viernes, mayo 15, 2009

Por el reverso sencillo.

Salí de excursión por la garganta de la Cabra Montés. Llevaría recorridos dos kilómetros cuando descubrí una brecha que nunca había observado con anterioridad, y que me permitiría ascender a una zona de peñascos que siempre deseé coronar.

La abertura me introdujo en una pequeña covacha en cuyo extremo había una salida. Desde la oquedad divisé un zócalo de granito; para llegar era preciso superar un saliente abombado.
Obsesionado con la tarea empleé más de hora y media en intentarlo y sólo cuando estuve al otro lado, satisfecho sobre la basa de granito, me di cuenta de la trampa natural en la que había caído.
Bajo mis pies se abría una desplome de unos diez o doce metros, a mi izquierda el panorama estaba igualmente vacío, y realizar el mismo recorrido en sentido inverso, según observé, resultaba imposible. Sólo había una salida y a la vez también una trampa sin vuelta; seguir ascendiendo.
Sobre mi cabeza una fina grieta me ofrecía la posibilidad de introducir los dedos y trepar hasta su final siete metros más arriba, donde una roca empotrada entre ambos extremos de la hendidura sería mi único sostén. Superada esa locura, calculé, coronaría.
Preocupado opté por gritar pidiendo auxilio.
Transcurrida una hora larga anochecía y continuaba sin recibir ayuda y por supuesto, sin saber qué hacer. Me armé de valor, encajé mis manos en la fisura y con cuidado, luchando contra el miedo, proseguí la ascensión con una idea fija; alcanzar la roca donde se cerraba el resquicio, superarla y llegar a la cima.
Me di cuenta de repente, lo que había comenzado como una diversión en una zona sin aparente peligro, era ahora una lucha de supervivencia.
Alcancé la roca, me agarré a ella y entonces fui consciente del peligro; era inestable, en cualquier momento podría desprenderse. Sin dudarlo – no tenía otra opción – puse todo mi peso sobre ella, me impulsé hacia arriba y justo cuando progresaba comenzó a ceder. Transcurrieron milésimas angustiosas, volví la mirada tratando de alcanzar la superficie que estaba sobre mí, vi la mano, me solté de la piedra y me aferré a ella con ambos brazos y toda mi fuerza. La mano tiró de mí y me izó sobre la pendiente, luego me liberó.
Terminé de encaramarme con manos y pies los últimos tres metros sobre la roca.

Un setter irlandés de color rojizo descolorido vino a recibirme y moviendo la cola me lamió la cara con regocijo. Hacía años tuve uno igual, pensé. Un tipo delgado y alto estaba a su lado. Me puse de pie, me ofreció un cigarrillo de mi marca preferida. No fumaba desde hacía diecinueve años pero tras superar aquel trance lo acepté y di una calada con gusto. Cansado levanté la mirada y estupefacto descubrí el semblante de mí hermano sonreír a mi lado y supe una cosa. Mi hermano llevaba muerto dieciséis años, y Humberto, el setter que se sentaba a mis pies, más de veinte. Mi tentativa había fracasado.
Él me miró con ironía y una mueca alegre se esbozó en su rostro joven, pasó un brazo sobre mis hombros, y con una voz sosegada, me dijo.
— Vamos. Lo mejor es descender por el reverso sencillo.

Lo siento por la coincidencia casi de fechas entre un fallecimiento y otro, pero así es la vida. En Memoria de mi hermano Pablo, fallecido un 15 de mayo del año de 1993.

José Fernández del Vallado. Josef. Junio. 2008 arreglos Mayo. 2009.



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