viernes, diciembre 15, 2017

Daniela D´orsay.

Me asomé al tragaluz y la vi. 
En el marco de una noche de un matiz índigo, su silueta y la de su cabalgadura, se perfilaban contra la pálida luz de la luna. Se inclinó sobre la crin y de un ágil brinco, desmontó. 
Era alta y esbelta; sus ojos titilaban como estelas y su cabello, extendido sobre una túnica translúcida, se ondulaba al compás de la brisa nocturna. Pese a resultar de apariencia delicada, sus manos sugerían una flexibilidad virtuosa, idónea para afrontar los quehaceres de la vida y, del mismo modo, desarmar almas sin corazón. 
Era Daniela D´orsay. 

   En tanto el contorno de Daniela y su montura se deshacían en la creciente neblina del alba, me hice cargo de mi situación. Empezaba a hacer frío. Me cubrí como pude con los jirones de mi desgarrada cazadora, y volví atrás en el tiempo. 
   La primera vez que la vi tuvo lugar en París, en el bulevar de Mont Martre. 
   Era invierno y confinada en una noche desnuda, caminaba por una calle desierta. Con aire sereno, plantaba cara a la lividez de la luna, y asimismo, al delirio de un arrabal de aliento ensoñador. La segunda, se produjo en el puerto de Docklands; Londres. Un ingrediente esencial quedaba lejos ahora: el alboroto de una dársena en período de movilización. 
   Aquel día, un atardecer de matiz plomizo, se rendía al destello de un sol apagado. El gimoteo centuplicado en berrinche de centenares de bebés hambrientos, que madres de trazas escuálidas, arrullaban entre sus brazos, mientras con voluntad indecisa alargaban el brazo y mendigaban, del mismo modo quedaba lejos ahora; o la multitud de parejas que tras disfrutar unas horas de ensueño, con ojos congestionados, se acariciaban y besaban y hermanados en un clamor de voces angustiadas, antes de separarse sellaban promesas de amor y reencuentro. 
   En el momento en que la reconocí desembarcaba por la pasarela del navío en el que yo comenzaba a embarcar. 
   Sus cabellos, sometidos al temporal de poniente, se agitaban al viento. Llevaba una túnica blanca, y en tanto trataba de recomponer su peinado, sus frágiles dedos, semejantes en suntuosidad a la ramificación de un refulgente coral, operaban con diligencia. Asimismo y en los instantes siguientes, con parecida eficacia, desplegaron una tarea distinta. Se trató de un asunto que exigía una fortaleza al alcance de pocos hombres, y menos mujeres. Y así procedió. En el intervalo en que tras desterrar mis dudas y abrigar el convencimiento de que se trataba de Daniela, incapaz de seguir adelante, me agarroté y perdí pie. 
   Descubriendo una agilidad intuitiva, abriéndose paso en la inestable pasarela, me alcanzó y bloqueó por el pecho. Reparé en el calor de su torso estrechando mi espalda y, sobre mi nuca, un aliento cálido y balsámico, me contagió de una sensualidad estimulante. 
   Tras ayudarme a recuperar el equilibrio, con serenidad me preguntó: 
—Se encuentra bien, señor...— 
—Lo… Lowell—respondí con sorpresa. 
   Esbozó un ademán fascinador. Alcé la cabeza y me atreví a enfrentar su mirada. No advertí desprecio o intranquilidad y menos, incomodidad. Por contra, me di cuenta que su atención ya no estaba pendiente de mí, como tampoco de nadie, y delaté un pormenor: su mente no estaba en aquel muelle. 
   Sin tener idea sobre dónde podría encontrarse, me fijé en su expresión. Parecía… entallada en un gesto de melancolía y mortificación misteriosa. 
   Se marchó sin decir adiós. 

   En cambio ahora, el silencio era sepulcral. Otra vez Daniela estaba sola. Y aún así, cercada en la ingratitud de un territorio neolítico, su esencia volvía a brillar.
   Cada amanecer era la antesala de un día fiel al anterior: monótono, arduo, abrasador...    
   En lo que a mí concernía, sometido a un frío y calor inclemente, continuaba enfrascado en sentimientos que transitaban de la fatalidad a la impotencia. Impotencia, ante la gravedad de mi situación personal; fatalidad, ante una incertidumbre que debilitaba mi ánimo, y se había convertido en un asunto inabordable que señalaba a mi guía Rafat: ¿volvería...? 
   El deber de Rafat se cifraba en obtener piezas para reparar el blindado; carburante para unirnos al ejército inglés en la línea de Gazala, y un auxiliar para atender mis heridas. 
   Hasta el momento minimizar mi nerviosismo, no había sido un procedimiento eficaz. Entre otros, un conjunto de impresiones supeditados al miedo, eran sentimientos que albergaba: sólo, revestido por un relente de polvillo que de forma gradual se filtraba en el blindado, y teñía mi piel de un color amarillento. Víboras, escorpiones, y aquel calor atroz, eran mis colegas habituales. 
   Conservaba media docena de cantimploras, latas de racionamiento, y un artilugio de transmisión averiado, con el que si bien contactar era inútil, quizá para desairarme, todos los días con puntualidad angustiosa, arrancaba y transmitía partes de la ofensiva. Escuchar aquellos comunicados contribuyó como una condena más a acentuar mi nerviosismo. Por lo que según avanzaba el calendario, una impresión cristalizó en certidumbre: aquella aventura marcial contra la fuerzas del eje, solo podría terminar de una forma: en desastre. 
   Desde mi punto de vista el asunto se redujo a una minucia. En el instante en que Rafat regresara, poner pies en polvorosa. Dado que el Mariscal Erwin Von Rommel, avanzaba imparable en un desierto que parecía conocer mejor que cualquier general anglo americano. 

   Aguanté con sus más y sus menos, hasta que el hedor comenzó a preocuparme. El origen no estaba en mis infectas heridas, sino en el cadáver de Carter Mcmillan. 
   Alegar que lo extrañaba habría sido echar a volar un sarcasmo miserable. Desde que lo tuve delante, aquél lumbrera sobresalió de forma brillante en una faceta: la mediocridad. 
    Llegué a tenerle tal aversión, que de no doblegarse ante el desenlace mortal del combate, tarde o temprano yo mismo me hubiera encargado; y era sencillo. La posibilidad de terminar reventado por una bala perdida en una escaramuza, era mayor que palmar de un certero balazo. Detestaba sus fatuos juegos de palabras; su chistes de cotorra lenguaraz me causaban dolor de cabeza; su actitud ordinaria, su inmoralidad. Pero lo que me tocó el corazón, sucedió tras nuestro primer e indefinible saludo. Cuando con incauta satisfacción, tuve la ocurrencia de enseñarle un retrato de Daniela.
   No brindó por mí. Exhaló un silbido, e ironizó: 
—Señor, no se la merece. No... Disculpe mi sinceridad. Pero no le veo. ¡No! No se conquista el corazón de una pera en dulce, así como así—. 
Lo miré confundido. En cambio él prosiguió y redobló mi estupor.
 —Por su forma de fijarse en el retrato diría que se hace ilusiones— y jactándose en su sabiduría delirante, añadió— ¡Olvídese! Su Daniela es una buscona. ¿No lo ve? Miré—señaló la foto—. Solo con fijarme en su pose, la he calado—. Arrugó el entrecejo, me sacudió unas palmadas de pésame y desplegó su clarividencia: 
 ---Desde hace tiempo le estará poniendo los cuernos. Es más..., me atrevería a asegurar que desde su misma partida, invitada por el cretino de turno, saldrá a divertirse, y seguramente —cómo no— irá al Moulin Rouge, donde una tropa de cuervos parisinos estarán al acecho —se sorbió el moquillo— ¡y se pelearán por ella!— voceó —. ¡Vaya si lo harán! Cómo mínimo la rondarán… ¿veamos?— volvió a examinar la imagen, frunció el ceño y meneando la cabeza, zanjó—. Sin duda y tirando por lo bajo ¡una docena de borrachos y camorrista pichabravas...! 
   Me miró de reojo, y dejó escapar una sonrisa viscosa. 

   Tras aquel encuentro y el sucesivo arrebato de cólera, en el cual estuvimos cerca de llegar a las manos, lo que me consternó de verdad fue que aquel accidente humano, tuviera razón. 
   Pero ¡qué demonio! Tuvo potra hasta en el desenlace de su muerte. Qué mejor diñarla sin enterarse. Sorprendido de un limpio balazo. 

   Debatiéndome en estado febril, atravesé un período delicado. En ese momento, un acontecimiento alteró mis principios más razonables. Tuvo lugar un día en que el simún aulló con una violencia desatada, y distinguir la sombra de un chacal a un palmo de distancia, podía resultar algo, no solo incoherente, sino quimérico. Pese a que las portezuelas del blindado estaban bloqueadas, y ni siquiera yo me veía capaz de forzarlas, un silbido incesante semejante a un suspiro plañidero, comenzó a desquiciarme. A la vez partículas de polvo se filtraban por los intersticios, y aparte de contaminar el cuchitril, me asfixiaban en toses y espasmos. 
   Me encontraba enredado en sitiales de hierros retorcidos, cuando aquella esencia o emulsión, me besó. 
   En un arranque de pánico, y como si un moscardón acabara de zumbarme al oído, levanté los brazos y comencé a zarandearlos como palas de una espumadera. La intención era airear el ambiente; y así continué, hechizado por una borrachera frenética, que me arrastraba a un punto ciego. No veía la forma de atajar aquella locura, cuando algo se resquebrajó en mi interior y cedió paso al instinto, y como consecuencia, al miedo. Se trataba de un temor que hasta verme sitiado en aquella situación, había sobrellevado deambulando siempre al filo del abismo... 
   Después de todo —me dije— en un vano intento por recobrar la serenidad, eran sensaciones que conocía y con las que convivía. Transpirando me di cuenta ¡me engañaba! La realidad estribaba en lo que acababa de suceder. Trascendía cualquier experiencia. Respecto a aquel sentimiento, quizá supiera algo medité. Ya que primero lo había descubierto, después presenciado y luego, padecido: cuando se instala, el miedo no necesita apariencia y menos razón para medrar en la oscuridad de una mente. 
   Tras llegar de forma inopinada a aquella conclusión, me derrumbé. Entonces me sentí atrapado y solo ante la muerte. Y todavía me pregunto ¿dado mi estado, cómo logré abrir una portezuela que se hallaba bloqueada a metro y medio sobre mí cabeza, y reptando patas arriba entre cachivaches, abandonar aquella cárcel? 
   No tengo idea. Mi mente suprimió esos instantes. 
   De todas formas —una vez fuera— me di cuenta de algo más importante. Había salido, pero ya no iba a ser capaz de entrar. Quiero decir… las heridas, sin remedio que las aliviara, se hacían insoportables y apenas podía arrastrarme. Además, con el transcurso de las horas, la insensibilidad de mis piernas se agudizaba. ¿Algo afectaba a mi sistema nervioso, o a mi columna? 
   Teniendo en cuenta que mi físico se había transformado en una especie de diana acribillada, concretar dónde residía el foco de mis dolencias, no estaba en mis manos, concluí. Lo malo no era haber salido, me alegraba por ello. Sino que en mi denigrante huida, hubiera tenido la ligereza de olvidar lo imprescindible: las cantimploras. 
   Me recosté a la sombra del blindado, y permanecí con la mirada clavada en la duna. Era el lugar donde en noches anteriores, advertí o soñé a Daniela. 
   Un raro y placentero armisticio tuvo lugar entre mi entidad malherida y mi angustia, y encontré lugar para el recuerdo. 

   Volví atrás días, o meses... 

   Me arrepentía de mi inconsciente arranque de soberbia, que ligado a la ignorancia de un adolescente, me condujo a dejarme engañar. Bebiendo cervezas y aullando hurras a la patria, y a un honor que ni siquiera conocía. 
   Más tarde, en el campo de batalla, entendí de qué materia se surte el honor y también —cuando toneladas de explosivos entonan un desafinado concierto en “Do Mayor”— dónde puede acabar condenado. Entonces, por una vez, musité las oraciones que nunca aprendí al dios en quien nunca creí. 
   Tampoco sirvió… 

   En Mersa Brega estrené un glorioso historial de dignidad asolada. 
   Perdí a Eric, Tom, Paul, Max... Me olvidé el transcurso del tiempo y dejé de especular. ¿Para qué hacerlo? Menos, indagar en la tropa. Conocía bien la carga de flaqueza y desasosiego, que la incertidumbre de dirigirse al frente y con ello, quién sabe si a la muerte, entrañaba para los hombres; y más para aquella multitud de adolescentes que los generales, enviaban al frente como carnaza. 
   Por lo que a esas alturas ¿qué beneficio podía aportarme conocer nombres o hacer amigos? 
   Preferí llamar a los nuevos de “tu.” 

   Con Rommel pisándonos los talones, dio comienzo la espantada. 
   Trípoli, Cirenaica, y todo siguió igual. Con su tortuosa secuencia de calor, hedor a sumidero, metal fundido, horizontes inverosímiles, puestas de sol sobrehumanas, truenos, estallidos, causas rotas, lágrimas, suplicio, sudor, descalabro, cadáveres, ríos de sangre y derrota… 
   Aquel laberinto de adversidades, de forma invariable, sólo era un atajo —no para vencer— sino de cualquier modo, situarse ante lo eterno. 

   Conocí a los hombres del desierto. 
   
   Eran silenciosos en un lugar cuyo dominio cohabitaba con el silencio. 
—¿Nadie me puede explicar por qué guardar silencio dentro del mismo silencio? 
— Yo... creo…—contestó indeciso el infausto Carter. 
   No me había dado cuenta. A tales alturas de la contienda, pensar hablando o hablar consigo mismo, no era raro, y yo acababa de hacerlo. 
—¿Lo sabes?— indagué susceptible. 
Se restregó los ojos, y dijo. 
—Sí. Porque el silencio de por sí impone un respeto incómodo—. 
   Su rostro transmitió una sensación de apariencia sincera. Aquello, fue tal vez lo único razonable que salió de su cabeza. Aquello, y lo que mencionó sobre Daniela. 

   Por ilógico que pareciera, en una lucha sin pies ni cabeza, había objetivos. El nuestro se resumía en uno: vencer en la carrera del repliegue. Era una retirada de oasis a oasis. Había algunas diferencias. Estaban los que formaban un fastuoso vergel —y todos conocían— por lo cual no eran aconsejables (sus aguas solían estar contaminadas), y los pozos. Un pozo solía encontrarse en un lugar remoto. Por ejemplo, un abrupto rocoso en cualquier confín del desierto. Era apenas conocido por un clan de tuareg. Los cuales, estaban de nuestra parte o la de Rommel. El arte, consistía en lidiar con los hombres del desierto. Aunque a menudo eran ellos quienes lidiaban con nosotros. Los había que despreciaban por igual a ingleses o alemanes. Por lo que en aquel lugar perderse podía resultar además de aventurado, peligroso. Ser descubierto por una partida de camelleros, entre otras cosas, podía significar dejar de ser considerado un digno caballero del imperio, para convertirte en presa y a continuación, en despojo. De entrada te arrebataban las provisiones y las armas y a continuación, si no eras un militar de alta graduación, lo habitual era que sin gastar munición, fueras abandonado y condenado a morir—como quien dice— a fuego lento. 

   Durante días tuve la sensación de que el blindado navegaba. 
   Podrá parecer asombroso; no lo era tanto. En ocasiones el Sáhara se parece a un océano. En el mar navegas sobre las olas, y en el desierto lo hacíamos sobre dunas. En esencia era lo mismo. 
   Ciertas veces el horizonte se reducía a una portentosa escala cromática de dunas danzando sobre dunas. Si las observabas, podías discernirlo. No cesaban se moverse y encontrarse con encono, tratando de zamparse hasta lograrlo: las mayores engullían a las pequeñas. 
   En cambio, cuando soplaba el simún... Cuando aquella maldita ventisca nacía de la nada, todo cambiaba. Si continuábamos en marcha acabábamos perdidos; reorganizarnos podía llevar horas, o días. Por contra, al zorro nada parecía afectarle. Invariablemente surgía de la nada y moviéndose como pez en el agua, nos golpeaba. 

   Sucedió después de una ofensiva alemana. La batalla tuvo lugar en una tormenta de arena. 
   Perdimos contacto visual y por transmisión con el resto de la tropa. Solicité instrucciones a Rafat. Esperaba que nos condujera al pozo Ben-Asar. Lo intuía cerca, y así me lo confirmó. 
   Ocurría que a lo largo de la contienda —entre otras fantasías— consideré haber desarrollado un sexto sentido. Dado que alguna vez presentí o intuí circunstancias que con anterioridad no habían sido desveladas. Pero como nadie es perfecto, aquel amanecer mi sexto sentido no me iluminó. 
   Apostados tras una duna los hombres del desierto abrieron fuego. 
   El primer balazo despachó a Carter… 
   No perdí el tiempo, y tras localizar la partida de tiradores, descargué un proyectil. Con objeto de cerciorarme del resultado miré por los prismáticos, y entre los despojos descubrí al muchacho. Cubierto por un manto de arena, reptaba con dificultad. Era el único superviviente, y además, no estaba herido observé. Me descentró advertir que apenas era un mocoso. Por lo que reparar en que había sobrevivido, en cierto modo me alivió. 
   Dejé de prestar atención e interesándome por el estado de mis compañeros, me volví al interior. 
   Por su parte, él no se olvidó de nosotros… 
   Repuesto del miedo y la sorpresa inicial, venciendo a la vez sus temores, superó la vertical de la ametralladora y empotró la anti tanque. 
   ¿Fue un acto de locura, o valentía? 
   Lo ejecuté de una ráfaga. 
   ¿Por qué lo hizo? me pregunté. Sin entender o encontrar respuesta a una reacción que ante mis ojos, carecía de sentido. 
—¡Mocoso Cabronazo¡ Te… ¡di una oportunidad…!—maldije indignado. 
   Con la curiosidad trastornada, lo observé agonizar. Murmuró un “Al Hamdu Lellah” (gracias a Dios) y sonrió con una dulzura rehabilitada en inocencia. La ingenuidad de lo que seguía siendo: un niño. 
   Encontrar en aquellos ojos de agonía el milagroso brillo del triunfo, en lugar de la familiar parálisis que suscitaba el miedo a morir, contribuyó a devolverme a mi inopinada realidad... 
   El universo estalló. 

   Abrí los ojos. 
   Rafat estaba sano y salvo junto a mí. Había tenido suerte. Me había puesto una gasa en el vientre, y escudriñaba impertérrito. Él no temía al desierto. Era su casa, y cerca estaba el pozo. Iría por lo necesario, masculló. 
   Asentí y le autoricé por una razón: Le creí. 
   Creía en la palabra de los hombres del desierto. Si la concedían a otros era sincera, pensé. Pero ¿y a nosotros? Éramos invasores en su tierra. Una región que juzgábamos estéril. Y en la que, que pese al cúmulo de circunstancias adversas, ellos subsistían.         
  ¿Por qué era así? 
   Porque al contemplar aquella inmensa desolación, su visión no se limitaba a estrellarse contra dunas, arena, polvo, o la siempre perniciosa barrera del calor, como solía ocurrirnos a nosotros. Tal vez la respuesta estribara en el tiempo. Habían dispuesto de milenios, durante los cuales, se adiestraron en el arte de acceder a lo invisible. De forma que en un laberinto cuajado de accesos imperceptibles que funcionaban como claves valiosas, hallaban el camino y obtenían los recursos necesarios para sobrevivir y perpetuarse. 
   Y ahora nosotros estábamos allí; para arrebatárselo. 
   Quizá por eso respaldaron a Rommel. Porque el mariscal alemán, descifró mejor que nadie, las claves del desierto: su desierto. 

    Permanecí inmóvil. Abrí y cerré los ojos. No era ningún espejismo. Estaba allí. ¡La palmera! El penacho de la datilera, despuntaba detrás de una duna. Hacía horas que había paladeado con ansiedad la última gota de agua, y me moría de sed. 
   Debía llegar. Calculé que debía de hallarse a unos cien metros. 
   No podía hacerlo a pleno sol, so pena de acabar abrasado, con la lengua hinchada como un andrajo inútil. A un tris de acabar excedido por la ansiedad, sobrellevando el dolor y la angustia, me contuve. 
   El sol comenzó a declinar, me sentí ligero y con fuerzas. Había dejado de ver la palmera. Daba igual. Tenía el lugar incrustado entre ceja y ceja. 
   Comencé a arrastrarme sobre los antebrazos. Avanzaba con una torpeza desquiciante. ¿Estaba tan mal? 
   Tras horas de esfuerzo y dolor, mi cabeza tropezó con el tronco. El agua… ¿estaba allí? No. Previsiblemente se hallaría debajo. Lo que significaba un esfuerzo más: excavar. Ni siquiera tenía la seguridad y menos, una pala… Tampoco era obstáculo. Se trataba de fina y suave arena. Me concentré y escarbé; y mientras lo hacía, no logré quitarme de la cabeza la imagen de una bañera a rebosar... 
   Sin resuello, me detuve. 
   Eché u vistazo en torno a mí e incrédulo, descubrí el escenario. ¡No había palmera! Solo una roca. Había abierto un hoyo de un volumen desmedido y desperdiciado mis fuerzas ¿junto a un granito rosáceo? 
   Mi boca —seca como una caverna de sal— se abrió al cielo. Comencé a reír y no dejé de hacerlo, hasta perder el sentido. 

   Volví en mí y con claridad elemental, entendí la situación: iba a morir de sed. Aún así, no estuve de acuerdo. ¡No podía estarlo! Me pareció una farsa y una injusticia. Puesto que, pese a mis descalabros de ser humano, me consideraba un hombre —que aún teniendo en cuenta sus defectos— en los momentos realmente imprescindibles, había estado a la altura y respetado las exigencias de la vida. 
   Pero la existencia era injusta, incluso en la forma de acabar, recapacité resignado, y bastante más muerto que vivo… 

Contemplé la zanja de soslayo, no deseaba verla pero... vi un espejo: ¿agua? De entrada fue un suspiro. Luego un tarareo extenuado, se amplificó hasta convertirse en un canturreo tosco y feliz; se redujo en susurró; y se convirtió en un sollozo. 
   ¡Había vencido! 
   Dispuesto a saciarme, con dificultad me volví boca abajo. 
   
   El silencio de la noche se rasgó con el piafar de una bestia. 
   Con la parsimonia de una fiera, alcé la cabeza al acecho. Me volví, y allí estaba: 
   En la duna, perfilada ante la luz de la luna. Los ojos como estelas; alta y etérea. Los cabellos meciéndose al céfiro, y una túnica traslúcida. Y sobre todo, aquellas manos frágiles, delicadas, fuertes y flexibles y ciertamente, perturbadoras: Daniela D´orsay...       
   Esta vez la cabalgadura no se disipó, y comenzó a descender. Envuelta en la suave tela, respaldada en el sillín y manejando las bridas, galopaba con elegancia. 
   Se detuvo a mi lado. 
   Una de sus manos surgió de la tela y se ofreció. 
   Cautivado, llevé a cabo un esfuerzo instintivo y descomunal, durante el cual invertí minutos ¿horas? ¡Quién sabe...! 
   Aún así, tambaleándome me sostuve de pie, y espoleado por un anhelo de caracter incierto, tomé la mano y la besé. En principio lo hice con esmerada delicadeza, a continuación, con desorden o... arrebato. Poco a poco, o quizá con una urgencia alterada, el deseo se transformó en una avaricia insaciable, o en apetito insatisfecho, llegando a alcanzar un carácter tan primitivo y salvaje, que llegué a olvidar quién era, de dónde procedía, o cuáles eran mis raíces humanas; y salivando de ansiedad, me lancé sobre ella. 

   Ante mi necesidad por desmontarla, la frágil mano que en principio se había mostrado como una extremidad vulnerable, reaccionó sin contemplación. 
   Le bastó un empellón para deshacerse de mí. 
   Trastabillando al borde del pozo, con objeto de mantener el equilibrio, empecé a realizar ridículas contorsiones, hasta que de forma accidental, mis dedos rozaron mis labios y mi tacto, devuelto a la turbia realidad, averiguó su contextura. Estaban fríos, mutilados ¡podridos...! 
   Entenderlo o tan solo imaginarlo, encendió la chispa de lucidez que, pese a todo, sobrevivía en mi conciencia, y ante la claridad de semejante certeza, dejé de pensar...
    Daniela… Mi Daniela, estaba muerta... 
    En cuanto a mí, la realidad no era solo evidente, sino indiscutible: 

   No sobreviví a la explosión, y fallecí atrapado en el blindado... 

   Ese amanecer Rafat me encontró. 
   Tenía las piernas fracturadas y la cabeza sumergida en el agua turbia del pozo, Ben-Asar. 
   ¿Qué ocurrió? Nunca lo supe… 
   No obstante, mientras caía soñé. Mi mente se abrió y por una vez en décadas, soñé y medité dignamente. Vi bajeles sin rumbo, océanos de azogue radiante, y miles ¡millones de veces! vislumbré cómo había sido mi vida junto a Daniela. 

   De todas formas —una vez más— una pregunta o la pregunta en sí, quedó sin respuesta. 
   Es la misma de siempre. Se ha convertido en una cuestión invariable y eterna. 

        
     En realidad… ¿llegué a conocerla? 


    José Fernández Del Vallado. 


     Josef. Arreglo: Nov 2017.



Creative Commons License 


Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

lunes, enero 23, 2017

Amor Supremo...

AMOR SUPREMO. 

Apenas... recuerdo nada ¿excepto el taxi? ¿Cómo he llegado...?
Tampoco estoy seguro. Algo sella y rellena mi boca. Puedo sentirlo apelmazado. Rasca, me provoca arcadas y no me deja hablar ni respirar. En cambio, su textura es blanda, y su aroma... permanece dentro de mí.
Aún así, mi memoria sigue vacía...
Sin embargo, sin saber exactamente el porqué, hay algo respecto a su olor: es sugestivo, arrebatador…
Por otra parte, me resulta imposible moverme, y no alcanzo a ver.

Oh... Mis brazos y piernas, sí... Están entumecidas y duelen. ¡Atadas con fuerza! Peor es la cabeza. Parece un molinillo con el engranaje roto y chirriante, y mi nariz, palpita dormida, y un sabor acre se mezcla con saliva en mi garganta.
Tal vez ¿sangre..? Creo... Voy a vomitar...

Y... ¿cómo he llegado aquí? Vamos… Un... esfuerzo.
Sí...

Recuerdo la mirada irónica, los ojos color miel y el lunar junto a su iris.
Se detiene, escudriña mí cuerpo y se ríe. Es una carcajada abierta y desenfadada, quizá vulgar. Como un destello, su dentadura resplandece entre un semblante oscuro y marfileño. Me entrega su mano y la beso.
Ahora estoy... Estamos acomodados en un vetusto sofá. Brindamos con champagne y leo versos. ¿Soy poeta, escritor...? Una melodía endulza el ambiente  un sabor que reconforta y entristece. ¿Soul? ¿jazz? Claro. Cómo no: sublime jazz. Y ahí está, sobre el escenario: ¡el viejo Coltrane! Interpreta “Amor Supremo.”

Mi mente bulle y se abre un poco más.
Estoy en el «New York´s Five Spot», la vieja sala. De hecho ahí estamos... los dos.

Todo resulta agotador y confuso otra vez.
El dolor y el sopor me vencen, e imponiéndose, el aroma: me aturde y... enloquece.
Unas manos —¿las suyas?— cálidas y flexibles, se aferran a mi espalda y la acarician y desgarran. Inspiraciones profundas, despiden un vaho que cristaliza en la bruma de una noche escarchada en abismo de hielo.
Jadeamos, fornicamos en un callejón emboscado.
Ella... No sé quién es ni por qué... ¿Por qué allí y no en un lugar adecuado y caliente?
¿Por qué...?
Una voz. Su voz, se abre paso:
—¡Vaya! Para ser un haragán no estás mal. Eres guapo. ¿Quieres follar?—. Sonríe de forma velada—. Ya sabes... Quien lo insinuó fuiste tú. Yo no soy tan insolente, y además, no te he contestado...
Estira sus piernas, sus muslos se abren, sus botas de cuero y tacón de stiletto rodean mis nalgas.
Ahora estoy dentro. Resuello a un ritmo desenfrenado, y en un intervalo efímero o quizá interminable y profuso, como un versado y brillante oleaje de placer, todo resulta perfecto. Ya no hace frío. Somos uno y la amo. Arrullo a una mujer que apenas conozco ni recuerdo con claridad.
¿Y acaso importa?

Sus manos regresan, vuelven a acariciarme.
No.
Me toman de otra forma. Es... una actitud diferente e incluso... ¿violenta...? Barras, quizá porras, me golpean. Percibo un resplandor. ¿La luz de una linterna? Traspasa el tejido que cubre mis ojos. Alguien amarra con firmeza mis piernas.
¡Gimo, me quejo, suplico...!
Una voz impasible, gruñe —: “¡Abajo con este hijo puta!”

Ahora soy libre. ¿No hay nadie?
Nadie sobándome con sucias manos de matón estibador. Nadie que me inmovilice y puedo sentirla: la brisa. Un soplo de libertad que acaricia mis sienes, las abanica y restablece. ¿Soy realmente libre?
El azote sobre el hielo doblega mi alma y extrae de mí un alarido de facto inhumano.
No dura mucho. Ahogándose en el momento en que mi boca comienza a encharcarse. Segundos...
Todo es paz y silencio. Algo sólido y violento me succiona, y en tanto mis sienes empiezan a estallar, recuerdo a la negra Ricca, la preferida de Sam Giancana.*
La veo allí, frente a mí.
Deposita sus brazos de matiz de café sobre mis hombros; acaricia mi nuca y con voz frívola y dulce, musita. —Estoy cansada de ser la esclava de ese italiano. Ni siquiera es elegante. En cambio tú... un negro fuerte y apuesto —echa un vistazo celoso, y añade—. Hoy está lejos. El cuchitril no le agrada. Demasiados Niger* aquí —con un gesto de desprecio, concluye—. Prefiere “La Voz*” sin voz de Sinatra...
Sus labios teñidos se amplían, gorjea una dulce risita.
De forma precisa reconozco el aroma que me enloquece, y mi nombre —: me llamo Slater y hasta hoy era uno de los escoltas de Ricca— es el penetrante olor de su sexo impreso en su ropa interior embutida en mi boca.
No entiendo a ciencia cierta, pero no me encuentro asustado. Por una vez, solo una vez, dejo de tener miedo y sé bien el porqué.
He triunfado. Obtuve el premio...

Cuando las convulsiones empiezan, me siento genial.

Una vez más me encuentro abrazado a ella y fornicamos.
Oprimo mis labios sobre su boca y la beso una, dos, tres, cuatro veces, y no ceso de hacerlo con una intensidad desmedida, voluptuosa e inmortal...

José Fernández del Vallado. Josef. Versión Enero 2017.

Sam Giancana:* Salvatore Giancana (nacido Salvatore Giangana; 15 junio 1908 hasta 19 junio 1975) más conocido como Sam Giancana, fue un estadounidense mafioso y jefe de la mafia.  

Niger:*Adjetivo niger (“color negro”). Se utiliza despectivamente.

La Voz:* Apelativo con el que era conocido Frank Sinatra.
Creative Commons License

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

sábado, agosto 15, 2015

Prostituyéndome....



Una vez, hace ya tiempo, estuve enfermo. 
Por aquel entonces los días transcurrían como una espesa bruma de invierno, las horas volaban, y se disipaban fagocitadas en noches interminables que como manchas de aceite lúbrico y obsceno, comprimían mis deseos en uno. 
Acercarme a la ventana no me interesaba. Mirar a través del cristal, tampoco. Recelaba verme abreviado en una realidad aplazada y en suspenso. En cuanto a las noches, inmerso en mi oscuridad, vivía anhelando alcanzar una ceguera perpetua, y mientras me limitaba a inhalar algo parecido al oxígeno, la llegada del deseo me corrompía y envolvía una y otra vez. 
Estaba preso de mi mente... 
Salía, y en sintonía con el ensueño que representaba, bebía. Exponía mi intención y mi cuerpo y los utilizaba. 
Desde que la encontré, el sexo imaginado se convirtió en realidad y la realidad en quimera. Y en lugar de saborear aquel placer que anhelaba, desnudaba más dolor. Ahora sé algo que nunca imaginé antes: jamás podré recuperar aquel tiempo. ¡Está muerto en mi locura! Y, sin embargo, recordar las esencias a noches de primavera, verano e invierno, y presumir que posiblemente ella vive o aprendió a hacerlo, activa en mí la demencia que entonces me embriagó y me condujo a no ser yo, siéndolo... 

Me veo allí, borracho, en la oscuridad de una noche insondable. Inventando fantasías y asolando mi vida junto a ella. Podía estar loco. Pero ella, desde mucho antes, se encontraba destrozada. 
Era una esclava... 

Sabiéndome seducido, intuí mi enfermedad. Perseguía una entelequia. Mi ideal. Aquello que unos llaman “amor verdadero y otros, felicidad.” A mí la palabra “amor” no quiso nunca escoltarme. En cambio el sexo y el dolor estuvieron siempre a mi lado, convirtiéndose en una sensación reiterada a vida oscura y sin luz, excepto tal vez... las veces en que resplandeciendo ante una luna en cuarto creciente,  sus pechos se proyectaban llenos de color... 
La besaba y follaba para cerrar sus heridas, sin saber que ella hacía otro tanto por mí. 
Ella, lo supe después, no era la clase de mujer que aparentaba. Quizá pareciera banal, pero era lo mismo que cualquiera: un ser humano. Y lo demostró. 

Por eso ahora que he sanado puedo comprender, y la echo un poco de menos. Aún así me pregunto: ¿qué significa “saludable” y quién a ciencia cierta lo está? 
Sigo añorando noches de sexo y placer... No fueron muchas, tal vez un puñado. De todas formas no las olvido. Aquellas que recuerdo han quedado grabadas por una razón: su esencia nunca residió en el sexo, sino en el afecto y en saber de antemano que estaba junto a alguien a quien podría amar. Aunque “Amar” para nosotros fuera ya imposible. Dado que yo estuve siempre tan lejos de ella y su mundo, como ella lo estuvo del mío. 
¿Por qué? 
Hoy, tras unos agradables momentos musicales, la comprendo mejor; la forma en que amaba; su timidez; el miedo falsedad o ironía de su sonrisa, su forma de mirar profundo y en silencio, y lo sé. Ambos no éramos realidad. Estábamos enfermos. 

Oculto en la oscuridad del tiempo, sigo sin recordar su rostro. Si... Nos amamos a oscuras. 
Hay veces en que es mejor prostituirse de noche, y evitar que el amanecer te sorprenda y descubra la indudable turbiedad de tus deseos más luminosos. 


 José Fernández del Vallado. Josef. 14/08/2015.

Creative Commons LicenseEsta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

sábado, octubre 18, 2014

Veinte Años Antes...

Descendí del avión y una humedad sobrellevada veinte años antes, trató de aguar mi voluntad. Esquivé el ejército de mozos porteadores, rubriqué la reserva en el Hotel y, mientras amanecía, sin desvestirme, caí rendido sobre la confortable cama de matrimonio.
“Volví a soñarla, no había cambiado. El tiempo parecía no pasar por ella....”
  A las siete y media de la tarde, me desperté; anochecía. Me duché y afeité con desgana. Liquidé la cuenta y me dirigí al alquiler de automóviles. Elegí un coche cualquiera, y arranqué dirigiéndome al este.
  Al salir de la ciudad, recibí una impresión inicial: la oscuridad no existía. Una noche diferente resplandecía o era el poder de una luna sobredimensionada. Azules metálicos bruñían los acantilados dotándolos de espíritu, y una brisa somnífera salpicaba mi piel de recuerdos. De nuevo estaba en el Caribe, donde las tinieblas forman parte del día, y deambulando entre ensueños es posible existir sin la obligación de detenerse. El tiempo transcurre al revés y los caminos transitan en bocetos pincelados en pátinas de pigmentos imposibles...

  La pulcritud de una remozada autovía, me permitía transitar a buen ritmo. Todo demasiado tranquilo, y yo sin apartar de mí una vaga sensación de zozobra.
  El delirio comenzó a concretarse kilómetros adelante. Al internarme en una calzada asolada de socavones. De todas formas mi itinerario era el correcto. Puse una cinta en el casete, y continué hasta sentir el chasquido de las traviesas que apuntalaban el viaducto que franqueaba el río Chavón. Era una estructura levadiza. Construido a principios de siglo, oxidado y mohoso, su esqueleto abombado desafiaba las leyes de la razón. Comenzaba a descender su pendiente, cuando procedentes del otro lado, luces de varias linternas me deslumbraron y un griterío excitado, me ordenó detenerme.
  Lo hice sin temor. En realidad no tuve tiempo de entender la situación. Empecé a hacerlo cuando el cañón de un revólver enfrió mi sien.
  Me sacaron a empujones y transformaron mis afanes de conciliación, en una espiral de pánico. No paraba de repetir: ¡español! ¡español!, y el galimatías de histeria, se redoblaba. Me registraron, se hicieron con mi documentación, y tras esposarme, dando traspiés, comencé a caminar. Me encerraron en una cabaña y allí me dejaron.
  Transcurrí la primera parte de la noche enfrascado en elucubraciones. ¿Qué harían conmigo? Posiblemente, a cambio de mi libertad, reclamarían una cifra desorbitada. Aunque a lo mejor no les resultaba útil, y zanjaran la cuestión eliminándome, o me retendrían prisionero durante años. Darle vueltas a la cabeza acaba por extenuar, y un sopor enfermizo venció mi necesidad de permanecer alerta. Mientras, una sensación semejante al sabor de un trago amargo, sin diluirse, proseguía estancada en mi interior.
  Alguien me zarandeó. Mis ojos se abrieron. Acuclillada a mi lado vi a una joven. Tendría unos dieciocho, calculé. Sin dejar de mirarme con curiosidad, me preguntó.
—¿Es usted tan malvado como aseguran los mandos?
La miré de soslayo, acababa de descubrir su belleza y no quería que se diera cuenta de mi debilidad.
—¿Yo? Desde luego que no.
  Se rascó la mejilla, se arregló los cabellos, y mirándome con espontaneidad, dijo.
—Mi comandante dice que un hombre cuando se pudre en su interior nunca cambia. ¿Está usted podrido?
  Apoyado sobre mi codo me encontraba incómodo. Hice una contorsión, me di la vuelta y me acomodé con las piernas cruzadas. Paulatinamente levanté la mirada y me encontré con unos ojos negros, llenos de energía y sinceridad. Sonreí y rechacé.
—No.
—Entonces... ¿por qué está aquí?
—Usted sabrá. Yo solo estoy de vacaciones.
  Se revolvió nerviosa y rezongó.
—¡El comandante dice que es uno de ellos!
—De... ¿quiénes?
—Los hombres de Balaguer.
  Largué una carcajada y añadí.
—Pues están equivocados. Ya se darán cuenta.
  Se acarició el cabello, se arrodilló, y suspirando me dijo.
—Sabe... Usted es diferente. Me gusta su forma de reír, de hablar... Es agradable —durante unos instantes pareció insegura, luego, mirándose el dorso de las manos, siguió —. Yo le creo.
  Aquel silencio mágico, entre confesiones y desvelos me turbó. Sin desear romperlo observé su belleza mestiza y mi cabeza se llenó de recuerdos. Aromas e incertidumbres de otra época, veinte años antes. Había deseado muchas veces a mujeres intentando llamar su atención sin resultado, y ahora... no hice nada y me encontré con las esposas entre las manos. Me bastó un movimiento. Instantes después se debatía esposada.
  No había música, tampoco estábamos en un lugar romántico, pero el amor es capaz de florecer en la podredumbre más turbadora.
  Le di la vuelta...
  Después, me relajé y pude dormir. 
“Esa noche volví a soñarla. No había cambiado....”
  Me despertaron unos impactos secos. Eran hachas abriendo tajos en el portón. Una vez cedió, hombres pertenecientes al Comando Contrarrevolucionario, me liberaron y se llevaron a la chica.
  Me condujeron ante el puesto de mando. Exultante, un oficial me abrazó y exclamó.
—¡Los tenemos! ¡La maniobra ha sido un éxito, Jiménez! Difundir que volvía y dejarse atrapar llevando el dispositivo —. Su expresión cambio. De una ojeada me examinó y añadió—. Además, visto su espléndido estado, me atrevería a asegurar que anoche no lo pasó mal...
  Fruncí el entrecejo y me concentré en los prisioneros. Debajo del rudimentario mástil que lucía el gallardete del destacamento, con un foso a sus espaldas, se alineaban quince hombres. Eché de menos a la mitad. Alcé una mano. La ametralladora repiqueteó cerca de medio minuto. Quedaban tres cabecillas. Desenfundé, los despaché, y volviéndome le pregunté.
—Y los demás. ¿Qué hicieron con ellos?
  El oficial, con apatía, se rascó la entrepierna, y titubeando, gorgoteó.
—¿Había más?
—¡Sí...! —contesté contrariado.
—¡Bue...! No debe preocuparse. Habrán huido como loritos. Los cazaremos ¡verá!
  Le tendí la mano. Aunque en mi interior siguiera abrigando un presentimiento sombrío.
  Volví la cabeza y a unos metros, esposada a un buldócer, vi a la joven. Di orden de que la trajeran. Moqueaba, pero había que verla. ¿Era valiente? ¡Y tanto! Ni siquiera gemía. Al contrario, hipaba de cólera.
  Temblando, balbuceó.
 “Podrido, está podrido. Jamás será feliz...”
  Unas detonaciones interrumpieron la valerosa descortesía de sus palabras inútiles. Sin titubear disparé sobre ella y me vi obligado a cubrirme.
  Transcurridos los primeros instantes de la refriega, me di cuenta. Los rebeldes nos superaban en número, y ahora, los hostigados éramos nosotros.
  Unos minutos más. Yo y una docena de hombres depusimos las armas.

  A primera vista los subversivos parecían interesantes, e incluso, educados. Interrogaron a los soldados y tras asegurarse que no suponían una amenaza, les dejaron ir. A mí me llamaron traidor, pensé que me torturarían. En cambio, me pusieron contra un muro en ruinas, leyeron mis cargos y declarándome “Enemigo Patrio,” se dispusieron a fusilarme.
  Estaba entrenado para afrontar cualquier situación, menos la muerte. Me di cuenta cuando me oriné. Mi organismo reaccionaba por su cuenta... o por inercia. Era joven y me quedaban cosas por hacer.
  Aterrorizado traté de hacerles ver el incalculable valor que para ellos podía implicar disponer de un prisionero que era una autoridad en un régimen aliado de Balaguer, cuando un siseo in crescendo, se convirtió en angustioso silbido, y silenció mi farándula. El firmamento se oscureció, y el plácido atardecer se transformó en un crepúsculo tétrico. Sobresaltado alcé la mirada. El entramado de ramas que formaban árboles como atalayas, se agitaba y crujía. 
  Casi al instante, sobresaliendo sobre el fragor, un nuevo estrépito detuvo el espectáculo. Era un Land Rover; iba escoltado por un pequeño blindado. Ambos progresaban bamboleándose en la senda abierta en la espesura. Los rebeldes les cedieron el paso. Me figuré que iba a conocer en persona al mandamás. Sin embargo, al abrirse la portezuela, en la penumbra del ocaso, no distinguí la fisonomía de un hombre y sí la apariencia de una mujer.
  Chapoteando sin contemplaciones, se introdujo en la emulsión de insectos y fango que formaba el suelo de la selva, y abriéndose paso, llegó hasta donde apisonado y pringoso, yacía el cuerpo de la joven. La abrazó y besó. A continuación extrajo de una mochila un espléndido paño, y mientras enjuagaba su rostro, susurrando una letanía, empezó a incorporarla.
  Asistí lívido al acontecimiento. ¿No había abierto un agujero en el cráneo de aquella criatura? Aunque a lo mejor, al actuar con precipitación, ¿la había rozado...?
  No acababa de estar seguro de lo que presenciaba. Menos cuando la dama que había entrado en escena de forma tan resuelta, se volvió, y unos ojos de ámbar alojados en un semblante de ébano, se concentraron en mí. Descubrir aquella fisonomía me llenó de sorpresa y algo que no alcancé a descifrar. Un pormenor parecía obvio: era Minerva. Y lo único seguro: no había vuelto a verla hace veinte años. Por contra, la mujer que se hallaba ante mí no había cambiado. Sin embargo, había algo distinto. Me resultó raro pero más absurdo tal vez. Porque aún teniéndola delante, ni siquiera estaba seguro de reconocerla.
  Dirigiéndose a mí con una voz desprovista de emoción, comenzó a hablar.
—Y bien Jiménez. Jamás podré decir que me dejó nadando en la abundancia. Aunque desde luego, recuerdos sí me dejó. Y para no olvidarlos —bufó. Encogió los hombros y elevando el tono, continuó— Se divirtió a mi costa. ¿De modo que a eso dedica su vida? Antes nos abandonada preñadas, pero eso ya no le basta. Dígame. ¿Por qué ha regresado? ¿Para terminar de arruinarme? —como rescoldos sus ojos se hundieron en mí—. Agregó—. Comienza por forzar a su hija, que también es la mía, y a continuación ¡la asesina...!
  Privado del menor rastro de energía, aguanté tenso. Necesitaba recobrarme, salir de mi trance de estupor y asumir el gobierno de la situación. En lo concerniente a mis intereses, el escenario se volvía cada vez más complicado. Para empezar, no recordaba haber tenido un bebé con Minerva, ni siquiera haberla dejado preñada. Aunque para ser sincero, en aquella época, fácilmente pude haber engendrado un centenar. Y ahora, la chiquilla que se hallaba a su lado, sin atreverse a mirarme o haciéndolo con ojos abiertos y congestionados ¿era mi hija?
  Caminando de forma desgarbada, con el orificio señalando su frente como el agujero negro de una constelación, se acercó a un guerrillero, y con una soltura que quedaba lejos de cualquier género de duda, desenfundó su revólver, y lo puso sobre mí sien. Yo ya no me fijaba en eso. Como haces de láser mis ojos reconocían con éxtasis a Minerva, y me limitaba a hacerme una pregunta: “¿puede ser ella?” y volvía a decirme: “Se encuentra tal como la soñé...” 
  Me vino a la mente la vez que nos enamoramos (¿sucedió así en realidad?) y una conversación en concreto. Aquella en la que con voz temblorosa por una emoción que yo encontraba exagerada, me reveló que estaba lista para ser nombrada sacerdotisa a las órdenes de una tal... ¿Mama Mambo?* Yo apenas sabía qué era aquello. Para mí se reducía a algo tan escueto como una mera palabra: santería. Lo que a mi modo de ver se resumía en otra expresión: “bagatelas”, con el único fin de meter miedo a gente crédula y desdichada, y luego sacarles las perras.
  Mis pensamientos se congelaron al reparar en mi supuesta hija, y reconstruir un detalle. Minerva acababa de decir que “Yo la había asesinado.” Pero la moza estaba ahí y, a primera vista, de no ser por su obstinación en mantener el arma sobre mi sien, cualquiera podría pensar que era una jovencita normal. La observé de reojo. Excepto la desagradable herida en la frente, todo me pareció vulgar. Respiré con alivio. En lo referente a Minerva, tenía su explicación. No debía sorprenderme que pese al transcurso del tiempo, apenas mostrara síntomas de decrepitud. Solía sucederles a hombres de una naturaleza excepcional; y ella, era de esa pasta. Lo cierto es que contemplarlas era comparecer ante dos deidades eternamente jóvenes, aunque a la vez frías y... 
  Me irrité ante mi grado de incoherencia. ¿Por qué me alteraba de una forma tan inocente? ¿Era debido al sobre esfuerzo que hacía con tal de salir airoso de mi situación? Probablemente sí, medité. Eché un vistazo a mí alrededor y me di cuenta del silencio. El temporal amainaba y estaba solo. No del todo. Ellas estaban conmigo. Pero como si no existieran.
  El conflicto radicaba en que mientras —por un lado— tener en cuenta que Minerva estaba ahí —la conocía y por su forma de mirarme, presentía que pese a todo, nunca me había dejado de amar— me hacía abrigar esperanzas, tampoco se me escapaba que entre ambas existía algo turbio. Una circunstancia me indujo a experimentar una tensa contrariedad. Después de lo sucedido, descubrirlas tan sosegadas, me resultaba como fuera de lugar, y suscitó en mí una sensación de malestar. De todas formas ante lo insólito de la situación, mi frágil humanidad debió atisbar indicios que por mí mismo no alcancé a vislumbrar. A partir de ese punto, una corazonada envolvió mi mente en un caos de alarma y aprensión, y me refugié en un empeño: ¡escapar! Para hacerlo debía correr con todas mis ganas. Sin un asomo de escrúpulo o indecisión, actué en consecuencia; dándome cuenta de algo. ¡Era incapaz de moverme! Sufría parálisis ¿o era producto del miedo? Del mismo modo caí en otro detalle. ¿Dónde estaban los insurgentes, cómo y en qué momento se habían ausentado...?

   Sentí el aliento tibio de la muchacha acariciar mi lóbulo izquierdo, y me asombré de mí mismo. Ya que aparte de viciado, era un soplo incitante. De forma incoherente, en lugar de reaccionar cooperaba. Pues a pesar de estar al corriente, no veía, o de forma premeditada mi mente rehusaba hacerlo, a la joven como quien se suponía que era. Por contraste sí como a la tentadora criatura mestiza que había forzado la noche anterior. Sí, aquel hálito —un vaho cálido y amargo— era un efluvio podrido y al tiempo fascinador...
  En lo referente a mí, tal vez debido a la incertidumbre o el deseo, no podía esconder mis alterados jadeos de sofoco.
  Entorné los ojos y entreví su imagen en la cabaña. Sus cabellos negros y sueltos; su semblante perfilado, el cuello esbelto, la nariz recta, los labios húmedos. Los pechos tensando la blusa gris, abriéndose a unos pezones oscuros; sus axilas depiladas y la cintura cerrándose como una cánula, antes de ceder paso a la profusión de unas nalgas que mis manos conquistaron en la penumbra. Su transpiración, más que una esencia, era un vaho envolvente que me impregnaba de lujuria embriagadora; y aquellos ojos, entrecerrados como suaves cortinas de tul, cubiertos de aceite untuoso, volviéndose a mirar con una impudicia enfermiza o quizá demasiado evidente.
  Le confesé que la amaba. Le dije que no podía ser mujer sino una flor quien así me hacía el amor.
  Advertí un silencio imposible o impasible...

  Abrí los ojos. “¿Hablaba a solas?” De nuevo el presentimiento. Esta vez asociado a una voz: la de Minerva. ¡Ahora tan diferente! Similar a un chasquido que de forma irrefrenable —milímetro a milímetro— escarbaba ansiosa en mi cerebro. Me revolví. Traté de resistirme al atroz y lento proceso de mutilación. Mi defensa; hacerla regresar a momentos más agradables, y recobrar un espíritu que parecía perdido. Pero antes que nada, conmoverla: “Dime. Te conozco bien ¿no eres la misma? ¿No me amas ya...?” Indagaba. “Soy yo, el de siempre y te deseo.” Presionaba y mentía, consciente de que mi tiempo estaba en sus manos. Mientras, me esforzaba en hacer frente a la mirada de aquel semblante soberbio, de rasgos ahora implacables. Fue una lucha perdida de antemano. Pues a pesar de mi esfuerzo, sus ojos de fuego se clavaron en mí corazón como dagas. Ella por su parte, sí obtuvo un gemido de mí: surgió como inevitable reacción a mi creciente paranoia.
   Una vez se estableció, sin cesar de presionar mi conciencia como un torniquete, sentenció:
“Visto que estás podrido, Mamá Mambo, resuelve. ¡Vivirás como lo que eres...!
  Saberlo no fue un consuelo. Para ellas el tiempo no existía. Era eterno dulce y voluptuoso. Obviamente para mí sí.
  
  Cuando por fin pude moverme, haciendo uso de una percepción necrófaga, durante décimas, dispuse del tiempo esencial para darme cuenta de mi ilógica y grosera situación. Ya no caminaba. Me limitaba a deslizarme a ciegas en un vientre pútrido e hinchado. El del turista que tras resultar asaltado por una partida de bandidos en el puente del río Chavón, desde hacía semanas, yacía enredado en los juncos de la ribera.
  Sus últimas palabras chirriaron de nuevo mi mente: “Vivirás como lo que eres...” Y supe claramente en qué me había convertido. ¡Era un parásito! Y supe algo más: mi suplicio no había hecho sino comenzar. A continuación mi cerebro se comprimió hasta ser tan diminuto y simple como la cabeza de un alfiler colmada de agreste rastrojo, la clarividencia se desvaneció y solo quedó la oscuridad...

   Mama Mambo*: es la deidad de la lluvia y el lodo; mediadora entre la vida y la muerte. Su culto es de procedencia Fon, Ashanti y Arará (Dahomey), sobre todo de territorio Mahins en África Occidental.

José Fernández del Vallado. Josef. 2014


Versión finalizada de arreglar el 17 octubre 2014. Probablemente figure en la antología de relatos en la que ahora trabajo.

Un abrazo.


Creative Commons License


Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Post más visto

Otra lista de blogs