domingo, septiembre 21, 2008

Náyade


Aquella era la tarde más agradable que nunca había disfrutado. Pleno mes de agosto, las cuatro. La piscina comunitaria abandonada, convertida e un manto azul de laxitud y soledad; y yo, reposaba tras mis ocho horas de infierno recluido en el vientre del consultorio, cuando apareció. No me miró o ni siquiera se molestó en verificar si había alguien. Cándidamente subió al trampolín de cuatro metros, extendió ambos brazos hasta formar el porte del Cristo, y saltó.

Su cuerpo, de una belleza sin límites, ejecutó una parábola extraña y se sumergió. Cuando emergió comenzó a bracear de forma extraña; y tan extraña, me di cuenta con asombro. ¡Ni siquiera sabía nadar! Se ahogaba. Salté al agua, la tome por la barbilla, y siguiendo las pautas de salvamento de forma rigurosa la saqué y procedí a hacerle el boca a boca. Tenía unos labios dulces, escurridizos y gruesos, muy sensuales, y sus cabellos pese a estar empapados, seguían conservando sus preciosos bucles pelirrojos. Mi boca se fijó a la suya y sucedió; como si una ventosa nos uniera quedó firmemente adherida. Me di cuenta al tratar de tomar aire; imposible separarme, me ahogaba. Estaba atrapado y lo más extraño, sin fuerzas para gesticular con mis brazos y tratar de liberarme, entonces percibí algo más. Una bocanada de aire cálido y precioso se internó en mi paladar y descendiendo por mi tráquea saludó a mis pulmones con una atmósfera pura y renovada. Tras esa oleada de vida, algo suave y placentero incursionó el interior de mi boca y palpitó lleno de vida, acariciando mi paladar y enroscándose en mi lengua mientras se expresaba en el lenguaje del amor. Me di cuenta, respiraba a través de ella. Ella era mi vida, mi amor; dependía por completo de lo que hiciera. Estaba a su merced. Cerré los ojos y me sentí transportar a un limbo dulce e inexplicable, y pude experimentar chispazos brillantes de millones de neuronas al contactar entre sí. Mis brazos la rodearon, sus senos se arrimaron a mí pecho y durante un lapso de tiempo indeterminado o inexistente, fuimos uno, pues el reloj del tiempo se detuvo, así como el espacio y el lugar, ya que no me hallé en un área determinada, sino sumido en una levitación jubilosa y celestial...

Abrí los ojos. Ella estaba sobre mí. Me observaba con inquietud. Tosí varias veces y pregunté.
- ¿Estás… bien?
Se separó de mí y murmuró.
- Vaya hasta sentido del humor... Y pasó a preguntarme. ¿Te encuentras ya bien?
- Sonreí y todavía fluctuando en una especie de aureola, le dije.
- Sí, claro. ¡Fenomenal!
Entonces su rostro varió de expresión y añadió.
- Menudo susto me has dado.
- ¿Yo?
- Sí, tú.
- ¿Por qué? Pregunté. Y ella, incómoda, respondió.
- Mira... Si lo que querías era lucirte más vale que no vuelvas a hacer el Cristo. ¡Menudo Cristo acabas de hacer! ¿Estás ya bien, chico?
- Sí, claro. ¿Por qué? Repetí y agregué. Oye... Y a qué tanta pregunta si eras tú quién se estaba ahogando.
- ¿Yo? Inquirió. Dejó escapar una dulce sonrisa y dijo. ¡No! Eras tú. Y ya que estás bien me voy.
Se incorporó, cogió la toalla y comenzó a caminar. Permanecí desconcertado. Juraría que había sido ella...
- ¡Un momento! Exclamé.
- ¿Qué?
- ¿Cómo te llamas?
Me guiñó un ojo y dijo.
- Náyade.
- Gracias Náyade.

Durante la temporada de verano rendido a las sensaciones de aquel día volví más veces a la piscina – justo a la misma hora – con la intención de encontrarme con ella; sin resultado. Vencido por la ansiedad, deseando encontrarla, hice averiguaciones en la comunidad y me enteré de que ninguna mujer con el nombre de Náyade, vivía ni había alquilado un piso en los bloques adyacentes. Confundido y sin pistas renuncié a la búsqueda y supuse se trataba de una avispada que se coló para darse un chapuzón.

El invierno llegó y debido a las obras de reestructuración que se comenzaron a hacer en el viejo edificio de la Comunidad me cambié de piso y de barrio. Durante mis periodos de ocio me volví lector apasionado de la revista “Historia 16” a la que decidí suscribirme. Ocurrió tras obtener los dos primeros números, recibí el correspondiente a Grecia. Casualmente lo abrí en el apartado sobre mitología, y en la primera página me topé con… ¡una foto exacta de ella! Debajo del recuadro ponía: ¡Náyade!: Ninfa: Espíritu femenino de la naturaleza y en concreto del agua dulce, a veces unidos a un lugar u orografía  particular.
Permanecí extasiado durante toda la tarde y el resto de la noche, pensando en llamar a la revista o a los medios de comunicación. Pero después de algo más que un par de wiskys y meditarlo con más parsimonia, decidí que contar mi experiencia y posterior descubrimiento podría hacerme quedar como un imbécil; ¡me tomarían por loco! Preferí guardar silencio. Sería mi secreto; el secreto más sublime y misterioso de mi vida...

José Fernández del Vallado. Josef. Sept. 2008






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