lunes, enero 04, 2010

La Torre de Hielo.



Por la tarde, la tormenta de nieve navideña barrió la ciudad con la eficacia de una escoba limpiadora, dejando sus calles blancas, cuajadas de finos cristales de hielo...
Awaché estaba solo. Ya no tenía un tipi como antes, ni mujeres y críos que le proporcionaran el calor necesario, y menos perros de los que alimentarse o con los cuales salir a cazar.
En treinta años, el lugar que una vez fue un amplio bosque floreciente en las riberas del río Icho, se había transformado en la ciudad de sílice, y sus dioses blancos moraban felices creando hogueras dentro de sus cuevas de piedra e intercambiando papeles verdes, creados por ellos y entre ellos...
Caminó hasta la Torre de Hielo, pagó por entrar con sus últimos dos dólares y medio. Dentro del elevador, excepto el ascensorista, no había nadie. Subieron sin intercambiar palabra. Cuando las puertas se abrieron una oleada de frío glacial invadió el interior del recinto. El hombre miró con indiferencia al viejo y haciendo un gesto con la mano lo invitó a salir.
Las puertas se cerraron a sus espaldas.
Awaché caminó cinco pasos, se encaramó a las escaleras metálicas y comenzó la ascensión. Lánguidamente su figura se difuminó en el blanco eterno del firmamento hasta convertirse en invisible.
Nadie lo echó de menos...

José Fernández del Vallado. Josef. Ene 2009.


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