jueves, noviembre 13, 2008

Carta de Zoa a quien quiera...


Me llamo Zoa, tengo pocos años una vieja “compu” y una gran amiga que vive en un país pobre. Sí, de esos que cada día proliferan más, porque los poderosos del mundo antes que ayudar a los débiles prefieren hacerse cada día más ricos y soberbios. Deben pensar que con ofrecer promesas de felicidad y fortuna a la gente pobre del mundo a la cual anuncian por la tele: “su tele,” medio que en lugar de ayudar lleva cada día más a la bobería e incultura de nuestro mundo, basta para tenernos satisfechos con la generosidad del sistema: –“su sistema”– que continúan llamando “democracia,” aunque yo por más y más vueltas que le dé ¡y se las doy! sólo puedo llamar “absurdocracia.”

Esto, por supuesto, no lo vi en televisión. Me lo dijo un profesor muy listo que se las ingenia para enterarse de los trapos sucios del mundo y nos enseña que esos ricos, en tanto le ofrecen migajas de pan a los pobres, sentados en limusinas que mueve el petróleo: -“su petróleo”-construyen fábricas de vehículos y encubiertas otras tantas de armamento: – “su armamento” – y cínicamente proclaman que habrá paz: – “su paz” – en tanto se forran a vender armas a los pobres del mundo para que nos matemos entre nosotros.

Paso mucho de los ricos, de quien no me olvido es de mis queridas amigas. El caso es que a Dala que tiene una amiga gordita y simpática que se llama Zoa – sí, como yo – hace unas semanas le ocurrió algo.

Dala estudia mucho, quiere ser profe de atletismo, es buena deportista – y no es que el deporte esté en un momento boyante, pues los atletas en lugar de competir dignamente andan todos “dopaos.” – para poder pagarse los estudios da clases de ¿se dice motricidad? a discapacitados menores de edad en un destartalado centro de su ciudad del fin del mundo.

La cuestión comenzó cuando su amiga Zoa, creyendo que el secreto del amor reside en adelgazar unos kilos, lo cual, ante los ojos burlones de los chavales del barrio la pondría más guapetona, decidió utilizar los ahorros que gana en el puesto de verduras del mercadillo: lugar donde trabaja sin sueldo fijo ni contrato, y se apuntó a unas clases de flamenco – ese baile español tan folcklórico, resultón y también agotador – y a las primeras de cambio se quedó sin zapatillas ni dinero. Entonces Dala tuvo que prestarle las únicas que tiene, quedándose a su vez con unas sandalias gastadas.

Aunque ése no fue el problema. Lo verdaderamente malo empezó cuando en el vestuario... bueno, más bien “animalario” donde Zoa iba a flamenco, se contagió unos hongos en los pies. Y como las “zapas” las usaba también Dala, pues ambas se los traspasaron. Y ahí empezó lo grave.
Como ya dije su país es pobre y las cosas no funcionan bien, sino al contrario. De tal forma la “Seguridad Social” que debería abarcar a toda la población se ha convertido en “Inseguridad Social” y sólo “cubre” (lo cual es un decir, como no) a los que tienen dinero para pagar. O sea: “a los ricos.” Por lo que ambas para cubrirse los gastos de las caras medicinas para la cura tuvieron que echar mano, en el caso de Zoa, del resto de sus ahorros, con lo cual dijo adiós al flamenco. Mientras que Dala gastó tal cantidad de su ínfimo salario que no le alcanzó para matricularse en atletismo y perdió el año.
Y así quedaron las dos, curadas de espanto o de milagro, pero con una “depresión” de aúpa. Puesto que de golpe se quedaron sin sueños.

No se rindieron, y decidieron infundirse ánimos. Para hacerlo un atardecer quedaron en el centro, que es la zona más rica y segura de la peligrosa ciudad donde sobreviven, y en realidad la única transitable. Caminaban cabizbajas cuando algo les hizo detenerse. Se trataba del escaparate de una preciosa tienda. Mientras lo miraban permanecieron clavadas en el lugar, fascinadas. Allí había de todo, bueno, casi todo cuanto una persona puede desear y más. ¿Se le ocurrió primero a Zoa o a Dala? Ni lo recuerdan. Pero para acabar de una vez con sus penas tuvieron una idea radical: Decidieron desvalijarla. La cuestión es que como ninguna era ducha en el tema tuvieron que recurrir a Mohai. Un ladronzuelo habituado a serlo por aprietos, pero la necesidad le indujo al deseo y el mismo al provecho y la ambición. En sus tiempos de mozuelo había sido novio de Dala y tras sopesar la propuesta le gustó y se decidió por ayudar. Aunque tampoco le importara atribuirse como propia la responsabilidad de semejante fechoría.

A la noche siguiente, con ayuda de un camión y su panda de vagos no les resultó complicado dejar limpio el bazar.
Al día siguiente Zoa y Dala salieron a pasear vestidas como ¡payasas! Sí, por muy elegantes y emperifolladas que se hubieran puesto así es como en realidad se sentían.
Tomaban un refresco en un lujoso local del centro, como es natural a escondidas, pues no querían que nadie del barrio las identificara disfrazadas de damitas y les hiciera preguntas indiscretas, cuando al lado de ellas se sentaron una mujer y un hombre. La mujer, sonándose con un pañuelito de seda, no paraba de lloriquear de forma desconsolada. Entre espasmos le narró al hombre su desgracia:
Habían robado su tienda y sin su negocio ya no dispondría de dinero para saldar la deuda del alquiler, con lo cual daba por perdido el local y no tendría más remedio que cerrar.

Al salir, impresionadas, ambas coincidieron. Aunque llorona, la dueña les había parecido una mujer sincera y honrada. Caminaban pensativas, pues algo las inquietaba. Un par de manzanas más adelante de súbito se volvieron y llegaron a la increíble conclusión. Lo que les había gustado no era el hecho de poseer los artículos de la tienda, sino contemplarlos expuestos. Sí, lo que les había maravillado había sido la belleza del bazar, y en cambio ahora lo habían destruido para siempre. Y al hacerlo, no habían hecho sino contribuir a desarrollar el odio y extender la pobreza de una sociedad cuya existencia estaba en equilibrio y malherida, a la vez que acababan con uno de los pocos rincones hermosos de su humilde ciudad.

Esa misma noche, sin mencionárselo a Mohai, quien en cierto modo era un buen chico, pero se había ido transformando en un hombre posesivo y sobre todo, acostumbrado a acumular como un ratoncillo más bien de ciudad que de campo los artículos de sus robos, con fines de reinserción, cometieron el despropósito. Robaron las llaves del almacén y de la camioneta donde de momento ocultaban los objetos obtenidos tras el asalto, y de madrugada volvieron a poner casi todo el material – excepto lo que no pudieron cargar, claro está – en la tienda.

Días después Dala me llamó por teléfono. Fue sólo una corta llamada de apenas cinco minutos (lo cual ya es bastante). Me dijo que para poder matricularse el año que viene necesita ahorrar, ha tenido que vender su “compu,” por lo cual ya no podrá conectarse conmigo. Apenas le dieron cuatro perras por el cacharro pero algo es algo ¿no?
Ya que soy de un país – no mucho – pero un poquito más rico, me rogó si la podría ayudar en lo que me fuera posible; y en eso estoy.

Y puesto que los ricos prefieren tener sus millones a buen recaudo y cuentan y recuentan sus ganancias mientras los demás nos morimos de hambre y de enfermedades que no nos es posible curar por falta de dinero, yo salí a la calle, me situé junto a un semáforo con cinco mandarinas y comencé a hacer malabarismos. Algo que aprendí – ¿servirá de algo ir a la cárcel? – la vez que estuve un par de meses encerrada, cuando me detuvieron por robar en un Super. Así, poquito a poco, y si antes no se me hielan las manos con el maldito frío invernal, tal vez consiga reunir un dinero y enviárselo a mis amigas. Lo necesitarán de verdad. ¿Querríais echarme un cable? ¿Sí? Pues de momento me basta con que hagáis una cosa: Os pongáis a pensar en cómo salir del atolladero en que estamos todos metidos. ¿De acuerdo? Hasta la “proxi.” Un besote.

José Fernández del Vallado. Josef. 19 Octubre. 2007. Arreglado 12 Nov 2008.

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