Imagen tomada de Internet.
Volví a despertar, se trataba de una mañana más.
Tenía que ir al trabajo, resolví no hacerlo. No fui plenamente consecuente de
porqué tomé esa iniciativa. Tal vez el stress o quizá Susana, mi mujer. Nuestra
relación caía en picado. Desde que había dejado de trabajar en mi local sospechaba
que se lo hacía con otro.
Desayuné con desgana en el bar “El Brocal” que se
encontraba debajo del piso. Severino, el camarero, me saludó con su semblante
de póquer y me sirvió el café con churros de todos los días. No me preguntó por
mi mujer, pero estaba al tanto y no porque yo dijera algo, sino porque era testigo
de cargo.
Me despedí forzando una sonrisa imposible.
Al volver a salir a la calle fui consciente, era un
día desagradable. Hacía frío, olía gasóleo y el cielo estaba oscuro, de un tono
mugriento, sin duda se trataba de la capa de smog o cualquier cubierta
desconocida. Aunque nada me iba a detener.
Subí a la furgoneta arranqué y conduje en dirección
opuesta a mi local. Llamé por el móvil a Luis, el encargado y le dije que no
podría ir al trabajo que se ocupara de todo. A continuación llamé a Susana. Una
voz soñolienta tardó en contestar. Le expliqué que me tomaba el día libre y le propuse,
si le parecía bien, me acompañara. Me respondió con evasivas y me dijo que tenía
cosas que hacer. Me lo esperaba. Intuía la originalidad de las cosas que
tendría que hacer. No eran otras que ponerse escocida de coca y joder con
Charles, un gigante con ojos de niño que acababa de llegar de las antípodas.
De todas formas el día era mío. Puse rumbo hacia el
norte y tiré millas.
Conduje toda la mañana sin parar hasta la localidad
de Lago de Sanabria. Busqué un hotel. Quería pasar el resto del día y la noche.
No tardé en hallar uno.
Al bajar por segunda vez a recepción un pasquín
anunciaba que alquilaban artículos para la montería, me informé. Me hallaba en
época de caza. No sabía cómo pasar el tiempo así que decidí adquirir una escopeta.
La muchacha que atendía en recepción, una mujer agradable, me preguntó por la
licencia. Puse cara de desolación y me excusé, la había olvidado. Me creyó o
estaba acostumbrada, mi mentira no pareció preocuparle. Tras cobrarme ciento
sesenta euros en metálico, me cedió una Hércules calibre 12.
Con el arma, una navaja, y sin tener una mínima
noción de tiro salí de caza a un lugar junto al lago y en el que la beldad,
mirándome con ojos de resabio, recalcó que cualquiera podía cazar sin necesidad
de apuntar.
Encajonado en un precioso valle entre montañas
cubiertas de un follaje verdoso, estaba el lago. Sus aguas centelleaban con el
esplendor de una bandeja y suministraban una luz singular bajo un cielo
encapotado. Una neblina envolvente se desplazaba en ascenso por las laderas e
iba cubriendo el perfil escabroso de las cimas circundantes.
Me hallaba a mediados de semana y sólo estaba yo...
y un buen número de ciervos ramoneando. Me situé con sigilo, apunté a un macho
con una saludable cornamenta y disparé. El rebaño salió de espantada, supe que
no dispondría de otra oportunidad. Salí de mi abrigo y más allá, donde debería
estar, no encontré rastro. En cambio unos metros por detrás, vi a una hembra malherida.
Cerré los ojos y la rematé. Instantes después descubrí la chapuza; estaba preñada
y comprendí. Nadie abate hembras cubiertas sin que le caiga una multa de órdago.
Merodeé por la zona, descubrí una fosa que los del servicio
forestal habían abierto para arrojar desperdicios, y tuve una idea. El cadáver
no estaba lejos, no me costó remolcarlo, finalmente lo arrojé a la fosa y con la
pala que llevo para casos de emergencia, cegué el hoyo.
Cuando volví anochecía. Al girar en una curva pude
ver el crepúsculo, avancé unos metros más y en una recta me detuve a mirar. Las
nubes antes grises, teñidas de rojo, empezaban a disolverse y permitían
vislumbrar un espacio de firmamento azul oscuro. Mientras a mi izquierda, un
sol inflamado, comenzaba a declinar tras los perfiles abruptos.
No pude dejar de pensar en Susana con amargura y un
odio crecientes. Sabía que por la noche volvería a estar con él, a suspirar con
él, a hacerlo con él... ¿Qué quedaba de nosotros? Nada. ¿Había sido yo “nada”
para ella, diez años de nada? ¿En qué había fallado? No saberlo me desconcertaba
y continuar sin entenderlo, era todavía peor.
Al volver al hotel algo daba inicio en mi interior.
Le relaté a Mónica, la recepcionista, una nueva mentira: Mi falta de acierto al
disparar. Me miró en cierto modo condolida, y ¿lo estaba? Tal vez hubiera algo
más... Hablamos sobre armas, de repente me sentí interesado por aprender acerca
de un apartado hasta ese momento, distante. O fue ella quien, con objeto de entretenerme,
me enseñó el arsenal. No lo recuerdo. Lo que sí sé es que a partir de cierto
momento la idea comenzó a fraguarse en mi cerebro.
Ocurrió después de nuestro primer besuqueo, y
también después de que lo hiciéramos una primera vez. Me descubrió orgullosa
las armas secretas de su jefe. Había revólveres, pero no vulgares, de los
ilegales, observé. Es decir, sin número de serie, y cuyo prototipo de proyectiles
ni siquiera figurarían en balística.
Con la idea implantada, comencé a realizar escapadas
a Lago de Sanabria, hasta que Mónica se convirtió en fiel cautivada. Lástima...
por ella. Yo sólo podía sentirme en su interior cuando la penetraba, no había
más. Todo era superficial, ya que a quien seguía queriendo y odiando era a
Susana. Se trataba de mi nefasto destino. Lo sabía, me comportaba mal, pero me
daba igual. Con tal de joderla a ella de una vez por todas, no me importaba
joder a quien fuera.
Ella... Mónica, tenía un hermoso chalé por la zona.
Antes quedábamos en el hotel. A veces libraba entre semana. La situación me
resultaba conveniente.
Volví a recorrer el camino como el primer día.
Aunque de forma deliberada me adelanté a la cita. Ese día estaba Juan en
recepción y yo era como de la casa. No me resultó difícil hacerme con la llave
en un momento de descuido y obtener el ingenio que necesitaba.
Después llegó ella, sonriente, con semblante de
niña. Me amaba y haría lo que fuera con tal de estar a mí lado. Estuvimos
paseando toda la tarde, hablando de menudencias. Con Mónica todo me surgía espontáneo
y vulgar...
Al anochecer tomamos unas copas. En la tercera ronda
puse los somníferos. Estábamos en ello y
se quedó dormida. Miré el reloj. Eran las once, disponía de tiempo.
Cogí su coche. Era descuidada, no entendía de mecánicas
ni de números. En cuanto al mío, no haría un kilómetro innecesario. Todo debía
salir como lo había previsto.
Conduje rápido, sobre las tres y media estaba en
Madrid. Y a dichas horas, entre semana, no tenía duda sobre donde estarían
Susana y el “guiri:” En mi ex – hogar.
Aparqué distanciado, me calé un sombrero y me puse
un bigote.
La calle era corta y angosta, no me crucé con nadie.
Dentro, descarté el ascensor y tomé las escaleras de piedra. No haría ruido,
era el tercer piso. Comencé a progresar sin encender las luces. De pronto se
encendieron y alguien entró al ascensor. Me situé entre el primer y segundo
piso. Por fortuna el elevador por su reverso no estaba acristalado. Me
sobrepasó, ascendió hasta el quinto y aligeró. Supe de quien se trataba. Era
Paco, un viejo ligón y soltero. Se oyó girar la cerradura, una puerta se abrió
y cerró de nuevo. Aguardé unos instantes y proseguí hasta alcanzar el tercero. Apoyé la cabeza junto a la puerta y escuché. Introduje la llave en la
cerradura giré con precaución y cedió.
El pasillo de acceso era largo, un tanto angustioso.
De súbito, una fiera corpulenta, salió de la habitación del fondo,
ladró dos veces, no tuvo tiempo de más. Naturalmente el arma tenía silenciador.
Pero… ¡Vaya! No sabía que tuvieran un ¿dogo? Oí voces, eral el tipo, llamaba a
su perrazo. “Duwaine” o “Duaight”. Voceó un par de veces, oí una risa
entrecortada y la voz de Susana.
— Venga… ¡déjalo! Te preocupas por tu perro más
que por mí.
Tras oír aquello no pude evitar enfurecerme. La muy...
Veloz caminé hacia la habitación a oscuras. Encendí
y allí estaban, desnudos sobre mi preciosa cama de matrimonio.
— ¡Tú! Exclamó ella.
— Sí, yo. ¿Quién suponías que era...?
— ¿¡Qué haces en mi casa!? Exclamó.
— Es mi casa, denuncié. Y añadí.
— Lo vas a saber enseguida…
— Es mi casa, denuncié. Y añadí.
— Lo vas a saber enseguida…
El australiano no habló. Me miraba con ojos de
incredulidad, mientras se cubría con el edredón. Como buen anglosajón habría
visto y probado muchas más armas que mi querida Susana.
Disparé todo mi odio y me olvidé de no hacer ruido.
Afortunadamente las paredes de la casa eran antiguas; sobrias y gruesas. Cuando
terminé y vi el desaguisado tuve que salir corriendo. No llegué al váter...
Después ya no volví a mirar. Limpié mi vomitona y mis
huellas del interruptor, salí y alcancé mi vehículo sin ser divisado por nadie…
que yo supiera.
A las siete de la mañana me acostaba junto a Mónica.
Hallándome a más de cuatrocientos kilómetros de
distancia y en compañía de una mujer, como es natural, la policía no
sospecharía de mí.
Al cabo de varios meses contraje matrimonio. Todo
fue bien durante dos años o así... hasta que Mónica empezó a ponerse rara.
Intuí que salía con otro y que ese otro ¿se la tiraba?
Una noche cuando me dormí supe que algo se fraguaba
en mi cerebro.
Volví a despertar. Se trataba de una mañana más.
Tenía que ir al trabajo como siempre, resolví no hacerlo. No supe porqué tomé
esa decisión. Tal vez el stress o quizá mi mujer. ¡Sí, Mónica! Nuestra relación
caía en picado. Sospechaba que se lo hacía con otro.
Giré sobre la manta y me di cuenta. ¡No estaba en
casa, sino en una prisión! Concretamente en el Centro Penitenciario Madrid II. Esa
vez había perdido la partida. El hombre que se lo hacía con Mónica era nada
menos que el rector del “Parque forestal de Lago de Sanabria” y había hecho un
hallazgo que para muchos no habría tenido sentido, pero que tratándose de
Mónica – ni tan estúpida ni inútil como la juzgué –, le dijo bastante o todo
sobre mí. Es más, le abrió las puertas de mi personalidad: “Los restos – cuya
sangre coincidía con la hallada en una pala – de una cierva preñada abatida y
enterrada en la fecha en que estuve de cacería.”
Semejante descubrimiento le sirvió para, poco a
poco, desenterrar todo lo referente a mí, y asimismo, acerca de algunos
crímenes más que cometí...
José Fernández del Vallado. Josef. Nov. 2008. Arreglos
oct. 2011.
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17 libros abiertos :
Y comenzó el período de espionaje, agazapado, silencioso hasta dar con la pieza...
Ná, seguro que se despertó con el mal recuerdo de una pesadilla.
Besos
Bueno pues esa Mónica ni anodina, ni tonta al final jugó mejor sus cartas
Un beso y buena semana
Moderato,gran trama de intriga y enredo nos dejas,un día bastante complicado y desagradable como bien dices.
Un abrazo.
Muy buen relato, Josef, con un giro al final de vuelta de nuevo al principio, que no se espera.
Se mantiene la tensión de principio a fin.
Un abrazo
Cualquier locura cabe en la mente humana.
Qué certero el giro final del texto.
Qué buen relato y qué buen final! Mis felicitaciones. Beso para ti.
Me encanta este relato con la atmósfera perfecta y las palabras precisas. Me fascina el protagonismo de Mónica a pesar de no ser amada ni odiada por el protagonista...logró fácilmente su cometido. Ah, esas sospechas y los celos que nos llevan a veces por caminos inimaginables...
Besos.
Vaya cacería. Los celos pueden convertir en una feria a cualquier humano. Vaya sentimiento nefasto. Muy buen relato Josef. Siempre logras engancharnos hasta el final, que por cierto suelen ser bastantes inesperados. Un abrazo muy grande amigo.
¡Qué micro más micro y más bien relatado!
Un beso,
uff... el alma en vilo...como siempre...
felicitaciones josef... buen relato (como siempre.)
un abrazoooo
Creo que ella hizo lo mejor... me ha gustado mucho el relato Jofef.
Un abrazo y buen fin de semana.
Querido Josef, qué increíble cómo escribes. Es imposible dejar de leerte. Uno sigue y sigue inevitablemente atraído por la trama.
Obviamente que de este relato saco, que obsesionarse con alguien no es bueno y menos si uno va a aprender de armas!!!
Muy bueno!!!
Un abrazo grande y mis disculpas por no entrar siempre. A veces estoy tiranizada por mi misma y otras veces por el maldito y escaso tiempo. Pero siempre te valoro como un gran escritor.!!!
Lo cierto es que me ha tenido en vilo hasta el final... yo también pensaba que había cometido el crimen perfecto y tenía la coartada ideal.
Un gusto volver por aquí, es una lástima que la falta de tiempo no te dé para leer tantos blogs buenos
Un placer leerte.
No existe el crímen perfecto. Muy bueno, como siempre. Abrazos.
Josef, muchas gracias,por tu comentario, en mi blog!
me gusta el tuyo,aca hay Arte!
muchas gracias,muchas
lidia-la escriba
Estupendo relato .. me ha gustado el desenlace... Es muy bueno
Un sonoro beso.
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