• Lo encontré en uno de mis éxodos. ¿Estaba al norte al sur o al oeste...?

  • La descubrí enroscada sobre sí, en la charca de una calle angosta y lúgubre...

  • Era un verano tórrido y Adrián, un muchacho rollizo y un poco raro, aunque servicial...

  • Se llamaba Vera. Era morena y esbelta. Sus ojos negros preservaban una timidez joven y ensombrecida...

  • Mi corazón se ha vuelto de hielo, mi espíritu es el de un luchador noqueado.

  • El rumor del viento acompaña, los rayos del sol cortan la espesura...

  • Hacía un día invernal, tan limpio y claro, que los rayos del sol en lugar de proporcionar calidez, cortaban la respiración.

  • Por las noches me arrebujo y mientras mi pulso se acelera y mi corazón palpita...

  • Recorrida la mitad de su vida, Tariq Alhamar seguía transitando en un mundo de incierta...

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Hoy es

lunes, abril 15, 2013

13

Mi Tía Matilde.


   


Recluido en mi sótano trato de inventar una frase y la olvido. En realidad llevo días colapsado y cuando quiero escribir mi mente vuelve a ella. 
  Ella era mi tía Matilde. Me basta sumergirme de nuevo en el recuerdo inextinguible de su mirada limpia e ingenua, o tal vez sabia y optimista, para romper el hielo y renacer a una primavera floreciente.   
  Mi tía, hacía tiempo padecía del corazón en silencio. Ingresó de nuevo en un hospital y esta vez no se quedó, partió a ese lugar desconocido o tan trillado que a lo mejor se encuentra aquí ahora mismo, sentada sosegadamente a nuestro lado, tomando una copita de vino y degustando un delicioso manjar. Amaba las delicias que la vida nos regala y sabía que estamos aquí para disfrutar, no para sufrir y sacó buen provechó de una lección que aprendió como pocos entendemos.    
  El otro día no se rindió a la muerte, abrió sus alas a un firmamento eterno y allí sigue, haciendo lo que sabe: Escribir libros inspirados en el misterio, la ternura, y ciertos sentimientos mágicos. 
  Hay algo que echaré de menos. El regocijo contagioso con que me dejaba siempre después de sus animadas y alegres visitas. Eso también era mágico y sobre todo único. 

José Fernández del Vallado Gª Agulló. Abril 2013.

 
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martes, enero 29, 2013

47

Fin de una etapa Bloguera.

El 4/12/2006 publiqué en mi blog: Moderato_Josef mi primera entrada. Se trató de un relato de terror que tenía su desarrollo en las selvas ecuatoriales del continente africano. El relato se titulaba: Crónica Confidencial de un Periodista. 
Con aquel blog trabajé tres años durante los cuales publiqué un total de 174 entradas, llegó a tener 86 seguidores y 18.269 páginas vistas. 
A partir del 2009 tuve problemas técnicos extraños de configuración, debidos a bloguer. Entonces y a partir del 27/08/2008, inicié mi andadura con mi otro blog: Moderato_Dos_josef. Mi primera entrada fue un relato erótico, se titulaba: Yo, Cristina Márquez, Confieso. 
Con este segundo he estado trabajando cuatro años y cinco meses, publiqué un total de 364 entradas, ha llegado a tener 580 seguidores y 79449 páginas vistas. 
Hoy estamos a 29/01/2013. Después de un periodo de seis años y un mes he reflexionado y tengo que decir que encuentro que mi periodo bloguero se termina o en todo caso, avanza a otra etapa diferente. Lo dejo, pero no me retiro de escribir. Me voy a otra disciplina. Una pauta de trabajo que para mí exige, si cabe, mucho más tiempo y concentración. A partir de ahora dejo los relatos y cuentos y me dedico a escribir libros. De hecho, lo estoy haciendo desde hace más o menos un mes. El primer mes de este año. 
Hay un dicho, dice así: Año nuevo, vida nueva. ¿Será así? 

Quiero agradecer a todos los que, desde este lado del atlántico: Andalucía Alicante, Murcia, País Valenciano, Asturias, Cantabria, Canarias, Baleares, Galicia, País Vasco, Navarra, La Rioja, Cataluña, Aragón, Extremadura, Castilla la Mancha, Madrid, Portugal y todos aquellos países de otros idiomas que olvido. Y al otro lado del océano, en las cumbres de los Andes, los desiertos peruanos, las pampas argentinas, los volcanes chilenos, las selvas colombianas, los lagos y senderos del altiplano, Venezuela, Méjico, Costa Rica, Bolivia, Ecuador, Brasil, Nicaragua, Honduras, Panamá, El Salvador, Estados Unidos, islas del Caribe... alguna vez me habéis visitado y seguido, sin excepciones, vuestras palabras de apoyo y gratitud. 

Un abrazo inmenso. 
Y gracias. Porque hicisteis posible este sueño mío que también se convirtió en aventura. 
 José Fernández del Vallado. Josef. 29/01/2013.

PD: Poco a poco, al mismo tiempo que aprendo, iré anunciando la difusión de mis libros. Hasta siempre.



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sábado, enero 05, 2013

50

Laberinto de Vida.

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    Lo encontré en uno de mis éxodos. ¿Estaba al norte al sur o al oeste? Todo lo que sé es que mis afanes estaban centrados en eludir el opresor imperio de la realidad. Y aquel paraje... Dieciocho horas de marcha constante alojado en la caja de una camioneta. Mi mente comenzó a extraviarse, mis movimientos eran mecánicos... 
    De pronto estaba allí, en un lugar diferente. Y así podría nombrarse. En qué radicaba la supuesta diferencia. Había cruzado la frontera entre un mundo blanco y uno negro. ¿Era aquello ventajoso? Tal vez no significara nada. En cambio, por muchos quilómetros que recorriera, había algo de lo que no podría librarme. Nunca me sabría lo suficientemente lejos de quien detestaba y, por la misma razón, tampoco estaría cerca de quien amé... 
    La camioneta comenzó a ascender las laderas de una serranía. 
    Bajamos y volvimos a remontar. Dejamos otras montañas a nuestras espaldas y sin orientarme, entramos en aquel lugar colmado de furioso verdor y humedad aplastante. No era selva. Sino opulenta anarquía de maleza. Tampoco eran un lugar olvidado. Simplemente un espacio donde el tiempo no prosperaba o se detuvo, igual que le sucedió a mi reloj de pulsera sin que yo me diera cuenta. 
    Me alojé en una cabaña de bambú. 
    No podía dormir. Se hizo de noche pero no era noche cerrada. Me seduce esa clase de oscuridad. Te deslizas libremente, sin advertir sobre ti las miradas de reproche, reconoces a las personas por sus murmullos de atrevimiento o suspiros de alivio y luego, desapareces ponderando que el encuentro solo ha sido un sueño subrepticio. 
    El local tosco, engullido en la espesura. La barra de madera noble. El taladro constante del aguacero, la botella de ron, mi soledad premeditada y ella ¿de dónde salió? Antes siempre había una mujer al otro lado de la cuerda, de la barra, o sentada a mi lado. Ahora no. Era casi menos que cuando nací. ¿De dónde salió? 
    Recuerdo sus incisivos de leche al sonreír con expresión triste, sus ojos negros y dulces; su forma de aferrarse a mí, con desespero y ansiedad mientras bailábamos; su cautela al aprehender un escarabajo fosforescente entre sus manos en la oscuridad impenetrable de la selva; su caminar deslavazado, su silueta sinuosa, su frente redonda y brillante de perfil egipcio, su aliento, su sudor, su espalda arqueada, sus silencios cargados de grata incultura... 
    Recuerdo y ya no recuerdo los detalles de las horas que transcurrí envuelto en aquel cenagal de olvido edulcorante. Y sobre nosotros sin cesar de refulgir, un astro de otro mundo, circundado de gasas umbrosas. Era otro planeta. Una playa al borde de la espesura y la suavidad de su risa, como las olas del mar y la brisa... 
    Todo está lejos ahora. No sé volver. Nunca supe encontrar el camino de vuelta en el laberinto de la vida. De todas formas ya no recuerdo, por eso fabulo y alimento mi imaginación con una quimera que nunca tuvo lugar, excepto porque se trató de Un Lugar Diferente... 

    José Fernández del Vallado. Josef. 4 Enero 2013.
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jueves, diciembre 13, 2012

41

Satria.

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   La descubrí enroscada sobre sí, formando una espiral inabarcable, en la charca de una calle angosta de una ciudad arrasada. Sus ojos de ámbar brillaban con abatimiento, era posible advertirlo; estaba débil y rendida. Me dio grima y cierta aprensión... 
   Alzó su frente de superficie lisa, de piel en apariencia suave y añil, desdobló su espina dorsal, estiró sus brazos finos e incluso, delicados. Su forma fugaz de activarse me llevó a determinar que era uno de ellos y estaba en condiciones de moverse. Con una voz cáustica, me dijo. 
   “Soy Satria.” 
   Me disponía a rematarla cuando su efigie, desvelando una fisonomía brillante y en cierto modo desnuda, se alzó. Sus ojos ovales sonrieron. Permanecí sugestionado, contemplando aquello que se ofrecía ante mí. Su estructura, formada por curvas de sinuosidad imposible, sometía los cánones de la belleza a un simulacro prosaico. A su lado, la modelo más cotizada, no dejaba de ser una primitiva complexión de movimientos torpes. Sucedió en un instante. Por mi mente cruzó un recuerdo, una advertencia: “Mata sin contemplaciones, no mires nunca...” 
  ¿Por qué no lo ordenaron de forma imperativa y, en cambio, lo hicieron con voz medrosa? ¿Dudaban? O era turbación ante la idea de tener que dañar aquella extraordinaria majestuosidad de la vida... 
   Volví a contemplarla y mis labios la veneraron. 
   “¡OH, Satria!” 
   Dejé caer el arma, sus brazos me envolvieron, caímos sobre la charca y nos revolcamos. Una ansiedad compulsiva y tal vez perturbada, me llevó a penetrar aquel sexo diferente, sus profundidades eran infinitas, sus matices, desconocidos. ¡Dios! Un orgasmo al lado de aquello que ahora experimentaba no era sino un trivial juego de niños. Incapaz de reconocer o averiguar sensaciones, al borde de la inconsciencia, envuelta en conmociones de intemperancia, mi mente se desleía. Un placer que creía conocer y, sin embargo, en mi existencia, apenas había llegado a desenterrar como una insubstancial capa exterior; eso era todo lo que sabía o había explorado hasta el momento –ahora tenía la certeza – una porción ridícula de la epidermis del hedonismo. Y había más, mucho más allí; más que fútiles jadeos, silencios, lloros de deleite, pasiones profanadas y profanas. Tenerla a mi lado y permanecer ligado a aquello -no me importaba si se trataba de sexualidad o no- mediante un vínculo perpetuo, ya era el opio de mi existencia. Sus manos, sutiles, acabadas en dedos con huesecillos largos y azules, se adherían a mi piel como ventosas y me causaban un hormigueo y embriaguez cercano a la locura. Mi órgano, dentro de ella, era dueño de una voluptuosidad formidable que no hacía sino desarrollarse en forma de bomba neumática. 
   Así lo alcancé, penetré en la remota exclusividad de un climax vedado a nosotros, infelices seres humanos... 
   Un clamor imparable surgió de mí -¿era yo mismo?-  ¡Lloraba gemía, gritaba....!
   Comencé a derramar un riego jubiloso. ¿Se trataba de un orgasmo? No, era algo superior... Me proporcionaba un placer ilimitado que nunca había experimentado; el esplendor de la perfección. Resultaba imparable. Realmente era así: Desquiciante y, porqué no decirlo, agotador...
   Mis jugos internos dejaron de operar como sangre y fluidos gástricos para transformarse en más de lo mismo: Esperma. Licuado entre quejidos de placer dolor y placer, mi ser se evacuó dentro de ella. 
   “¡Oh Satria! Mi amor... exhalé” 
    Vacío y agonizante, como un contenedor oxidado, caí a los pies de aquel ente, que sin formar parte directa de la cadena de la vida, se nutría de ella. 
   Se sacudió de mí como de un pañuelo usado. 
   Restablecida, siguió su camino hasta el próximo charco, unas manzanas más adelante… 

José Fernández del Vallado. Josef 13 Diciembre 2012. 

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viernes, diciembre 07, 2012

43

Verano Tórrido...

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  Era un verano tórrido y Adrián, un muchacho obeso y un poco raro, aunque servicial, pasaba los días bañado en eterno sudor en el supermercado donde trabajaba. Tras más de tres meses seguía sin percibir un leve síntoma de frescor. Ya que en dichos parajes cuasi ecuatoriales, los meses de calor prevalecían. 
  Por las noches, sin molestarse en recordar en qué deber o compromiso malgastaba las horas del día, se acostaba, dejaba en blanco su mente y soñaba. Unas veces acudían a él las ceñudas figuras de Idi Amín Dadá y Teodoro Obiang saludándose con cinismo y frialdad; otras, se topaba con su idolatrada actriz Nastassia Kinski y, al recibirla, se ponía tan excitado, que una inesperada y grata sensación de frescor recorría su espina dorsal. A veces, sobrevolaba en jet el casquete polar y cuando envuelto en frío helador, se disponía a tirarse en paracaídas, cual témpano licuado sobre una colcha calada en sudor, se despertaba... 

  Había en cambio una visión que al nacer el día se transformaba en realidad y cruel pesadilla. Ocurría al asomarse a la puerta de su choza situada en un altozano. Allí, en el magno chalé emplazado en el valle, estaba la piscina de doce por seis de su vecino. Próspero empresario extranjero, propietario de la fábrica que elaboraba los corchos de alcornoque de las botellas que producía el pequeño país. Complaciéndose en sus transparentes aguas, la delicada y atractiva figura de su única hija, braceaba con desenvoltura. Permanecía abstraído observándola. Daría lo que fuera por refrescar su maltratado físico junto a aquella blanca belleza. Por descontado lo haría en la zona menos profunda, donde podría hacer pie sin peligro de ahogarse. Razón por la cual ponerse a remojo, le inducía una desconfianza instintiva. 

  Meses después el calor siguió asociado a otra crisis: Una guerra. 
  Cuando saquearon el supermercado, Adrián se replegó a su choza y descubrió algo nuevo y desagradable: El miedo; traicionero y mortal. Durante las noches los cañonazos no le dejaban dormir y por las mañanas, débil y sudado, se asomaba a la puerta y contemplaba el chalé. Hacía un par de semanas había sido abandonado y aún así, misteriosamente, las aguas de la piscina preservaban intacta su nitidez cristalina. 
  La corriente eléctrica dejó de ser habitual y un anochecer en el pozo no hubo más agua potable. El calor persistía perturbador y angustioso, el traqueteo de la metralla perforaba sus tímpanos y tensaba sus nervios. Arrebujado en un rincón no cesaba de rezar y sudar. La sed, era insufrible. No tuvo mucho en qué pensar. La imagen de la piscina y la claridad de sus aguas actuaron como un imán. 
  Era luna nueva y no se veía a un palmo de distancia. Venciendo el miedo en minutos había saltado la verja y se encontraba aculillado sobre el borde. Empezó a recoger sorbos con una mano. Ansioso se agachó más, tropezó, perdió el equilibrio y cayó; dándose cuenta de su error. Pese a conocer palmo apalmo la piscina, el nerviosismo le había impedido pensar con claridad y determinar dónde se hallaba la zona menos profunda. 
  Tragaba agua, gesticulaba; se sumergía y volvía a salir. Y en esas estaba: ¡Se ahogaba! Cuando el brillante diagnóstico se reveló en su cerebro. Durante aquellas mañanas de deseo presenció mil veces a la muchacha y su elegante forma de moverse. Tal vez no resultara difícil hacer exactamente lo mismo. Se concentró. Sus brazos y piernas dejaron de zarandearse, se sincronizaron y comenzaron a flexionarse con una cadencia rítmica. Sacó la cabeza, respiró con sosiego y en un breve instante era un consumado nadador que con preocupación, se daba cuenta de algo más: El agua estaba templada y continuaba sudando. 
   Giró sobre sí y al darse la vuelta, sonrió. Le bastaba nadar hacia la parte más profunda. Comenzó a bracear, la oscuridad era absoluta y ni siquiera vislumbraba el bordillo opuesto. 
  Braceó mucho; tal vez unas horas. Nunca había braceado tanto. Y en sinceridad, era la primera vez. Una cosa estaba clara; debía progresar con excesiva lentitud. Sin embargo ¿de dónde sacaba las fuerzas? Continuaba acalorado y su sudor al mezclarse con el agua constituía un aceite dúctil, en cierto modo agradable. Giró, se puso de espaldas y se sorprendió. La oscuridad se había transformado en un escenario de claridad límpida y admirable. Las estrellas titilaban con intensidad milagrosa. Tanto, que ahora no le costaría ver la casa, los bordes de la piscina e incluso la espesura de la selva a su alrededor y, sin embargo, ¿dónde se encontraban...? 

   El bramido de una sirena le sobresaltó, se dio la vuelta y allí estaba. La mole inmensa, orlada de lucecitas de un trasatlántico, perfilándose con claridad ante él. Pero... algo sucedía. Sobre la superficie de un mar de cristal se hallaba escorado a babor. La situación era obvia, ¡se hundía! A continuación le llegó el alboroto de multitud de voces aterradas y, para su sorpresa, entre el tumulto distinguió una llamada débil y exhausta, pero clara. Pensó que aquello le asustaría, en cambio sintió una seguridad confortante. 
  Su aleta azul oscuro se posó con suavidad sobre su vientre estriado y blanco. Tomó impulso y avanzó con agilidad. 
  Encontró a la mujer boqueando sobre el agua, presa de la hipotermia. La recogió sobre su lomo sudado y caliente y la depositó sobre los restos de una barcaza. Sólo entonces supo de quien se trataba: Era la joven de la piscina. 
  Transcurridos unos instantes comenzó a moverse despacio. Estaba viva pero temblaba bastante. Se volvió hacie él y hablando con un hilo de voz, le preguntó.
 —¿Sigues sudando? 
Avergonzado, moviendo sus aletas, Adrián asintió. 
Ella, respondió. 
—Es normal. Y mirándolo con ojos claros y abiertos, le dijo.— Gracias por salvarme.—Y siguió— Ahora, tienes que sumergirte. En la profundidad encontrarás el frescor que anhelas, comida, amigos... lo que desees. Ya nada será superficial para ti. Por cierto. Desde el momento en que tomaste contacto con la piscina, formas parte del mar. En lo que a mí respecta, pertenezco a la Tierra... 
  Permanecieron observándose minutos, o quizá más... 
  Arrastrada por la corriente, lentamente la barca empezó a alejarse, se convirtió en una estrella más del firmamento y desapareció de su vista. 
  Adrián se sintió triste y vacío, solo entonces empezó a comprender que aparte de selvas, guerras, y sudores, había encontrado algo más: Amor y una nueva existencia. Sin dudarlo aspiró intensamente, e invadido por un sentimiento de placer se sumergió en los abismos de la vida. 

  José Fernández del Vallado. Josef. 7 diciembre 2012.

 

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jueves, noviembre 29, 2012

50

¿Para qué las Necesitamos…?

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Se llamaba Vera. Era morena y esbelta. Sus ojos negros preservaban una timidez joven y ensombrecida. Sus facciones eran delicadas, sus pómulos suaves. Sus cabellos castaños, suspendidos a ambos lados de su rostro, envolvían unos hombros lineales. Llevaba un chaquetón gris perla, con flecos negros; lo lucía con estilo. Calzaba botas negras de caucho. 

  No esperaba encontrar nada mejor ese frío atardecer de noviembre y, tenerla delante, tan cerca, casi me hizo recular. No era culpa mía, sino del paso del tiempo. Tratas de evitarlo pero según deambulas por sus afiladas aristas, aunque cierres los ojos, te basta percibir que cada esbozo es un doblez que dejaste marcado con un bucle. 
  
  Algunos la miraron aparte de embobados, escandalizados. Por vestir de esa manera era una fulana. Yo sabía que no era sí. Si se lo proponía podía darle cien vueltas al más formado de los muyahidines de Hamas. Formaba parte de una generación revolucionaria; crecían alimentados por algo más sutil que el odio: Adiestramiento y estudio psicológico del adversario. Si lograba su propósito sería leyenda y un objetivo; no de los asesinatos selectivos de Israel, sino de los incuestionables avances de Oriente. 
  Podría convertir el encuentro en algo mejor pensé, mientras la invitaba a subir al destartalado segundo piso. Allí tenía mi oficina y junto a ella, el cubículo donde se hallaba el sucio camastro en el que me revolcaba con las prostitutas. Hacerlo me seguía avergonzando, de todas formas, era algo ya inevitable. La guerra me había transformado en un alma indiferente, por no decir insustancial. 
  Resultaba obvio; ella no era una cualquiera, sino una mujer... 
  Mi mente regresó lejos; a Europa. ¿Hubo allí alguien similar...? Aún así, me pregunté ¿Existiría en el mundo una sola mujer con su carisma? 
  Se sentó frente a mí. Sus piernas se entrelazaron con una facilidad asombrosa. En cambio yo, a mis treinta años, asolado por diarreas y las heridas de guerra que se activaban con el frío, era un viejo prematuro. 
  Preparé un té y escuché. Sabía que era portadora de un plan revolucionario. Dio un sorbo, sus labios se movieron con plácida serenidad. ¿La conocía? No. En cambio, creía intuir su forma de proceder. Por ello me aventuré y pregunté.
  —¿Cuál será el siguiente paso? 
  No vaciló. Con decisión pronunció. 
  —Desarma a tus hombres. 
  Alarmado, la contemplé con los ojos muy abiertos. Esperaba cualquier cosa, menos aquello. Vacilante conteste. 
  —Lo que propones... es un suicidio. Los hebreos caerán sobre nosotros. Nos aniquilarán... 
  Echó más azúcar. Removió la taza de té y concentrada, dijo. 
  -¿Para qué las necesitamos...? –Y hablando con placidez, añadió– Mañana, no debe quedar un fusil en Gaza. Han de ser enterradas. 
  La miré ensimismado. Hizo un guiño natural sin pretender ser sensual, y lo fue. Era tan bien parecida. Permanecía en aquella postura, una pierna flexionada sobre la que apoyaba su mentón, la otra, recogida debajo. Igual que cuando nos sentábamos a fumar en aquél país lejano y casi solitario. Entonces yo no era Muyahidin, y ni siquiera intuía lo que podría significar. Después lo supe: muerte, dolor y enemistad. Por entonces era el hijo de un palestino próspero, lo cual me facilitaba el lujo de viajar. Ahora, en la franja de Gaza, sujetos de posición acomodada había unos cuantos, todos traficantes. Lo mejor seguir así: Pobre, ambiguamente rico, conviviendo en dudosa espiritualidad. 
  
  Cuando terminamos el té, sin hablar, contemplándome con un ademán agradable, me había ganado de forma incondicional. 

  Enterramos las armas y al día siguiente. 
  Cuando los blindados merkava llegaron, en medio del bombardeo, todos estaban en las afueras. Hacían lo que siempre habían hecho: Arar las tierras y prepararlas para la cosecha. 
  Los cañones se silenciaron. La larga hilera de tanques se detuvo. Las cabezas desconfiadas de los soldados, se asomaron con precaución a las torretas. 
  De repente la figura alta y solemne de Vera, paseaba entre las filas del ejército avasallador. Se limitaba a recibirlos con una ingenua sonrisa. Contagiados por su espíritu, descendieron de los carros, saludaron a los palestinos y hombro con hombro, se emplearon a fondo en la faena de arar y sembrar. 
  
  Han transcurrido décadas. Los esqueletos enmohecidos de los blindados, siguen ahí. Casi nadie recuerda su utilidad y tampoco tratan de averiguarla. 
  Vera se fue o se encuentra en todas partes ¿era un ángel, Dios? 
  No. Me desagradan las explicaciones sobrenaturales o divinas. En cambio, me gusta pensar, se trataba de una persona de verdadera inteligencia, que sabía trasmitir ese espíritu casi olvidado, pero congénito y redimible (y que prevalece sobre el miedo y el odio) de nobleza y cordialidad. 
  
  José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre 2012.
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