jueves, octubre 17, 2013

Radiorama de una Chingada.



La melodía que modula el himno de mi patria en el móvil me despierta. Me encuentro cansado y tenso. Contesto y recibo la noticia con una mueca de alivio que termina de aplacar mi ansiedad. 




  Y aquí estoy, tendido: cual culo de vieja,* sobre una cama revuelta. El cuero que me ha hecho la labor reposa arrimada a mi lado como si nada, y menuda guila* ¡qué onda con la playera que le compré en Alemania!, no se la quita ni para chingar*. En cambio de ahí para abajo, y sobresaliendo sobre el embozo de la sábana, exhibe su papaya* pelirroja y rizada cual tierna y bella flor a la brava*. Me ha dejado la verga hecha un pingajo. Pero güey*, ¡merecía la pena! 

  Me asomo por el ventanuco. Otra mañana nomás. Haré cualquier babosada*. Ahora nada me pilla por sorpresa ¿Por qué cambiar de apariencia si todo me está saliendo al pelo? 
  Apago el radiorama* de un manotazo y salgo del catre, me incorporo, me estiro con furia, camino hasta la bañera y dejo que el agua tibia reconstruya mi organismo amodorrado y molido por el ajetreo de la noche anterior, y lo devuelva a la realidad chida* que es mi vida actual. 
  
  Otra mañana, una más de un calendario interminable y que a veces puede resultar de la chingada,* pero ésta en el fondo es especial. Soy un chachalaca*feliz. Tengo un trabajo, amigos, y me muevo en los círculos adecuados. No sé por qué hay momentos en que llegué a dudar, fueron un borrón en mi existencia y no deberían de existir y en realidad pronto se irán. Por lo demás soy normal. Apenas me diferencio en nada de los millones de güeys que se reúnen y achuchan en la ciudad. Excepto en un detalle. Yo siempre aspiro a más... 
  
Una cosa es cierta. Últimamente mi vida se había torcido hasta el punto en que obedeciendo órdenes cada vez más locas, perdí mi autoestima y casi dejé de creer. Estuve a punto de hacerlo, pero nunca me aparté del camino. Hoy sigo teniendo presente, que mientras Dios bendiga mis actos, todo irá como es debido. Y ahora disfruto chingándome los mejores cueros.* 
   Salgo de la ducha, me detengo unos instantes delante del espejo y ¡por Dios, güey! ¡Estoy pa mearlo!* Mi cuerpo ya no es el de antes, sino el de un arruinado pendejo*. Los brazos una vez musculosos, son pura mierda*; mis pectorales no existen, mi vientre está hinchado. ¡Ni pedo!* ¿Demasiadas francachelas y comilonas? En cuanto a mis piernas hinchadas y cubiertas de tatoo*. No vayan a creerlo. No son simples dibujitos, sino símbolos que me protegen y forman parte de mi ser. Hubo una época en que las imágenes me hablaban. Yo les preguntaba y ellas me mostraban el camino. Hoy ya no me hace falta. Sé con certeza hacia dónde pinche dirijo mis pasos. 
  
  Mi jefe mantuvo su área de influencia en más de diecisiete estados. Lo cual me llegó a parecer un apañón* sin precedentes. Aunque hoy, al lado de lo que estoy a punto de hacer, se vaya a quedar en nada. 
  Abro el armario secreter y saco mi colt modelo «Gold Cup National» calibre 45, bañado en oro, con brillantes incrustados y las cachas en oro blanco. Un tesoro que no tiene precio. Lleva ya doce muescas grabadas, y algunas le van a nacer. 
  Me calzo los votos camperos, me pongo mi traje de franela, sí, el que le compré a mi amigo Versace. Me ajusto el corbatín americano y mirándome fijamente al espejo, cuidadosamente, ladeo sobre mi cabeza mi sombrero vaquero dos montañas. 
  
  Mientras desayuno por primera vez pienso en mi patrono Jesús Malverde* que tantas gracias me otorga y, luego, no sé por qué, en «El Señor de los Cielos*» y la vez en que me invitó a su rancho y me propuso que controlara su flota de aviones Boieng, donde transporta su “polvo de ángel*” a gringolandia. Le dije que me lo pensaría. Lo que no sabía ese güey es que yo no soy ningún culero*, y mi deseo era trabajar para mi patrono Jesús Malverde*, y no para un pinche mamón.* 
  Fue una buena idea recomendarle mi médico para lo de la cirugía plástica. Salió mal por desgracia, repaso mientras bajo las escaleras de mármol de Carrara y me dirijo a mi sedán blindado de cristales ahumados. Ahorita mismo, pienso con regocijo, ahí arriba o en un término medio y neutral, Dios y el Diablo, se estarán peleando por no acogerlo en su seno. Mientras aquí abajo, yo mismito, me voy a encargar de que la paz se extienda por mi preciosa nación mexicana. Pues ya casi puedo considerarla así: mi nación. 
  Yo que nunca he sido guapo, pero soy buen pedo.* 
  Cuando llego al precioso rancho de mi jefe, su imponente fachada principal, taladrada por las perforaciones de las balas, parece un queso gruyere. Diseminadas aquí y allá todavía se escuchan las detonaciones y el traqueteo metálico de los cuernos de chivo.* 
  Los minutos se suceden; finalmente mi lugarteniente Beltrán Cuarón, sale del interior del edificio. Con él lleva, bien atado, a mi ya antiguo jefe. Ni siquiera lo miro a los ojos cuando le descerrajo el tiro en la nuca; ya estaba muerto. A continuación desenvaino mi katana tipo Oda Nobunaga, —que según dicen, perteneció al maestro legendario Hanzo Hattori— decapito de un mandoble la cabeza y, acompañada de una suculenta suma en metálico, se la envío al General Juanjo Bustos, máximo líder de la lucha contra el narcotráfico en México. Se encargará de difundir la noticia como una victoria más del gobierno. 

  Mientras tanto yo, tras unir los mayores cárteles, paso a ser dueño de cuarenta estados; en total, las tres cuartas partes de México. No tardaré en recibir al “Presidente” el cual, ansioso sin duda, deseará conocer mis inquietudes sobre una nación que siendo un hombre joven y ambicioso y encontrándose solo, sin el poder de mis panchólares* y mi apoyo directo, nunca podrá gobernar. 

José Fernández del vallado. Josef. Octubre 2013. 

Relación sobre el argot mexicano: 

Culo de vieja:* Doncella agraciada. 
Güey: Suele ser usado en la jerga Mexicana como cliché. Es algo así como el ché en argentino.
Guila:* Prostituta, furcia. 
Chingar:* Joder, follar. 
Papaya:*Vagina. 
A la brava:* Descuidadamente, desconsideradamente. 
Babosada:*Imbecilidad, tontería, disparate. 
Radiorama:* La cadena que une a México. 
Chida:*Estupenda, maravillosa. 
De la chingada:* De lo peor, malísimo. 
Chachalaca:* Persona locuaz. 
Cuero:* Hombre/mujer guapo/a. 
Pa mearlo:* De aspecto desagradable. 
Pendejo:* Idiota. 
Pura mierda:* Basura. 
¡Ni pedo!:* Ni modo. 
Tatoo:* Del inglés, tatuajes. 
Apañón: Acto en el que una cierta autoridad descubre in fraganti a algún manoseador de leyes (o de muchachitas de menos de quince años) y, también fuera de la ley, se aprovecha de la situación para incrementar su riqueza personal. 
Jesús Malverde:* Es conocido como "El Santo de los Narcos". 
El Señor de los cielos:* Amado Carrillo Fuentes, apodado “El Señor de los Cielos” por su innovador sistema para transportar cocaína en una flota completa de aviones Boeing 727. Murió en 1997 durante una cirugía plástica que se realizaba con el fin de no ser identificado por las autoridades. 
Polvo de ángel:* Cocaína. 
Culero:* Miedoso, cobarde, traidor. 
Pinche mamón:* Persona rastrera y con aires de grandeza. 
Buen pedo:* Buen rollo. 
Cuernos de chivo:* AK-47. 
Panchólares:* Peso mexicano.

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miércoles, octubre 09, 2013

El Puente de Trajano.




Nada más jubilarse, el maestro Camilo Saelices se retiró a vivir en su pueblo: La Asunción. 
  Ocioso, y sin saber exactamente qué hacer, los primeros días decidió escribir su autobiografía. 
  


  Finalizó el primer mes, y estancado en un foso de falta de inspiración, la página en blanco se mantenía inmaculada ante su mirada embobada. Sumido en una apatía creciente, llegó a una conclusión: necesitaba respirar aire fresco. 
  Comenzó a pasear por los alrededores. Pero cada día recorría un trecho más corto. Ya que con las primeras nieves del invierno, el camino fue cubriéndose de un manto de blancura, que enseguida alcanzó un considerable espesor. 
  Su casa estaba algo alejada del centro. Aún así, aburrido, comenzó a frecuentar el bar de Manolo. Para volver tenía que cruzar un viejo puente tallado en piedra. Se decía que había sido construido en épocas del emperador de Roma: Trajano. Argumento que Camilo rebatía, y no acababa de tomarse muy en serio. 

  Aquel día de mediados de enero, la tarde era espléndida. Enardecido por unos chatos de tinto, la partida de dominó, y una charla farragosa sobre fútbol y política, se entretuvo más de la cuenta. 
  Cuando salió anochecía, y los objetos antes nítidos eran ahora vagas sombras sin relieve. Patinando embriagado sobre la cubierta nevada, progresaba con una energía insólita. Algo le indujo a detenerse; pues a cierta distancia, o en su mente, creyó escuchar una deliciosa melodía. Temeroso e inseguro, se giró en ambas direcciones, resguardó su cogote bajo el cuello del abrigo, y continuó caminando; y según progresaba, la melodía regresó. Y ahora lo hizo transformada en un admirable relincho. Levantó la cabeza y en la parte más alta del puente, distinguió la silueta: las crines, sin cesar de ondularse, bailando a derecha e izquierda; los belfos, despidiendo efluvios de vaho; y la testuz, coronada por un cuerno de marfil reluciente. Galopó hacia el extremo opuesto y penetró en un halo de luz cegador. 
  Deslumbrado, Camilo solo pudo seguirlo. 
  Al otro lado se halló a plena luz del día. Pasmado, observó como sus botas apelmazaban una tierra seca y rojiza. Un calor abrasador le obligó a quitarse el abrigo. Se lo echó sobre el brazo y vacilante y sin dejar de sudar, siguió caminando. Solo entonces tuvo consciencia de la magnitud del paisaje. Su mirada se encontró perdida en un dilatado universo en el que los matices glaucos y esmeraldas de la maleza, variopintos rojos y marrones de la tierra, y los azules del firmamento, se integraban y fundían en un entorno de fragancias. Y algo más cerca, bajo un árbol, cuyo tronco era un grueso y gigantesco tonel, contemplándolo en silencio, descubrió al conjunto de humanos. 
  
  Antes de darse cuenta, una abigarrada multitud lo rodeaba. Chiquillos de piel negra cantaban y reían, y le ofrecían sus tiernas y frágiles manitas. 
  Instantes después, se halló frente a un viejo aún más viejo que él —o quizá era solo una impresión—, el cual, sin cesar de fabricar gestos en el aire, gorjeaba en un idioma incomprensible. Terminó de hablar, se incorporó y caminando a paso ligero, se retiró dejándolo ante unos cien muchachos que, sentados bajo el árbol, atendieron la clase que Camilo impartió a continuación durante un par de horas: de forma sencilla, sin pizarra, tizas, ni hojas. Expresándose mediante divertidas alharacas, murmullos y cloqueos, con la mente despierta y un gran regocijo. 

  Finalizó y se descubrió solo frente al puente. Dio unos pasos y se internó en el invierno de La Asunción. 

  A la mañana siguiente, despertó tendido sobre su cama. Hechizado por un frenesí embriagador, se puso a buscar una interpretación al suceso. Debido al vino ¿había disfrutado de aquella extraña y reconfortante ilusión? O viceversa. No acababa de creerlo. ¿No había sido un sueño fascinante? Pasadas unas horas, derrotado por el esfuerzo mental, no tuvo más remedio que reconocerlo. No había pasado de ser un sueño. Pero tan real y quizá... ¡diferente! Una enorme nostalgia asedió su alma en una tristeza inconsolable. 

  En días sucesivos, de forma involuntaria, realizó los mismos movimientos. Acudía al bar y tras emborracharse, caminaba hacia el puente lo franqueaba y no ocurría nada. 
  Sin darse cuenta de que sus borracheras iban en aumento, una y otra vez repitió el mismo proceso. Vencido, dejó de jugar y se limitó a permanecer en un rincón, sin cesar de beber y mascullar acerca de su maravilloso viaje al África, cuando todos sabían que las andanzas del profesor, apenas habían trascendido más allá de los límites de la capital. 
  Murió al final del invierno, de congelación, tras bañarse a media noche: desnudo y bebido en las heladas aguas del río. 
  Nadie acudió en su ayuda. En el pueblo todos eran viejos, y estaban cansados de soportar sus desórdenes. De todas formas, organizaron un entierro digno. 

  Al atardecer, portando a hombros el ataúd, el aire y los corazones de los hombres se impregnaron con una melodía etérea. Y dando el do mayor, como una suave contracción o risa de felicidad contagiosa, se impusieron los elegantes relinchos del Unicornio. 
  Se detuvieron unos instantes y santiguándose de forma arrebatada, iniciaron la marcha ascendente. Cruzaron desprendiéndose de los abrigos y abanicándose entraron en África. La comitiva, acompañada de las loas de cien jóvenes vestidos con sus mejores atuendos, se encaminó hasta el baobab secular. 
  Depositaron el féretro en la fosa excavada en sus raíces. 
  El viejo, solemne, gorjeó unas palabras ininteligibles, que todos pudieron entender. 
  A continuación se volvieron, y en silencio atravesaron el puente de nuevo. 

José Fernández del vallado. Josef 2011. Arreglos, octubre 2013.

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domingo, octubre 06, 2013

Siempre Nos Equivocamos.


Foto: Kiyo Murakami.





Conocí a Kazumi cuyo nombre significa: paz y belleza, en el año 2018, en la isla de Shikoku, prefectura de Ehime. Almorzaba sentada a una mesa en una casa tradicional de comida japonesa, cerca de la desembocadura del río Korkuyo. 





Desde que a finales del año 2015 mi país —desmenuzado en mil pedazos— se escindió de forma definitiva de la Unión Europea, y pasó a formar parte del entorno del Asean: Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, mi espíritu, hasta entonces volátil, soslayando torrentes de nacionalismos, buscó certidumbres a las que agarrarse. Desde luego no iba a encontrarlas en una Europa vieja y desgastada, y cada vez más perdida en la marea creciente de los fanatismos. 

De modo que dejé un continente con un corazón roto, y volé a Japón. En principio desorientado, me aferré al budismo y a las cualidades de la shanga. Y así deambulaba por aquel país, tratando de dejar atrás un pasado incierto y oscuro. Practicaba el buen camino, la senda de la honradez y por ende de la lógica, o eso creía. Hasta ese punto había llegado cuando la encontré. 
Hambriento y cansado pedí permiso para sentarme a su lado. Me miró de reojo y asintió. Pedí un sushi y comencé a comer sin hablar. Se detuvo y sin dejar de mirarme sonrió ante mi torpeza con los palillos. Quien la miró de reojo ahora fui yo. Estaba demasiado acostumbrado a que se burlaran de mí, de modo que no hice caso y proseguí. Entonces la oí decir. 
—Nunca te acostumbrarás... 
Sin dejar de masticar alcé un poco las cejas y pregunté. 
—¿Por qué dices eso? 
—Somos muy diferentes dijo, mientras apoyaba el mentón sobre su mano. 
—¿Eso crees? —repuse. Y argüí—Quizá te equivoques. 
—No lo creo dijo, mirándome con una sonrisa de irreverencia. Me di cuenta de que era bastante joven, desde luego más que yo. Y por lo tanto, también impulsiva. 
No contesté, y seguí comiendo. 
Con voz irritada, me censuró. 
—¿Cómo es posible que no te hayas dado cuenta?— y enardecida, añadió—. ¡No hay nadie! Nadie te va a perdonar los pecados que hayas cometido en el pasado. Ni siquiera nuestra filosofía oriental podrá quitártelos de encima. 
Ante su descaro, el sushi se me atragantó y me interrumpí. Por primera vez detuve mis ojos en ella. Tenía una piel muy blanca, de aspecto pálido, pero no macilento, sino limpio y casi metálico. Unos ojos negros me miraban centelleando como tachuelas llameantes. Su cabello liso, largo y lustroso, de un azabache radiante y seguramente suave, brillaba con los rayos del sol que entraban por el ventanuco que quedaba a nuestra izquierda. 
—¿Qué pasó contigo respecto a tu Dios? —disparó a bocajarro. 
—¿Te refieres a la Iglesia Católica? —respondí titubeante. 
Asintió con vehemencia. 
Me pasé la servilleta por los labios, bajé la cabeza, volví a mirarla y los resaltes de mi boca se movieron sin pronunciar una palabra. Seguía esperando. No podía defraudarla. Así que finalmente, dije. 
—Ni siquiera me dio motivos para creer. O mejor dicho, uno tras otro, me los arrebató y se los llevó consigo. Ahora los custodia con sus riquezas. La Iglesia se ha convertido en un viejo museo abarrotado de oro y brillantes, sin lustre, estancado en un lugar llamado Vaticano. 
Sonrió y dijo. 
—De modo que piensas que nuestro viejo budismo es más ¿civilizado, avanzado, espiritual...? 

No lo pensaba, y ni siquiera sabía con certeza qué pensar. Quizá por eso practicaba la senda de la shanga. Había elegido un camino. Otros eligen el Camino de Santiago, yo la shanga. 
En cambio pensaba que tenía razón, éramos tan diferentes. Nunca podríamos sintonizar. 
—Pues debes saberlo—siguió diciendo— el budismo no es perfecto. Es machista como la iglesia. ¿Sabes que buda era reacio a permitir que las mujeres se unieran a la shanga, y cuando lo hizo, igual que la iglesia sometió las monjas a los monjes...? 

—Dime chiquilla... 
Me miró sulfurada y dijo 
—Me llamo Kazumi. 
—Pues Kazumi ¿Dónde quieres ir a parar con tu empeño en agraviar a las religiones? 
—No las injurio. Pero te voy a demostrar que estás equivocado. 
—¿Cómo? Inquirí, cansado de la fogosidad autoritaria con que justificaba sus certezas. 
Terminamos de comer. Salimos a pasear por el puerto. Seguimos caminando y ascendimos el monte Nishi. Una vez en la cima, se volvió y me preguntó. 
—Dime ¿qué encuentras ahora aquí mismo? 
La miré fijamente. El sol comenzaba a declinar y su perfil antes duro, revelando ahora rastros de un cansancio inevitable, parecía haberse relajado. 
—Encuentro fuerza. 
—¿Y quién te proporciona esa fuerza? 
—El entorno. 
—Y qué más. ¿Qué más ves? 
—Belleza. 
—Y quién crea esa belleza. 
—El mundo que nos rodea. 
Y dime, ¿ves algo más? 
—A ti... Kazumi. 
—Y qué piensas sobre mí. 
—Pienso que eres bella, pero también terca. Porque no crees... 
—¿Es eso lo que crees, que no creo? 
Confuso, volví la cabeza. Y tras permanecer en silencio unos instantes, le dije. 
—No. Tú también crees. 
—Exacto, yo creo, dijo con orgullo casi pueril. Pero no en lo mismo que tú. 
—¿Y en qué crees tú, Kazumi? 
—Creo en lo único en que a estas alturas todavía es posible creer, contestó mirándome de soslayo. ¿No lo adivinas aún? 
Encendido alargué el brazo, volví su rostro hacia mí, y sin poder refrenarme la besé, y con una mueca de euforia, dije. 
—Está claro... Tú crees en el amor. En el fondo eres una romántica. 
 Su brazo se extendió como un látigo y su mano azotó mi rostro con violencia. 
Furiosa, contestó. 
—¡No! ¡Te equivocas! ¡Siempre te equivocas! El amor es traicionero y tú un vulgar hombre que se disfraza de monje para acercarse a las mujeres. 
A continuación, dando la sensación de encontrarse avergonzada, bajó la cabeza y añadió. 
—Yo creo en la naturaleza que nos rodea. Aunque tratemos de alejarnos de ella, encerrarnos en ciudades y fingir que estamos por encima, nuestro ecosistema nos mantiene cercados. Sólo somos peces en una pecera. ¡No te das cuenta! —y agregó—. O peor. Alimañas con el instinto atrofiado. Por eso cometemos todos los errores y desmanes que la fauna que exterminamos, nunca cometerá. Estamos abocados a desaparecer. Hemos roto las normas. 

Centró sus ojos en mí y casi gritando, dijo. —¡Y por eso...! ¡Por eso...! Desde que me has besado, creo que he empezado a amarte. Porque soy una animal necio y atrofiado, y no estoy segura de nada y también vivo equivocada. Amar es una gran equivocación: ¡una locura!, pero dentro de lo que cabe, quizá la mejor... dijo sollozando. 

Estaba bastante loca, no había duda. 
Nos abrazamos tiernamente. No hicimos el amor. Era solo el primer día, y yo era un monje, mientras que ella era muy decorosa y más respetuosa de lo que en principio juzgué. 
Como siempre yo estaba equivocado ¿y ella? Ella también: sintonizamos. Vivimos juntos unos cuantos años más de lo pensado. Lo justo para presenciar un final que estaba cantado. 
Tuvo lugar un amanecer, después de que el mundo entrara en una nueva conflagración. Desde luego fue un final sobrecogedor y alucinante, dictado por nuestra naturaleza atrofiada. 
Desde lo alto de la montaña vimos los hongos atómicos elevarse sobre las ciudades del Japón y supongo que también, en otras partes del mundo. 

La historia no se termino; empezaba otra vez. 

Entonces el hombre haría algo que hasta ese momento nunca había hecho: dejar de considerarse superior y sobre todo, el gran protagonista de la tierra. Hizo muy bien. Por una vez quizá no estuviera equivocándose. 

De todas formas daba igual. Tardaría muy poco en volver a las andadas. 

José Fernández del Vallado. Josef . Octubre 2013.

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miércoles, octubre 02, 2013

Entre Buenos y Malos...



Esta mañana, después de hacer unas compras y tras degustar un delicioso café en los filipinos, súbitamente, la mente se me iluminó. 

Lo cierto es que hacía ya mucho tiempo no me sucedía nada parecido, y hasta ese instante, nunca le había dado importancia al asunto; y en realidad, cuando pienso en ello, sigo poniéndolo en duda. La cuestión es la siguiente. ¿Soy ya mayor? ¿Me he desarrollado hasta el punto de tener la osadía como para sentirme con ánimos para poner en tela de juicio las acciones que mis semejantes de especie, cometen en este mundo? 
Debo confesar que un pensamiento de apariencia tan simple, me ha alterado los ánimos, y un poco también los esquemas. 

Todo empezó ayer por la mañana, a primera hora, entre la lluvia. En el momento en que arropado bajo mi paraguas, saqué a mi perra Carlota a pasear. “Menudo día de perros,” murmuré. Sin embargo, siendo Carlota una perra de guas, mojarse un poco no le molestará —me atreví a suponer—. Me equivocaba. La señorita ni siquiera se dignó a salir por su propio pie. Tuve que sacarla arrastras. Y había que hacerlo. Es uno de esos deberes que, más tarde o más temprano, se convierten en impostergables. 

Comencé a caminar. Llevaría recorrido un trecho considerable y me di cuenta. Un can deambulaba a varios metros de mí. La cuestión radicaba en el detalle en sí. ¿Aquel animal realmente pertenecía a la familia: Canis Lupus? Y es que, juzgándolo a primera vista, calculé que podría tratarse de una extraña mezcla entre hiena del desierto y chacal carroñero. El bicho —tan libre como un león campando por la sabana— estaba sin correa y sin dueño. Lo cual me llevó a estremecerme. Pero no había vuelta de hoja. Nos había visto. Y tan pronto nos localizó, trotando alegremente, se dirigió hacia nosotros. Bastante asustado, pero con la irrevocable decisión de librar a mi perra de las fauces de aquel feo depredador, haciendo gala de un arrojo kamikaze, me interpuse entre ambos. Y entonces, el perrazo —que si se lo propusiera podría destrozarme de un leve bocado— con aire de contrariedad, tuvo la cortesía de detenerse ante mí. 
En aquel preciso instante una voz aguda pero clara, se añadió al encanto del momento. Dueña de una seguridad apabullante, y en apariencia dirigiéndose a mí, exclamó. 
—¡Calma! ¡No hace nada! 

Paralizado como una estatua de sal, volví los ojos hacia el extraño ángel que surgiendo de la nada, y como tocado por un hechizo embriagador, me acababa de dejar sugestionado. Se fue acercando y me encontré frente a un hombrecillo oriental. En su rostro de apariencia joven, pude entrever una alentadora expresión de tranquilidad, dominio e incluso, complacencia. Caminaba hacia mí, o más bien hacia su bestia. La cual, sorteándome mediante un merodeo silencioso, había evolucionado hasta llegar junto a mi perra, que sin dejar escapar un jadeo o aullido de pánico, y en principio tensa como un palo bajo mis piernas, la muy puerca, ¡se dejaba husmear! 
Lo grave con respecto a Carlota, es mi reciente sospecha. Me temo que dentro de ella, una vez más, comienza a germinar un naciente periodo de celo. Los últimos días la he notado rara e incluso melancólica. Todo ello me induce a pensar que se encuentra en los prolegómenos en los que tras dejar a un lado su encanto, durante un par de semanas se convertirá en una suma de ansiedad y pasión incontrolable. Como es natural, la cuestión no pasó desapercibida al perrazo. Y, ahora, ni modo de apartarlo de Carlota. 

Para mi asombro, moviéndose con cierta agilidad, el hombrecillo había llegado hasta su monstruo, y mientras luchaba intentando apartarlo de Carlota, comenzó a partirse de risa. Lo miré irritado. ¿Cómo era posible que aquel ser no lo entendiera? La situación distaba de ser graciosa. Sus ojos se volvieron hacia mí, y para mi sorpresa, no encontré una expresión jocosa e inoportuna, sino amable y civilizada, que comprendida en una mímica angelical, deshizo mi hielo. Era el chino —porque era un chino y eso estaba más claro que el agua— más agradable y extraño que he visto en España, me dije para mis adentros. 
Hablándome en un tono suave, me dijo. 
—Lo siento. Y divertido, inclinó la cabeza. 
Poco a poco se hizo con la bestia, y conforme nos fuimos separando, levanté una mano en señal de gratitud. Me marchaba regocijado y entonces caí en la cuenta. El suceso había tenido lugar justo delante de la mansión del famoso delincuente «Gao Ping», y aquel hombre y sus rasgos... Me volví una vez más. En ese instante entraba en la casona. Me quedé pensativo. ¿Aquel tipo tan cortés era realmente Gao Ping? Imposible. Dicen de él que se trata de un ser despiadado. Ha creado un imperio donde el lavado de dinero, la malversación y el fraude, están al orden del día. Por lo visto comenzó desde abajo, como vulgar repartidor de chucherías. 

Llegué a casa. Encendí el ordenador y busqué algunas de sus fotografías. ¡Era él! Entonces lo comprendí. La maldad de aquel hombre había sido forjada en base a una percepción amparada bajo un sutil velo de astucia, y también —porqué no— de inteligencia. Y me di cuenta de que aquel encanto o «don de gentes», le podría haber llevado tan lejos como hubiera querido. Si cerca de él no hubiera estado espiándolo su igual y hoy también enemigo: nuestro sistema. 
No todos los hombres malos representan lo que son. Y los buenos ¿dónde están hoy? 

Hace años me encantaba la ciencia ficción, deseaba alcanzar el futuro. Y ahora, hoy mismo, resulta que estamos en él. Más que un mundo se trata de un medio, con redes perfectamente desarrolladas y falaces, como las que el gran Orwell imaginó y predijo en su libro: 1984. Organizado mediante una gigantesca Base de Datos compilados a velocidades astronómicas por la vasta red de microprocesadores de silicio —al fin y al cabo máquinas— el «Gran Hermano» patrulla, asalta y saquea sin descanso al conjunto más débil y mal retribuido: la clase media y obrera. De forma metódica e implacable, poco a poco, nos ajusta las cuentas y nos despoja de los pocos bienes que tenemos. ¿Y todo ese caudal que nuestro sistema obtiene, por ejemplo, mediante el ivazo, multas siderales, cobros de luz y gas fraudulentos y demás recursos embaucadores, dónde va a parar? Porque a algún lugar irá, creo yo. ¿Nadie lo sabe? Es el secreto mejor guardado. Pero hay que decirlo, porque está claro. En USA termina en las forradísimas cuentas de eminencias como Bill Gates de Microsoft, o Larry Page de Google, por poner dos ejemplos. ¿Y aquí? Aquí, acaba donde siempre. En manos de los “Señoritos Banqueros.” En el reparto intervienen algunos industriales y políticos y siempre una clase alta que desde Franco no se ha bajado de su ensalzada Atalaya. Se adjudican el pan que defraudan al “pueblo.” En definitiva, un pastel que ellos mismos amasan y aderezan para luego esquilmarnos a fondo; por fuera y por dentro, llevándose incluido en el paquete, nuestros sueños y el plasma vital... 

Algunos quizá pensarán, que ante las protestas que hoy en día comienzan a generarse, dicha maquinaria se habrá ralentizado o detenido. No es cierto. Que haya opiniones en contra forma parte de su juego y les importa bien poco, puesto que ya atravesaron épocas conflictivas mucho antes, saliendo en todas victoriosos. 
Se limitan a preservar de forma despiadada su creación. Se trata de un monstruo que ha ido creciendo al albor de los siglos y, de forma insaciable, perfeccionándose en un método: la extorsión. Es un gran y voraz régimen capitalista. Por eso hombres como Gao Ping: mafiosos, que blanqueaban el dinero y apostaban por el bando enemigo, donde se alinean ciertos capitalistas que moran al otro lado de nuestras fronteras, fueron abordados y detenidos con saña por nuestro sistema. No olvidemos una circunstancia. Nuestra red, régimen u organización, también es, en cierto modo, mafiosa. 
¿Hay algo peor que la lucha de clases? Sí. Cuando dos hermanos pelean por hacerse dueños del mismo pastel. Ocurre, que en el mundo del hampa, solo uno puede resultar vencedor. En cambio ellos, o el mionstruo, sigue progresando, avanza hacia un paso más en su evolución, y ahora ¿comienzan a colaborar entre ambos...? Porque, que conste, Gao Ping sigue libre y feliz. ¿O lo que vi era solo un espejismo? 

Desde hace un buen rato algo más me corroe por dentro. El chino, el malo de la película, el mafioso... ¡me cayó estupendamente! Lo cierto es que vi en él a un hombre—no sé si frío y calculador por dentro— pero en lo que a mí concierne, lo que yo retraté, fueron aquellos gestos agradables, humanos y conciliadores. Por otra parte, quien debería encarnar la ley, el orden, y sobre todo personificar el bien, nuestro todopoderoso Presidente del Gobierno, el Señor Rajoy, cada día se me hace más cargante y estirado. Si hasta parece una máquina ¿no? Basta con fijarse en su actitud; cuando se mueve  y habla, siempre los mismo tics. Definitivamente es un robot, pero de los malos. Lo cual me induce a preguntarme, ¿quiénes son los buenos y cuáles los malos? ¿Acaso un juez, en un caso como la Operación Puerto, no delinque cuando elimina pruebas concluyentes como las bolsas de sangre? Y un tesorero como Bárcenas, defendido a capa y espada por un partido que hace tiempo dejó de prestar atención y respeto a lo que dice la calle: El Pueblo, y se apoya en una mayoría alegal... ¿qué intereses pueden representar esos personajes? 

¿Dónde está entonces la ley, y quiénes son los buenos? ¿Y los malos? No serán acaso buenos los malos. Cuando un buen mafioso como Gao Ping me resulta mejor que un mal Presidente del Gobierno como Rajoy, tengo que hacerme una pregunta. ¿Qué está a punto de suceder, o qué sucederá después? Desolado, llego a una conclusión que me desarma. 
¿Está de nuevo todo previsto—atado y bien atado— de antemano por nuestro Gran Hermano, o al final, empachado de pastel envenenado, pringará sus engranajes hasta cubrirlos de una herrumbre mohosa que los detenga de una vez...? 
Lo cierto es que hoy, a estas alturas, la realidad ha dejado de existir. En cuanto a la verdad —¿la verdad?— ya solo puede ser una: «Entre buenos y malos: ¡peores!» 


José Fernández del Vallado. Josef. Octubre 2013.



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