jueves, septiembre 04, 2008

La verdadera historia del Quijote...


Nada más cumplir los cuarenta y seis años, a Lucrecio Borgiano, pariente indirecto de los Borgia y meritorio escritor, le abandonó toda la inspiración que había tenido durante los quince años anteriores y se quedó durante seis días pensativo, delante de una hoja en blanco, mirándola con una rara expresión embobada y de preocupación; sin comer, sin cenar, bebiendo de cuando en cuando pequeños sorbos de su botijo de vino, matando las moscas e insectos que se posaban o rondaban el escritorio, rascándose la espalda y la cabeza debido a la urticaria y a los picotazos de las pulgas que sus siete perros, recogidos a sus pies, le habían transmitido. La idea le surgió al séptimo día. Escribiría una Novela de Caballerías, la novela de caballerías de más éxito de todos los tiempos. Dicho y hecho, dio comienzo, pero al encontrarse falto de inspiración, tan sólo logró rellenar un indeterminado número de folios con párrafos imprecisos, que se perdían en la total incoherencia de sus vocablos, y de un propio e inexistente guión.

Tras el transcurso de semanas encerrado en su caserío, como no acertaba a continuar la novela, decidió salir a dar un paseo y airearse por el viejo rastrillo de Jàtiva, su ciudad. Llevaba media mañana rondando, cuanto de pronto algo llamó su atención y ensimismado, se detuvo. Ante su mirada desconcertada, sobre el anaquel del puesto de un judío, intercalado entre pesados volúmenes de temática mayormente melindrosa y católica, distinguió un desconocido volumen que despertó su curiosidad; parecía un libro de caballerías. Destacaba por estar escrito en árabe, su autor figuraba en el anverso con el nombre de: “Cide Hamete Benengelí;”el idioma tampoco pasó desapercibido a sus cualidades lingüísticas, lo abrió y comenzó a leer:
“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor...”
Dudó, y no le convenció. Aquel principio le recordaba a algo que había leído o tal vez escrito, pero ¿a qué...? Volvió a depositar el manuscrito sobre el anaquel, se dio la vuelta, comenzó a caminar y mientras paseaba, sintió el desfallecimiento y el pinchazo. Se dio cuenta al instante; el párrafo acababa de insertarse en su mente de forma indeleble, y comprendió. ¡La novela merecía la pena! Rápidamente giró, estaría a unos cincuenta metros. Agitado, abriéndose paso entre la multitud, regresó hasta el humilde puesto y el corazón le palpitó. Un hombre manco, por su aspecto, cristiano, sostenía la obra abierta en su mano mientras... ¿leía? A pesar de su angustiado estado de ánimo, de la forma más discreta posible, se dirigió al desconocido.
- Perdone, ese libro me pertenece.
El hombre alzó la mirada y lo contempló tras sus ojos marrones. Su espesa barba grisácea fluctuó, su boca se abrió dejando entrever una sonrisa irónica. Y respondió.
- ¿De verdad? Y a su vez preguntó. Y entonces ¿de qué forma ha llegado a mí si ya es suyo de antemano?
Lucrecio titubeó y añadió. Bueno, la verdad señor...
- Miguel... Miguel de Cervantes, para servirle. ¿A quién tengo el honor y el placer de conocer?
- A Lucrecio Borgiano, de profesión letrado y la verdad... es que – destapó sus cartas con apremio – me disponía a comprarla de inmediato.
El señor Cervantes cerró el volumen, y mientras acariciaba con la punta de su dedo índice su barba con meticulosidad, permaneció observando con atención durante unos instantes, y preguntó.
- Ya... Y dígame usted, letrado Borgiano ¿cómo calificaría esta obra?
Lucrecio dudó y sin echar las campanas al vuelo, opinó.
- Es sin duda una rareza digna de estudiar por un erudito. Y añadió.
- Como yo.
El señor Cervantes carraspeó y alzando el tono de voz, agregó.
- O... tal vez ¿yo mismo?
Exasperado, Lucrecio Borgiano, moviendo el brazo con agilidad, agarró el libro por una de sus esquinas. Se produjo entonces un acalorado forcejeo que solo finalizó cuando la voz del tendero se interpuso entre los jadeos de ambos.
- ¡Por favor, señores! Van a desgarrar el volumen. Díganme ahora, o llamaré a la guardia. ¿Lo va a adquirir alguno de ustedes?
Dándose cuenta del ridículo, ambos se detuvieron. Recargada de vanidad, sumándose a la algarabía de la mañana, la voz de Lucrecio fue la primera en vocear.
- ¡Está bien, letrado Cervantes! Quédese con el libro. De todas formas, no le servirá de nada.
Dejó escapar una sonrisa burlona y caminando, de forma circunspecta, abandonó el escenario.

Durante días sucesivos a Lucrecio Borgiano le fue imposible pegar ojo, escribir y menos, arrancar de su mente aquel pegadizo párrafo; es más, su deseo habría sido proseguir con la lectura de aquel manuscrito. Pero jamás volvió a saber nada sobre el tal Miguel de Cervantes.

Tres años después la pandemia de la peste se extendió por Europa y Lucrecio, rodeado de perros y pulgas que saltaban de las ratas a sus huéspedes, fue fácil presa de la enfermedad.
Yacía en su camastro cuando, un valiente amigo y doctor que apesadumbrado, presenciaba impotente como su amigo se consumía, con la intención de que se distrajera con algo, le regaló un libro. Se lo entregó asegurando.
- Mire, esto le gustará. Es bueno que aparte su alma de la maldad que corroe su cuerpo.
Afiebrado, y con voz débil, Lucrecio quiso saber.
- ¿De qué se trata?
Y el doctor, con satisfacción, exclamó.
- ¡Es la mejor obra de caballerías que nunca haya escrito nadie en el mundo!
Impresionado, Lucrecio se incorporó en el camastro, abrió el tomo, leyó el nombre que había impreso en el anverso y de repente, profirió una agitada exclamación, y a partir de ese momento ya no pudo cesar de carcajearse y llorar durante toda esa tarde y la noche, hasta que su estado empeoró y agotado, ese mismo amanecer, susurrando la palabra: “Cervantes” con delirio, falleció entre convulsiones...


José Fernández del Vallado. Josef. Septiembre 2008.

Nota:

He escrito este relato basándome – según informa y explica en cada uno de los capítulos de la propia novela el mismo autor – en que el Quijote es obra de: “Cide Hamete Benengeli,” se escribió en árabe, y Cervantes encontró el manuscrito en un rastrillo viejo, lo mandó traducir a no se sabe quién, y fue la traducción lo que se publicó, tampoco se conoce si de forma literal o creativa. Según esta
 habilidosa pirueta literaria metaficcional, el autor parece buscar dar más credibilidad al texto, haciendo creer que don Quijote fue un personaje real y que la historia podría tener décadas de antigüedad. La cuestión es: ¿Qué impulsó a Cervantes a hacerse con aquel manuscrito en dicho rastrillo? Es un misterio...



Technorati Profile
Reacciones:

16 libros abiertos :

Post más visto

Otra lista de blogs