lunes, abril 23, 2012

Comunión.


Llevaba un tiempo alejado del amor y sobre todo del sentimiento de desahogo y desembarazo que uno siente cuando las cosas se ponen de cara, entonces ocurrió.
El sábado fue la Primera Comunión de mi sobrino más querido.
Debo reconocerlo, acudí reticente. Desconfío de los actos asociados a cualquier creencia o religión; lo sé por experiencia. He asistido a oficios de varios cultos y al final, mires donde mires, todos tienen algo en común: soltar unas perras.

En cambio, ahora, en las escuelas, todo se hace de forma más pulcra. El pago es por adelantado. De modo que por ese aspecto no debía preocuparme; mi hermano ya había saldado el valor del encuentro de su hijo con Dios.

Entré y me acomodé en mi lugar. No era una iglesia común, sino un pabellón de deportes “multiusos.” Se supone que al Altísimo no debe importarle el lugar donde se ore. Me sentía incómodo, de puro limpio, el traje me producía picor.
Sobre el estrado una mujer se afanaba dirigiendo a un coro de muchachos. Una persona a mi lado aclaró se trataba de una beata moderna; una monja, claro está.

Un cura rechoncho y con buen vozarrón ocupó su lugar tras la mesa sacramental.

La ceremonia dio inicio y unos cánticos celestiales dirigidos con vivacidad por la monja me abrumaron. No esperaba semejante despliegue musical para acercarse al Señor. Sostenía el folleto que nos habían entregado entre mis manos y con gravedad sopesaba si merecía la pena sumarse al vocerío celestial imperante. No recuerdo en qué momento giré la cabeza hacia mi izquierda, si ocurrió antes de balbucear mis primeros párrafos o después, y allí estaba; arrimada a la pared. Su cabellera rubia lucía como una Venus de Boticelli. ¿Era una diosa, un verdadero ángel o el diablo? Cuántas veces traté de apartar la mirada y magnetizados, mis ojos regresaron a ella. Me sugestionaba; desearía poder conocerla y en realidad descubrí algo que me asombró. Un elemento interior me informó; conocía a esa mujer. ¿De cuándo? No conseguí recordarlo, sin embargo, sus facciones no eran nuevas para mí ¿Quizá fuera alguien célebre? Podía oír en segundo plano los cánticos y alabanzas. Hice un esfuerzo. Turbado volví los ojos al escenario y allí estaba mi sobrino, con semblante de cierto bochorno y a la vez regocijo, disfrutando del mismo ritual por el que yo pasé hace cuarenta años. Sentí una profunda emoción; recordé mis primeras mentiras maduradas: Los pecados inventados en mi primera confesión; el sabor tibio y a la vez incitante de aquel vino que calentó mi paladar; la voz de mi tío – quien fue el sacerdote que ofició la misa –; el misal blanco que tantas veces leí junto al rosario, y todas aquellas oraciones aprendidas para... ¿defenderme, creer, ser mejor...?

El culto finalizó, agobiado –las reuniones multitudinarias me dan claustrofobia – salí a la calle; me sentí a gusto al aspirar el aire fresco del mediodía. Me apoyé sobre unas  columnas de cemento de la entrada y la vi caminar hacia mí. Mis brazos se paralizaron, mi semblante se contrajo en una mueca de estupor; pasó a mi lado sin advertir cómo la miraba o ¿haciéndolo de forma premeditada...? Aspiré profundo y un aroma intenso y viciado, procedente de mi otra vida, un cuarto de siglo antes, saturó mi nervio olfativo. Aquella otra forma de ver las cosas... o no querer verlas; una existencia lúbrica y desequilibrada, cargada de aromas, noches de sexo, desenfreno y riesgos no sopesados, atravesó mi corazón como el filo de un estilete y me produjo un dolor que creía olvidado, el dolor que ahora trato de desterrar todos los días de mi vida...

Alguien tiró de las costuras de mi chaqueta, era mi sobrino. Me preguntó.

—¿Quieres ver mi lagarto uromaster?
Le pregunté.
—¿Te han hecho ya las fotos?
—Sí...
—Entonces diles a tus padres que te llevo. Volvamos rápido a tu casa...


José Fernández del Vallado. Josef. Abril 2012.




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