lunes, octubre 05, 2009

Cosas que no deben hacerse a la ligera.




Me convencieron el día anterior. La ascensión estaba tirada, me aseguró un hombre con labia y cara de saberlo todo. Le creí. Pagué por adelantado.

Me despedí de M con un “hasta luego” y a las siete de la mañana estaba ante un grupo de rostros nerviosos y desconcertados.
Nos dieron a todos lo mismo: Un forro polar, guantes, unas gruesas botas, pantalones impermeables, piolet, crampones. Llevaba también unas gafas, un gorro y una mochila con dos sándwiches, chocolate, un par de plátanos y dos naranjas. Preguntaron si alguno estaba afectado del corazón, hubo un problema con alguien, tardó en resolverse un par de horas de inútil espera. Al final excluyeron al hombre que, empeñado en subir y también en morir de un paro cardiaco, no cesaba de quejarse y protestar.

Nos pusimos en camino y me di cuenta enseguida; me molestaba todo. Hacía un día soleado pero traicionero; un viento cálido y racheado barría las alturas y se transformaba en glacial. Las botas pesaban un quintal, los guantes eran demasiado calientes, los crampones dolían en la espalda y la mochila era incómoda.
Comencé a subir y comprobé que caminando entre lava descompuesta no me desenvolvía tan mal; es más, en una hora mi cuerpo había entrado en calor y me sentía más animado. Nos deteníamos a veces y comprobábamos como un mar de nubes comenzaba a formarse a nuestros pies.

Tras marchar durante un tiempo indeterminado empecé a darme cuenta; la cosa no iba a ser tan sencilla. De vez en cuando nos cruzábamos con gente a la que bajaban resollando, con el rostro desencajado, la mirada perdida y el tobillo torcido o una pierna rota.
Me dije a mí mismo que a mí eso no me iba a suceder.
Al cabo de cuatro horas alcanzamos una impresionante pared de hielo y nos detuvimos a almorzar. Tras lo cual sacamos los crampones y con ayuda del guía nos los fijamos supuestamente bien a las botas. Para tranquilizarnos nos dijo: “A veces se marcha mejor con crampones y otras peor.”

¡Y un carajo! Cuando comenzamos a ascender por la pared de hielo la cosa cambió. Las piernas se convirtieron en losas que, a cada movimiento de avance, se clavaban y había que extraer con dificultad. Me di cuenta enseguida. Gastaba las energías que antes había conservado.
Las bajas comenzaron a sucederse. Primero un abandono, luego dos más, y hasta cuatro. Seguíamos ascendiendo y a medida que el frío se intensificaba el guía parecía hallarse más inquieto. De pronto estuvimos envueltos en un paisaje blanco en el que vislumbrar a los compañeros era una hazaña, y comenzó lo peor. El guía se puso nervioso. Quería hacer cima cuanto antes y empezó a caminar a un ritmo excesivo. Yo me situé detrás y lo seguí como pude. Mi corazón se convirtió en una máquina express, mis piernas eran troncos de madera podrida y el dolor muscular, el dolor muscular ¡Ohhh! Mentalmente podía seguir, mi mente me decía adelante, pero físicamente estaba roto.

El guía se detuvo miró en derredor y comentó: “Esto está feo.” Entonces preguntó: “¿Continuamos?”
Ni siquiera pude contestar a su pregunta, lo cierto es que no era capaz ni de hablar. Mis dientes castañeteaban, estábamos envueltos en medio de la tormenta. Los otros cuatro que quedaban, asintieron. Y él dijo “adelante.” Arrancaron y yo no pude moverme un centímetro. Se empezaron a difuminar en la blancura de la nieve, grité cualquier cosa. Me respondió una voz sepulcral tras un velo de bruma. “Quédate ahí. Un compañero mío va para allá, te bajas con él.”
Así me encontré solo en medio de una tormenta de nieve a unos dos mil ochocientos metros de altura. Lo más curioso es que no sentí miedo, creo que tampoco tuve fuerzas para pensar en las posibles consecuencias de mi situación. En cambio, recuerdo, me sentí extrañado de encontrarme en un lugar tan parecido al ártico. Era algo fascinante y tan peligroso. Logré caminar unos seis pasos a mi derecha y sentí dolor por todo mi esqueleto.

Surgiendo de entre las sombras, como un ángel sombrío, apareció un ser humano y me habló.
“Quítate los crampones y me sigues.”
Ni siquiera le respondí, lo miré confuso y alucinado.
Cuando me saqué los crampones descubrí que con aquellos guantes de esquimal me resultaba imposible abrir la mochila y meterlos. Me los quité, abrí la mochila y de repente me di cuenta. Llevar a cabo una operación aparentemente sencilla me estaba costando muchísimo. Sentí un dolor insoportable en mis dedos y supe lo que estaba pasando: Se congelaban. Logré meter los crampones a la primera cerré la cuerda con dificultad y cuando me puse los guantes no sentí las manos. Comencé a golpearlas contra las piernas y en unos segundos noté dolor, luego picor y en instantes se restableció la circulación.

Comenzamos a descender por un canal, como si fuéramos pingüinos o críos resbalando por un tobogán... ¡de hielo!
Cuando por fin alcancé la zona de tierra tenía calambres por todo el cuerpo y creí que no podría seguir. Pero poco a poco proseguí el descenso, atravesé las nubes, y me sentí renacer, lo había conseguido. La broma casi me había costado el pellejo.

Pero por fortuna estoy vivo y hoy, después de algunos años, os lo pude contar. Esta aventura sucedió en realidad.

Un abrazo.

José Fernández del Vallado. Josef. Octubre 2009.


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