lunes, septiembre 29, 2008

Los Grandes espacios de New York.


Los espacios son muy amplios, todo ocupa más espacio, incluso el frío parece distinto, mucho más enérgico y cortante. Y esos espacios sin rellenar, lugares que en mi tierra siempre están ocupados; ya sea por un perro, un viejo, la llanta desinflada de un neumático, o un pedazo de plástico sucio..
Perros grandes, portales grandes, grandes rascacielos, cochazos y calles extensas, de cuatro carriles, frías y abombadas.
Estoy en Harlem. De aquí parten sonrientes algunos de esos chicos excéntricos que van a Irak sin saber por qué lo hacen. Excepto porque de tan grande como es su país el mundo parece quedárseles pequeño. De aquí parten los paquetes de dinero destinado a cubrir guerras inútiles y a curar heridos, que lo fueron, con sus propias armas. Y aquí, sobre una ciudad como ésta, reflejó Orwell en su profético libro “1984” lo que iba a pasar y ahora ya sucede:
El Gran Hermano se hace llamar “George Bush”, necesita mantenerse en guerra permanente e inexorable, mediante cualquier pretexto o mentira... Estamos a las puertas del 2007.
En Brooklyn también hace calor. Hace el calor de la mentira. De la gran mentira americana. EEUU dejó de ser la panacea para los necesitados a fines de los años setenta. Hoy día deja morir a los pobres de Nueva Orleáns y al mundo entero...
Camino por Wall Street y siento el peso de aquellos dólares ilusionantes sobre mi nuca. Ya no son lo que fueron: Dólares salvadores, prometedores, fascinadores… sino corruptos dólares especulantes y traicioneros.
Se habla inglés pero a la vuelta está el chino, se paga en dólares pero el dólar ya no manda y compite con el Euro el Yen y pronto sucumbirá ante el Yuan.
Me embarco en el Ferry que me conduce a la magnífica Estatua de la Libertad, la encuentro agobiada, más encogida de lo normal y con la antorcha apagada. ¿Hay restricciones de energía? ¿Es esta la protagonista de alegres llegadas a la tierra prometida?

Salgo a cenar por la noche. El Empire State reluce iluminado como un viejo mastodonte que se resiste a caer, pero ya nadie lo secunda…
No veo pandillas de jóvenes, ni grupos de gente, ni el menor movimiento en la calle. La ciudad parece muerta y todo el mundo – o las viejas glorias de antaño – circulan en limusinas de vidrios ahumados.
A la mañana siguiente regreso al viejo aeropuerto John Fitzgerald Kennedy. Aunque de majestuoso ya sólo le queda el nombre. Hoy, hasta Paul Newan, el de los ojos azules, se marchó para siempre.
Embarco. Y pese a que lo intento, desde arriba tampoco consigo ver dónde estuvieron las Torres Gemelas...

José Fernández del Vallado. 16 de diciembre de 2006. Retocado sept 2008.


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