sábado, diciembre 10, 2011

Claudia.


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Invitado por la Società Geográfica Italiana, me desplacé a Roma para exponer mis teorías sobre la “Tectónica de Placas.” Me llamo Raúl y soy catedrático en geografía. Durante los primeros días todo se desarrolló con equilibrio. Roma es un lugar apasionante y una gran exposición de monumentos.
Mientras por un lado dedicaba mi tiempo a las conferencias, emprendí las salidas a la ciudad con cierto desorden. Más bien por casualidad que por acierto, dediqué primero mi tiempo a ver las obras de Roma renacentista, después me enfrascaría en la clásica.
Empecé por sus calles y plazas más características: La Piazza di Spagna, la Fontana di Trevi...  Para terminar en San Pedro del Vaticano. Hasta ahí todo fue bien.

El desasosiego se produjo cuando visité la primera construcción romana: El Castillo de Sant´Angelo.
Encuadrado en un grupo de diez personas, me condujeron a la cámara de las  cenizas. Sin detenerse, el guía encadenaba anécdotas y sucesos, como la epidemia de peste que asoló la ciudad en el año quinientos noventa. Entonces, clavada en mi nuca, sentí la mirada. Un acusado mareo me llevó a perder el equilibrio. Encorvándome, me apoyé a los pies de una escultura. La sensación duró unos instantes, luego cesó. Con angustia y cierta precaución, me aventuré a mirar a mis espaldas, y la vi. Se trataba de una mujer alta, de complexión muy delgada. Una túnica con un capuchón y unas gafas de lentes oscuras, ocultaban sus ojos y parcialmente el semblante. ¿Estaba allí desde mi entrada en la sala? No había advertido su presencia. Tal vez formara parte del personal que velaba el monumento. Así debía ser. Se dio la vuelta y caminando con ligereza, se introdujo en el vano de una estatua. Impresionado, me disponía a dirigirme hacia el lugar, cuando el guía me instó a seguirlo.
Transcurrieron unos días. Comencé a impartir conferencias presididas por duras polémicas. Proseguí con mis salidas programadas. Visité El Coliseo, las Termas de Caracalla, El Foro Romano y el Palatino.

El temblor se produjo cuando admiraba la cúpula del Panteón. Una grieta comenzó a nacer y atravesarla. Pensé que todo había terminado. Me encogí, me protegí la cabeza, y aguardé a que la violencia del desplome me enterrara. No sucedió así. En cambio, una viejita risueña, me preguntó si me encontraba bien. Retiré las manos y respondí de forma afirmativa. Sonrió y me explicó que hablaba mi idioma desde la guerra civil, donde luchó con las fuerzas de la República.
Anochecía, decidí tomar algo en el Caffe Della Pace, es un lugar agradable y multitudinario, cercano a la Piazza Navona. Conclusión tras el extraño suceso: Tal vez padeciera fobia a los espacios cerrados.
Comenzaba a encontrarme relajado, cuando integrada entre la afluencia, vi pasar a la misma mujer. Resuelto, bebí de un trago la infusión y salí tras ella. El camarero, un muchacho con la constitución de un boxeador, me detuvo y me exigió pagar la consumición. Naturalmente la perdí.

Impartía mi última conferencia en la "Università de La Sapienza." Todo iba bien, mejor aún, de maravilla. El auditorio se encontraba a reventar. Exponía algunos matices que había añadido a la teoría de la “Deriva Continental” y sentí un ligero mareo. Alcé la cabeza y acomodada en una de las butacas centrales, la descubrí. A partir de ese instante mi discurso remitió en una serie de balbuceos. ¿Escuché aplausos? No, abucheos. De la primera fila a la última, los asistentes comenzaron a levantarse y desalojaron la sala. Al final sólo quedábamos ambos. Dejé de pronunciar incoherencias y me dediqué a escudriñarla, un creciente interés nació dentro de mí. Descendí del estrado de un salto, corrí hacia ella, la abracé y ardiendo en deseo, la besé. No era un espíritu. Estaba allí, entre mis brazos, como si desde siempre hubiera sido así, y de repente, no estaba...
Me descubrí tendido en la camilla de un hospital. El dictamen de los doctores: “Desvanecimiento debido a la intensa presión sufrida durante la conferencia.”
Esa noche dormí agitado por pesadillas en las que la imagen de una mujer de mil novecientos años, invocando a los dioses de Roma, fluctuaba ante mí manteniendo siempre una distancia insalvable...

Días después me disponía a viajar y recibí la visita de Giacomo, un colega italiano. Apenado por mi fracaso se empeñó en llevarme al único lugar que no deseaba ver: Las Catacumbas. Ante su reiterada insistencia, no encontré fuerzas para negarme.
Nos adentramos en pasillos claustrofóbicos, cercados por celdillas donde los cristianos de antaño, enclaustraban a sus muertos.

En todo momento me muevo con cautela, sin separarme del grupo. Tras recorrer el tramo final nos disponemos a salir y entonces, surgiendo del interior de la galería, me llama una voz de mujer. Giro, avanzo unos pasos. “Por favor...” No puedo ver con claridad. Dudo y concluyo: “Está en tu mente. Jamás ha existido.” Vuelvo a centrarme en el espacio que me resta para salir; apenas diez metros. La voz, de delicadeza innegable, repite. “Por favor...” Me doy la vuelta y permanezco inmóvil, en realidad incapaz de dar un paso. Siento un vaho helado, un silencio infinito, un aroma a algalia y agua de rosas me envuelve y cautiva. Braceando como si me ahogara, inquiero. “Está bien. ¿Dónde estás? Necesito verte.” Repercutiendo entre las paredes de la necrópolis, el  murmullo de una cascada, se transforma en la algazara de una muchacha. La voz pronuncia. “El amor es ciego.” Y me pregunta. “¿Me amas... todavía?” Entregado, confieso: “Sí.” Seguidamente, de mi interior surge una revelación asombrosa. “Hace mil novecientos años. ¿Recuerdas, Claudia?” Una caricia. Su mano al estrechar la mía. Unos labios al acoplarse a los míos... La voz completa. “Puedes irte. Te estaré esperando...”

Tres horas más tarde el avión sobrevuela el Mediterráneo.

Mientras me alejo, a través de la ventanilla, contemplo en silencio el perfil de bota de Italia. No es para siempre comprendo, y me olvido del miedo. Al otro lado del velo oscuro de la muerte, un viejo amor y una vida eterna, aguardan mi retorno definitivo.  

José Fernández del Vallado. Josef. Diciembre 2011.
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