martes, enero 04, 2011

El Placer de Vivir...


Imagen tomada de Internet.

Antes vivía a las afueras, por eso y solo por eso y la soledad, tal vez, creo, me cambié a vivir al centro...
Me llamo Pablo, soy moreno, mido un metro ochenta, tendré unos treinta y ocho tacos, ojos grises y una mirada que a mí me parece bonita, a otros ya no lo sé...
Antes trabajaba, hoy, sobrevivo a diario. ¿Qué es mejor? Desde luego, no tener jefe, ser dueño de uno mismo y no que te tengan cogido por las pelotas...
Me instalé en un viejo sótano lleno de humedades y olores poco o nada recomendables (creo que soy el único que hice todo al revés de los demás) para nadie que no haya vivido antes rodeado de aromas difíciles, o casi imposibles de describir, como a mí me sucedió...

La oía por las noches, y en seguida la reconocí. Era una rata grande; ¡qué digo!, adulta e inteligente, de las que se reconocen fuertes, poderosas, de las que doblegan al gato y ahogan el ladrido del perro en aullidos de pánico. Ella lo sabía; era mi única compañera y más tras el estallido y recrudecimiento de la crisis...
Abandonaban los edificios, huían lejos, escrutándome con miradas de desconfianza y a veces incluso, de conmiseración, pero sobre todo de miedo. La ciudad ya no servía y nadie confiaba en nadie. La sociedad había terminado por descomponerse igual que un estómago en fase crítica de diarrea, y lo malo, no hubo revolución que la salvara, que cambiara o renovara sus marchitas perspectivas.

La involución estaba en marcha...

La rata también lo sabía; la presumía feliz.
Una noche algo me despertó. Era ella, estaba sobre mi estómago y olisqueaba ¿con hambre? Abrí la mochila y le di unos cachos de pan. No me miró con gratitud. ¿Puede existir amistad entre dos especies que conviven dándose la espalda y que se saben inteligentes, por no decir despreciables...?
El cielo estaba siempre gris y los López cada día más agitados. Vivían en el segundo y no se decidían por marcharse. Sólo eran tres. Los padres: Celia y Juan, ya no eran señores, habían perdido ese título. Desde entonces vivían inmersos en la batalla de improperios más digna de aborrecer que haya presenciado. Y su hija Miriam, de unos veinte y pico calculo, que escondían de mis miradas – lo reconozco – muchas veces obscenas, con un miedo razonable y creciente. La razón que los ataba a una tediosa y quizá inútil esclavitud, era el establecimiento. Se hallaba en el bajo. Lo defendían, de día, armados con escopetas de diverso calibre, y por la noche, cerraban con una puerta de cerradura metálica de blindaje; que según creo, se habían agenciado en la sucursal de algún banco.
Los bancos fueron los primeros y últimos en ser asaltados. En sus aledaños se libraron feroces batallas con tiroteos peores que los de la masacre del instituto Columbine, y donde la gente moría por nada. Cuando el valor del dinero dejó de existir millones de humanos se dieron cuenta de lo absurdo de sus vidas y se suicidaron. De modo que ahora, por suerte, éramos menos y más inteligentes o estúpidos y quizá por ello, taimados…

Otra noche algo me despertó, era ella. No, la rata no. La tal Miriam. Había resuelto el problema me dijo al oído con voz desquiciada, sentada a horcajadas sobre mí con el cuchillo empapado en sangre sobre mi cuello, me animó a que lo hiciéramos. Por lo general no me gusta que me impongan pero... llevaba demasiado tiempo soñando, así que lo hice, follé... es decir, estuvimos así hasta el amanecer. Oímos el estruendo eran bombas o... parecía ser... parecía ser... el calor fue en aumento lo mismo que mi clímax. Proferí un alarido de placer y dolor, dolor y placer y supe que lo habían logrado, por lo tanto, la tierra, durante los próximos doscientos millones de años estaría bajo el control de las ratas…

¿Los humanos? Nos auto inmolamos en masa...

José Fernández del Vallado. Josef. Enero 2011.
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