miércoles, diciembre 17, 2008

Con las primeras luces del Alba.

El Parque brilla con las primeras luces del alba, la escarcha cristaliza sobre la vegetación y transmuta los árboles que me envuelven en un quebradizo palacio de hielo.
He salido fuera, a respirar un poco de aire y a permanecer ¿al lado de ella? Tal vez. Me enciendo un cigarro mientras recuerdo que cuando estábamos en el “Terra” ni siquiera tomamos una copa. Pero para qué si ya no quedaba nada entre nosotros.
Contemplo su rostro violáceo, hace instantes me hacía una felación. No pude soportarlo, se parecía demasiado a Gabriela, incluso en la sonrisa forzada y en las mentiras. Ahora es sincera de verdad, la muerte no es traicionera, sino sincera, cumple su eterna promesa: Terminar con el ciclo. Y para bien o para mal, su ciclo se ha cerrado.

Su cuerpo es delgado, la cara redonda, sus piernas largas y pulidas. Pero lo que más me fascina son sus manos, de dedos finos y delicados. Y qué tipazo. Se ponga lo que se ponga siempre le quedará bien. El pelo es castaño y la nariz un poco chata y cielos, es tan guapa ¡guapísima! Aunque quizá esté demasiado flaca. Quizá no sea mi tipo, me digo mientras trato de consolarme. La dejo. Me voy... Pero de golpe, un impulso irrefrenable embriaga mis sentidos y me obliga a dar media vuelta, y a la carrera, con el corazón palpitando, acudo a verla otra vez. Sigue ahí. Pero ya no sonríe ni habla. Y los pendientes que le regalé hace unos instantes, siguen estando a su lado; sobre la piedra dónde los dejó. Para ella sólo eran... ¡baratijas! Claro, no me quería. Debía detestarme. Y es por eso que me vi obligado a echarle una mano. ¡No! No podía dejarla así: Sola, desprotegida y tan desdichada. Bajo esas tres farolas. Con esas arpías que dicen ser “sus amigas.” ¡Cínicas! Me revientan esas putas. Pero sobre todo no podía permitir que cuando yo ya no esté, cualquier individuo sin escrúpulos, la embauque. Aunque hay algo que todavía no entiendo. Y por más y más vueltas que le doy continúo sin comprender. ¡NO SÉ! cómo a pesar del cariño y calor que les doy, mis regalos, y a que siempre trato de amoldarme a las circunstancias – sean duras o aceptables – por las que atraviesan, acaban todas... odiándome.

Vuelvo al coche. Arranco y pongo música, apago y vuelvo a encenderla. Ha sido una mala noche. Conduzco como una máquina sin rumbo. ¿Hacia dónde? Hacia la nada. Pero... ¿estoy en la nada? Sí, tal vez. Adiós, le digo. Adiós, me contesta su voz desde dentro. Siento las manos entumecidas, mi boca expulsa vaho, conduzco hasta el parking de Vicálvaro. Entro en la estación de cercanías. Recojo el billete que sale de la ranura con gesto ausente y mientras me dirijo al andén, escucho los chirridos metálicos de las compuertas de entrada. Me acomodo tumbado en un banco, me siento viejo y cansado. La entrevista es a las ocho y cuarenta y cinco. Un vaivén brusco y breve, el sonido férreo “traca trak” del arranque. Al otro lado, risas, entrecortadas y tímidas, las primeras del día...

Doce minutos después, me dispongo a descender los peldaños en la estación del Pozo de Vallecas, hay un fogonazo y algo o todo, tiembla con violencia. Trato de agarrarme a los soportes metálicos de la entrada y salen disparados, volando ante mis ojos asombrados. Suceden dos, tal vez tres segundos, poco más; y todo ha terminado. De forma inexplicable, el único o lo único que aún sobrevive en pie a la brutal deflagración, parezco ser yo.
Luego viene el caos. La policía, bomberos, sanitarios y demás voluntarios. Me someten a un chequeo. Y nadie ¡nadie! se explica cómo no presentó un rasguño; es más, es como si no hubiera estado, o como si una fuerza misteriosa y protectora me pusiera a salvo del desastre.

Tengo tiempo y llego a la entrevista. La mujer que me interpela es bonita, permanece atenta y nerviosa a las noticias, y pasa por alto detalles que podrían resultar engorrosos, como el que resalta mi ficha, remarcando que tras cumplir pena de cinco años por robo con estupro, acabo de ser dado de alta en prisión. Pero me he reinsertado.
Minutos después, sin el menor rastro de emoción, acojo una noticia extraordinaria. Recibiré del gobierno una ayuda económica por daños y perjuicios en el terrible atentado terrorista de este jueves, once de marzo, del año dos mil cuatro.

José Fernández del Vallado. Dic josef. 2008.

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