miércoles, octubre 02, 2013

Entre Buenos y Malos...



Esta mañana, después de hacer unas compras y tras degustar un delicioso café en los filipinos, súbitamente, la mente se me iluminó. 

Lo cierto es que hacía ya mucho tiempo no me sucedía nada parecido, y hasta ese instante, nunca le había dado importancia al asunto; y en realidad, cuando pienso en ello, sigo poniéndolo en duda. La cuestión es la siguiente. ¿Soy ya mayor? ¿Me he desarrollado hasta el punto de tener la osadía como para sentirme con ánimos para poner en tela de juicio las acciones que mis semejantes de especie, cometen en este mundo? 
Debo confesar que un pensamiento de apariencia tan simple, me ha alterado los ánimos, y un poco también los esquemas. 

Todo empezó ayer por la mañana, a primera hora, entre la lluvia. En el momento en que arropado bajo mi paraguas, saqué a mi perra Carlota a pasear. “Menudo día de perros,” murmuré. Sin embargo, siendo Carlota una perra de guas, mojarse un poco no le molestará —me atreví a suponer—. Me equivocaba. La señorita ni siquiera se dignó a salir por su propio pie. Tuve que sacarla arrastras. Y había que hacerlo. Es uno de esos deberes que, más tarde o más temprano, se convierten en impostergables. 

Comencé a caminar. Llevaría recorrido un trecho considerable y me di cuenta. Un can deambulaba a varios metros de mí. La cuestión radicaba en el detalle en sí. ¿Aquel animal realmente pertenecía a la familia: Canis Lupus? Y es que, juzgándolo a primera vista, calculé que podría tratarse de una extraña mezcla entre hiena del desierto y chacal carroñero. El bicho —tan libre como un león campando por la sabana— estaba sin correa y sin dueño. Lo cual me llevó a estremecerme. Pero no había vuelta de hoja. Nos había visto. Y tan pronto nos localizó, trotando alegremente, se dirigió hacia nosotros. Bastante asustado, pero con la irrevocable decisión de librar a mi perra de las fauces de aquel feo depredador, haciendo gala de un arrojo kamikaze, me interpuse entre ambos. Y entonces, el perrazo —que si se lo propusiera podría destrozarme de un leve bocado— con aire de contrariedad, tuvo la cortesía de detenerse ante mí. 
En aquel preciso instante una voz aguda pero clara, se añadió al encanto del momento. Dueña de una seguridad apabullante, y en apariencia dirigiéndose a mí, exclamó. 
—¡Calma! ¡No hace nada! 

Paralizado como una estatua de sal, volví los ojos hacia el extraño ángel que surgiendo de la nada, y como tocado por un hechizo embriagador, me acababa de dejar sugestionado. Se fue acercando y me encontré frente a un hombrecillo oriental. En su rostro de apariencia joven, pude entrever una alentadora expresión de tranquilidad, dominio e incluso, complacencia. Caminaba hacia mí, o más bien hacia su bestia. La cual, sorteándome mediante un merodeo silencioso, había evolucionado hasta llegar junto a mi perra, que sin dejar escapar un jadeo o aullido de pánico, y en principio tensa como un palo bajo mis piernas, la muy puerca, ¡se dejaba husmear! 
Lo grave con respecto a Carlota, es mi reciente sospecha. Me temo que dentro de ella, una vez más, comienza a germinar un naciente periodo de celo. Los últimos días la he notado rara e incluso melancólica. Todo ello me induce a pensar que se encuentra en los prolegómenos en los que tras dejar a un lado su encanto, durante un par de semanas se convertirá en una suma de ansiedad y pasión incontrolable. Como es natural, la cuestión no pasó desapercibida al perrazo. Y, ahora, ni modo de apartarlo de Carlota. 

Para mi asombro, moviéndose con cierta agilidad, el hombrecillo había llegado hasta su monstruo, y mientras luchaba intentando apartarlo de Carlota, comenzó a partirse de risa. Lo miré irritado. ¿Cómo era posible que aquel ser no lo entendiera? La situación distaba de ser graciosa. Sus ojos se volvieron hacia mí, y para mi sorpresa, no encontré una expresión jocosa e inoportuna, sino amable y civilizada, que comprendida en una mímica angelical, deshizo mi hielo. Era el chino —porque era un chino y eso estaba más claro que el agua— más agradable y extraño que he visto en España, me dije para mis adentros. 
Hablándome en un tono suave, me dijo. 
—Lo siento. Y divertido, inclinó la cabeza. 
Poco a poco se hizo con la bestia, y conforme nos fuimos separando, levanté una mano en señal de gratitud. Me marchaba regocijado y entonces caí en la cuenta. El suceso había tenido lugar justo delante de la mansión del famoso delincuente «Gao Ping», y aquel hombre y sus rasgos... Me volví una vez más. En ese instante entraba en la casona. Me quedé pensativo. ¿Aquel tipo tan cortés era realmente Gao Ping? Imposible. Dicen de él que se trata de un ser despiadado. Ha creado un imperio donde el lavado de dinero, la malversación y el fraude, están al orden del día. Por lo visto comenzó desde abajo, como vulgar repartidor de chucherías. 

Llegué a casa. Encendí el ordenador y busqué algunas de sus fotografías. ¡Era él! Entonces lo comprendí. La maldad de aquel hombre había sido forjada en base a una percepción amparada bajo un sutil velo de astucia, y también —porqué no— de inteligencia. Y me di cuenta de que aquel encanto o «don de gentes», le podría haber llevado tan lejos como hubiera querido. Si cerca de él no hubiera estado espiándolo su igual y hoy también enemigo: nuestro sistema. 
No todos los hombres malos representan lo que son. Y los buenos ¿dónde están hoy? 

Hace años me encantaba la ciencia ficción, deseaba alcanzar el futuro. Y ahora, hoy mismo, resulta que estamos en él. Más que un mundo se trata de un medio, con redes perfectamente desarrolladas y falaces, como las que el gran Orwell imaginó y predijo en su libro: 1984. Organizado mediante una gigantesca Base de Datos compilados a velocidades astronómicas por la vasta red de microprocesadores de silicio —al fin y al cabo máquinas— el «Gran Hermano» patrulla, asalta y saquea sin descanso al conjunto más débil y mal retribuido: la clase media y obrera. De forma metódica e implacable, poco a poco, nos ajusta las cuentas y nos despoja de los pocos bienes que tenemos. ¿Y todo ese caudal que nuestro sistema obtiene, por ejemplo, mediante el ivazo, multas siderales, cobros de luz y gas fraudulentos y demás recursos embaucadores, dónde va a parar? Porque a algún lugar irá, creo yo. ¿Nadie lo sabe? Es el secreto mejor guardado. Pero hay que decirlo, porque está claro. En USA termina en las forradísimas cuentas de eminencias como Bill Gates de Microsoft, o Larry Page de Google, por poner dos ejemplos. ¿Y aquí? Aquí, acaba donde siempre. En manos de los “Señoritos Banqueros.” En el reparto intervienen algunos industriales y políticos y siempre una clase alta que desde Franco no se ha bajado de su ensalzada Atalaya. Se adjudican el pan que defraudan al “pueblo.” En definitiva, un pastel que ellos mismos amasan y aderezan para luego esquilmarnos a fondo; por fuera y por dentro, llevándose incluido en el paquete, nuestros sueños y el plasma vital... 

Algunos quizá pensarán, que ante las protestas que hoy en día comienzan a generarse, dicha maquinaria se habrá ralentizado o detenido. No es cierto. Que haya opiniones en contra forma parte de su juego y les importa bien poco, puesto que ya atravesaron épocas conflictivas mucho antes, saliendo en todas victoriosos. 
Se limitan a preservar de forma despiadada su creación. Se trata de un monstruo que ha ido creciendo al albor de los siglos y, de forma insaciable, perfeccionándose en un método: la extorsión. Es un gran y voraz régimen capitalista. Por eso hombres como Gao Ping: mafiosos, que blanqueaban el dinero y apostaban por el bando enemigo, donde se alinean ciertos capitalistas que moran al otro lado de nuestras fronteras, fueron abordados y detenidos con saña por nuestro sistema. No olvidemos una circunstancia. Nuestra red, régimen u organización, también es, en cierto modo, mafiosa. 
¿Hay algo peor que la lucha de clases? Sí. Cuando dos hermanos pelean por hacerse dueños del mismo pastel. Ocurre, que en el mundo del hampa, solo uno puede resultar vencedor. En cambio ellos, o el mionstruo, sigue progresando, avanza hacia un paso más en su evolución, y ahora ¿comienzan a colaborar entre ambos...? Porque, que conste, Gao Ping sigue libre y feliz. ¿O lo que vi era solo un espejismo? 

Desde hace un buen rato algo más me corroe por dentro. El chino, el malo de la película, el mafioso... ¡me cayó estupendamente! Lo cierto es que vi en él a un hombre—no sé si frío y calculador por dentro— pero en lo que a mí concierne, lo que yo retraté, fueron aquellos gestos agradables, humanos y conciliadores. Por otra parte, quien debería encarnar la ley, el orden, y sobre todo personificar el bien, nuestro todopoderoso Presidente del Gobierno, el Señor Rajoy, cada día se me hace más cargante y estirado. Si hasta parece una máquina ¿no? Basta con fijarse en su actitud; cuando se mueve  y habla, siempre los mismo tics. Definitivamente es un robot, pero de los malos. Lo cual me induce a preguntarme, ¿quiénes son los buenos y cuáles los malos? ¿Acaso un juez, en un caso como la Operación Puerto, no delinque cuando elimina pruebas concluyentes como las bolsas de sangre? Y un tesorero como Bárcenas, defendido a capa y espada por un partido que hace tiempo dejó de prestar atención y respeto a lo que dice la calle: El Pueblo, y se apoya en una mayoría alegal... ¿qué intereses pueden representar esos personajes? 

¿Dónde está entonces la ley, y quiénes son los buenos? ¿Y los malos? No serán acaso buenos los malos. Cuando un buen mafioso como Gao Ping me resulta mejor que un mal Presidente del Gobierno como Rajoy, tengo que hacerme una pregunta. ¿Qué está a punto de suceder, o qué sucederá después? Desolado, llego a una conclusión que me desarma. 
¿Está de nuevo todo previsto—atado y bien atado— de antemano por nuestro Gran Hermano, o al final, empachado de pastel envenenado, pringará sus engranajes hasta cubrirlos de una herrumbre mohosa que los detenga de una vez...? 
Lo cierto es que hoy, a estas alturas, la realidad ha dejado de existir. En cuanto a la verdad —¿la verdad?— ya solo puede ser una: «Entre buenos y malos: ¡peores!» 


José Fernández del Vallado. Josef. Octubre 2013.



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