viernes, junio 04, 2010

Esencia de Almendras Amargas.



Descubrí a Jelena en la página treinta y tres de una revista porno. Nada más verla me subyugó su sublime belleza, sus ojos claros, su sonrisa agradable, su sexo pequeño y misterioso y seguramente, con sabor a almendra. Pensaba que era así porque me gustaba ese sabor entre dulce y áspero que tienen las almendras, y además, como perfume seguramente utilizaría esencia de almendras amargas.
Al principio la tenía en mi casa - iba un poco de furtiva - estaba dentro del armario de mi ropa interior, debajo del forro de plástico, no fuera a ser que mi mujer se diera cuenta de que había contraído compromiso con aquella exótica mujer y se pusiera celosa. Desde luego estaba en ello y sabía que tarde o temprano tendría que hablar con Laura sobre ese tema y los “demás...”
De momento no entendí oportuno hacerlo, creía no estar enamorado, hasta que una mañana reflexioné y me di cuenta; sí, lo estaba...

Ah, y lo más importante. Ella también se enamoró de mí.

Recuerdo con claridad el viaje que hicimos juntos. Tenía que cerrar un trato comercial con una compañía taiwanesa, y por primera vez no me sentí solo, triste, ni falto de sexo. Cada vez que nos reuníamos hacíamos el amor; a ella le gustaba ponerse a horcajadas sobre mí y disfrutábamos. Además, no había problema, tanto Jelena como yo estábamos de acuerdo; no deseábamos tener hijos. Nuestra relación estaba basada en el mutuo respeto y en leernos siempre las cartas de amor que escribíamos; la suya decía:

Hola, me llamo Jelena, tengo dieciocho años, el pelo castaño, ojos azul claro, estatura un metro setenta y seis. Medidas: 95-62-92 cm. Peso: 53Kg. Nací en Alemania: Rheinberg, Renania del norte, Westfalia. Soy contemporánea de Claudia Schiffer, pero yo soy bastante más zorra y calentona que ella. Tengo un piercing en el pecho, otro en la mejilla y un tercero... ¿a que ya sabes dónde? Por cierto me gusta follar, siempre me ha encantado hacerlo con machos en celo como tú. Vamos, no seas vergonzoso. ¿Te gusto verdad? Dime, ¿cómo te gusta más? ¿Por delante? Con las piernas bien abiertas ¿o prefieres por detrás? Sin compromiso, no te sonrojes ¿te excito? ¡A que si! Seguro. Bien guapo, aquí me tienes, ¡soy toda tuya!

Te quiere.

Jelena.

Me fascinaba. Nunca, ¡jamás! me había encontrado con alguien que hablara como ella. Estaba cansado de la hipocresía de la sociedad. La sinceridad había dejado de existir, y ahora todos, incluso los más allegados, hablaban en clave. Por ejemplo para Laura “ir a la peluquería los viernes por la tarde,” significaba encontrarse con el carnicero en una pensión donde echaban un polvo. Peor era el caso de mi director: “Reunión a Puerta Cerrada en el despacho los Miércoles,” significaba que Juanma, el jefe del Departamento Comercial, Luismi, de Contabilidad, y él echarían una timba de Mus. Si por el contrario llamaba a Revisión General, significaba que Martita, su secretaria personal, debía personarse en su despacho y engrasarle sus partes mediante una atenta y efectiva felación. Los demás me importaban un bledo, pero en el fondo lo sentía por Martita, pues tras salir de la sesión la llamaba el subdirector y bajo la sutil amenaza de revelar los trapos sucios a su novio – el honesto Manolo – la animaba a hacerle también una felación.

Peor incluso fue lo de los taiwaneses durante aquel viaje. La noche que recibieron a nuestra delegación, montaron una escandalosa inmoralidad. Nos reunieron en una sala atiborrada de mujeres con ojos oblicuos, rubias, negras, bajas, culonas, delgaditas, – ninguna le llegaba a la suela de los zapatos a Jelena – y los ejecutivos desmadrados, esnifando rayas de coca con champagne, caviar, sushi etc., no faltaba nada o faltaba de todo...

Volvía al hotel hastiado de la vida, la dejaba salir del cajón y me reunía de nuevo con su sinceridad, sus ojos despejados, su sonrisa acentuada y espontánea. La colocaba frente al espejo para que se embelleciera, me desvestía me duchaba y no cesábamos de dialogar un solo instante. Se me hacía duro tener que explicarle la decadencia del mundo. Ella se abrazaba a mí por detrás y podía sentir su aroma a almendras amargas. Me ayudaba a salir de la ducha, llorando desolado por el mundo nauseabundo y podrido en el que me había tocado vivir, sus manos suaves acariciaban mi semblante y secaban mis lágrimas mientras, suavemente, mediante susurros delicados y amorosos, como cloqueos de dulce pajarillo, me canturreaba palabras de arrullo. Me conducía hasta la cama y dejando escapar una sonrisa cristalina, me decía, “date la vuelta.” Yo la miraba y una vez más me quedaba hechizado. Se había arreglado con el vestido de satén verde que compré para ella en Versace, y estaba realmente hermosa, no, desde luego mi vida no merecía otra mujer. Quería que fuera mía para siempre, deseaba o hubiera deseado poder presentarla a mis amigos y explicar a mi mujer que lo sentía y lo que sentía, que me había equivocado de mujer. Podría pasar el resto de mi vida en aquella habitación sin salir y conseguir que nuestra existencia fuera perpetua, como una excelsa eyaculación, eterna y sin fin.

Claro que a veces se ponía un poco revoltosa y cambiaba de página, me la encontraba en la treinta y siete, besándose con su amiga Ulrika, la lesbiana. Luego, en ocasiones, se dejaba joder en la cuarenta y uno por Paúl. Reconozco que aquello me inquietó y molestó al principio, pero comprendí que ella era así y además, al final, siempre volvía a mí; yo era su preferido y me lo hacía saber ofreciéndose una vez más a mí con aquella mirada frívola. Y hacíamos el amor. Oh, ¡por Dios! como lo hacíamos... Si el mundo no tuviera fin podríamos pasar amándonos a perpetuidad...

El primer problema se presentó cuando quise llevarla al teatro chino de Taipei. No estuvo de acuerdo en salir de la habitación, prefirió quedarse con Ulrika, y sobre todo con Paúl. A la mañana siguiente eliminé a Paúl y tres días después acabé con Ulrika, no soportaba los celos. Lo cierto es que descubrí que con ellos hacía cosas que jamás haría conmigo, como permanecer unidos en un mismo plano, uno sobre el otro, tan cerca que llegaban a pegarse y arrancarse la piel; y todo, por amor. Pese a eliminarlos, aquello me hizo sentir francamente mal. Yo la quería y ¡necesitaba encontrarme a su altura! deseaba llegar a ser como ella, pero me resultaba imposible vagar todo el día sin apenas ropa, sobre todo con el frío que hacía en Taipei por aquella época. Ella, en cambio, resultaba así, natural, como Eva en el Paraíso.

Advertí por primera vez el cambio después de una semana y me quedé rígido y casi aterrado observando su rostro durante por lo menos cuatro horas. No lo ignoraba. La reunión para rubricar la alianza comercial era a las once de la mañana, pero aquello era tan grave que me sentí incapaz de asistir. Y así estuvimos, contemplándonos durante horas y Jelena ¡ni siquiera me habló! Se limitó a observarme con una inexpresiva mueca de burla y una sonrisa de desparpajo que no era la que yo conocía y además, su semblante estaba sucio ¡manchado de semen! Por lo cual deduje que mientras yo descansaba – soñándola – ella debía de haber transcurrido la noche fornicando con uno o varios hombres. Registré la habitación sin éxito, hasta que al final me di cuenta, la prueba estaba ante mí. Sólo tuve que abrir la revista en la página cuarenta y seis y mis sospechas quedaron confirmadas. ¡Era ella! Estaba con varios hombres. ¡Era una furcia! Una maldita...
No lo dudé. Enrollé la revista, la metí en una bolsa, bajé al mercadillo de la Plaza Central de Taipei, y como las publicaciones porno occidentales estaban bien cotizadas en dichas latitudes, la cambié por un bolso de piel para Laura.

Después subí al avión y todavía hoy la recuerdo con desconsuelo. A veces pienso en cómo habrá acabado y si realmente habrá acabado. Conociéndola, lo más probable, es que debido a su belleza y sabiduría, continúe conquistando corazones orientales, aunque sobre todo, gracias a su esencia de almendras amargas...


José Fernández del Vallado. Josef. Junio 2010.
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