sábado, enero 05, 2013

Laberinto de Vida.

    Lo encontré en uno de mis éxodos. ¿Estaba al norte al sur o al oeste? Todo lo que sé es que mis afanes estaban centrados en eludir el opresor imperio de la realidad. Y aquel paraje... Dieciocho horas de marcha constante alojado en la caja de una camioneta. Mi mente comenzó a extraviarse, mis movimientos eran mecánicos... 
    De pronto estaba allí, en un lugar diferente. Y así podría nombrarse. En qué radicaba la supuesta diferencia. Había cruzado la frontera entre un mundo blanco y uno negro. ¿Era aquello ventajoso? Tal vez no significara nada. En cambio, por muchos quilómetros que recorriera, había algo de lo que no podría librarme. Nunca me sabría lo suficientemente lejos de quien detestaba y, por la misma razón, tampoco estaría cerca de quien amé... 
    La camioneta comenzó a ascender las laderas de una serranía. 
    Bajamos y volvimos a remontar. Dejamos otras montañas a nuestras espaldas y sin orientarme, entramos en aquel lugar colmado de furioso verdor y humedad aplastante. No era selva. Sino opulenta anarquía de maleza. Tampoco eran un lugar olvidado. Simplemente un espacio donde el tiempo no prosperaba o se detuvo, igual que le sucedió a mi reloj de pulsera sin que yo me diera cuenta. 
    Me alojé en una cabaña de bambú. 
    No podía dormir. Se hizo de noche pero no era noche cerrada. Me seduce esa clase de oscuridad. Te deslizas libremente, sin advertir sobre ti las miradas de reproche, reconoces a las personas por sus murmullos de atrevimiento o suspiros de alivio y luego, desapareces ponderando que el encuentro solo ha sido un sueño subrepticio. 
    El local tosco, engullido en la espesura. La barra de madera noble. El taladro constante del aguacero, la botella de ron, mi soledad premeditada y ella ¿de dónde salió? Antes siempre había una mujer al otro lado de la cuerda, de la barra, o sentada a mi lado. Ahora no. Era casi menos que cuando nací. ¿De dónde salió? 
    Recuerdo sus incisivos de leche al sonreír con expresión triste, sus ojos negros y dulces; su forma de aferrarse a mí, con desespero y ansiedad mientras bailábamos; su cautela al aprehender un escarabajo fosforescente entre sus manos en la oscuridad impenetrable de la selva; su caminar deslavazado, su silueta sinuosa, su frente redonda y brillante de perfil egipcio, su aliento, su sudor, su espalda arqueada, sus silencios cargados de grata incultura... 
    Recuerdo y ya no recuerdo los detalles de las horas que transcurrí envuelto en aquel cenagal de olvido edulcorante. Y sobre nosotros sin cesar de refulgir, un astro de otro mundo, circundado de gasas umbrosas. Era otro planeta. Una playa al borde de la espesura y la suavidad de su risa, como las olas del mar y la brisa... 
    Todo está lejos ahora. No sé volver. Nunca supe encontrar el camino de vuelta en el laberinto de la vida. De todas formas ya no recuerdo, por eso fabulo y alimento mi imaginación con una quimera que nunca tuvo lugar, excepto porque se trató de Un Lugar Diferente... 

    José Fernández del Vallado. Josef. 4 Enero 2013.
TU OPINIÓN:


Creative Commons License

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
Reacciones:

54 libros abiertos :

Post más visto

Otra lista de blogs