domingo, julio 31, 2011

Inhóspito.





Imagen tomada de Internet

Durante quince años Cham (el que trabaja duro) se afanó en sacar adelante la cosecha de arroz y cuando se le acabó el terreno donde cultivar, se detuvo ante el territorio inhóspito que se abría ante él.
Finalizada la contienda en Vietnam, los americanos dejaron la zona minada y nadie se aventuraba dentro de aquel espacio de selva.

Comenzó a caminar con cautela y según progresaba la densidad de la espesura se cerró a sus espaldas sin dejar rastros de su paso. No se preocupó; conocía el paisaje. Sobresaliendo como gigantescos mojones colonizados por el musgo y los árboles, amplias zonas de selva crecían entre las propiedades cultivadas y a los sumo, en un par de días, estaría al otro lado del paraje.

Transcurridas ocho horas de ardua caminata su machete se detuvo a la entrada de una gruta.

Alumbrándose mediante teas de resina penetró kilómetros en su interior hasta que una pared de calcita de unos trescientos metros de altura, le cerró el paso y le hizo darse cuenta de las dimensiones del lugar. Aun así, mirando a lo alto, distinguió indicios de luz. Apagó la tea para sentir el contraste de luz frente a la oscuridad y no fue capaz de ver nada. A medida que sus pupilas se adaptaron al entorno, a lo lejos, distinguió una luminosidad espectral y jugándose la vida decidió escalar el muro de roca.
Pasados dos días sin cesar de escalar supo que cometía la mayor locura de su vida. Tuvo miedo y se sintió solo, pero reconoció que ya era imposible retroceder.
Transcurrió la primera semana; con las manos doloridas apenas le era posible asirse a la pared con precisión, aún así continuó.
Finalizada la segunda semana sus manos se habían encallecido y ya no sentía dolor, entonces se topó con un saliente que lo forzó a detenerse. Refugiado en una covacha salió adelante alimentándose de crustáceos y artrópodos que vivían en las ranuras de pequeños torrentes que resbalaban por las paredes fangosas. No se desanimó y cada día trataba de sortear el obstáculo.

Un par de meses después, encaramándose boca abajo con la agilidad de una araña, superó la dificultad. Se alzó sobre la cima y presenció el espectáculo. Un haz de luz solar se derramaba en la cueva. El boquete en el techo por donde la luz irrumpía era enorme, tal vez, de unos cuatro kilómetros de diámetro, o incluso más. Trescientos metros más abajo crecía una selva por completo desconocida. Tuvo que caminar medio día más para llegar a una superficie llana, y se detuvo al lado de un arroyo. Mirando con aire de aprobación asintió, construyó una modesta cabaña, preparó una hoguera y meditó la forma de llevar a su familia. Sonrió sabiendo que allí no hallaría competencia y satisfecho, se acostó.
Tras tomarse un descanso de dos días justos delimitó una extensión y prendió un fuego que controló abriendo cortafuegos en sus límites. Luego excavó los canales, desvió el cauce y alimentó la superficie. A continuación de su morral extrajo las semillas de arroz y comenzó a cosechar...

Fue entonces cuando en pie, delante de él, descubrió a los hombrecillos. Eran alrededor de unos diez. Iban desnudos y lo miraban con una mezcla entre admiración y aprensión. Medirían apenas un metro de estatura y las mujeres menos. Eran de piel oscura ¿se trataba de gnomos de la selva?
De entrada se asustó, estuvo a punto de abandonarlo todo y echar a correr, transcurridos unos instantes descubrió que eran de carácter tranquilo; iban desarmados y eran vegetarianos.
El primer problema o choque cultural con los hombrecillos se presentó transcurrido el segundo año. Descubrió que aprendían rápido y debido a su insensatez – de manera inconsciente les facilitó semillas de arroz – comenzaron a cultivar su plantación al otro lado del arroyo. Al tercer año la siembra de los hombrecillos se había desarrollado más que la suya; no solo en el tamaño de las plantas, sino en el espacio cosechado. Cham descubrió que de seguir así acabarían por llevarlo a la ruina. Decidió invitarlos a un banquete.
Los hombrecillos acudieron felices de que el hombre grande, de nuevo, se mostrara afable con ellos y su relación se reanudara. La droga no tardó en hacer efecto y en apenas media hora todos estaban sedados. Los encadenó y cuando despertaron los puso a trabajar para él.

Cinco años después, sin hallar la manera de escapar de aquella trampa natural y transportar su arroz al mercado, mediante el trabajo de los hombrecillos, Cham seguía cultivando y acopiando las cosechas en un cobertizo.
Una mañana vio a los hombres blancos descender en sogas del techo de la cueva y feliz les ofreció su grano por tres mil dólares americanos. Los hombres, impresionados de hallarlo en aquel extraño paraje, lo miraron con asombro. Acercándose a él uno abrió su mochila sacó unos huesos y le explicó que pertenecían a una rara especie de hombre, y añadió que la osamenta apenas tenía unos años de antigüedad. Luego – sin interesarse por la oferta de su cosecha – le preguntaron si había visto a individuos de aquella especie con vida. Irritado ante el desprecio de aquellos hombres Cham negó con rotundidad.
Los extranjeros cambiaron de actitud y le ofrecieron cinco mil dólares si facilitaba algún rastro. Feliz, Cham les llevó hasta ellos en la covacha donde los encerraba.
Pese a su infame forma de proceder, cumplieron su palabra y le hicieron entrega de la recompensa. Entonces pidió que lo ayudaran a salir.
En una semana volvió a lo alto de la Dolina. Bajaron con cuerdas y un equipo de hombres, rellenaron unos sacos con el arroz y los izaron fuera.
Pasado un año Cham se compró una hacienda, adquirió varias plantaciones y se convirtió en uno de los hombres más ricos de la región. Nunca volvió a la cueva. En cambio, conservó pendiendo de un trozo de cuero en el cuello – le traía suerte afirmaba – una figura tallada en madera que un hombrecillo esculpió para él...


José Fernández del Vallado. Josef. Julio 2011.
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