sábado, octubre 06, 2012

Después de la lluvia. El Sendero...


  Después de la lluvia, salí a caminar...Era un camino antiguo y en apariencia vacío y, sin embargo, las almas que a lo largo de los tiempos lo recorrieron y llenaron de vida, estaban allí.



  De entrada, cerca de mí, comencé a percibir aquellas que a principios del siglo pasado, habitaron un rincón por entonces poblado de fauna.   Descubriendo olores ignorados; y aromas que, de tan viejos, nunca dejarán de ser nuevos. Fragancias a tierra empapada y a arbustos que tras un largo estiaje y encontrándose a punto de languidecer, se ven compensados con la descarga de una humedad todavía dulce y templada.
Entonces mi memoria funcionaba y mis instintos más primigenios estaban desarrollados y activos, y pude recordar cada brizna, cada planta, cada esencia, con sublime claridad…
  Siempre creí que el camino tendría un final. Por lo general, sucede así. En cambio, según progresaba –sin darme cuenta o siendo muy consciente– me adentraba en un mundo oscuro, y atravesé eriales cubiertos de desolación donde fantasmas heridos por una violencia desmedida, desmenuzaban mis oídos con sus lamentos. Eran fragmentos de historia; la genealogía convulsa y degradante de una humanidad que no cesa de buscar el placer y la fortuna inspirándose en la violencia; y ahora, me encontraba a las puertas del vacío. Recorriendo un sendero que una vez fue un paraíso perdido, hasta que algunos establecieron los dogmas y se pobló de seres incapaces de ver más allá, ni encontrar el alma que afirman tener y jamás intuyeron.
  Era un camino sensible y muy delicado. Parecía sencillo y así era si aprendías a recorrerlo como es debido.
  Empecé a avanzar más rápido; sin volver la vista atrás ni reconocer los destrozos o la miseria que dejaba a mis espaldas.
  No recuerdo el momento en que miré a derecha e izquierda y los vi: «había otros como yo.» Tampoco pensé en el futuro porque yo era presente y además, ¿por qué preocuparse de quienes vendrán, si nadie lo hacía? Dejé de pensar y aprendí a copiar a los otros y los demás hicieron lo mismo, hasta que nadie supo quién tomaba las iniciativas y siquiera si alguien lo hacía por todos nosotros. Y no recuerdo –también lo olvidé– cuándo el barro del camino me empezó a molestar, ni quién lo asfaltó y si fui yo. Ni el momento en que los bares florecieron o formaron parte de mi negocio. He olvidado mis borracheras y si dejé de pensar y alguna vez estando narcotizado, violé y asesiné. No, yo no pequé. Dios no existe y de ser así –¡seguro!– me habrá perdonado. Sólo soy un caminante más que avanza por un sendero asfaltado, cercado de vallas y cámaras que me observan, una senda irreconocible porque perdí la memoria y, hace tiempo –tal vez desde el primer instante de mi nacimiento– las decisiones dejaron de ser mías y ahora, tan sólo soy uno más entre Seis Mil Novecientos Millones de seres humanos manipulados…
Me detuve o algo me detuvo. La voz dijo: «Ahora, puedes entrar. Ya no hay peligro.»
  Entré de nuevo y me senté frente al ordenador…
  Y aquí sigo…

José Fernández del Vallado. Josef. Octubre 2012.

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