martes, septiembre 16, 2008

Transformación

Hacía un fío atroz aquella noche, caminaba tropezando por la calle mientras tiritaba, necesitaba calor. Vi la boca de un cine, desembolsé mis últimos euros y entré. Ella estaba sentada en una butaca de las de delante, sin compañía, igual que yo. Era la primera vez que la encontraba, en cambio yo estaba acostumbrado a encontrarme sin nadie a menudo, hacía tiempo que no tenía noticias del amor. Todas se iban y yo me quedaba esperando a no sé qué. Sudando por la fiebre le pedí permiso para acomodarme a su lado. Me miró de soslayo. De todas formas me senté, necesitaba compañía.

Se proyectaba la película “Las nieves del Kilimanjaro,” basada en el relato de Ernest Heminway. En las fotos que había visto el escritor me recordaba a mi padre en su vejez, con aquella barba gris de Padre Pascua, y una mirada angelical. Viví demasiado tiempo tratando de ser alguien para al final descubrir que ser nadie era lo mejor que me podía pasar, ya no tenía problemas económicos ni de identidad. Lo sentí por el protagonista, morir por una herida infame en un lugar tan fascinante. Siempre me gustó viajar, pero cuando me despidieron del empleo y se me terminaron los ahorros, se acabó la lección de historia, mi historia como ciudadano tipo A y comenzó la de tipo Sub C. Lo bueno de los Sub C es que no necesitamos papeles y si nos ocurre cualquier cosa, como al protagonista del guión, estamos listos, pero no acabamos en una preciosa sabana sino en la horrenda ciudad. Tampoco estamos bien acompañados, las chicas tipo A no buscan chicos Sub C y las chicas Sub C están todas ocupadas buscando chicos tipo A, quienes les pagan las copas y sacan bastante más que yo vendiendo folletines en la esquina de Argüelles.

Sin embargo aquella noche, sin proponérmelo, mi instinto me decía que había dado con una tipo A. Llegué a la conclusión de que todo podía cambiar y ser diferente.
Miré el rostro de la mujer. Se había recostado en la butaca y la luz de la pantalla brillaba sobre su cara de agradables contornos, entonces me di cuenta, tenía un sueño invencible. Se volvió y me miró, de reojo, con un rostro conocido, como el que había descrito para mis lectores en mis fracasados relatos de terror. Pero las chicas que yo imaginaba nunca mostraban esos senos deliciosos ni esas manos hechas para acariciar. Al mirarla y observar sus sugestivas facciones, me pregunté porqué no la había encontrado antes, y sentí que la muerte se me acercaba veloz.
Cuando me vaya -pensé-, tendré todo el tiempo que quiera. Estaba cansado. Demasiado cansado. Aunque tranquilo, tal vez la muerte tomara otro rumbo, probablemente otra calle, iba sola, como yo, marchaba en absoluto silencio por el empedrado.
Me sentí satisfecho de mi suerte, eran tantos los lugares en los que podría haber caído y había ido a parar precisamente junto a ella, la mujer de mis sueños. Toda una vida buscando y de pronto, estaba ahí. Muy cerca y podía oler y soñar su aroma a jazmín. ¿Demasiado tarde quizá?
Sentí el castañeteo de mis dientes, tiritaba. Tenía frío calor y la cabeza me ardía y daba vueltas, pero ahora no me importaba. Me eché de lado sobre la butaca y permanecí mirando su perfil en la penumbra. Sus hombros redondeados, su nariz graciosa y respingona, sus labios carnosos y su barbilla que se inclinaba primero hacía dentro y después hacia fuera formando una ese perfecta. No estaba solo, me sentí satisfecho. La vida no me había concedido mucho y en cambio ahora, todo cambiaba y me hacía este inmenso regalo. Alargué mi brazo y con suavidad puse mi mano sobre la suya, estaba caliente, la acaricié tembloroso. De pronto me miró de frente y lloraba. Me besó con ternura, yo la correspondí, como por ensalmo la fiebre desapareció. Entonces di un gran suspiro, un gran suspiro de alivio. Envolviéndome, escuche la brisa del viento, el trinar de los pájaros, los rumores de la sabana; amanecía, los elefantes barritaban. Estábamos solos; ella y yo. Solos por fin en el África…

José Fernández del Vallado. Josef.sept 2008.



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