domingo, julio 05, 2009

Cuando Me Dejaste...



Me encontré desnudo
Despojado de presente
¿Y qué fue de mi pasado?
Mi pasado fuiste tú...

Tu mirada profunda
Tus ojos de fuego calcinado
Horadaban mis entrañas
Cuando me dejaste...

Separaste sombra y alma
Y las mezclaste en laberinto
De pasiones quebrantadas
Jamás lloraste por deseo...

Hoy los suspiros se asfixian
Tras un simún de calor apagado
Barre mi carne sudada
Lacrimógena, turbia y agrietada...

Mis sentimientos alados
Son ya Pegaso sin rumbo
El faro sigue titilando
Se mece al ritmo de las olas
Cuando me dejaste...

Soy flor marchita
En espejismos extraviados
De un mundo sin envés y desflorado
De cielos índigo y violeta
Y ensueños destripados...

Donde el corazón se trastoca
Por un amor infinito
Que ahorcó mi pecho
De tristeza suicida y anodina
Cuando me dejaste...

Un banal riego de amargura
Cubrió mi coraza reseca
De pensamientos tristes, cortantes
Cuando me dejaste...

Vuelo ensimismado en tu aroma
Vivo sin saber donde existo
Camino a rastras por ti
Soy lagarto ocelado...

Con tal de no nombrarte
Entierro mi voz en la arena
Me arranco la lengua de palabras
dormito con los oídos ocluidos

Una sutil locura lacera mi tez
Serena a veces, otras sin faz
Te miro en el recuerdo
Entre una neblina grisácea.
Un halo cósmico me envuelve
Estoy desnudo, huyo del ayer
Te miro, te veo sin verte
Allí estás tú...
Cuando me dejaste...

José Fernández del Vallado. Josef. Julio 2009.





viernes, julio 03, 2009

Aquí regalan Estrellas.


A menudo me sorprende la belleza de Afganistán. Sus campos de opio me recuerdan a los terrenos de amapolas durante la primavera de Pensilvania. Aquí, sin embargo, no es primavera. Esa estación no existe, o todavía no he podido disfrutarla...
El otro día podría haber reventado al pisar una mina y no lo hice; estaba desactivada. Los talibanes que la colocaron tenían prisas y olvidaron activarla.
Muchas veces, cuando tras una larga caminata estoy a punto de desfallecer, escucho mi corazón martillear en mi pecho y pienso en Rebeca. Cuando hacíamos el amor mi corazón se ponía a cien como ahora. Pero ahora no hago el amor, sino la guerra.

A mí no me gusta la guerra, pero necesito el dinero. Tras un par de años sin empleo fumando crak y ocupando inmuebles abandonados alguien me dio la solución. “Siempre tendrás un lugar donde descansar y amigos a tu lado,”me dijo.
Nada era cierto. Dormimos en cuevas y los amigos duran lo mismo que un par de puestas de sol.

Pero esto es bonito; es bonito hacer el bien y sentirse vivo. Lo que ya no es bonito es adentrarse en el área donde ha sido arrojada una “cortadora de margaritas.” Es una bomba de combustible vaporizado; sofoca los cuerpos de las personas. Encontramos víctimas arrebujadas alrededor de grandes charcos de sangre fluyendo de sus cuerpos a través de pequeños orificios. Es una manera violenta y dolorosa de morir. En una palabra: ¡Una putada!
Dicen que los Talibán están a punto de perder pero yo no lo creo, cuantas más razones les demos para luchar menos tendrán que perder y más que ganar.
Conocí a una mujer Talibán; llevaba la burka todo el día, no se la quitaba ni para dormir. Al principio me escandalizó. Ahora me escandaliza más que en nuestro país se liquiden sueldos de quinientos dólares diarios, cuando aquí y en el resto del mundo no hay dinero ni para un maldito grano de arroz.
La violamos... Sí, a la Talibán. Para que dejara de serlo. Queríamos que fuera como nosotros. Queremos que el “Mundo” sea como nosotros, que siga nuestros pasos. Somos los buenos... ¿no?

Apareció al día siguiente, colgada de un árbol. Ellos la mataron; los suyos. Nosotros la hicimos puta y ellos se encargaron de acabar con su oficio. No quieren putas sin burka, en cambio nosotros las deseamos libres y desnudas, como a los cochinillos.
Cogieron a Charlie y a Sánchez y les abrieron el escroto, les hicieron comerse los testículos, los despellejaron, y los soltaron desnudos; a su aire... No los mataron. Lo que les hicieron es casi peor que la muerte.
Cuando los encontramos ni siquiera tenían fuerzas para gritar. Nunca se recuperarán... ni olvidarán...

Dicen que esto no es como Vietnam, de eso estoy seguro; nada es lo mismo. También estoy seguro de una cosa. Cuando vuelva, si vuelvo, ya no seré el mismo. Antes, pese a malvivir, era capaz de amar. Ahora dentro de mí no hay amor sino muerte, e incluso la imagen de Rebeca comienza a esfumarse...
En realidad ya no quiero volver... ¿para qué? Si no soy nadie. Solo un hombre con el ilusorio poder de un fusil. Matar no es poder sino vergüenza y cada vez que asesino mi cuerpo se tiñe de vergüenza... Hay tanta vergüenza dentro de mí que no soy capaz de mirar a nadie directamente a los ojos y sentirme yo mismo. ¡No soy nadie! Nunca lo fui. Pero ¿es más que yo aquel que nos mandó venir a matar? ¿Por qué se lo cree si él es el jefe de los asesinos en serie...?
En eso me he convertido, en un asesino en serie de esos que tanto preocupan en la sociedad actual. Aquí, por lo menos, cuando nos mandan a casa, regalan estrellas...


José Fernández del Vallado. Josef. Julio 2009.


domingo, junio 28, 2009

Amistad.

La humedad fría y casi opresiva del sótano, un brindis con cava. Miradas sonrientes y cómplices. La belleza de Silvia y Susana, la inteligencia de Milagros, la labia de Carlos, las ocurrencias de Luis y mi silencio de confabulación. ¿Es una noche cualquiera?
Fuera, hay oscuridad, hielo y frío, como un pozo sin fondo. Dentro calor, nosotros, y una felicidad y euforia incontenibles. Nos sentimos vivos, omnipotentes.

Elevo la copa, mi vista se detiene en cada una de ellas. Primero en la belleza morena de Susana vencida por la pálida blancura de Silvia, superada por los ojos de cristal de Susana, vencida por los labios perfectos de Silvia, y por el aliento tibio y la voz dulce de Milagros, al posarse sobre mí y adelantarse a mis palabras murmurando con una sonrisa admirable: “Amistad para siempre.” Seis copas chocan en el aire. “Arriba abajo al centro y p´a dentro.”

Bebemos y se hace un instante de silencio solemne. Lo sabemos. Es para toda la vida. Somos amigos incondicionales, o más... Es un momento único y trascendente; es lo que hay, y lo que hace que la vida sea no solo preciosa, sino valiosa. Y como un marco inolvidable, de fondo, la música en un vinilo con el “wish you were here” recordándonos que, aunque lo creamos, la vida tampoco es eterna y hasta los genios más apreciados se eclipsan.
Despachamos dos botellas y estamos listos. Nos abrigamos, salimos a la calle expulsando nubes de vaho.
Riendo descendemos por el camino que lleva al centro del pueblo, y avanzamos a trompicones hacia la estación de autobuses.
Las calles, sucias todavía con la cera de las procesiones, resbalan, y cuando los coches circulan los neumáticos chirrían.

Siento viva la cintura de Milagros, y decidido su silencio contenido.
Es el último día de unas vacaciones de Semana Santa especialmente frías... pero felices.
En la estación todo son abrazos y “tequieros.” Unos instantes para besarnos y recordarnos.

Todos suben al autobús menos yo.
El vehículo arranca mientras yo sigo aquí, moviendo las manos, hasta que el silencio y el frío me asedian y un perro husmea a mis pies. De nuevo no queda nadie a mi lado. Mañana hay que volver a empezar. Giro y vuelvo sobre mis pasos. Miro sólo a las baldosas del suelo; no más allá...

José Fernández del Vallado. Josef junio 2009.







viernes, junio 26, 2009

Carta de amor, a un amor extraviado.



Querida M hoy soñé contigo y desperté sabiendo con certeza que, después de veintiún años sin vernos, sigo añorándote.
Por primera vez en mucho tiempo pude verte con claridad inusual, escuché tu sonrisa y supe que mi corazón está triste pues algo dentro de mí sigue amándote.
Pero lo que más dolor me causó no fue soñar solamente contigo, sino verte bailar junto a mi hermano, sonriéndoos mutuamente. Entonces supe algo más; algo en lo que nunca había pensado o había pensado con miedo. Las dos personas a quienes más quise en el mundo ya no estáis a mi lado. Las dos sonrisas más bellas de la tierra – de mi tierra – se han desvanecido de mi vida.
..

Tú, querida, quizá todavía vivas, ya no sé dónde encontrarte. Te extravié. Y desearía hacerlo; verte de nuevo. Aunque fuera una vez me gustaría volver a estrecharte en mis brazos. Mereció la pena estar a tu lado.

Hoy una tristeza extraña y añeja me consume. Llevo todo el día pensando en ti de nuevo. ¿Por qué? No lo sé, pero así desperté. Te he buscado en Facebook y en Google sin éxito. Pero es que, me doy cuenta ahora, apenas sé nada de ti excepto aquellos breves e intensos momentos en los que permanecía descubriéndote fascinado. Ahora lo sé. Te amo y amé con una fuerza inusual, pero siempre estuve enflaquecido por la vergüenza a tu lado. Te veía grande y hermosa; tan inalcanzable y lejos de mis débiles posibilidades...


Quiero que esta carta quede grabada y se sepa que no hubo amor más incauto que el nuestro.
Duró una noche, la noche más preciosa. Y se perpetuó lo exacto e inexacto, lo que la vida quiso y dispuso...

Considero que tú no me quisiste de la misma forma que yo a ti. Pero aquella noche, aún sin ser la mejor, los instantes que permanecimos acomodados en aquel local semivacío a las cinco de la madrugada indagándonos, resultan ya inolvidables. Intuyo, puedo intuir cosas ocultas en nuestros pensamientos de entonces, hoy sé descifrar en los rasgos las mentiras y verdades, y aunque todavía me confunden, puedo entender y sé que tu mirada siempre fue sincera; que tu sonrisa era cristalina como un manantial de aguas claras, y que si nos besamos en el balancín del jardín, dejándonos llevar al compás de nuestros latidos, fue porque el miedo y la indecisión desaparecieron absorbidos por un denso manto de amor.
E intuyo – sigo intuyendo – que aunque ahora te eche en falta de verdad, cumplí mi sueño de tenerte entre mis brazos y expresarte mi amor no solo cara a cara, sino con felicidad, e incluso hablando en francés...

Han pasado unos años, tal vez demasiados. Y la vida dispone que no nos encontremos... de momento.

Es cierto. A veces sueño contigo y me despierto inquieto, tanto, como si te tuviera conmigo. Igual que aquella mañana en la que me sentí inmensamente satisfecho de desayunar a tu lado por última vez y descifré en tus ojos la misma felicidad que pude encontrar y a veces encuentro en mi alma...


José Fernández del Vallado. Josef. Junio 2009.