martes, mayo 08, 2012

Estación: Chernihiv.



El traqueteo del tren al hollar las campiñas de Ucrania...
Circulaba hacia un frente que pese a progresar cuarenta quilómetros diarios, jamás encontraba fin en un territorio infinito, de tierras yermas y asoladas.
Ronquidos y las entrecortadas y graves inspiraciones de mis compañeros de la División Azul, rendidos por el cansancio de semanas de marcha.
Yo, sin poder pegar ojo, ni desentrañar a ciencia cierta cuál era mi realidad y el oscuro papel que me tocaba desempeñar, mientras permanecía allí, a la vez prisionero y vigilante...
Aunque en el fondo mi subconsciente lo establecía. No me había tocado en suerte; había elegido. Iba a ejecutar un papel que antes jamás hubiera deseado, pero, ahora, todo era diferente.
Mis seres queridos yacían con un tiro en la espalda o en la nuca, en una fosa ni siquiera común, sino un agujero olvidado de tierra ensangrentada y arcillosa que nunca sería recordado con unas breves frases de afecto. Y además... ¿de quién? ¿De mí...? No estaba en paz con Dios, apenas era capaz de orar y menos, leer...
Estaba prohibido amar a los vencidos, pero tenía un consuelo. Recordaba los días felices junto a mis padres, y sobre todo, las caricias de Laura, su cuerpo caliente y vital, sus palabras llenas de dulzura...
Cuando mi mente los buscaba, muchas veces podía verlos a mi lado. Por supuesto, aquello no era un consuelo, y seguir despierto cada día era un suplicio.

Tenía miedo de hablar en sueños y desvelar mis recuerdos teñidos de sangre; seguía siendo un rojo, rojo entre azules mortuorios...

En cuanto a mis compañeros ¿creían estar de excursión aunque su Caudillo los enviara a la muerte? Claro, eran jóvenes. Yo, en cambio, era un viejo habitando un cuerpo aún joven.
El ferrocarril se detuvo en la estación de Chernihiv, pronto estaríamos en Kursk, territorio ruso. Las tropas del eje seguían avanzando de forma imparable.

El reloj de la estación señalaba las cuatro de la madrugada.

Cogí la mochila, saqué los cartuchos y los oculté en mi parka. Luego salí a la estación, el termómetro marcaba quince bajo cero.
Un centinela alemán me detuvo.
Gesticulando le di a entender que mi intención era desalojar. Sonrió y me cedió el paso.
Caminé hacia la parte trasera del convoy, lo circundé y llegué hasta la máquina.
Con precaución me desabroché la hebilla del pantalón, miré hacia ambos lados y me aseguré; nadie me observaba. Efectué un movimiento veloz y me introduje debajo. Las manos sin guantes me punzaban con un dolor que me mordía el corazón. Me disponía a colocar la carga cuando oí el silbato de la máquina.
Sin darme tiempo a reaccionar el tren se puso en marcha. Sus ruedas trituraron mis piernas como si fueran de barro. Mi aullido de dolor se ahogó bajo el chirrido del tren. Me mordí los labios y agaché la cabeza; dejándome a la vista como una cucaracha aplastada sobre los raíles, el convoy se marchó.
Alcé la cabeza. Cuatro nazis graznaban y me encañonaban con los ojos saliéndoseles de las órbitas. Los miré y no fui capaz de evitarlo. Sus gestos ridículos me hicieron desternillarme. De pronto las piernas dejaron de dolerme; no las sentía y era lo mejor que podía ocurrirme. Por primera vez en meses no tuve miedo y menos, estrés.
Divertido, levanté las manos y gesticulé. Un jovencito apretó el gatillo de su MG 42.
Mientras las balas acariciaban mi cuerpo como si fuera mantequilla, dejé escapar una carcajada y me di cuenta: Vivir volvía a ser, de nuevo, un gran placer.
Me levanté y comencé a caminar; mi cuerpo cruzó el andén y atravesó el muro.
A mis espaldas la estación reventó hecha pedazos.

José Fernández del Vallado. Josef. Mayo 2012.

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