viernes, noviembre 28, 2008

Segando el jardín del Señor Salvatore.

La segadora avanzaba sobre el jardín del Señor Mario Salvatore. Era mediodía y un calor implacable caía a plomo sobre el terreno. Tomás dirigía la máquina, se protegía con un sombrero panamá de alas anchas, roídas, y sudaba sin cesar. De tal modo, su cuerpo se había transformado en una cascada grasienta y su frente, envuelta en una secreción ácida que rebosaba las defensas de sus cejas y dañaba sus ojos, le forzaba a detenerse para secarse de forma casi contínua.

Ante su vista se extendía la grandeza inabarcable del jardín. Estaba en la parcela más grande de la colonia Roncesvalles; un prado que abarcaba una dimensión de quince hectáreas.
La segadora escalaba montículos, se internaba en valles, sorteaba palmeras, vadeaba estanques, búnkers de tierra, aglomeraciones de tulipanes, rosas, claveles, pensamientos, filas de aligustres cuidadosamente podados, pinos, palmitos, etcétera...
En breves instantes el cielo se fue ennegreciendo y todo se oscureció. Cuando estalló el primer trueno, como una inmensa y palpitante raíz arrancada de cuajo, un relámpago fibroso iluminó el firmamento y, procedente de la costa, una brisa fresca inyectó en el ambiente un salobre incienso oceánico. Aliviado, Tomas no se detuvo y avanzó con mayor empeño si cabe, deseando finalizar su ingrata labor bajo aquel manto de inesperada y agradable protección.

Escalaba el más alto de los montículos cuando sintió la transformación... o lo que fuera.
La brisa se transformó en torbellino los truenos y relámpagos compusieron un cataclismo y el metal de la segadora se recalentó hasta casi quemar en sus manos. Como inducido por una fuerza misteriosa, Tomás no las retiró de las manillas y prosiguió su implacable marcha hacia arriba y en contra del vendaval. En unos instantes ascender se convirtió en una batalla tenaz, en la que ganar un solo metro de terreno era un sacrificio de coraje. Finalmente, resollando satisfecho, alcanzó la cima, y de sopetón chocó con la sorpresa de un paisaje despejado y sereno. Allí todo estaba en calma. Su asombro se acrecentó al volver la vista hacía la otra vertiente. Abajo descubrió un lago infinito y desconocido. Sus aguas centelleaban bajo la luz de un sol radiante, no existía el más leve indicio de que hubiese habido tormenta. Una brisa oreaba perfumes de aromas insólitos y sensibles. De pronto los vio. Cómo no verlos. ¡Había miles! Se hallaban bordeando las orillas o en el agua. Mientras pescaban emitían un clamor semejante a un concierto de violines desentonados. Se trataba de... Pterosaurios del Jurásico. Con tranquilidad descansaban junto a una superficie de la que sobresalían infinidad de nenúfares gigantes.

Dueña de la situación, la máquina comenzó a descender la ladera sin cesar de segar, Tomás la siguió aferrado a sus manillas. En un primer momento su ronroneo no pareció alterar a los reptiles. De repente recelaron y una nube de brazos alados que giraba en círculos concéntricos se comenzó a remontar. Más que volar planeaban, pues si algo les resultaba complicado era elevarse. Pero una vez ganaban altura se desplazaban con ligereza y prestancia admirable, dado su tamaño. Los había de muchos tamaños, constató. Estaban los “Gnathosaurus” de unos dos metros de envergadura, buscaban los alimentos filtrando el pico a ras del agua; los “Gallodactylus” de metro y medio, parecidos a “Peterodactylus,” con dientes que aparecían en el extremo delantero de las mandíbulas, alargados hacía delante, muy útiles para atrapar peces; los “Germanodactylus,” de fuertes garras para encaramarse a los árboles, y muchas especies desconocidas. 

Algo se posó en su hombro, Tomás miró de reojo, extasiado examinó a una libélula que se
alejaba bastante de los cánones ordinarios, pues mediría cerca de treinta centímetros y era de brillantes tonalidades escarlatas. Trató de atraparla, a cambio recibió una inesperada punzada de dolor y encontró aferrado a su palma a un diminuto y voraz Pterosaurio. Lo atrapó, y lo obligó a abrir sus mandíbulas, pequeñas, pero agudas. Lo observó detenidamente y recordó sus estudios de zoología prehistórica. Probablemente se tratara de un “Anurignathus”, apenas era más grande que la libélula, pero era un potencial depredador de aquélla. Lo soltó. Caracoleando en el aire como un murciélago el reptil se perdió en su horizonte visual.

Alessio del Piero, el mayordomo de confianza del Señor Salvatore, halló momentos después a Tomás desmayado en la pradera. La máquina de segar estaba carbonizada, en cambio la parcela se hallaba perfectamente segada.

¿¡Va bene, va bene!?

Inquirió desaforado. Dio la vuelta al muchacho y lo situó boca arriba.
Con una plácida sonrisa grabada en su semblante Tomás abrió los ojos y descubrió las facciones alarmadas del hombre.
Sintió los filamentos de su cabellera erizados y un cosquilleo le recorrió el espinazo.
Se incorporó hasta sentarse, y al apoyar las manos sobre la hierba sintió un dolor en la palma izquierda. La observó atentamente y allí estaban estampadas. Dos hileras de puntadas de las que brotaban rotundos puntos de sangre.


José Fernández del Vallado. Sept 2006. Josef. Arreglado nov 2008.




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