viernes, diciembre 26, 2008

En abril volvió a brillar el sol.

En abril volvió a brillar el sol. Entraba por las crestas del pico de Abantos, asolando los campos con rayos de un matiz blanco y enérgico. Fue una primavera de calor, reptiles que despertaban y salían de debajo de las rocas y pájaros que volvían a trinar. Yo estaba sentado en la baranda del pantano, observando a una serpiente de agua, inmóvil, sobre la cañería de desagüe de la presa, cuando él se interpuso en mi mirada. Pasó caído, sobre sus huesos de viejo, con la mano apresando la botella, y una sonrisa torcida mostrando un diente de oro. Tenía los ojos marrones, sin pestañas, un pelo desaliñado y ralo, nariz chata, boca de labios agrietados, y la piel del color de las setas de cardo que mi madre cortaba y ponía a freír en aceite con ajos en una sartén. Vestía una chaqueta negra y desgastada, unos pantalones de pana de un tono oscuro, y cubría su cabeza con una boina, también negra. Me ladeé y lo seguí con la vista. Se detuvo más adelante, despachó la botella, sacó una cuerda y sin dejar de canturrear comenzó a hacer un atado de ramas de pino. Estuve allí, observando, hasta que al cabo de una hora se echó los troncos a la espalda y desapareció monte abajo, luego volví a casa. Por el atajo vi el cielo teñirse primero de azul, luego de rojo, después oscuro y en instantes titilaron las estrellas.

Se llamaba Tomás y durante años seguí viéndolo, recorría el pueblo entrando y saliendo de bar en bar. Vendía la madera y las piñas que recogía o bien las cambiaba por vino. No había mujeres en su vida y apenas disponía de vocabulario para darse a entender. Los días de feria los dedicaba a caminar por las calles del pueblo, y a tomar chatos y aceitunas en la barraca que había en la plaza del Ayuntamiento.

El día de la Romería de la Virgen de Gracia volvíamos de la ermita y lo encontramos gimiendo en el camino. Mi madre se acercó a él y le dio de beber de la bota de vino. Tomás sonrió, le hizo un guiño, y se echó a roncar complacido. Luego, en la plaza, la orquesta comenzó a tocar la gente a bailar y entre ellos, con una colilla en las manos, saltaba y reía Tomás. Hasta que alrededor de las doce de la noche llegaron los Martínez Cava. Eran cuatro hermanos que de malos, nada: Peores. Eran aves de rapiña. No comprendían que un payo fuera analfabeto y borracho. Eso estaba reservado a sus eternos enemigos: Los gitanos; y Tomás, todos lo sabían, no se detenía a meditar las diferencias entre un gitano y un payo. Sólo por eso, cuando lo veían, consideraban un deber arrearle, y sin misericordia, le atizaban una paliza. Una vez terminaban, se iban a beber chatos de vino. Aquel día comenzaron igual… no; tan violentamente, que la orquesta cesó de tocar, la gente calló y hubo un instante en que los golpes llegaron a ser tan duros que resonaban como si azotaran a una saca de esparto llena de tierra; y nadie hacía nada.

Tuvo que ser, como casi siempre, mi madre. En una de sus manos cogió la escopeta del guarda forestal que estaba “abandonada” en el puesto de tiro; y en la otra, una botella de cognac. Se acercó a los hermanos y le plantó la boca en los riñones al “Pajuelas”, el mayor y el mas violento. Ninguno dijo nada. Al ver la situación, los otros, se retiraron en silencio. Se inclinó sobre Tomás le puso en los labios la botella y le obligó a beber un par de veces. Reanimado, Tomás liberó una especie de improperios en su idioma particular. Se incorporó, y renqueante, se encaminó rumbo a su choza de piedra y retamas a las afueras del pueblo.

Nadie volvió a verlo más. Dicen que los Martínez Cava acabaron con él cuando lo cierto es que dispusieron de una coartada sublime que los liberó de toda culpa. La guardia Civil los detuvo y mantuvo en el calabozo durante el resto de esa noche.
Además, el cuerpo de Tomás jamás fue encontrado. Después hubo varias tesis. Luján, el pastor ovejero, lo daba en el pueblo de Mata del Bierzo. Mientras que Pedro, el lechero, afirmaba que debió de llegar hasta la misma Sierra de Gredos... La opinión de mi madre era, aparte de la menos enrevesada, la más áspera. Sólo lo dijo una vez, pero todos pudieron oírlo:

“¿Qué dónde está Tomás? ¿Ynecesitáis saberlo de verdad? Está claro. Se fue a donde ningún jodido humano le haga la vida imposible... Y ese lugar jamás podremos encontrarlo...”


José Fernández del Vallado. Josef. Dic. 2008.




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