domingo, abril 13, 2014

Los Gemelos -I-

Foto tomada de Internet.

  -I- 
Tuntui... su fina piel clara, el colgante de élitros de escarabajo esmeralda oscilando en su lóbulo izquierdo, sus cabellos rizados y pelirrojos meciéndose al viento; su mirada apasionada y curiosa, reconociendo cada partícula de un atmósfera gris que presagia tormenta. Extiende los brazos y ríe. Es una carcajada espontánea, que excita y enciende sus ojos con la intensidad de dos brillantes luceros. 
   


   El cielo se va oscureciendo y la selva se apaga. Como una enorme y palpitante raíz arrancada de cuajo un fibroso relámpago perfila el firmamento, y cuando ruge el primer trueno una brisa fresca inyecta un aromático incienso a floresta. La válvula se abre y la lluvia cae con el ímpetu de un surtidor a aspersión. 
   Se descalza y se quita la camiseta, se baja la faldilla, se suelta los cabellos y conquista el lugar mostrando sus pezones rojizos y su pubis poblado de un vello color zanahoria. Me toma de una mano, me ayuda a desnudarme y me saca a bailar bajo el baño cálido y ventilado. 
   Y ahí estamos: solos. No. Intimidados dentro de sus chozas, los indígenas observan el disparate obsceno y prohibido entre una mujer maldita: mestiza y pelirroja, y un blanco. Y sin embargo, no me importa. Ella me ama... 

-II- 
   Mi hermano y yo nacimos como gemelos monocigóticos. Sucede en el caso en que el embrión originado partiendo de un óvulo y un único espermatozoide, durante las primeras fases de su desarrollo se divide de forma accidental. No es más que eso, pero tiene sus consecuencias.
   Podría asegurarse que tras llegar al mundo Carlos y yo éramos clones exactos. Y lo fuimos durante un día o tal vez un mes. Luego, matices que nos diferenciaban y que a cualquiera le habrían hecho feliz, comenzaron a pesar como una losa sobre mí y condenaron mi vida. 
   La verdad es que me habría agradado ser el primero en algo; cualquier minucia hubiera bastado. No obstante el Altísimo cuidó incluso del más sutil de los detalles. Tras la irreversible cesárea, Carlos nació o lo apresaron del útero dos minutos antes, y aquel inicuo lapso, bastó para considerarlo el mayor. 
   El hecho es que según crecíamos las diferencias se hacían evidentes. Para empezar el designado «Elemento Espejo», parecía cumplirse a rajatabla. 
   Mi hermano era diestro y por tanto juzgado como un chico afectuoso y correcto. En cambio yo, tras desarrollar mi predilección por la zurda, me di cuenta de algo. ¿Por qué mi madre en lugar de dignarse a mirarme, chascaba la lengua y ponía los ojos en blanco? Comencé a entender. Ser zurdo no era lo procedente y me contemplaban como a un ser satánico. 
   En la escuela, pese a mi tenaz empeño en imitarlo, diferencias que se abrían primero como diminutas fisuras y luego abismos insalvables, se hicieron obvias. Así descubrí que el maldito efecto Espejo se extendía a nuestros cerebros. 
   Mientras Carlos despuntaba en ciencias, de forma circunstancial yo comencé a hacerlo en letras. Había más consecuencias, y ninguna me gustaba. A los dieciséis años era capaz de reparar o restaurar cualquier cachivache. Carlos me llamaba con cariño “El Manitas.” Lo cierto es que tenía cierta habilidad y había descubierto que consiguiendo tiras de cuero y baratijas, me las apañaba para componer pulcras piezas de bisutería que luego vendía. Nada de aquello me satisfacía. De todas formas él me superaba en una cuestión que para mí se erigía en un muro: era sociable, y pese a ser como dos gotas de agua, frente a aquello, yo no podía hacer nada. En las reuniones él era siempre el triunfador. Mientras que debido a mi timidez y mis expresiones ridículas, acabé siendo considerado el gemelo aburrido. 
   ¿Por qué ninguna de mis aptitudes agradaba y las suyas eran aceptadas con una amplia sonrisa? ¿Por qué odiaba tanto a Carlos y a mi situación? 
   Tal vez porque dentro de un sistema de castas, me tocó interpretar el rol de invisible. Para sobrevivir debía trabajar en los espacios laborales permitidos, y recoger los excrementos de quienes estaban encima. 

   Un día, a mitad del tercer año de la especialidad de cirujano que mi hermano estudiaba, sus manos atolondradas me despertaron. Adormilado, permanecí tendido sobre la cama. Mis ojos soñolientos se abrieron y magnetizados descubrieron algo desconocido: su expresión por primera vez parecía alarmada. 
—Perdona mi insolencia —dijo. 
   Cesó de balancearme. De una zancada alcanzó la alacena, sacó una botella de coñac y nervioso dio un trago. 
   Presencié la escena con una incredulidad extasiada y me mantuve en silencio. 
—Verás... —dudó—. Es difícil de explicar, pero... hemos empezado las prácticas y me he dado cuenta de un detalle que puede ser desastroso —se mesó los cabellos y murmuró—. ¿Cómo no lo tuve en cuenta? 
—¿El qué...? 
   Volvió la cabeza y se enfrentó a mí. Su cara estaba sudorosa y sus ojos irritados. No había dormido, o era la pobre impresión que ofrecía. Poniéndose de pié sobre la cama, en equilibrio, extendió sus brazos con las palmas hacia abajo y se quejó. 
—¡Mis manos! Tiemblan como las de un niño. 
   Lo miré preocupado y pregunté. 
—¿Bebes últimamente? 
   Negó. Asintió y terminó diciendo. 
—Supongo que lo de siempre... 
—¿Algún medicamento? 
   Volvió a negar, y mirándome con repulsión, batió los brazos arriba y abajo como si asestara golpes al vacío  y gruñó. 
—¡No...! ¡Nada de eso! Soy yo, que no me controlo... 
   Me di la vuelta sobre la cama y estirándome entre bostezos, le dije. 
—Pues entonces tendrás que aprender. 
—Y cómo... 
   Sonreí con superioridad. 
—Deberías saberlo. Hay recursos. 
  Giró sobre sí y dijo. 
—No te referirás... 
—¡Acertaste! La tecnología de la bioquímica o en tu caso, la farmacología. Encontrarás remedios que pueden ayudarte. 
—¿Cuáles...? 
   Lo miré de soslayo. 
—¡Por Dios! ¿No me digas que estudias medicina y no lo sabes? 
   Sentado, me miró con aire de incredulidad. Incapaz de entender que yo, prosaico alumno de letras, estuviera al tanto de aquellos detalles. 
—Seguro que sin querer has oído nombres: orfidal, sumial, lexatín... 
   Permaneció anonadado. Entonces le animé. 
—Los conseguiremos. Tendrás que ir probándolos. Utilizarás el que te vaya mejor. 

   Comenzó a tantear. El lexatín y orfidal le adormecían, y para operar tenía que estar alerta y sereno. En cuanto al sumial, pensé que resultaría. Era la última novedad. Muy utilizado en sus exámenes por los estudiantes de piano y violín para sacudirse los temblores. 
   Sin embargo el día de la prueba, tuvo lugar un factor inesperado. Sus manos no le temblaron. En cambio su mente se quedó en blanco. Tan hueca y vacía como el viejo tronco de un árbol. Y para operar uno debe tener los conceptos claros. Sin nociones ni pautas no hay nada que hacer.
   Quedaba una alternativa y la pusimos en práctica: sería sus manos. 
   Regresaba agotado de las pruebas y él me ayudaba a su maldita manera. Conquistaba mujeres preciosas y me las presentaba. Si bien satisfacían mis ansias fisiológicas, jamás me llenaban. Algo no funcionaba. De todas formas tampoco él podía estar satisfecho; y así fue. 
   Cuando se licenció me exigió dejar mi estéril dedicación. No estaba dispuesto a afrontar su aprensión y se había acomodado. Vivía a lo grande. Asistiendo a fiestas y reuniones mientras que yo, aparte de desvivirme por él, malvivía envuelto en las sombras. Era su esclavo y cautivo de lujo. Recompensado con mujeres esplendidas con quienes tras fornicar, apenas disimulaba una sensación: náuseas. 
   Disgustado con mi situación me afanaba pinchándole. Él fingía no ver ni entender mi malicia y pasaba olímpicamente de mí. Al final, con sus despreciables aires bonancibles, me ganaba por la mano.
   Se veía venir. La situación no podría sostenerse. Tarde o temprano y por cualquier absurda pifia, descubrirían el enredo. 

   No recuerdo exactamente cuándo comenzó. Quizá una mañana o a mitad de un día cualquiera. Me encontré nervioso y en realidad feliz y excitado. Dentro de mí una necesidad: expresar el torbellino de ideas y símbolos que se mezclaban en mi cerebro y como torrentes lo inundaban pugnando por abrirse espacio y salir. Comerme el mundo, paladearlo sin respiro, era mi objetivo, y proclamar a los cuatro vientos mi milagro. Era un ser nuevo y brillante. Aquel día operé como nunca. Suturaba con una agilidad tan exquisita que al finalizar, la sala se había ido llenando de enfermeras, auxiliares y cirujanos. Todos estaban allí con un afán; presenciar mi virtuosa maestría. 
   Días o semanas después desperté hundido en un oscuro pozo. Arrinconado en la angustia y la irritación. Los estímulos y emociones que me habían llevado a funcionar con la precisión de una máquina, me habían abandonado. 
   En el quirófano la dificultad para mantener la concentración me condujo a un bloqueo desquiciante. Me vi obligado a ceder el trabajo a mis ayudantes, y amparado en una excusa trivial escapé. 
   
   En los meses siguientes seguí cayendo y mi vida se convirtió en una ruina. Me despertaba fuera de sí, gritaba ordinarieces a las mujeres que Carlos —preocupado por mí— me traía, y las echaba a patadas. Comencé a abandonarme; no me afeitaba, apenas comía, vivía en un caos de desorden, me enfrascaba en eternos monólogos apenas coherentes conmigo mismo y contra mí. 
   La mañana que el doctor diagnosticó mi anomalía, no daba crédito. 
  Con aires de pensador, juntó los dedos y dijo. 
—Mire, todo ha cambiado. Los psiquiatras ahora no procedemos como antes. Seré claro—resumió. 
   Lo miré con ojos abiertos e irritados. Llevaba días sin pegar ojo. La causa de mi desbarajuste tenía su origen en sombríos temores sin pies ni cabeza. Para empezar, recelaba de mí mismo, y sentía fobia por detalles ridículos: como caerme en la taza del inodoro; cegarme con la luz del amanecer; ensuciarme los dedos, asfixiarme...
—Padece esquizofrenia de tipo desorganizado o hebefrénica. 
   Me quedé sin habla. 
—Se caracteriza —siguió diciendo una voz lejana aunque audible— porque el sujeto presenta un comportamiento desorganizado sin ningún propósito, así como una afectividad inapropiada o plana —matizó. 
   Y se mantuvo flemático. 
   
   Lo que siguió a continuación aquel día, no es digno de contar. No pude aceptarlo. Sufrí un ataque de cólera que solo exterioricé al llegar a casa y arremeter contra el mobiliario. 

 Sigue dentro de  tres, cuatro días...
 Muchas gracias a todos.

José Fernández del Vallado. Josef abril 2014.
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miércoles, marzo 12, 2014

Insustancial.


Imagen tomada de Internet.

Definitivamente, su vida estaba hueca. Lo asumió tras una noche en que no pudo reconocer los rasgos de los individuos que protagonizaron su sueño, la acción se volvió irrelevante y el color que esclarecía las situaciones, desapareció del entorno. Era aquel un sueño sin encanto, acción, o el menor atisbo de pasión. Encarnado por personajes frágiles y desmemoriados, incapaces de culminar las acciones. Un sueño donde lo único que quedaba registrado y además, de forma indeleble, era la total ausencia de emoción. Una quimera basada en una secuencia imprecisa. La de un conjunto de infelices extendiendo sus manos vacías... 



   
   Supo que en cuanto despertara lo olvidaría y no se volvió a preocupar, sin embargo aquello le condujo a advertir que el hecho de no preocuparse, si cabe, era lo más preocupante. 
   Horas después seguía abstraído en el sueño, trataba de darle la apariencia que todo sueño tiene; o uno cree, debiera tener. Para empezar, la circunstancia de que no hubiera una mujer; ya fuera amiga, hermana, prima, vecina, beata, y sobre todo amante o amor, le sacaba de quicio. Tuvo tiempo para repasarlo y apenas rescató una escena intrascendente. Estudió aquellos rostros, sin encontrar en ellos el menor vestigio reconocible. 

   Por la tarde recibió la llamada. Quedaron en verse en el centro. Nuevos pensamientos se transformaron en dudas. ¿Cuánto llevaba sin visitar la ciudad? 
   Cogió una manzana y se sentó. Desde que tenía noción, los brazos de su nodriza Kiruna, eran lo más que averiguaba su mente. En cuanto a su madre, incapaz de vislumbrarla, la imaginaba consagrada a él por entero. 
   Transcurridas unas horas seguía allí, congelado, en el mismo lugar. Un recuerdo lo llenó de angustia. Creía haber descubierto algo, no ocurrió nada: lo olvidó. Y en instantes, también se olvidó de su angustia. 
   Subió al vehículo. Joshua y Batista iban detrás. Nando manejaba, circulaba rápido. Las avenidas, rebozadas en la energía de la combustión surgían ardientes, y desaparecían a la vuelta de un nuevo recodo. Había otras máquinas. No reconocía sus marcas ni distintivos y aquel mutismo ¿siempre era así la ciudad? No la recordaba. Ni siquiera sabía si había nacido en un hospital, chalé, piso, residencia o un lugar en particular. Semejante escasez de recuerdos, adquiría un cariz inquietante... 

   La multitud se concentraba en la plaza. La encontró vasta, interminable, sofocante. Nunca la había reconocido así. Sujetos anónimos, de rasgos escuálidos, mantenían un silencio neutro y derrotado. Sus cuerpos, extenuados, destilaban gotas de sudor. Sintió aprensión. ¿Debía salir y mezclarse con aquella masa enfermiza? 
   No hizo falta. Los demás lo hicieron por él. 
  Abriéndose paso a bastonazos, alcanzaron el inapreciable estrado del centro. Aglomerados debajo, cientos de infelices extendían sus manos. Alcanzó a ver algo y recordó. Sus manos, no estaban vacías. Cada uno sostenía a un bebé. Había miles... ¡millones...! 
   El elegido era un niño sano y bien alimentado. Debajo de la tarima, rasgando el escrupuloso silencio, una mujer berreaba amargamente y eclipsaba a la muchedumbre. ¿La madre...? Escuadrones de jóvenes alerta, la izaron en volandas y se la llevaron. 
   Regresaron con él crío. Alguien le dijo. 
—Tu sucesor... 
   El vehículo arrancó. 
   Extendidas, las manos vacías de los miserables, manoseaban los vidrios blindados y suplicaban ¿por qué?, si tenían lo que él nunca tendría: familias, compañeros, y relaciones que les brindaban amor... 
   
   Su vida estaba hueca. De ese modo sonaba en sus oídos cada mañana, como la corteza de un tronco sin sabía. ¿Era un hombre poderoso? No le importaba. Y aunque se lo hubieran dado todo mascado, durante un imperceptible lapso, su mente se avivó y lo entendió: había dejado de pensar, de anhelar, de sentir, embruteciéndose hasta olvidar incluso en qué consistía el amor; cómo era, y lo que podía sentirse al indagar en unos ojos, acariciar la piel y percibir la calidez del aliento y con arrebato auscultar el corazón de la persona a quien se ama con locura... 
   
   Volvió la cabeza al exterior y trató de mirar. No estaba loco, consideró. Sus ojos miraron sin mirar, su mente pensó sin reconocer, y sumiéndose en un estado de abulia, se olvidó de todo otra vez... 

      José Fernández del Vallado. Josef. 11 Marzo 2014.

 

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lunes, marzo 03, 2014

Confieso...

Imagen: Heidi Bradner.

-I- 
Pierdo contacto con la realidad... No soy capaz de vocalizar o situarme en nuestro mundo. He dejado de leer y transcurro las horas dormitando. En cuanto a la vida, sigo buscándola durante noches en las que sueño que todo pudo haber sido diferente. 



-II- 
   Forzado a presenciar sus ejecuciones, tras recibir la descarga, las recogía en mis brazos y sin ocultar mis emociones, las besaba de la misma forma que cuando de niños jugábamos a ser mayores en las callejuelas de Grozni. Luego crecieron y se casaron. Éramos una gran familia. Las recuerdo y rememoro sus noviazgos como ensueños en un universo brillante: sus bodas, bailes y risas de felicidad. Las quería a todas: mis primas Mandina y Zemfira; Dzhennet, Marja, Saida, Danila, Alikha... 

   Los recuerdos me asaltan. Veo nieve y delante las vías del tren. El convoy se aproxima.Las balas silban muy cerca. Acuchillan el espacio con la cadencia de suspiros fúnebres. Algunos compañeros, ametrallados, se desmoronan como terrones de azúcar desmenuzado. ¡Están aquí! Como misioneros de una muerte terapéutica, deslizándose entre la bruma lánguida del invierno, perfiles difuminados de militares rusos, pulverizan el que una vez fue nuestro mundo.
   Dispongo de segundos, salto y la agarro. Abrazados, entre el fragor de la locomotora y el resuello de los morteros, rodamos por el desplome que hay al otro lado. Nos detenemos en el lindero de un bosquecillo. Retiro el velo y sorprendo el rostro sonrosado y aturdido de Marja, la joven a quien amo. Nos internamos unos pasos. Desbaratados ante nosotros los descubrimos: Cadáveres, y entre ellos, reconocemos unas formas; sus hermanas violadas. Incrédulo, el rechazo me conduce a la náusea. Y ella... ¿¡qué hace!? Embelesada en la locura permanece mustia y enmudecida. Lo percibo con miedo ¿belleza entre el salvajismo? Si la encuentran estará perdida. Me quito el chaquetón, mis pantalones, se los ajusto con el cinturón, le ruego vaya a un número de la Avenida Zavety Ilyicha, busque a una familia de apellido Ingushka, se una a ellos y huyan a las montañas.

-III- 
   Los cerrojos chirrían y vuelven a entrar. Delante está el hombre de porte brutal. Esgrime una barra metálica. 
—A ver... ¡Cuéntanos todo o te aplico este hierro al rojo! 
   Mis dientes castañetean. Absorto, apenas reparo en los golpes. Mis muelas rechinan como loza al resquebrajarse. Sus fragmentos se mezclan en mi boca con el sabor de la sangre.
   Llorando... confieso. 

-IV- 
   Otro día... 
  Todo está como siempre. El valle árido a nuestras espaldas, el cielo claro, de un azul intenso y envolvente. Los contornos como guillotinas de unas montañas de hierro oxidado; y a unos metros, un rebaño de cabras. Mientras se desplazan entre los peñascos escucho el tamborileo de sus pezuñas. 
   Y allí, en la ciudad, estallan salvas del ejército ocupante. Están aquí con un pretexto: el nacionalismo, que encubre una reivindicación concluyente: Petróleo. En cuanto a lo demás; pisotear las cosechas, robar y demoler los edificios, violar y asesinar, apenas le conceden importancia. 
   Todo está igual, excepto los fusiles señalando al corazón de mis amigas de la infancia. La guerra las trastornó y transformó en implacables. Antes no eran así. Lo perdieron todo. El dolor las desgarró y sólo quedó odio. No están todas. Dzhennet de diecisiete años y Marja de veinte, se inmolaron en el metro de Moscú. Las explosiones dejaron cuarenta muertos. Inocentes que sufren las consecuencias de las acciones de políticos desalmados. 
   Ruegan a los piquetes que les retiren las vendas que cubren sus ojos, para morir como sus maridos, hijos y hermanos. 
   Con la expresión tumefacta y el ceño avergonzado, sonrío con nerviosismo y ellas, reflejando una palidez taciturna, recobran el destello fugaz de cuando eran niñas, y ya sin rencor, me entregan una sonrisa... 
   Al escuchar la andanada cierro los ojos y una certeza me invade. 
   «Mientras yo lo desee no seré prisionero de nadie, y el mundo seguirá siendo eternamente libre...» 
   
   José Fernández del Vallado. Josef. Marzo 2014.
 

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miércoles, febrero 26, 2014

Cita con el Dentista.




Primera hora de la mañana, visita al dentista. Caí en la cuenta enseguida. Antes, excepto la vez que estuve sentado frente al gran Francisco Umbral, me desagradaba ir. Por entonces él tendría mi edad y me pareció un señor serio y sobre todo mayor e intocable, al que yo miraba de reojo y con cierta sugestión. No podía dar crédito que un individuo al que siempre había visto al otro lado de las pantallas de un mundo orwelliano, existiera en realidad. Esos eran algunos de los chismes que pensaba. En cuanto a lo que debió de pensar él sobre mí —si llegó a hacerlo— nunca lo supe. Supongo que me miraría como lo que yo era por entonces, un joven imberbe, propietario de un negocio de restauración, mentalmente alejado de la literatura. 
   

 Jamás imaginé que años después mi vida daría un giro de ciento ochenta grados y hoy me iba a hallar donde él se encontró. 

   No hice sino oír la voz modulada de la auxiliar, alzar la mirada, fijar los ojos en aquella figura de blanco esmaltado, con unos cabellos rojos como un crepúsculo en llamas, y me di cuenta: acababa de perder los papeles. De pronto ni siquiera recordaba y menos tenía claro quién era yo, allí acomodado, mientras escuchaba aturdido la voz de aquella preciosa sílfide. Solo atesoraba una certeza. La de profesarme un hombre recto, incapaz de ser atraído por nadie, porque la edad del amor había prescrito dentro de mí y para mí... 
   Me tendió una mano y me invitó a seguirla. En aquel instante tuve ganas de orinarme de vergüenza y no quise pensar, pero lo hice, en las personas que habría en la sala, y el escarnio que supondría que presenciaran como delante de todos, me derretía como un viejo buque tocado en su línea de flotación. Sentía sus miradas clavarse en mí como los afilados caninos de una jauría de perros asilvestrados. Así que, con el apremio de un chiquillo descarriado, tomé la mano que me ofrecía, me levanté de una sacudida chirriante y la seguí por un largo pasillo. 
   Entramos en una sala. Me invitó a acomodarme en un extraño sillón electrohidráulico y se marchó. Más desahogado, permanecí pensando en cual sería el doctor que me iba a tocar en gracia, me arrepentí de mi rebeldía, negándome a visitar al dentista cada seis meses, tal como estaba prescrito, y hacerlo solo cuando mi dentadura lastrada por el deterioro me lo pedía mediante punzadas de un dolor mortificante. 
   El misterio no tardó en descubrirse. Derramando sus cabellos como una pavesa encendida sobre mis hombros, la joven que había tomado por auxiliar, clavaba sus ojos claros en mí. Mirándome con un ademán sedante, me dijo: 
—Soy la doctora Regina, relájese. Enseguida habremos terminado. 
   Dejé escapar una sonrisa nerviosa. Inclinó su cuerpo y sentí sus pechos afirmados sobre mi tórax, me abrió la boca y palpó mi lengua con la suya, ungiéndonos en una fricción esponjosa y complaciente. Su aroma impregnó mi alma y su voz me preguntó. 
—¿Cómo se encuentra ahora? ¿Siente dolor...? 
—Niguno… weno... Zi, el de mi corazó... 
    
Sus manos acariciaron mi nuca, se puso a horcajadas sobre mí, y de forma pausada comenzó a hacerme el amor y me volví a sentir joven y lleno de energías...  

   Abrí los ojos. La doctora no estaba. Una auxiliar bajita, con un semblante adorable, me dio unos cachetes en la cara, un vaso de plástico y me dijo. 
—Enjuáguese la boca y pase por secretaría. 
   Al volver a cruzar la sala de espera, los allí presentes me miraron como deslumbrados ¿era respeto o temor? Me pareció oírlos cuchichear a mis espaldas. 
   Seguía sin saber quién era yo. ¿Y la doctora... dónde estaba? 
   Alcé los ojos y la vi sentada detrás del mostrador de secretaría. Sus cabellos escarlata estallaban como fuentes revueltas sobre sus hombros. 
   Me hizo el recibo y me preguntó. 
—¿Satisfecho con el trabajo del doctor Luis Riaño? 
   La miré confuso y respirando acalorado, proferí. 
—¿¡No es usted la doctora Regina!? 
   Sus ojos se volvieron hacia mí con franqueza. 
—No, señor. Yo sólo soy la secretaria Paula Antón... 
   
   Enamorado de su figura, volví tantas veces como excusas imaginé. 
  Un día no la encontré. Se había marchado, me dijeron. Quise buscarla. No supe por dónde empezar. Peor fue cuando pregunté por una supuesta doctora Regina. Otra de las secretarias, que atendía por el nombre de Amalia Quintero finalmente se compadeció de mí, y ojeando en los registros, me supo contestar. 
—Hubo una doctora. Su nombre era Regina Rodríguez—. Se detuvo turbada, alzó la mirada y dijo—. Pero eso fue hace varios lustros. Al parecer no se limitaba a curar a sus pacientes; hacía algo más. Ciertos favores —dijo, mientras su cara se teñía de embarazo —y prosiguió—. Denunciada ante un tribunal le retiraron el derecho a ejercer y la expulsaron. Nadie  volvió a verla... 
   En ese momento recordé que, como era de suponer, nunca se me había pasado preguntar su dirección. La respuesta vino a mí no solo de forma instintiva, la tuve delante. En el momento en que, tras sacudir su floresta de cabellos purpúreos, fustigando mi cara y dejándola narcotizada en un baño de fragancia epicúrea, Amalia Quintero me guiñó el ojo...


 José Fernández del Vallado. Josef, Febrero 2014.

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jueves, febrero 20, 2014

La Catedral.


El sonido destemplado del despertador espoleó a abrir los ojos a Juan. Se revolvió entre las sábanas, se dio la vuelta, los cerró y trató de dormir un poco más. Se encontraba nervioso y apenas había podido pegar ojo; era el día de su boda. 
   Los abrió de nuevo. El editor fluorescente del programador, le reveló que habían transcurrido quince minutos. Alterado, salió del edredón, se sentó sobre la cama y se restregó el picor de los ojos. Estiró los brazos con pereza y se puso de pie, se acercó al ordenador, pulsó un icono y eligió una melodía de la lista. 
   Se aisló en el cuarto de baño; se ducho, se afeitó, pulsó un automático y ordenada, su ropa estuvo lista para su confirmación. Comparó los datos en un gráfico, marcó Apto, y a continuación, utilizando un agente químico antiséptico, la desinfectó con prudencia de posibles radiaciones ionizantes. 

   Salió de la habitación, caminó por el estrecho cubículo iluminado con luz ambarina de neón, pulsó el timbre de la portezuela de enfrente. Lo recibieron todos. Su padre y ahora Padrino de velación; el Padrino de anillos; el Padrino de lazo; y como Padrino de arras, un viejo amigo de la infancia. 
   Sirvieron varias rondas de aguardiente hasta embriagarse y entonces lo abrazaron deseándole suerte; algunos incluso, con lágrimas en los ojos. 

   Juan se sintió agradecido y emocionado por tanta efusividad. Le habían contado tantas cosas hermosas sobre las mujeres... 

    Sin pérdida de tiempo partieron hacia La Catedral. 
   Subieron al ascensor, abrieron la portezuela y salieron de las entrañas de la tierra. Juan no había estado nunca en el exterior, y presenciar un paisaje al que sus superiores jamás se referían, fue recibir un mazazo que lo dejó confundido y turbado. Un astro rojo gigantesco caldeaba una extensión infinita, manteniéndola a una temperatura de aproximadamente 150ºcentígrados. Cubiertos de trajes térmicos y gafas solares anti radiación, se pusieron en marcha. 
   Abriéndose paso en un paraje muerto, caminaron durante cerca de ocho horas. Se detuvieron en lo alto de un risco y contemplaron el desierto: monstruoso, estéril y vacío, que constituía aquella tierra inhóspita. 
   Oráculos especulaban que antaño, en superficie, hubo grandes extensiones de agua, pero ¿era posible con aquel calor extremo? Resultaba obvio: No. 
   Prosiguieron durante dos días más, y al anochecer del tercero, admiraron las elevadas y extrañas cortaduras de piedra dibujándose contra el perfil de la luna. Con una longitud de trescientos metros y una altitud de aproximadamente doscientos, La Catedral se integró en sus miradas. Sin saber exactamente de qué se trataba, intuyeron que pertenecía a un pasado remoto y ya olvidado. Y dentro de aquel espacio semiderruido, construida con tela proteica, hileras perfectas y translúcidas, hechas con seda untuosa, permanecían a la espera del consorte. 

   Manteniéndose a una distancia razonable, se arrodillaron y despidieron. 
   Calzado con el equipo anti adherente, Juan escaló unos veinte metros y tensa, aguardando en el centro de la tela, divisó a su mujer. Se llamaba  Haplopelma Lividum, le habían informado. Tuvo oportunidad de constatar que se trataba de una fastuosa hembra azul cobalto del orden de las tarántulas. La llamó con natural desconfianza. Haplopelma acudió a él y lo envolvió con sus extremidades. Y mientras la penetraba, inmerso en el primer y último orgasmo de su vida, con toda certeza, Juan averiguó el misterio y a la vez el acontecimiento más trascendental de la existencia. 
             Solo un hecho importaba: cubrir con éxito el ciclo vital... 

      José Fernández del Vallado. Josef. Oct. 2011. Arreglos Febrero 2014.


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sábado, febrero 08, 2014

Campo de Hielo Sur.

Imagen: Alexei Tofimov.
 Hace una mañana soleada, de una pureza sin límites. Sin rumbo fijo escalo los escarpados riscos de una región que no reconozco en el mapa. El lastre de mi mochila me hace caminar despacio y encorvado. Aunque estoy muy cansado, me siento libre y satisfecho. 
   Una vez alcanzo la cima encuentro el refugio. ¿Estuve alguna vez en este lugar? 
   

   He ido descendiendo a lo largo de un territorio de miles de kilómetros tan dilatados que nunca dan de sí y en apariencia no tienen principio ni fin, y he llegado a ninguna parte o a esta superficie interminable... 
   La habitación interior es infame y el ventanal diferente. Me basta echar un vistazo para darme cuenta de un hecho: podría permanecer semanas o meses aquí, arrellanado, sin ser capaz de moverme ni dormir, limitándome a mirar, sin perderme una fracción del paisaje. Hacerlo es remontarse sobre las nubes, soñar con el perfil afilado de unos riscos coronados por un cielo celeste que averiguo al otro lado de un glaciar inabarcable de contornos azul esmerilado. 
    Estoy aquí, en el sur... 
   Salgo al exterior y me instalo de forma precaria sobre un talud. Mientras bebo una lata de cerveza la espero. He vuelto a beber. ¿Es una decisión oportuna? No estoy seguro y tampoco le doy vueltas. Una pereza vaporosa llena mi espíritu de una alegría contagiosa y sin sentido. 
   Sinceramente, ni siquiera la llamé. Pero, aún así, ella debería llegar. Siempre aguardé su regreso. Pudiera ser que ahora se encuentre en la otra vertiente de una serranía tan lejana e inaccesible como unas «Cumbres Borrascosas», o se debata en el infierno asfixiante de «El Corazón de las Tinieblas». De todas formas, si uno tiene en cuenta la probabilidad de que jamás llegamos a existir como pareja, y las veces que hicimos el amor fueron fruto de una imaginación premeditada y alevosa ¡qué importa ya...! 

   He prestado tanta trascendencia al proceso —me refiero al de la imaginación— que apenas caí en la cuenta, y podría estarlo sobrevalorando o menospreciando. Me puede jugar malas pasadas. Como inventar hechos o situaciones que jamás viví; trasladarme a lugares en los que nunca estuve; inducirme a escalar cordilleras sobre las que apenas puse un pié; formar parte de una revolución haciendo frente a las fuerzas represoras en primera línea de fuego, y a la vez permaneciendo oculto en su retaguardia; transformarme en líder político y cuyo único fin —a condición de entregármelo todo— consista en suprimir el capital; saberme inmortal y seductor y amar a las mujeres que siempre deseé, y a las que tuve en mis brazos olvidarlas para siempre; concebir que he llegado a creer que me constriñe un calor asfixiante, cuando en realidad me muero de frío; e incluso inducirme a sospechar que estoy perdido en el Campo de Hielo Sur de La Patagonia, y que mis compañeros de cordada, uno tras otro fueron quedándose atrás, y murieron sin lograr encontrar este refugio que nos habría protegido de la terrible ventisca de nieve... 
   ...Y que esta cabaña en la que ahora me encuentro no es sino un destello de mi mente; y en cuanto al paisaje extraordinario que se brinda ante mis ojos, podría ser el mismo que una vez encontré en un Atlas o cualquier enciclopedia sobre panoramas insólitos. Comienzo a tener una ridícula certeza: de entrada que Manu y Cris —a quienes tanto adoré— nunca fueron hijos míos, y luego que mi mujer o aquélla con quien conviví, se cansó de mí y me abandonó. En lo que atañe a mi físico ya no siento las manos ni los dedos de los pies ¿y para qué los necesito? Mientras la exigencia placentera de cerrar los ojos y dejarme llevar por la imaginación me reconduzca, todo irá bien. ¿O podría resultar peligroso? Con todo, contemplar esta exhibición de la naturaleza me anima a sentirme privilegiado... 
      Ya me lo insinuaron:

«En el sur nada es real. Las mujeres y hombres de esa región suelen ser veletas y tienen ciertos poderes. Uno de ellos, el de desvanecerse como el fragor amortiguado de una ventisca al irse desgranando. En cuanto a las pasiones, cuando nacen, son tan ardientes que enloquecen a cualquiera hasta hacerlo capaz de matar por amor o dejarse matar por amor. En lo que respecta a los sueños, pueden volverse tan caprichosos y reales, como irreales».
  
   Despierto un instante. Sentada a mi izquierda está Martina. Me observa de soslayo y retozando se descuelga un instante de las manos mientras, sosteniéndose con los pies en un saliente de granito, echa hacia atrás su torso y lo expone sobre el precipicio. Sus cachetes se enrojecen y su cabellera color cobrizo se alborota con la ventisca. Mediante un movimiento veloz y acrobático vuelve a la posición inicial. Una carcajada bulliciosa y tan fina como el llanto de un bebé, brota de su garganta. 
   Sus ojos glaucos se centran en mí y me pregunta. 
—¿Volvemos...? 
   Asiento. Miro hacia la explanada helada de cientos de kilómetros que se extiende ante mis ojos, y estoy seguro de una circunstancia; no volveré caminando. No hay cuidado, encontraré la forma... 
   Alguien, no recuerdo quién, me previno: “No vayas al Campo de Hielo Sur.” 
   Y estoy aquí. 
   Perdido, tal vez para siempre, en este hermoso y placentero sur... 
   
  José Fernández del Vallado. Josef. Febrero 2014.

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