viernes, julio 03, 2009

Aquí regalan Estrellas.


A menudo me sorprende la belleza de Afganistán. Sus campos de opio me recuerdan a los terrenos de amapolas durante la primavera de Pensilvania. Aquí, sin embargo, no es primavera. Esa estación no existe, o todavía no he podido disfrutarla...
El otro día podría haber reventado al pisar una mina y no lo hice; estaba desactivada. Los talibanes que la colocaron tenían prisas y olvidaron activarla.
Muchas veces, cuando tras una larga caminata estoy a punto de desfallecer, escucho mi corazón martillear en mi pecho y pienso en Rebeca. Cuando hacíamos el amor mi corazón se ponía a cien como ahora. Pero ahora no hago el amor, sino la guerra.

A mí no me gusta la guerra, pero necesito el dinero. Tras un par de años sin empleo fumando crak y ocupando inmuebles abandonados alguien me dio la solución. “Siempre tendrás un lugar donde descansar y amigos a tu lado,”me dijo.
Nada era cierto. Dormimos en cuevas y los amigos duran lo mismo que un par de puestas de sol.

Pero esto es bonito; es bonito hacer el bien y sentirse vivo. Lo que ya no es bonito es adentrarse en el área donde ha sido arrojada una “cortadora de margaritas.” Es una bomba de combustible vaporizado; sofoca los cuerpos de las personas. Encontramos víctimas arrebujadas alrededor de grandes charcos de sangre fluyendo de sus cuerpos a través de pequeños orificios. Es una manera violenta y dolorosa de morir. En una palabra: ¡Una putada!
Dicen que los Talibán están a punto de perder pero yo no lo creo, cuantas más razones les demos para luchar menos tendrán que perder y más que ganar.
Conocí a una mujer Talibán; llevaba la burka todo el día, no se la quitaba ni para dormir. Al principio me escandalizó. Ahora me escandaliza más que en nuestro país se liquiden sueldos de quinientos dólares diarios, cuando aquí y en el resto del mundo no hay dinero ni para un maldito grano de arroz.
La violamos... Sí, a la Talibán. Para que dejara de serlo. Queríamos que fuera como nosotros. Queremos que el “Mundo” sea como nosotros, que siga nuestros pasos. Somos los buenos... ¿no?

Apareció al día siguiente, colgada de un árbol. Ellos la mataron; los suyos. Nosotros la hicimos puta y ellos se encargaron de acabar con su oficio. No quieren putas sin burka, en cambio nosotros las deseamos libres y desnudas, como a los cochinillos.
Cogieron a Charlie y a Sánchez y les abrieron el escroto, les hicieron comerse los testículos, los despellejaron, y los soltaron desnudos; a su aire... No los mataron. Lo que les hicieron es casi peor que la muerte.
Cuando los encontramos ni siquiera tenían fuerzas para gritar. Nunca se recuperarán... ni olvidarán...

Dicen que esto no es como Vietnam, de eso estoy seguro; nada es lo mismo. También estoy seguro de una cosa. Cuando vuelva, si vuelvo, ya no seré el mismo. Antes, pese a malvivir, era capaz de amar. Ahora dentro de mí no hay amor sino muerte, e incluso la imagen de Rebeca comienza a esfumarse...
En realidad ya no quiero volver... ¿para qué? Si no soy nadie. Solo un hombre con el ilusorio poder de un fusil. Matar no es poder sino vergüenza y cada vez que asesino mi cuerpo se tiñe de vergüenza... Hay tanta vergüenza dentro de mí que no soy capaz de mirar a nadie directamente a los ojos y sentirme yo mismo. ¡No soy nadie! Nunca lo fui. Pero ¿es más que yo aquel que nos mandó venir a matar? ¿Por qué se lo cree si él es el jefe de los asesinos en serie...?
En eso me he convertido, en un asesino en serie de esos que tanto preocupan en la sociedad actual. Aquí, por lo menos, cuando nos mandan a casa, regalan estrellas...


José Fernández del Vallado. Josef. Julio 2009.


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