viernes, febrero 18, 2011

Génesis. Historia con un final real.


Imagen tomada de Internet

Lisa Iskandrull nació hace siglos en un palacio de jade, mármol y pirita, establecido en un extraño y perdido reino remoto. Transcurrió su niñez en un tiempo en el que la tierra era un paraje inexplorado, donde innumerables peligros acechaban y para una niña como ella salir de sus muros era sinónimo de muerte, pero también de otra palabra quizá más incitante y turbadora: Desafío.
Cuando alcanzó su juventud, cansada de la tutela de los hombres, así como de hallarse encerrada esperando a ser desposada o violada por el próximo y vulgar guerrero que la pretendiera, deseaba romper las férreas imposiciones que la autoridad machista ejercía sobre las mujeres desde hacía milenios. Era rebelde, no anodina, era sincera y sobre todo fiel a su reinado; y así permaneció.

Se sucedieron milenios y el inmemorial palacio donde residía perdió sus colores, dilapidó su corte y tan solo quedó ella. Pues estaba claro, no era una noble cualquiera; era, tal vez, la última de una estirpe inverosímil y poderosa.
Soplaron nuevos vientos; épocas en las que los mitos se desmoronaron, las leyendas dejaron de existir, y al igual que los príncipes azules, los aventureros entraron en crisis pues – supuestamente – no existían parajes por descubrir y el mundo, envuelto en guerras de sucesión, era predecible y aburrido.

Confinada en su palacio oculto, la princesa comenzó a pasar hambre; dado que algunos recursos básicos, como el pan, el arroz o las legumbres, dejaron de cultivarse en una isla que se encontraba a menudo cubierta por nieblas perpetuas. Y, además, tras descubrir la posibilidad de llegar a un continente cercano, los últimos vasallos emigraron a aquel mundo prometedor donde tras establecerse, olvidaban para siempre su procedencia germinal.

Cada nuevo amanecer sin sol Lisa lloraba, era una princesa triste; y su fiel y único súbdito, el enano Arquegonio, la consolaba sin dejar de acariciar sus finos cabellos rubios, y gimoteaba junto a ella.
A continuación montaba en Arrebol, un precioso alazán pura sangre, y el enano en su poni Borrón. Arreaban al trote y juntos recorrían las inmaculadas praderas que los transportaban hasta el verde extremo de la isla. Tras recibir los primeros rayos del alba se detenían y reían felices y luego, admirados, contemplaban las estelas mágicas que dejaban los dragones errantes a su paso por el cielo; los oleajes que algunos Kraken irascibles formaban en el mar; e incluso si el tiempo los acompañaba, algunos atardeceres, almorzaban con un grupo de sosegadas ondinas en la cala en la que – cuando no lo hacía en el lago – antaño solía bañarse su alegre padre, ChisKo Iskandrull.
Después retornaban a palacio. Lisa se acomodaba en su trono y escuchaba con atención las lecturas de ciertos poetas románticos, tales como: Shelley, Byron o Keats, que cierta vez les regaló un mercader de unas islas del Atlántico. Poemas como: “Baladas Liricas,” “El anciano marinero,” o “Hacia el otoño,” le hacían suspirar, inflamándose de calor cada día, sin hallar a nadie capaz de apagar su flama interior, encontrándose cada vez más anhelante por aflorar a la vida.

Una mañana Lisa no despertó, deliraba repitiendo con frenesí que si permanecía en aquel lugar el resto de su vida acabaría sucumbiendo a una muerte lenta y solitaria. Arquegonio detectó con espanto que ardía y su calor interior sobrepasaba la escala de su termómetro. Aún así permaneció aferrado a su cama sin separarse de ella.
Horas después la isla comenzó a hervir y se formó una nube de vapor a través de la cual se divisaron espesos ríos de lava fluir por sus vertientes.

El 14 de noviembre de 1963, el pesquero del capitán Gudmar Tomasson faenaba frente a las costas de Islandia cuando el mar comenzó a hervir repentinamente. Se trataba de una nueva isla volcánica que a las pocas semanas tenía ciento setenta y tres metros de altura y dos kilómetros de longitud. Fue llamada Surtey en recuerdo a un legendario gigante Islandés. Después de su nacimiento la isla evolucionó lentamente. Primero llegaron los pájaros que trajeron consigo semillas, brotó la primera flor, un alga marina blanca y preciosa que llamaron Iskandrull. Las corrientes marinas depositaron nuevas semillas, y al cabo de tres años arraigaron cuatro clases de plantas superiores y dieciocho de musgos, también conocidos como: “Arquegonio...”


José Fernández del Vallado. Josef febrero 2011.
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