sábado, septiembre 13, 2008

Mi exposición de los hechos.



Me llamo Karla Bauhaus nací en Dresde, Alemania. Desde pequeña me decanté por las ciencias pues estudié la carrera de Técnico Industrial, por lo que mi especialidad es la electrónica. Soy rubia, mido un metro setenta, tengo unos pechos razonables, un cuerpo que no me quita el sueño, a mí, pero sí a bastantes hombres, y un semblante por lo general despejado y sonriente; bello dicen. Pero yo no lo sé, porque para mi la belleza está en el interior de cada uno de nosotros. Hoy en día trabajo para una empresa muy potente del sector industrial que se llama “Gottwald Port Technology,” constructora de las grúas de puerto de la clase HMK de las cuales soy una de las responsables de mantenimiento.

La historia – mi exposición – o el asunto que quiero dejar impreso en estás páginas comienza cuando la firma cerró un contrato de venta de dos grúas HMK 260. El interesado, se trataba nada menos que del puerto chileno de Antofagasta, nos hizo saber que necesitaba el pedido con máxima urgencia, ya que la labor de carga y descarga en dicho emplazamiento iba a ampliarse en aproximadamente un 30% o más durante los próximos meses estivales de enero y febrero.

El problema estribaba en que los modelos de HMK que precisaban no eran exactamente “dulces bomboncitos” que cupieran en cualquier parte. Las HMK 260 pesaban cada una alrededor de cien toneladas.
Debo reconocer que en principio la cosa nos calentó bastante, pues hasta ahora siempre habíamos trasladado las grúas por piezas. La situación real era que estábamos ya a finales de diciembre, hacía un frío que pelaba, y debíamos encontrar un avión para transportarlas al completo. ¿Pero había un avión que pudiera hacerlo? Una vez averiguamos que la capacidad de los famosos Galaxy americanos era de ciento cincuenta toneladas, supimos que íbamos a necesitar dos aparatos, lo cual encarecía el negocio de forma considerable. Entonces, una mañana, andábamos todos subidos de café por las paredes, y llegó el fax de Ucrania. Existía un avión que podía cargar 250 toneladas y por lo tanto, con ambas grúas a la vez. ¿Qué clase de monstruo era ése? Lo supimos al verlo aterrizar atronando en el aeropuerto de Dusseldorf al día siguiente; se trataba del Taringa! La mole Antonov “Mriya” An 255; el avión más grande del mundo. Con un peso total de cerca de 600 toneladas, impulsado por seis potentes motores Progress con una longitud total de 84 metros (11 más que el A -380). Nos informaron que solo existen operativos dos An 225 en el mundo.

En 24 horas estuvo todo dispuesto. Y como mi jefe es todo un cariño, fue tan amable de encomendarme a mí la responsabilidad de dirigir la operación.

De modo que al día siguiente, temblorosa y emocionada, embarqué en la panza del monstruo junto a nuestros dos juguetitos de cien toneladas cada uno. La pregunta que me hice en los instantes previos al despegue, fue sencilla. ¿Sería capaz de elevarse el pájaro con semejante carga en su interior? No fue necesario que nadie me respondiera, me bastó oír el ruido de sus 36 ruedas al plegarse.

El aparato no era muy cómodo, desde luego no resultaba adecuado para cargar pasajeros ilustres. Me acomodaron en una butaquita justo delante de un cargamento de… ¡camas!, constaté con cierto estupor. ¿Chile importaba camastros? Y no se andaban por las ramas; habría unas doscientas y todas ellas de matrimonio.

Me dispuse a superar un viaje largo y aburrido; comencé a leer una revista de electrónica y montaje (bastante mediocre por cierto) y el sueño no tardó en vencerme…

Sentí una mano sobre mi nuca, oí una voz que murmuraba no sé qué monerías en ruso o ucraniano y comprendí que me había inclinado hacia el lado izquierdo del asiento y debía de estar ladeada. El hombre, con toda su buena intención, solo hacía que recolocarme aunque… de pronto percibí su respiración agitada y noté… sentí, deslizarse sus manos sobre mis pechos. Tuve pavor, lo confieso. No supe qué hacer. De modo que decidí (¿fue una reacción instintiva?) continuar paralizada y con los ojos cerrados o entrecerrados. Había perdido por completo el baremo del tiempo y no tenía idea de qué hora sería ni cuánto tiempo habría estado durmiendo. Sentí impotencia, a la vez rabia y quise morderme la lengua; pero el hombre no se detuvo. Comenzó a masajearme los senos, y por Dios que lo hacía bien. Mis pensamientos se detuvieron en Kroll mi adusto y frío novio bávaro; llevaba saliendo tres años con él y jamás me había dado el santo placer que ahora me proporcionaba aquel “ruso, cosaco, Ucrano” ¡o lo que carajo fuera! No me pude resistir, en realidad me dio igual. Supe que estaba muy caliente, a punto de estallar. Abrí los ojos de golpe y lo besé en su boca con locura. Estaba sin freno. Habían sido años de trabajo en un clima frío y hostil durante horas, días meses, sin recibir nada a cambio. Años ganando dinero sin disfrutarlo, acumulándolo para casarme con… Kroll. Y de pronto, de un mazazo, aquel “ukranoruso” conseguía avivar mis sentimientos adormecidos; se trataba de unas impresiones que abrasaban mi interior y que a fin de cuentas eran mis verdaderos sentimientos. Cuando cesé de besarlo lo miré directamente a la cara. Tenía unos ojos verdes espléndidos. Era moreno, de piel blanca y suave. Me recogió entre sus brazos, me llevó hasta una de aquellas magníficas camas matrimoniales y allí proseguimos durante el resto del viaje…

Él sabía con precisión de cuánto tiempo disponíamos, pues desapareció instantes antes de que aquello se convirtiera en un hormiguero de gente que deambulaba entre el cargamento. Me dejó una foto suya de carné un teléfono y me dijo un par de palabras; aún las recuerdo. ¿A ver cómo eran…? ¡Ya lo tengo!:

¡Dasvidiana liubov!*

* ¡Adiós amor!

Aunque más bien parece que se trató de un hasta luego. En unos instantes mi avión aterriza en Moscú.

José fernández del vallado. josef 2008.



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