miércoles, noviembre 19, 2008

Banshees.

Sucedió cuando la empresa en la que trabajaba me destinó a Irlanda. La firma alquiló un viejo chalé junto a unos acantilados. Era el terreno más árido, pero también el más cercano al trabajo: Una industria petroquímica. Y el más alejado de cualquier población. Se trataba de un lugar sombrío, pero presentaba una ventaja. Unas escaleras labradas en la roca te permitían descender a una oculta y misteriosa cala, en medio de la cual un peñasco oscuro, de dimensiones razonables, enterraba su mascarón de proa en el oleaje.

Recuerdo haber descendido allí aquel día de noviembre, antes de las Navidades, embargado en sensaciones incoherentes. Entonces vi su cabello, negro. Estaba acurrucada con las piernas flexionadas, una mano descansaba sobre una rodilla de aspecto suave y terso, la otra afirmándose sobre la roca, y la mirada vuelta hacia el mar. Me aproximé a ella en silencio, giró su cabeza y vi sus ojos anegados, el maquillaje corrido. Lloraba afligida. Mantuve el respeto y la distancia y no me atreví a preguntar.

Los días pasaban rápido y los fines de semana eran apenas breves pausas de mutismo, viendo partidos de rugby que hacían estallar mi adrenalina en una resultante de latas y latas de cerveza. Después, sumido en sueños turbulentos, oía sollozos... o el viento.
Aquella tarde también había derby, pero me tocaba guardia en la fábrica y cuando terminó la primera parte, malhumorado, apagué el televisor y oí los gemidos; provenían de la cala.

Era de noche cuando bajé, errando entre encajes de bruma una luna cobriza alumbraba el escenario. La distinguí sobre la roca, con la mirada perdida. Envalentonado por el alcohol, desafiando un bramido sepulcral, me encaramé a su lado y pregunté:
- ¿Por qué lloras?
Dejó de hacerlo, me tomó de las manos, y dijo.
- No vayas...
- ¿A dónde?
Quise saber, desorientado. Sus ojos negros, fijos en mí, me taladraron. Otras sombras me envolvieron. No estaba sola. A mi izquierda descubrí a una y a mi derecha otra más. Olvidé mi valor y me encontré acorralado y atemorizado. Dominado por un terror implacable, liberándome, eché a correr de forma inconsciente. A mis espaldas, agudos graznidos chirriaron.
- No vayas...
Un aleteo poderoso rasgó el aire, sentí un golpe seco en mi sien. Volví en mí sobre la arena. Miré el reloj de pulsera. Pasaban las nueve de la noche. ¡Debía estar en la fábrica!
Subí al auto, arranqué, y el paisaje nocturno se iluminó con un fulgor de fuegos de artificio. Lo supe al instante. ¡Era un desastre! La fábrica había reventado.
Y aquellas mujeres... ¿aladas? Me lo desveló poco después un viejo excéntrico y borracho, de ojos desorbitados, su boca de labios cortados, pronunció: Banshees. (*)

(*) Hadas de la muerte.

José Fernández del Vallado. josef. Nov 2008.

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