viernes, junio 11, 2010

La Puerta.



Breve resumen de mis impresiones sobre el tema que me preocupa.

Desde el primer día me inspiró desconfianza... La puerta. Si lo hubiera sabido no habría adquirido el caserón. El día que lo visité ni siquiera llegamos hasta su umbral, lo cual me dio que pensar. ¿Sabrían realmente donde se encuentra, o ni siquiera la conocían? Es una puerta de madera de ébano de metro setenta y cinco de alta por uno de ancho que hay en el sótano, la descubrí tras un armario donde se almacena la vajilla utilizada hace años. Ya lo he dicho; se trata de un caserón muy antiguo. No soy capaz de traspasar siquiera el vano y ni tan siquiera la he abierto. El solo hecho de pensar en hacerlo paraliza mis sentidos.

Si supiera que iba a tener que afrontar el misterio no estaría aquí. En cambio estoy de nuevo solo y siempre o a menudo lo estoy. Busco en las sinuosidades de las tinieblas el secreto de la belleza impenetrable. Lo cierto es que adquirí este lugar apartado en un recodo de la sierra para investigar la esencia que tanto atrae a los hombres; que nos atrae como moscas. Investigo en qué radica el sentido entre belleza y monstruosidad y donde están sus parámetros. Pero no encuentro nada, la naturaleza esconde sus apuestas con celo...

Hace noches que sueño pesadillas recurrentes. Me encuentro en un pasillo que, iluminado con luces frías de neón, conduce hacia otra puerta. Me recuerda a la antesala para el descenso a los abismos más profundos. Pienso... ¿por qué tener miedo? ¿Por qué padecerlo cuando me hallo en las tinieblas? ¿Es miedo a lo desconocido? ¿O tal vez a lo que mi instinto reconoce como un verdadero peligro a ser agredido y devorado por algo que no puedo ver?
No existen enemigos del hombre, excepto los que acechan en nuestra mente. Detrás de esa puerta no hay nada, pero... ¿y si lo hubiera?

Haciendo frente a la aprensión, tras la primera semana en el caserón, decido instalar mi escritorio y un camastro delante de la puerta y esperar a ver qué sucede.

La primera noche todo parece normal, excepto yo. No puedo dejar de pensar en la puerta y en lo que habrá detrás de ella. De repente me doy cuenta. Los días apenas existen, las noches son como un sueño en el que todo va fraguándose muy lentamente; el tiempo pasa volando. Me siento circunscrito dentro de otra dimensión paralela a la de la vida. Me siento pero a veces no me encuentro, es como si la materia de la que se constituye mi cuerpo me hubiera abandonado y me esperara al otro lado. Hay algo detrás; lo sé...

Segunda semana.
Por primera vez he escuchado algo... gemidos o lamentos ¿tal vez una triste letanía? No. Eran rasguños, rasguños en la puerta de alguien que intentaba salir. ¿Salir o escapar con desesperación? Me he acercado al pomo pero soy incapaz siquiera de hacerlo ceder, las manos me pesan como garrotes y sudo. ¿Es miedo? De repente me doy cuenta, llevo días sin comer y debo hacerlo. Si no me alimento mi mente me jugará una mala pasada y quiero transcribir todo cuanto ocurra en el proceso de apertura de la cámara, ¿he dicho cámara? No, pero... si es una puerta, claro...

Tercera semana.
Estuve días y noches (ya no sé cuales son los días, no salgo de casa) con el oído pegado a la puerta y pude oír los aullidos. Eran terribles, eran, eran como... gritos inconexos abrumados por el pavor de la impotencia. Entonces y por primera vez comprendí que debo ser valiente, traspasar la puerta y ayudar a quien quiera que sea el que sufra, allí, en ese infierno, tras ella. Pero es una labor difícil mientras sea incapaz de abrir. Lo he intentado, pero mis manos comienzan a sudar y el tirador resbala y escapa a la presión que ejercen sobre él. Me quedo sin fuerzas...

Cuarta semana.
Esta noche por primera vez no pego ojo. Sin duda algo escapa a mis percepciones. ¿Será posible que el hecho suceda en plena noche? Tras cinco horas en vela una noticia nueva e inesperada sucede y me altera de forma inquietante. Se oyen unos chirridos y el tirador de la puerta comienza a girar moviéndose... solo. Pero la puerta no llega a abrirse o... se abre y ante mí surge una figura espectral cubierta de impoluto blanco. Flota en el aire... Se aproxima hasta mí y entonces yo, presa del pánico, estallo y afronto mi miedo. Caigo sobre el espectro, lo derribo y muerdo con salvaje violencia su extraño cuello carnoso y lo desgarro; la sangre comienza a manar. Pero... ¡No! No es sangre y en cambio, se parece tanto. Me incorporo. La puerta está, por primera vez, abierta ante mí. Salgo a un pasillo ¿como el de mi sueño? Iluminado con luces ¡frías, de neón! ¿No hay nadie? Grito aterrado, me encojo, me mezo las sienes con desesperación y entonces, la veo. Avanza hacia mí. ¡Al fin! Es... Es, ¡la personificación de la belleza! Eleva una mano para acariciarme y esa mano, como movida por una fuerza invisible, gira en el aire y esgrime una... ¿¡pistola eléctrica!?

La descarga de cien mil vatios me hace caer al suelo donde me revuelvo presa de terribles convulsiones...
Las alarmas saltan en el edificio. Otros hombres me recogen y me llevan a quirófano donde se me practica una nueva trepanación y un electroshock.

Quinta semana.
De nuevo estoy al otro lado de la puerta. No entiendo qué ha sucedido. Sin duda me quedé profundamente dormido y padecí ¿un sueño extraño? No... No estoy seguro de nada. ¿Y La puerta? Ahí sigue... Cerrada, como siempre. Desde el primer día me inspiró desconfianza...

Instalo mi escritorio y un camastro al otro a lado y me dispongo a averiguar qué sucede...


José Fernández del Vallado. Josef, junio 2010.
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