una fuente de aguas milagrosas y termales, llamada “La Fuente de San Carlos de Ariza.”

Si desean visitarla y rezar una oración por favor hagan sus reservas en Viajes Alsa. Pero dudo mucho que la encuentren, no existe.


José Fernández del Vallado. Josef 2009.




Reacciones:

24 libros abiertos :

Post más visto

Otra lista de blogs