jueves, diciembre 15, 2011

La Danza de los Delfines.

 



Nubes blancas de algodón condensado se acolchan unas sobre otras en el cielo y presagian lo que sin duda será un día espléndido de finales de  verano. Salgo del tantas veces vilipendiado Palm Beach figurando dirigir la proa de mi embarcación hacia donde siempre mantuve mi sueños: La Habana.
Recuerdo aquellas tristes Navidades del 58, en las que mi padre, funcionario de un podrido Estado del dictador Fulgencio Batista, llevándonos a todos, nos impuso abandonar nuestra tierra. Y yo, con veinte años, dejé atrás aquellos parajes de ensueño e inequívocos aromas tropicales, y también a Yoslaine.
La mar está revuelta, debería haber comenzado a faenar; en cambio, trato de dominar el timón. Olas grises vomitan espumarajos de babas sobre la cubierta de proa y en apenas unos segundos, trazando espirales sobre sus crestas, me encuentro cercado por un portentoso y multitudinario baile de delfines mulares; nunca vi tantos reunidos, jamás conversaron conmigo. ¿Hoy lo hacen? Arrimados a ambos lados del barco me obligan a bregar en dirección sur sureste, y así continúo unas horas.
El mar se serena y un sol de otros tiempos ilumina y dora mi rostro. En medio de ese océano tranquilo, a brazadas de donde me encuentro, balanceándose en chalecos salvavidas, un conjunto de hombres grita y ríen eufóricos. Según los subo a bordo mi asombro va en aumento. Dicen ser los pasajeros de un aeroplano de la marina estadounidense, un Martín P5M. Son diez hombres que ahora se abrazan y ríen felices.
No creo que lo sepan y no me decido a contárselo. Leí la noticia hace años. Desaparecieron en 1956, deduzco que ignoran el largo periodo transcurrido. El Triángulo de las Bermudas les ha jugado un enredo y han perdido o desperdiciado cincuenta y pico años de sus vidas; lo mismo que yo. Sin embargo no han envejecido y tal vez el tiempo no cuente para ellos, para mí ha sido malvivir en una prisión con barrotes encarcelando mi cerebro. Aún así, cuando regresen, no encontrarán a muchos de sus seres queridos, serán infelices y en cierto modo se sentirán desarraigados...
Ni siquiera es una idea, tampoco una solución. A través del paso del tiempo he seguido de cerca la evolución de Cuba y entiendo que es el único lugar del mundo que no progresó y se detuvo en aquellos ¿dorados o inmorales? años cincuenta. Y estos americanos, apenas tuvieron ni tienen idea de Fidel Castro y su Revolución, la vergüenza de Bahía Cochinos, o la Crisis de los Misiles... Y, además, ¿quién conoce el temperamento de nosotros, los cubanos? ¡Quizá incluso me reciban como a un héroe...!
Sin que ninguno lo aprecie, mansamente enfilo rumbo a La Habana.
Entonces pienso en los días felices que viví junto a Yoslaine; sus cabellos cobrizos, su piel negra como la brea, sus ojos con iris de miel, y me pregunto ¿por qué no lo hice antes...?

José Fernández del Vallado. Josef. Diciembre 2011.
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