viernes, mayo 08, 2009

Abandonado.

La refriega en el desierto fue un desastre. Los beréberes ni siquiera nos hicieron el favor de ejecutarnos; nos abandonaron en las dunas. Caminábamos perdidos, deseando encontrar el recorrido más corto hacia la muerte. Alguno tuvo esperanzas, creo recordar, y murió creyéndose a salvo. Hizo bien. La esperanza es lo último que se pierde.

Tras cinco días de caminar sin sentido, sólo quedaba yo levitando en aquel laberinto de tierra.

Ese atardecer escalé hasta la cima de la montaña más roja y alta y me senté a esperar que viniera.

Vi acercarse a la hiena y no le hice frente, pues descubrí que tenía un aire con “Dula”, mi querida perra mezcla entre dingo y lobo. Como ella, tenía las fauces entreabiertas, babeaba y una lengua rosada y larga le bailaba mientras se acercaba feliz de encontrarme.


Recuerdo que cuidé de las cuatro camadas – ¿o fueron cinco? – que tuvo "Dula" desde la primera vez que la encontré tras parir en una bocana de desagüe. Hacía un calor inclemente aquel verano, como allí. Me armé de valor, me introduje en el tubo y pese a escuchar sus gruñidos de advertencia, la alimenté. Tomó confianza y al segundo día estaba a mi lado y me dejó entrar en el caño y contemplar su preciosa camada de seis cachorros; aún tenían los ojos cerrados.

Al mes corrían por encima de mí y bebían la leche con pan que les di. Los fui entregando a los caminantes que paseaban por aquel camino de montaña y se enamoraban de ellos. Sólo ponía una condición: No abandonarlos jamás. Nada peor que te abandonen y te dejen morir. Ahora lo sabía. Lo curioso es que allí sentía las mismas sensaciones que cuando me perdí en la ciudad. A fin de cuentas, a veces, ambos lugares resultan igual de inhóspitos...


Alargué la mano y la lengua de la fiera me lamió, creo que adivinó mi pensamiento. No me atacó. Se echó a unos metros de mí y aguardó, no tenía prisa.

Estuve susurrándola toda la noche, a veces carcajeaba, creo que le impresionaron mis gracias absurdas.

Algo la asustó al amanecer y se marchó.

De pronto me vi rodeado por hombres de la cruz roja, les emocionaba encontrarme con vida, supongo, pues reían y me ofrecían cantimploras llenas de agua. Yo no sabía si estaba vivo o aquello era un sueño divino, hasta que me bajaron de allí y vi la pesadilla: El regimiento de la legión.

Habían aniquilado a los beréberes me dijeron pletóricos, y además, tenían a un prisionero a mi disposición.

Lo trajeron ante mí y me dijeron que hiciera con él lo que quisiera. El hombre, aterrado, temblaba. No lo pensé dos veces, le concedí la libertad y a continuación me di de baja. Después de lo visto, no pudieron utilizar contra mí su palabra favorita: Cobarde.


Ahora tengo una pensión en un pueblo, entre las dunas del desierto de Marruecos, y no me va mal. Yardut, así se llamaba el prisionero beréber, se vino conmigo y es mi socio y cocinero. Una amistad más fuerte que la vida nos une y estoy seguro que si tuviéramos ocasión de demostrarlo, antes que abandonarnos o dejarnos abandonar, cualquiera daría su vida por la del otro.

José Fernández del Vallado. Josef. Mayo 2009.



Reacciones:

42 libros abiertos :

Post más visto

Otra lista de blogs