jueves, diciembre 04, 2008

PESADILLAS.


Es difícil precisar cuándo y por qué va a suceder, pero una noche vuelves a tenerlas, las pesadillas regresan. ¿Has cenado mal?: No. Quizá tomaste algo que no te sentó bien: No. Tal vez la película se enquistó en tu cabeza: No hubo, estuviste leyendo el periódico, nada trascendente, los temas políticos de siempre. Entonces esos sueños extraños ¿de dónde proceden? Ni lo mencionas, pero en el fondo lo sabes. De ti, de algún lugar lejano oculto en la trastienda del cerebro. Son tus creaciones, llevan sello propio y alguna vez pueden llegar a convertirse en reales.



Llevaba tres días soñándola cuando la encontré. Estaba en un desfile de modelos de cierto relieve, no era ninguna de ellas, sólo un maniquí. Logré entrar mediante una acreditación falsa de reportero. Estaba en un cuarto trastero. La sacaron, la pusieron un instante junto al Set de la espléndida modelo brasileña Gisele Bündchen y cuando aquélla pasó a su lado me pareció insignificante. ¿Saben cómo es la Bünchen? Se trata de un bellezón rubio que a primera vista impresiona y a segunda desmonta. Pues bien, al lado del maniquí la Bünchen no tenía nada que hacer. No es tonta, se dio cuenta enseguida y con disimulo ordenó que lo incineraran. Pero yo ya la había descubierto y merced a mi sagaz versatilidad me convertí en incinerador. En diez minutos ella; es decir, el maniquí y yo salíamos por la puerta trasera. Me costó meterla en el coche. Tuve que volverle el brazo izquierdo del revés. Aquello debió de doler, no se quejó, era consciente de su situación.

Al cabo de un rato circulábamos tranquilamente por la autopista París – Lyon y comenzó a hablarme, me dijo: “No soy para ti.” La miré con sorpresa y añadió. “Verás tú eres un hombre decente y con trabajo.” No. Estoy en el paro, señalé. Ella se acarició el bucle castaño rojizo del lado izquierdo de su sien y continuó. “Quería decírtelo desde que me metiste en el coche. Yo no soy buena para ti ni para nadie.” La miré durante unos instantes y pregunté. ¿Por qué? Sonrió con nerviosismo y lo dijo sin dificultad. “Porque soy una meretriz.” Ni siquiera miré, solo dije. En resumen eres una puta. Trató de corregir y añadió muy seria: Tan sólo meretriz. Me reí la miré a los ojos marrones y le pregunté. ¿Sabes lo que es una meretriz? Titubeó y dijo: “No.” Proseguí. ¿Conoces su utilidad? “No.” ¿Sabes de qué país son? “No.” ¿Sabes cuántas hay en el mundo? “No.” Te lo diré: ¡Millones! Y corregí. Pero sólo una es un puto y bellísimo maniquí.
“¿Quién?” Tú, por supuesto.
Mientras hablábamos me interné en un camino frondoso y retirado. Detuve el coche. La tomé por la cintura, la abracé y la besé con pasión; le desabroché la faldita plisada y sin mediar palabra la penetré. Nadie se interpondría a mis designios. No protestó y se dejó hacer en silencio, era una puta.
Cuando terminé se había puesto pálida y la nariz le había crecido de forma parecida a la de Pinocho. La miré con asombro y balbuceé un “Qué…” entrecortado. De pronto su mirada era como de cal y se carcajeaba de mí. Dijo: “Te he mentido.” La mire con espanto y le pregunté. Dime la verdad. Dime. ¿Quién eres, qué eres? “Soy una tarántula.” Y se abalanzó sobre mí.

Desperté gritando angustiado, encendí la luz de la lámpara. Sudaba. Salí de la cama, comencé a caminar y de pronto me detuve con terror. Saliendo de debajo del vértice izquierdo del marco del cuadro que había colgado sobre mi cama estaba la tarántula. Pareció advertirme y se detuvo. Salí corriendo a la cocina abrí la alacena y retirando de forma precipitada botes de lejía y detergente, busqué el insecticida mata cucarachas, hormigas, arañas, y demás insectos rastreros. Lo hallé olvidado en un rincón. Cuando volví el monstruo no se había movido de lugar. Temblando, enfoqué en su dirección y disparé. Dio unos pasos y cayó sobre el tomo de Drácula de Bram Stocker que permanecía abierto por la página doscientos diecisiete, aquella en la que se relata como cuando llega el crepúsculo los No muertos pueden salir de la tumba y de sus criptas. Lo cerré y la aplasté sin piedad; cogí el libro y abrí la puerta de acceso al jardín. Hacía una noche de luna llena; salí y lo quemé sobre la hierba. A continuación procedí a extender sus cenizas. Cuando entré de nuevo me di cuenta del fuerte olor a insecticida, entonces volví a abrir la puerta y la dejé unos instantes para que el aire corriera, mientras, me fui a lavar las manos, y me las enjaboné meticulosamente. Cuando volví miré la luna y sentí un escalofrío. Se desencadenó un fugaz vendaval sobrecargado de aromas y tuve la sensación de que algo se introducía flotando en el aire. Asustado, cerré la puerta de golpe, me metí en la cama, me cubrí con las mantas hasta el rostro y me dormí.

Tuve un nuevo sueño. Me encontraba a un niño llorando en una montaña y al preguntarle qué le ocurría me dijo que había olvidado su soldadito de plomo en la cima. Sólo hice que llegar arriba y darme cuenta del percance; había olvidado las botellas de oxígeno. Y sin oxígeno no es posible respirar a diez mil metros de altitud.

No hubo mañana siguiente. Dictaminaron muerte por asfixia e intoxicación. ¿Me excedí en la dosis de insecticida? No, por supuesto, sigo vivo. Cierto, aunque tengo una sensación de encierro desagradable, como si estuviera en el interior de... ¿un féretro? No claro, se trata de una nueva pesadilla... Supongo...


José Fernández del Vallado. Josef. Dic 2008.

Reacciones:

73 libros abiertos :

Post más visto

Otra lista de blogs