sábado, diciembre 13, 2008

Madrugada; seis en punto: -2º C.

Madrugada; seis en punto: -2º C. Una furgoneta Renault se detiene ante un edificio en construcción. Un operario comienza a descargar sin ayuda hasta veinte sacos de cincuenta kilos cada uno de argamasa. Termina, se detiene un instante, enciende un cigarro, da unas caladas, coge una pala y de un montón grande de arena separa otro más pequeño. A continuación, con un cuchillo, toma un saco de cemento y lo rasga por su parte superior. Lo coge, lo vuelve y lo vacía sobre la tierra. Se detiene un instante, la pala aferrada a las manos, la cara desencajada, suda a borbotones. No abre la boca mientras remueve la mezcla de cemento arena grava y agua; es adulto, peón de albañil experimentado. Al cabo de un rato aparecen cuatro más, saludan y se van a otras áreas de la construcción. Pasadas unas horas, continúa, y la gente comienza a circular por la calle, con prisas, nadie le presta atención. Amasa el cemento que servirá para construir el hogar que cobije a los desempleados en paro, los policías, los estudiantes universitarios, los jubilados, los futuros atracadores, y en los pisos más caros, algún industrial que vivirá del pelotazo y follará con una vedette del porno.

A la una y media finaliza de construir un tabique, se detiene mira el reloj, da un silbido y todos se dirigen a la casa de comidas: “El Pavo Asado.” Piden el menú del día: De primero, huevos fritos con patatas y chorizo, de segundo, chuleta de cerdo con tomate. De postre helado de vainilla, café y copita de brandy, invitación de la casa. Fuman, ríen y hablan sobre partido de la tarde y lo que ganan los del fútbol. A las dos y media ya están de nuevo en faena. A las siete de la tarde Pere, Yayo, Mjemet y Rukas, finalizan; Manolo prosigue hasta las ocho y media, cobra horas extras.
Cuando termina, monta en la furgoneta, sale del centro y se dirige hasta su piso en la localidad de Rivas Vacía Madrid, a diecisiete kilómetros, por una carretera accidentada y de noche.
Llega a su casa a las nueve y media, el partido ha empezado. Abre la nevera que hay en el salón – no cabe en la cocina – coge unas latas de cerveza, malhumorado vocifera a su cónyuge y exige la cena.

Svetlana, su mujer, acaba de volver del taller de costura donde lleva todo el día enfrascada. Trabaja sin contrato, no tiene papeles, es búlgara, a fin de mes recibe lo suficiente para pagar el colegio privado de su hijo Manuel, de seis años. Entre semana, Nadia, su hermana, se ocupa del niño durante la mayor parte del día. Acaba de recoger al hijo y acostarlo, pero con las prisas y el temor a su marido, al preparar la pescadilla rebozada, una gota de aceite estalla y le quema una mano.
Hambriento, Manolo o Manuel, padre, entra en la cocina y sorprende a Svetlana sentada sobre el taburete observándose la quemadura. Furioso, le pregunta.
- ¿Y qué tontá te ha ocurrido ahora?
Sin contestar ella le muestra la ampolla en la mano. Manuel o Manolo libera una carcajada de burla y dice.
- ¿Sólo es eso? ¿Tan floja soi la puta extranjera?
Y prosigue.
- Deso colecciono yo. ¡Mira!
Y le enseña con orgullo sus palmas cubiertas de ampollas. Luego continúa.
- Nunca serás capá de ser una muje como Dio manda ¿verdá?
Le agarra de un brazo, la obliga a levantarse, y le da un par de bofetadas. Luego, declara.
- Vamo. Terminaya de haceme la cena. ¡La quiero ahora mimo!
Y se retira al pequeño salón donde el voceo del comentarista y el clamor de fondo de la multitud martirizan el ambiente.

Svetlana se inclina, apoya los codos sobre el tablero de la cocina, baja la cabeza, y se mesa los cabellos mientras gime. Es jueves, lleva trabajadas más de sesenta horas semanales, los tranquilizantes y ansiolíticos ya no le hacen efecto y por las noches no puede dormir, tiene miedo y una depresión aguda. Tampoco ha ido al médico. No tiene seguridad social y no puede permitirse el lujo de pagarse un médico de cabecera. Desde el salón escucha un eructo y la voz de su marido exige de nuevo:
- ¡Puta! ¿Está lista esa cena o qué?
Y entonces comienza a pensar... ¿o no piensa? Lo realiza de forma mecánica ¿o instintiva? Coge la sartén por el mango y finaliza de elaborar el pescado, deposita el plátano, el yogurt y el vaso de zumo. De forma rápida y nerviosa, su mano se introduce en el bolsillo de sus vaqueros y saca el bote de tranquilizantes, toma cuatro pastillas y las vierte en el vaso; sale de la cocina y se detiene. Embobado por el partido, él alarga una mano y sin siquiera mirar, toma la bandeja con los alimentos. De pronto se gira de reojo, se fija y algo en su mirada se congela. No se mueve y su expresión cambia. Muy bajo, con mucho cuidado, murmura:
¿Eh..? Svetlana ¿Te pasa algo?
Ella tiembla, niega mediante un gesto espasmódico. Él se fija en sus ojos, no los reconoce. No son los de la Svetlana dulce que conoció; ni los de la enamorada que le amó; ni siquiera encuentra rastros de afecto, en cambio cree intuir un desamor profundo, visceral. Tampoco son los de una puta indefensa, sino los de una mujer embargada por el odio, pero sobre todo el miedo y el resentimiento.
Ambos permanecen en silencio, observándose, descubriéndose; distintos y extraños, en el tiempo, en los conceptos y en la vida. ¿Podría haber solución al problema? Tal vez hace algún tiempo; ahora, ya no...
Un rato después Manolo o Manuel balbucea: ¡gol! Profiere un gritito suave y un lejano “Hala Madrid”que apenas se oye surge de sus labios y se pierde en el aire enrarecido de la estancia. Entra en un profundo sopor, no puede ver, no puede oír, atrapado en un sueño inevitable...

Svetlana, lo evita, saca al niño de la cama y lo arropa. Sale a la calle y llama un taxi. Se dirige a la estación de autobuses y con el dinero que ha ido ahorrando, obtiene unos billetes para Bulgaria.

José Fernández del Vallado. Josef 2008.




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