jueves, noviembre 27, 2008

Hacia el fin del mundo.


Conduje toda la noche sin detenerme. ¿Un objetivo? Alcanzar el fin del mundo si era preciso, ya casi lo olía, lo entreveía. Cielo caprichoso. A veces parecía encapotado, otras libre, con claros que me permitían contemplar las constelaciones brillantes cual basiliscos relucientes en movimiento. Brisa fresca de noche, ronroneo constante con sabor a diesel, olores irreconocibles invadiéndome de forma inalterable; caminos nunca vistos, oscuridad ciega, permanente...

Atrás... la dejé a ella. Cerré la ventanilla sin permitirla introducir su cabeza delgada, frágil, angulosa. Se quedó allí arrastrándose, gritando a la noche: ¡No te vayas! ¡No huyas! ¡Español! ¡Te quiero! Debía haberlo presentido. Yo no era carne de su tierra y ni siquiera nací en su religión...

Hay un puerto de montaña en el camino, no aparece en los mapas. ¿O sí? Me vuelvo, busco a Lathia con desespero pero ella ya no está a mi lado.

Me dijo: “Elige entre una vida aquí, en Marruecos, junto a mí, o huye ahora...”

- ¡Sus ojos verdes! -

Asciendo a lo alto del puerto, allí me deslumbra una claridad reveladora, es la luna, me mira con amargura. Aquí no hay almas benditas. Me detengo un momento a orinar. Antes – ¿hubo otros tiempos? – Sí, en que por estas laderas señorearon leones con melenas imperiales...

- Su cabello negro y espeso, como el de aquellas míticas fieras del Atlas, pero quizá mil veces más delicado… -

¿Les llevaré suficiente ventaja…?
Se trata de los seis hermanos de Lathia, no creo que esto les haya encantado. Vendrán pisándome los talones; conocen bien el terreno. Están en su casa. En cambio yo. Claro, por el puerto. Por el puerto a nadie en su sano juicio se le ocurre meterse en pleno mes de febrero.

- Amor dime. ¿Que buscas en mí?
- Solo eso… Amor -

Voy en dirección correcta ¿verdad Lathia? Sí, sí... Ella me lo dijo. 
¡Vaya! Algo rechina bajo el coche. Me asomo por la ventanilla y las descubro. Son planchas. Planchas mortales de hielo acechan en cada curva de descenso del puerto. Lo sé. Sé lo que debo hacer. No frenar bruscamente, no perder el control...

- Su piel… oscura, suave, tersa. No debiste perder el control. Demasiada idiotez ¡Demasiada vida tentándome! Sus senos…eran dulces, maduras, frutillas. -

Cuidado, esa curva cerrada. ¡Vaya! Estuvo cerca.

Llego abajo. Me basta con marchar a todo tren hacia el norte, alcanzar la general, el Ferry, y a España. ¡Menuda aventura!

Transcurridas un par de horas sé algo más. La cosa no va bien. Continuo en marcha toda la noche sin detenerme, hasta que lo entiendo. Voy en dirección equivocada. Pero en fin, se lo debía a Lathia. Era lo que yo había querido hacer siempre, así se lo expliqué mientras la amaba. Ella supo entenderme. Y ahora, al fin iba a encontrarme de forma definitiva con el fin del mundo. Dios lo había querido.

- Y Lathia… ¿Me comprendió realmente? -

Los pueblos, había pueblos… Ni siquiera eran construcciones a base de ladrillos sino curiosas edificaciones de adobe ubicadas entre palmeras. Empezó a amanecer. La floresta se desvaneció absorbida en las sombras y pasó a transformarse en roquedos que con las luces del alba originaban tonalidades del ocre al marrón. Luego, esos mismos roquedales escasearon, disminuyeron de tamaño, y en su lugar una arena fina invadió lentamente el asfalto hasta hacerlo desaparecer en algunos tramos cubriendo todos los espacios.
La carretera ascendió una colina descendió y cuando llegó hasta su base se internó en una enorme explanada donde progresivamente fue desdibujándose hasta desparecer por completo.

Me miré en el espejo retrovisor. Mis ojos estaban poblados de arterias enrojecidas. Conducía como una máquina. Ese amanecer tuve el extraño convencimiento de que había dejado de pensar para siempre. Hasta que tuvo que suceder...
Pisé a fondo el pedal del freno. Debía ir a más de setenta. El coche chirrió derrapó y por fin se detuvo atrapado en la arena.

- ¡Carnes curtidas y maravillosas! - Brazos enlazados a mi cuerpo, suspiros, fragancias de otro amanecer. –

Salí en silencio y comprendí. No iría más lejos. Estaba a las puertas del fin del mundo. Me subí al capó del auto y fascinado contemplé el desierto más grande que jamás haya visto. Había dunas infinitas como olas en el mar. Dunas de colores tornasolados, blancos, amarillos grises…

- Y Lathia. ¿Dónde quedaban sus besos con sabor a dátiles a miel a promesas? -

Permanecí así hasta las doce del medio día. Fue cuando oí chirriar las ruedas de varios coches a mis espaldas. No me volví. Comprendí que eran ellos. Estaban detrás de mí.
Lentamente me incorporé y sin volverme grité.

- ¡Decirle esto a Lathia! ¡Decirle que Juan sin Fronteras encontró el fin del mundo! ¡Y decirle también que nunca la dejé! ¡Que allí la espero!

Y ofreciéndoles las espaldas comencé a caminar hacia el interior del desierto. 

- ¡Te amo Lathia y siempre te amé…!-


José Fernández del Vallado. Abril 2006. Arreglos Nov 2008.



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