viernes, julio 25, 2014

Atrapado en Tánger.

Imagen tomada por el Autor, en Tánger.

Abro los ojos y me encuentro tendido en la habitación. Está en la Casbah de Tánger. Huele a menta y genna, en combinación con un fuerte y predominante aroma a azafrán. 
   Crucé el Estrecho. Llegué hace más de siete días y todavía no he logrado salir del embarazoso laberinto en el que mi mente se ha enmarañado... 
   

    Desesperado, lo primero que se me ocurrió fue internarme en otra civilización, con lo cual me perdí más todavía. ¿Y lo segundo? Lo mismo que a casi todo occidental. Busqué un lugar donde remojar en alcohol ciertos recuerdos y anegar una soledad conectada a mí con la tenacidad de una rémora. Debí perder el sentido, monté un número y me excedí propinando un botellazo en la sien a quien no debía. Si no me rajaron, con probabilidad, se lo deba a la misericordia de un loco. 

   Aparecí aquí, surgió ella y curó mis heridas. Se llama Samira y no es solo hermosa; es una mujer valiente que se desenvuelve a medida en un mundo machista y arrogante. Solo por mostrar el estómago y en ocasiones vestir al modo occidental, es considerada una  Amwach o prostituta. Trabaja por las noches, ejecuta la danza del vientre en un local para turistas. 
   Samira es joven y realista, no sueña como tantos con cruzar el estrecho y sacar partido en occidente. Sabe que Francia, Italia o España, no son los paraísos que se ofrecen al mundo, sino espejismos donde aunque lo difundan, las mujeres tampoco son libres ni los hombres misericordiosos. Ella ama su país, sabe que tiene cosas que jamás podrá encontrar en otra parte, como un buen cuscús, un tallín, una deliciosa taktouka de verduras, o el placer de jugar una partida de parchís en el Fraiche mientras saborea unos cigarros de hachís cualquier deliciosa tarde de invierno con aroma a primavera. 

   Si yo me acosté con Samira fue porque ella quiso, y porque según me reveló me encontraba además de atractivo, deseable. 
   Samira guarda un tesoro, se llama Aneesa y significa: “amigable, buena compañera”, es su hija. Tiene cinco años, es morena con el pelo rizado, ojos negros azabache y unas manos suaves, regordetas y blanditas, con las que mientras su gato Arij ronronea ella amorosamente lo acaricia. 

   Tras los primeros meses, recién restablecido, comencé a darme cuenta de que las cosas no debieron ir bien aquella noche. La primera vez que eché de menos mi tierra e intenté dejar atrás la Casbah, una daga punzó mi estómago y me hizo volver junto a Samira.
   Hubo más intentos, todos finalizaban igual. Me di cuenta cuando organizaron la boda, Samira no era mi premio sino mi obligación, pero aún así la seguí deseando y no me sentí seriamente atrapado. 
   Desde la azotea del bar El Kamalij alcanzo a divisar el puerto, y disfruto viendo llegar los Ferrys, e incluso cuando algunos turistas desorientados se cuelan en nuestra tienda de pasteles de baklawa (elaborados con nueces almíbar, jarabe y miel), converso sobre cómo están las cosas. Me hace gracia cuando ponderan mi excelente acento. Yo, sonriendo, les respondo que no soy más que un humilde prisionero de la Casbah y Alá. Ellos, sin comprender la terrible locuacidad de mi broma, ríen con desconcierto y se despiden. Les voceo que cuando reúna unos dirhams tal vez vaya a visitarlos. Pero ellos —la mayoría— ¿me miran con desconfianza? ¿No les agrada mi barba? ¿No entienden que soy de los suyos? ¿O acaso les molesta que ore plegarias cinco veces al día mirando en dirección a la Meca? ¿Qué hay de malo en ser cristiano converso...? 

   A veces me encuentro algo triste, solo perdura hasta que llego a mi casa. Allí, sentados y recogiditos sobre las escaleras de la entrada, están Aneesa y Arij, juntos como siempre, y reposados. 
   La beso, me acomodo a su lado y mientras acaricio sus rizos musito: “La vida es una eterna sorpresa.” Samira me oye, baja las escaleras, se acurruca entre ambos, y murmura: Insallah...* 

   Insallah:* Si Dios quiere. 
   
   José Fernández del Vallado Josef julio 2014.

 Este relato ha quedado cuarto en el certamen de Relatos de Viaje moleskín.es.

Ante todo quiero dejar claro que, desde mi punto de vista, en cierto sentido los certámenes no son santo de mi devoción; puesto que algunos de e
stos "concursos", en ocasiones están sujetos a manipulaciones interesadas, el lucro de las organizadoras o el enchufismo; y además hay un detalle muy importante, no siempre el que gana suele ser el mejor, pues "sobre gustos no hay nada escrito." Y Como decía, no sé si Chéjov o Dostoievski: "el primer premio es para el recomendado, el segundo para el mejor entre los peores, y el tercero, para el indiscutible vencedor." Yo, he sido cuarto jajaja. Pero para mí el mejor premio ha sido participar, pasármelo bien, y figurar en el libro que se editará en formato digital. 

¡Un fuerte abrazo! Y feliz verano.

Para quienes deseen ver el Fallo del IX Concurso de Relatos de Viaje:
 http://vagamundosmoleskin.wordpress.com/2014/07/21/fallo-ix-concurso-de-relatos-de-viaje-moleskin-2014/
 
Creative Commons License 

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

sábado, julio 12, 2014

La Historia de Luis Amengual

 imagen tomada de Internet


El siete de enero de mil novecientos setenta y siete, Luis Amengual, nada más despertar a una fría y desapacible mañana, percibió una emoción diferente, y supo que en su vida algo estaba empezando a cambiar. 
   Su primera resolución, sobre la que no albergó dudas, iba a radicar en una cuestión: para vivir ya no le iba a ser necesario continuar con su trabajo. 
   Sin hallar explicación a sus, tal vez confusos, aunque en todo caso genuinos sentimientos, vislumbró la razón: su etapa como ser humano carecía por completo de sentido. 

   


   Por contra, legítimas percepciones, le indujeron a un nuevo estado de ánimo, y ese cambio o disposición dio como resultado, que por primera vez en su existencia se sintiera libre de responsabilidades. Por explicarlo de algún modo, dichas sensaciones fueron, si no exactas, al menos en apariencia similares a las que —por citar un ejemplo— experimenta cualquier ser vivo en libertad. Sí, se vio —¿cómo expresarlo?— quizá la única manera de sugerirlo claramente sea decir: “como un animal.” Así fue. En concreto se percibió como un ser salvaje. Una bestia en cierto modo desorientada.    

   De forma compulsiva empezó a rascarse una oreja; algo, por otra parte, normal. Aún así, lo que le resultó inverisímil —por no decir ridículo— fue la forma en que lo hizo: con la palma de la mano extendida y las falanges de los dedos retraídas. Prosiguió desperezándose —proceder habitual y rutinario—. Sin embargo, lo que ahora llamó su atención, fue el hecho de que al estirarse, se dedicara a arañar con vigor la superficie de la mesilla de noche. Aunque lo que le terminó por impresionar, fue su bostezó. Para ser objetivos, si algo causó su inquietud, no fue el bostezo en sí, sino su resonancia. Ya que aparte de destemplada, la encontró fuera de lugar e incluso ¿similar a un rugido? 
   Su sorpresa ya no tuvo límites, y más cuando se dio cuenta de que de manera involuntaria, sin dejar de contorsionar el cuello, una y otra vez oliscaba. ¿Qué avivaba su percepción sensorial con aquella agudeza, y sobre todo, con qué sentido? Solo entonces tuvo plena conciencia: era capaz de husmear con una precisión asombrosa, inigualable en minuciosidad. En ese instante percibió algo: era un efluvio enrarecido que extendiéndose por la habitación saturaba sus papilas y le recordó al pescado rancio. La fetidez lo impregnaba todo. Desde el centro de su habitación hasta los rincones más inaccesibles. Rociaba los anaqueles, contaminaba la cama, el suelo, la nevera, y por extensión la cocina. Amengual no tuvo dudas; era el hedor que predominaba en el lugar donde vivía: un viejo y destartalado ático. Y supo algo más. Aquel matiz pútrido, no era sino el producto de la mugre acumulada durante meses debido a su dejadez y desidia. De todos modos, no le disgustó. Y en el fondo, sin explicarse el porqué, se sintió cómodo. 

   Trató de hacerse una idea sobre qué le estaba sucediendo. En qué género —si es que el dilema era aquel— se estaba transfigurando. Durante un intervalo intentó buscar una causa o razón que lo explicara todo: no la halló. Exhausto por la emoción y el esfuerzo mental que se obligaba a hacer, se preguntó:
  "¿A santo de qué me agobio?” —y continuó diciéndose—. “Si lo que en mi interior deseo es eso: ser una fiera,” --concluyó. "
    Aunque para ser sinceros, lo insinuara sin demasiada convicción. 
    En ese momento sucedió algo. Al descender del camastro lo hizo gateando. Vacilante se detuvo en medio de la habitación y tras unos minutos de incertidumbre, realizó un esfuerzo que lo llevó a ponerse en cuclillas, para finalmente incorporarse. Pues lógicamente aquella era su postura natural. Al mismo tiempo, pensó: 
 “¿Si esto me está sucediendo, tendría qué parecerme a una especie en concreto?” 
    Irrevocable, una respuesta se abrió paso: 
 “¿Por qué y para qué reproducir o imitar lo ya creado?” 
   Por último, de forma casi arrebatada, una conclusión sobresaliente iluminó su razón embriagándola de regocijo. 
 “Él no era una utopía, sino algo real y trascendente. Se trataba —con seguridad— de una novedosa especie evolutiva.” 
    Una sonrisa fatua iluminó su semblante y sin siquiera reconocerlo, por primera vez se consideró imprescindible. Dado que en su recién adquirido estatus, podría tratarse de un organismo insólito, decisivo en la evolución. 
   Desnudo se contempló frente al espejo de la cómoda de su caótica habitación, y en tanto observaba con congoja sus órganos genitales colgar como pingajos, percibió cada vez más solapado a su organismo su lado indómito. 
   Durante un fugaz instante, estimó. 
“¿Y si resulto no ser más que un animal repulsivo y ridículo? ¿Presentando un aspecto tan deplorable podré dar la talla y engendrar con éxito el nuevo y brillante género?” 
   No fue más que una abstracción, que de inmediato cedió paso a un sentimiento que de viril se transmutó en exaltado: 
“¿¡Por qué y para qué ser perfecto!? Si a fin de cuentas es lo que soy: ¡un depredador voraz y despiadado...!  

   El ocho de enero de mil novecientos setenta y siete, Luis Amengual se sacudió tras pasar la noche acurrucado bajo el fregadero. Entró en su habitación y colocándose en una esquina, sencillamente orinó. Esa mañana, según indicaba el recuadro en color rojo que aparecía enmarcando el número ocho de su calendario, era domingo. Amengual sintió por primera vez con apremio, una necesidad: hambre. Decidió que como todo depredador, tendría que capturar presas para alimentarse. Obviamente, lo haría a su manera. Aunque al cabo de unos segundos de meditación, alcanzó una resolución: aún no estaba capacitado para matar, ya que su instinto animal no se había desarrollado íntegramente. De modo que se dirigió a la nevera, y al abrirla encontró el último filete de carne macilenta. 
   Sin dilación comenzó a engullirlo, pero algo no funcionó, o pareció no ser aceptado por su organismo. Ya que aún más rápido y entre arcadas, lo devolvió. 
 “Menudo cretino” —se dijo—. “Me comporto como una alimaña ¡y yo no soy eso! Si no una especie superior!”  
   Con cierto grado de arrogancia ante su clarividencia, dedujo que algunas variedades expulsan la comida antes de ingerirla. Arrodillándose en el suelo, tomó la porción de carne con la boca y la masticó y tragó sin reparo. 

   El nueve de enero debido al vibrato del móvil, se desperezó bruscamente. Furioso se precipitó a cogerlo. Pero cuando quiso hacerlo, se dio cuenta: era incapaz de sostenerlo entre sus manos. De modo que poniéndose en cuclillas sobre la mesilla de noche, mantuvo el equilibrio a duras penas, y con dificultad acercó el oído al auricular. Solo así pudo escuchar la voz de Rosa, la secretaria del despacho donde trabajaba o había colaborado como agente de ventas de una empresa inmobiliaria en su periodo anterior.
   La dulce y serena voz de Rosa, había dejado de serlo. Desafinada le recordó que a esa hora debía asistir a una reunión con unos clientes, los cuales, aguardaban en la sucursal. Amengual quiso disculparse. Aunque al hablar en lugar de palabras, de su garganta brotó un gimoteo desquiciado. Volvió a intentarlo, e inmerso en un nerviosismo palpitante, apenas alcanzó a prodigar un comedido lametón al auricular. Pues Rosa en el fondo le agradaba y ahora no podía concentrarse en otra cosa que no fuera aparearse con ella. 
   Al no recibir respuesta, sulfurada, la voz insistió: 
 “¡Por Dios, Luis! Este no es momento de tomarse las cosas a guasa. Apresúrate. ¡Quiero verte aquí en menos de una hora! De lo contrario ¿lo sabes, no? Aunque no me guste, no tendré más remedio que decírselo a Pedro.” 
 Y colgó. 
   El individuo que atendía por Pedro era —o mejor dicho había sido— su director durante su infame periodo humano. Y ahora, al evocarlo, sus mandíbulas se contrajeron y sin esperarlo profirió un tenue e involuntario gruñido. Desde luego era un ser, aparte de presuntuoso desagradable, pensó. Recibirlo a mordiscos en la yugular sería un placer, y aún más presenciar cómo se desangraba. Y sin pensar, se encontró gorgoteando un amenazador gruñido al auricular. 
   A continuación, lloró de impotencia. Dado que esa mañana se sentía más animal que de costumbre, y no era capaz de pensar más allá de lo impensable; y, además, cuando se dispuso a salir, comprobó que su desconocimiento como animal del uso del picaporte le imposibilitaba abrir la puerta. Negándosele por tanto, la facultad de ser libre. Se plantó con ira junto a la entrada, y pese a ser un humano y atesorar en su interior el conocimiento del manejo de una simple puerta, de forma imperceptible un nuevo estímulo, una seducción animal innata en su intuición, se sobreponía a su perfil humano, hasta el punto de desbaratarlo y someterlo, limitando sus acciones y con ello el huso del raciocinio; y al nublársele de forma parcial la inteligencia, la reacción consecuente ocasionaba que se olvidara del uso del habla, la percepción de la belleza, el análisis de las palabras y su morfología y encadenamiento lógico para componer frases, y tantas cosas más necesarias... 
   Por ello, arañó con furor la superficie de la puerta hasta que las uñas le sangraron, la garganta se le quedó ronca de gimotear, y pese a la creciente sequedad de sus ojos, una lágrima floreció y deslizándose como una caricia por su mejilla, consiguió que turbado se detuviera. Aquella, era una clara evidencia de que su transformación aún estaba incompleta, pensó. 
 Y se preguntó: 
“¿Sería aún posible dar marcha atrás en el proceso?” 
   Se relajó. Se sentía cansado. En realidad estaba extenuado. Se recostó sobre la alfombra del salón, y transcurrió el resto del día dormitando. 

   El diez de enero, debido al apetito y la sed, se despertó muy temprano. Jadeante recorrió la buhardilla hasta la nevera y con desesperanza comprobó que no podía abrirla. Esa mañana percibió con claridad como ambas tendencias: la de animal racional e irracional, rivalizaban entre sí. Pero esa lucha interna, de poco o nada le podría servir si quería obtener los alimentos necesarios para la supervivencia. Claro que, finalmente, obtuvo una recompensa. Dado que la tapadera del urinario había quedado abierta, y pudo beber agua, con el inevitable bouquet a orín. 
   Algo más tarde, se sorprendió ensayando un esbozo de ataque y captura. Acción que llevó a cabo esgrimiendo como blanco el sinfín de revistas pornográficas que durante su época de funcionario, había ido apilando en desorden bajo la mesa camilla. Necesitaba desarrollar sus mandíbulas. Aunque las encías acabaron por resultar vulnerables y comenzaron a sangrar. Después, repartiendo lametones a diestro y siniestro, se encaramó sobre la mesa de la cocina y contrariado, apenas logró relamer diminutas migas de pan. 

   El once de enero recibió otra llamada. Era su jefe. El aguafiestas llamaba para despedirlo personalmente, y de paso, comunicarle que pasara por la oficina a retirar sus efectos personales. 
    Empezó de la siguiente manera: 
 “Señor Don Luis Amengual, debido a su repentina falta de ética, y teniendo en cuenta su actitud rebelde y de desidia ¡queda despedido! Ah, y por cierto. Váyase olvidando de recibir un céntimo del finiquito. ¡Me oye...! ¿Presta atención...? —y todavía se atrevió a añadir—. Cómo sabe, fue lo acordado en el precontrato que usted mismo rubricó de su puño y letra. ¡Conteste por favor! Sé que está ahí... Vamos, sea razonable y maduro. Yo sé que cuando se lo propone, sabe hacer su trabajo. Demuéstreme que estoy equivocado. ¿O no lo estoy? De acuerdo. Como quiera. Si así lo prefiere, allá usted...” 
  Y colgó. 
   Mientras aullaba inquieto sobre el auricular Amengual terminó por orinarse. 
 “El jefe. ¡Era un miserable! ¡Llevaría el caso a magistratura y entonces se vería quien era más listo!” 
       Seguidamente olvidó sus sentimientos humanos. En realidad lo olvidó todo. 
    Más tarde evacuó en un rincón. Luego dio una vuelta por la cocina olisqueando rastros que le guiaran hasta inadvertidos restos de pitanza. No tuvo éxito. Hasta que la oportunidad le brindó una pieza inesperada: una reluciente cucaracha, que tras una breve persecución logró capturar y devoró con ansiedad. 

    El doce de enero alguien llamó por el contestador. Amengual puso con torpeza su “mano o pata” sobre el interruptor del telefonillo y escuchó la voz de Rosa. Guardó silencio. Puesto que de repente y por primera vez se sintió avergonzado. Al menos en lo tocante a ese aspecto, su lado humano continuaba intacto. 
 “¡Luis, Luis! ¿Estás ahí? Contesta, di algo. ¡Soy yo, Rosa! Sabes... Te echo de menos. Y además... Pedro. ¡El cerdo! Ahora que no estás ¡se propasa! Y... y... el otro día me quiso... ¡Figúrate Luis...! ¿Luis...? Cliiik...” 
 Y se interrumpió. 
   Después de oír aquello un lloriqueo quejumbroso afloró de la garganta de Amengual... 
   
   El trece de enero se despertó tiritando y supo que tenía fiebre. Pues al palparse la nariz comprobó que estaba reseca y caliente. Cabía la posibilidad de que las cucarachas de las que se alimentaba no le sentaran bien. Decidió no comer más. Para purgarse apuró las hojas del macetero de geranios, lo que tampoco mejoró su apariencia. 

   El catorce transcurrió la primera semana desde que tuvo lugar la transformación, y cada vez se encontraba peor. De improviso, alguien, tras llamar varias veces, al no recibir contestación deslizó un sobre bajo la puerta. Debatiéndose entre mordiscos y frenéticos gruñidos, consiguió rasgarlo y comprendió lo esencial. Era Rosa. Le declaraba su amor. Y asimismo, como prueba de afecto, esperaba verlo en el Café Central a las cinco de la tarde. De no presentarse, sabría que él no sentía lo mismo. 
   Se desquició. Requería con urgencia que alguien le abriera para salir, comer y vivir una nueva vida; tal vez con Rosa. Angustiado se recostó en un ángulo habitación y hasta bien entrada la noche, se dedicó a mordiscar el yeso de la pared. Cuando la luna salió y se dejó ver al otro lado del vidrio rallado del ventanuco del ático, aulló unas horas demostrando su profunda tristeza. La casa era antigua, las paredes gruesas, y el único vecino que había tenido: un viejo infeliz y solitario, había muerto el mes anterior. Por lo tanto, nadie pudo oírle. 

    El quince de enero cazó al vuelo un par de moscas... 
   El dieciséis se despertó babeando. Luego se tranquilizó a sí mismo porque pensó que si lograba llegar a fin de mes, tal vez la casera cuando fuera a cobrar, al no recibir respuesta, abriría con la llave maestra librándolo de la prisión en que se había transformado aquel ático. 
   En suma pasó el día tratando de encender el televisor, pues se sentía más humano que de costumbre. Aún así no conseguía dar marcha atrás en el proceso, y menos cuando por fin lo encendió. La desordenada fanfarria de ruidos y colores que aparecieron en la pantalla, apenas significaron nada. 

   El diecisiete despertó sintiendo una engorrosa picazón. Sin dejarse de rascar y mordiscar con desasosiego, comprendió que eran pulgas. Se preguntó por donde habrían entrado. 
    El dieciocho —¡por fin dieciocho!— alguien estuvo forcejeando ante la puerta. Al final se marchó. ¿Volvería...? 
   El diecinueve. Un día más... 
   El veinte ¡Nadie...! 

   Al amanecer del día veintinueve, Luis Amengual no tenía fuerzas para moverse. Con sus cuatro “patas extremidades o protuberancias” extendidas, incapaz de emitir un quejido, permanecía sobre el parqué. 
    Llamaron a la puerta. Estuvieron haciéndolo durante algún tiempo. Luego, empezaron a gritar y a golpear. 
    Cuando la puerta cedió ante el empuje de los bomberos, Luis Amengual expiraba.
   Mientras retiraban su cuerpo, impresionado, un muchacho exclamó. 
 “¡Dios mío que hedor! Parece el cubil de una jauría de... fieras.” 
 “¿Lobos...?” 
    Le inquirió un compañero mirándolo con un rictus afligido. 
 “No, peor aún... Mucho peor. Quizá una especie de...” 
   Los demás, hombres curtidos, insensibles al desaliento, observaron en silencio. 

       José Fernández del Vallado. Josef. Julio 2014.

 

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