martes, septiembre 09, 2008

Recién Iniciado.




Al alba, al cazador soñoliento, le cuesta abrir los ojos. El cielo, cubierto, presenta un matiz ocre y amortiguado.





La sabana revestida por una extensa manada de antílopes, se agita con la brisa de un lozano y azucarado relente. El hierbazal, pajizo y dorado, arropa su estilizada figura por completo.

Avanza encorvado, contra el viento. Una piel de antílope envuelve su cabeza y espalda. Lleva el cuerpo embadurnado en una intensa secreción de herbívoro; el pectoral señalado con profundas cicatrices, distinciones de guerrero, y el rostro matizado en tonos blancos y azules. Es joven, y marcha en solitario. Recién iniciado, debe permanecer una semana en soledad y cobrar las piezas sin ayuda.

La presa se halla a escasos metros. Es un impala, que confiando en su vigor y agilidad, se ha distanciado del resto y ramonea con aparente osadía. Sus apéndices auditivos no cesan de agitarse a derecha e izquierda y delatan la tensión encubierta.

El estallido de un trueno, seguido por un destello de mágicas y misteriosas ramificaciones de chispeantes hilos en el horizonte, rasga el silencio y provoca que el macho se agite y alce inquieto la cerviz. Ese instante de vacilación y el hombre se eleva, extiende ambos brazos, y formando un arco convexo, arroja la lanza y alcanza al animal en el cuello. El macho arranca, ejecuta dos saltos amplios, y quince metros más adelante, desfallecido, se derrumba estremeciéndose en espasmos de agonía a los pies de una acacia.
El cazador llega hasta la captura, se acuclilla, realiza un corte inciso en la yugular y sediento, comienza a sorber su sangre.

La energía de algo tenso y pesado golpea de forma violenta su espalda y le obliga a constreñirse contra el suelo. Sorprendido, su instinto de supervivencia le obliga a girarse, en tanto antepone su brazo en protección de su rostro. Las mandíbulas del leopardo persiguen el cuello de la presa, y no tienen más remedio que oprimir el brazo izquierdo del hombre, que cruje bajo la presión originada.
Sólo entonces es consciente de la situación. Dispone de una única oportunidad, y décimas de segundo antes de morir. Su mano libre aferra el mango de marfil del cuchillo ligado a su cintura, desenvaina, y en una acción fulminante, lo hunde en la garganta de la fiera. El felino libera su brazo, ejecuta un brinco hacia atrás, y asestando zarpazos al aire, agoniza.

Las nubes se han abierto y los primeros rayos del sol abrillantan y azotan la inmensa llanura. El cazador se alza y otea. Como por arte de magia encuentra que los más de mil antílopes han desaparecido del escenario. Percibir silencio es adivinar peligro. No está solo. El olor a sangre y a muerte es ya demasiado intenso. Pese a utilizar un solo brazo, hendiendo con rapidez, escinde un tajo de carne del impala y sale apresurado del lugar. A sus espaldas, el rugido sordo de la fiera, confirma sus recelos. No se vuelve, ¡corre! Huye sin detenerse y mientras lo hace, escucha el trote pesado de la bestia comiéndole el terreno. Y oye también los latidos desbocados de su corazón. Es evidente; en ese instante siente algo más que miedo: terror. Porque cuando el señor de las bestias deposita sus ojos de miel en una presa, no cesa hasta devorarla. Por otra parte, en la tribu los viejos comentan, que si un Dios león es viejo y más lento que el alma del leopardo, es una mala señal. Pues se acostumbra a cazar presas fáciles que ejecuta de forma indolente. Echándose sobre la víctima, sabedor de que con su peso inmoviliza a un ser débil como el humano, no se molesta en matar antes de comenzar a devorar. Unas veces lo hace por las piernas; otras por los brazos, y si hay suerte, por la cabeza. Todo depende del humor del viejo macho. Y quien ahora lo persigue, no debe de hallarse feliz. Porque Kiwa le ha arrebatado el alma del leopardo. Y a un leopardo sólo tiene derecho a poseerlo un Dios león.

La carrera está perdida y lo sabe. Tropieza con una raíz y agotado cae al suelo, se gira y observa acercarse a la fiera. No morirá lentamente, se dice. Toma el cuchillo, aproxima el filo a su cuello, y en el instante en que se dispone a hacerlo, oye un trueno y las espesas melenas del león acarician sus piernas con mimo.

Asombrado, se incorpora con vacilación y tembloroso, palpa al Dios agonizante. Vuelve la vista y a unos cincuenta metros, descubre a un ser parecido a un gorila con piel blanca. El ser gesticula y articula rugidos incomprensibles mientras, con un trozo de piel de cebra entre sus garras, efectúa movimientos circulares. Agarrotado, el cazador lo observa con asombro y recelo. A continuación se vuelve, estudia atemorizado al Dios león, y lo toca de nuevo. No hay duda. ¡Está muerto! ¿Cómo ha sucedido? El Dios gorila blanco se acerca. Ahora, puede ver claramente el rostro del ser y oye su rugido grave y extraño. Aunque... hay una cosa que no le resulta desconocida. Sus melenas amarillas en el rostro. Las ve con claridad y de repente comprende. No es un gorila, sino un fiero Dios león que lo hechiza para atraparlo. No lo logrará. Con rapidez vuelve a llevarse el cuchillo a la garganta. El Dios blanco león alza las manos, se detiene, y comienza a rugir con ira. Entonces Kiwa está seguro. No se trata de un gorila blanco sino de un león disfrazado que estuvo a punto de engañarlo. Astuto como el chacal y sabio como el viejo mandril, el guerrero se atreve a mirar fijamente a los ojos del león y libera una carcajada. El Dios comprende y enmudece. Baja las zarpas paralizado.

Con un esbozo de sonrisa triunfal en sus labios, Kiwa efectúa un gesto semicircular al degollarse, y desangrándose, cae a los pies del Dios, quien se agacha y alterado, sólo acierta a pronunciar en su extraño idioma:

“¡Livingstone. Doctor Livinstone…!”
José Fernández del Vallado. Josef. Marzo 2007.

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