jueves, agosto 08, 2013

Seis de Agosto Hiroshima.

Fuchio abrió pronto los ojos esa mañana, se asomó al ventanuco, y vio que hacía un día en general soleado. Eran las siete y media y sus arrozales situados a seis kilómetros del centro resplandecían con los primeros rayos del alba. 
Desayunó con calma, mientras meditaba en qué lugar del sembrado había creído ver el día anterior el nido de víboras. Recogió los aperos, besó a su mujer y salió al campo. 
Comenzó a caminar y se detuvo con sigilo, al sorprender picoteando en su parcela a una bandada de grullas de cabeza oscura –aves míticas y adoradas en Asia– pero al parecer no fue lo suficientemente silencioso, ya que apercibidas de su presencia, las aves emprendieron el vuelo de forma sutil y elegante. De todas formas sonrió satisfecho y prosiguió su camino mientras observaba los nuevos brotes de arroz. 

Miró su reloj de bolsillo; las ocho y diez. Volvió su mirada a la izquierda y sobre un montón de rastrojo las descubrió. Desenvainó la guadaña y oyó el murmullo sordo del avión. 
Cubriéndose la frente para protegerse del Sol elevó su mirada y distinguió el aparato. No le prestó atención. ¿Para qué? «¿Acaso merece la pena una civilización que sólo trae disgustos y preocupaciones?» se dijo para sí. Volvió a centrarse en las serpientes y cuando se disponía a descargar el mandoble se hizo de noche. 
Asombrado trató de mirar al firmamento en dirección a la ciudad, algo que hizo al tiempo que atacaba el nido de víboras. Un brillo cegador lo deslumbró, resbaló y cayó. Sintió la quemazón en un brazo, estremecido se incorporó y mientras se apresaba la herida vio la nube ascender, escuchó el fragor de mil truenos retumbar y un violento vendaval lo elevó varios metros de espaldas. 

Aterrizó sentado, chapoteando sobre el arrozal, preso de gran confusión. Aterrado, lo primero que pensó fue que los dioses castigaban la maldad de los hombres. Entonces, por la carretera procedente de Hiroshima, asistió aturdido a un desfile de almas en pena. Seres despellejados del color del carbón, muchos de ellos parcialmente mutilados, musitaban débiles quejidos o ni siquiera hablaban palabra mientras caminaban hacia ningún lugar...
Uno de ellos, renqueante, extendió sus manos llagadas y suplicó. «Por favor... ¿Tienes... agua...?»
Comenzó a llover. Era una lluvia sucia y oscura que olía a calcinado y tiñó el campo y los sembrados de un color negro de muerte… 
Fuchio no pidió ayuda, comprendió que todo era inútil. Aquella mañana el mundo estaba sentenciado...

COMO CASI TODOS LOS AÑOS, RECORDANDO LA ESTUPIDEZ HUMANA Y UNA DE SUS MÁS HORRENDAS MASACRES.


José Fernández del Vallado. Josef.


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Reacciones:

8 libros abiertos :

  1. Dentro de la tristeza has reflejado un bonito escrito del que pudo se la vida de más de un campesino en aquel día.
    Saludos y me alegro de volverte a leer.

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  2. Y cuántas, de estas pequeñas historias se quedaron anónimas y enterradas. Un abrazo.

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  3. Mi querido Josef, me ha gustado mucho tu relato en que has sabido trasladarme a ese instante en que todo esta en calma, mientras por detrás esta a punto de llegar la gran tragedia, llevada de las manos de seres sin corazón que solo buscan ser superiores sin importarles nada ni nadie.
    Muchos besos y un buen fin de semana.

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  4. Lo que más me impacta de esta historia es cómo afectan ciertos acontecimientos que les son ajenos a gente sencilla cuyas preocupaciones pasan a años luz de ganar una guerra o dominar el mundo...
    Muy buen relato!!

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  5. Muito feliz porque está escrevendo novamente.
    É difícil entender tanta maldade.

    Bom domingo!
    Ótima semana!
    ✿·.¸.• Beijinhos do Brasil
    ♪✿°•.¸

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  6. Buscar una respuesta para la aberración humana,y los errores se siguen cometiendo en contra de los más desprotegidos. Querer darle un giro a este mundo maltrecho es una tarea difícil y de todos los días. Tu relato hoy nos refresca de forma importante lo que hoy no debemos olvidar. Un abrazo estimado José.

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