domingo, mayo 24, 2009

A veces los sueños...


Una mañana del mes de mayo quedé con Alicia. Caminaba despacio, con tiempo de sobra disfrutaba de los instantes previos a un encuentro que deseaba desde hace mucho tiempo. A mi paso, un sol brillante se filtraba en la espesura de plátanos y chopos que tapizaban el parque.
Al contrario de lo que había pensado no estaba nervioso, sino feliz y seguro de un pormenor: Nuestro amor era recíproco y esperaba regocijarme junto a ella. A veces los sueños se cumplen. Me estaba ocurriendo, y una alegría casi olvidada bullía dentro de mí.
Descubrí su silueta recortarse contra el sol bajo la escultura en la que habíamos quedado. Y eufórico, liberando el aire contenido, la llamé. Allí estaba, rubia y hermosa, con una sonrisa que incitaba al desmayo.
La abracé y no pude contener unas lágrimas recordando lo que había tenido que padecer antes de encontrarla. Sentí su aliento como un vaho cálido en mi cuello, y la suavidad de su piel al acariciarme. Nos besamos sonrientes y acalorados; compramos un refresco, fuimos al desembarcadero y alquilamos una barca. Haciendo aspavientos con gracia se sentó frente a mí y me pidió que la dejara remar. Con lentitud, mientras escuchaba el plácido chapoteo de los remos al rozar la superficie, la embarcación se separó de la orilla. Cautivado por su sonrisa era inmensamente feliz al contemplarla... hasta que su imagen se hizo borrosa, se diluyó, y desapareció ante mis ojos de asombro.

A continuación, procedente del desembarcadero, oí la voz. De entrada no entendí, pero en instantes, comenzó a adquirir sentido y un claro acento familiar; entonces lo supe. Era la voz de Natalia ¡mi mujer! Haciendo equilibrios me incorporé en la embarcación y advertí mi situación. No era primavera sino invierno, y el lago estaba a punto de helarse. Al final del un largo túnel el rostro de Natalia cobró vida.
Me puse a los remos y asustado, alcancé de nuevo la orilla. Sus brazos flexibles me cogieron y me rodearon con cariño. Me besó y me preguntó.
— ¿Has vuelto a verla?
La miré estupefacto. De repente comprendí con preocupación. ¡Lo sabía! Vacilante, contesté.
— Sí...
Me miró a los ojos fijamente, y me dijo.
— Escucha. Ella no existe, es una alucinación.
Dudando, contesté.
— Pero... la veo.
Sonrió, se puso seria, y añadió.
— Lo sé. Pero no es real.
Sacó una pastillero, dentro había unas capsulas, cogió tres y me dijo.
— Debes tomarlas. Y subiendo el tono, insistió con firmeza.
— ¡Todos los días!
Las tomé sin titubear. Creía en Natalia. Sonrió satisfecha, me besó y su imagen se hizo borrosa, se diluyó, y desapareció ante mis ojos de asombro.
Entonces vi con claridad:
El refresco era un tarro de gel, la canoa una bañera, los remos un par de cepillos para restregarme, el embarcadero la tarima de madera sobre la que descansaba y Natalia... mi celadora del psiquiátrico.


José Fernández del Vallado. Josef. 2009 Mayo.



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