sábado, diciembre 20, 2008

Sobre un Futuro...

Elena iba a hacer quince años, celebraba su cumpleaños a la vez que las fiestas del pueblo, sin saberlo. En realidad nadie estaba al corriente de que aquellas iban a ser las últimas. Todos se afanaban en engalanar el pueblo como mejor sabían. Tejían en telares finas telas que luego serían vestidos de encaje. Cubrían las calles de banderines de colores, encalaban las paredes de las casas, llenaban los balcones de flores y barrían sin descanso el polvo de las aceras. Las campanas de la iglesia repicaban en el campanario, con sus nidos de cigüeñas, alzándose como la construcción más alta del pueblo.

Por las mañanas el valle amanecía espléndido con el río Porma fluyendo limpio y caudaloso, el sol brillaba con fuerza y una brisa fresca, de pureza inusitada, llenaba los pulmones de una comunidad que permanecía en un estado de felicidad inquebrantable. Pese a todo, el pasado invierno el frío había sido intenso, colándose por las rendijas de puertas y ventanas, con heladas que crepitaban bajo las botas de los hombres y dañaban los campos y las sufridas almas de sus habitantes. Lo habían superado. Lo mismo que la sequía del año anterior, cuando el Porma, aún caudaloso, estuvo a punto de secarse. Entonces una plaga de mosquitos hizo imposible disfrutar las horas del atardecer y de la noche. Todo aquello, también pasó.

Después de los discursos del alcalde y demás personalidades, llegó la noche y el baile. La dulzaina, el tamboril, la gaita sanabresa y el rabel permitieron degustar la belleza del folcklore de Castilla y León. Elena conoció a Julio, congeniaron y bailaron durante parte de la noche, la otra parte, hasta muy entrada la madrugada, la pasaron besándose y haciendo planes sobre lo que harían de sus vidas en el pueblo cuando crecieran.
Con las luces del alba ellos y unos cuantos volvían a sus casas cuando escucharon el ronroneo. Dando tumbos por la accidentada carretera surgió la camioneta de la guardia civil. Un número descendió, llevaba unos pasquines enrollados bajo el brazo, se dirigió al tablón del ayuntamiento, saco un martillo, chinchetas, y lo desplegó. Cuando hubo finalizado volvió a entrar en la camioneta y sin mediar un saludo se puso en marcha y abandonó la población. Allí estaban prácticamente quienes componían lo que habría de ser el futuro del pueblo durante los años venideros, el pasquín decía lo siguiente:

Por orden del Ministerio de Obras Públicas y debido al inicio inminente de la construcción del “Exmo Pantano del Porma” se invita a que a partir de mediados de Abril de 1968 la población de Vegamián abandone el pueblo de forma inmediata y con carácter irreversible en el plazo de dos meses. Quien se niegue a obedecer será encarcelado y desposeído de sus bienes.

Ministerio de obras públicas.

Su Excelencia, Generalisimo Francisco Franco.


Hoy en día, cuando el nivel del pantano decrece, la torre del campanario asoma sobre la superficie de las aguas. Si sopla viento, sus viejas campanas oscilan, y mediante un repiqueteo roñoso y desafinado, durante unos instantes, devuelven las voces de los espíritus de antaño...

José Fernández del Vallado. Josef 2008.


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