lunes, septiembre 01, 2008

En el Oscuro y Viejo Desván.


Había estado todo el invierno agazapado en el oscuro y viejo desván, oteando, listo a que se le presentara el momento idóneo para realizar la captura y salir volando con ella entre sus garras.


No era una persona normal, nada de eso, Laval Lettoner era un monstruo; el característico ser de pesadilla que tantas veces nos pintan las revistas de violencia y luego las películas de terror.
La gente común, a menudo solemos pensar: “¡Uf menos mal! Solo son pesadillas de ficción.” Pero a veces, y tantas veces, por cierto, la realidad supera a la ficción. Aunque quizá nada sea ficción y las leyendas ya no existan más que en nuestros sueños...

Agazapado en aquel oscuro y viejo desván del barrio de Mont Martre, Laval Lettoner llevaba nada menos que quince años de existencia aislado en un estado larvario. Y ahora, de pronto, aquella noche de luna llena, sus sentidos antes embotados, cubiertos bajo una protuberancia que se acababa de desprender, habían despertado a la luz de un nuevo universo de inusitada crudeza. Sus colmillos afilados como finos sables de esgrima, relucían al fulgor de la luna mientras bostezaba y desperezándose, estiraba sus alas largas y cartilaginosas acabadas en sables curvados.
Lentamente, a izquierda y derecha, giraba el cráneo oval, y mientras oteaba hedores provenientes del puerto al norte, del Camposanto de Montparnasse al este, de las fiestas de San Patricio al oeste, rememoraba destellos de un lejano vestigio de humanidad encerrado y casi enterrado en su subconsciente. Conocía, porque su instinto así se lo señalaba, que ese nombre era una parte de su humanidad, lejana en todo caso, pero humanidad. Sus pabellones desarrollados y tan puntiagudos como los de un chacal del desierto, le trajeron murmullos exclusivos de presas apetecibles.

Sus zarpas se desprendieron como estiletes ganchudos, arrancando astillas de vieja madera del desván, y emprendió el sutil planear. Ahora, Lettoner, era una sombra que surcaba los cielos parisinos con maestría, sobrevolando la mítica Torre Eiffel. Dentro de su cerebro, igual que un microchip implantado, una función precisa de navegación le indicaba con exactitud hacia donde dirigirse. Con minuciosidad, seleccionando de entre los demás ruidos molestos, persiguió los jadeos y lamentos del miedo; lejanos, casi sofocados, hasta adentrarse como una exhalación en un oscuro callejón, en la escena misma del estupro, donde tres hombres, por turnos, daban cuenta de una desdichada joven.
Los individuos, ni tan siquiera presintieron a la bestia, la cual, trazando giros y contorsiones, acometió a cada uno de ellos, chupó su sangre y los vació en breves segundos, arrojándolos al Sena como carcasas vacías. Luego, se dirigió a donde yacía la chica; le pareció un buen ejemplar. La recogió, la alzó sin esfuerzo hasta la cornisa de un edificio, y la depositó en la terraza de un desastrado desván. Inclinándose, le inyectó un fluido que la dejó paralizada. A continuación, situándose sobre ella, le insertó su extraño apéndice genital y la penetró. Y en tanto lo ejecutaba, elevando su rostro a la luna, abrió sus mandíbulas y dejó escapar un aullido distorsionado y desgarrador. Su semen, más enérgico que el de los hombres, desplazaría del lugar los demás.

Cuando hubo terminado, sus ojos oblicuos y amarillos, se detuvieron sobre los de la chica. Ella, insensibilizada por el efecto del jugo, mantenía abiertos los suyos, encontrándose con los de la bestia y su aliento pútrido a escasos centímetros de su rostro; por un instante llegó a verlos brillar, mostrando una clara manifestación de arrebato.

De un ágil salto, el ser se apoyó sobre la balconada y desde allí desapareció en la oscuridad de la noche...

Dicen, quienes saben sobre tales temas, que semejante clase de bestia al cabo de dos días de fornicar, agoniza. Así de corta y cruel es la historia de estos seres ¿ultraterrenos, mágicos, o demoníacos? Nadie lo sabe con certeza, pero están ahí, representados con exactitud intachable en las viejas gárgolas de las iglesias y catedrales del gótico y el Renacimiento. ¿O acaso alguien se atreve a suponer que no existen?

José Fernández del Vallado. Josef. 2008.

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