martes, diciembre 09, 2008

Cúspide


Abrió los ojos y lo supo. Sus sueños se habían hecho realidad, estaba en la cúspide, era ¡el mejor.

Tras una puerta blindada una multitud de millón y medio de seres frenéticos, poseídos por un fervor histérico sin límites, se arremolinaban deseando ver aparecer el perfil del mejor de todos los tiempos. Aunque ¿el mejor en qué especialidad? Francamente, en ninguna y en todas a la vez.

A partir de que el suceso diera lugar ya nunca habría nadie equiparable, puesto que todos eran inferiores y su estrella sobresalía con insólito esplendor. Había sido un golpe de mano inconcebible para una civilización en decadencia, en la cual él, el mejor, se había hecho con el monopolio indispensable de la perfección.

No desayunó, puesto que no existe desayuno capaz de saciar perfección con exacta perfección. No orinó, puesto que evacuar o excretar resultan prácticas anacrónicas y a años luz de cualquier perfección. No se duchó afeitó ni arregló, pues un cuerpo perfecto genera células en el organismo por sí mismas, y la purificación de por sí se convierte en innata.

Tampoco le hizo falta volverse de espaldas a la entrada para diferenciar con nitidez, entre millones, la voz de su manager – desde ese preciso instante ya – su ex manager. Le invitaba a que saliera al balcón y expresara un comunicado de aliento y paz a la humanidad.

El hombre que hasta un día antes se había llamado Carlos Lázaro Proud, renunció a su nombre. Pues ¿puede acaso encarnarse bajo nombre alguno la suma perfección? Miró a donde debería estar el balcón y supo que nunca había existido dicho emplazamiento, puesto que la excelencia no necesita sustentos materiales a los que encaramarse. A continuación extendió ambos brazos, pero de su boca no surgió una sola palabra, pues la perfección tampoco precisa expresarse para comprender y dar a entender cuales son los designios de la humanidad, y lo que la misma requiere, o no.

Se volvió levitando, y lágrimas cristalinas de simetría inigualable, de una pureza libre de cualquier germen de duda, se deslizaron sobre un semblante inmaculado. Y entendió lo que ya entendía.

Lentamente, o tal vez en micro milésimas de segundo, puesto que la excelencia se halla por encima del tiempo, acomodó su voluntad superior sobre la mullida almohada del dormitorio de la impoluta sala donde se hallaba. Entonces las paredes imperfectas se difuminaron, los ángulos se transformaron en rectas infinitas, lo material se hizo inmaterial, sus párpados se cerraron pero su línea visual capaz de atravesarlos, no tuvo que efectuar un solo y vago movimiento más en una vida donde moverse resulta una imperfecta pérdida de tiempo, y donde el tiempo, una y otra vez, se oculta del tiempo.

En segundos, o tal vez se sucedieron milenios, su mente alcanzó un sueño profundo y sublime; tan elevado en su excelencia que ya no le fue necesario despertar durante una eternidad...

Mientras, si acaso hubo un mientras, la humanidad se extinguió. O quizá estuvo sin hallarse nunca del todo presente…


José Fernández del Vallado. Josef. Abril 2007. Arreglos Diciembre 2008.



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