sábado, febrero 28, 2009

En el club.

Aquel año me contrataron para trabajar en un club de hípica. Era primavera y una luz naciente de tonalidades brillantes empezaba a alumbrar los días cada vez más largos de abril y me deslumbraba en mi piso al amanecer.
La suerte: Estaba a apenas diez minutos del trabajo, y llegaba sin agobios.
Ocupaba mi puesto en la barra y por las tardes, cuando salían de la universidad, las veía llegar. Todavía recuerdo sus nombres: Celia era la rubia. Pecosa y arrogante se dirigía a mí sin siquiera mirar y adusta, me pedía dos limonadas, la baraja de cartas, un par de bolsas de kilos, y se volvía a la mesa donde Cruz, morena de pelo castaño y la mayor de ambas primas, aguardaba sentada mirando pensativa en dirección a la piscina o a los chopos que circundaban el local. Podrían sentarse más lejos, en cualquier otra mesa, pero lo hacían siempre en aquélla. Así las recuerdo aquel primer día y durante la semana siguiente. Yo, atendiendo a la gente, y ellas establecidas en su lugar, solas, hermosas e insolentes. A veces sólo estaban ellas, y yo. Jugaban sin prisa, con parsimonia. No parecían tener ganas de irse. Yo admiraba su belleza, lo admito. Lo hacía en secreto. Y ellas se regocijaban hermosas, irresistibles; titulares de la falsa omnipotencia que concede la vida durante la juventud. Yo no era viejo, ¿quizá para ellas? Al cabo de quince días tenía muy clara la barrera social que se interponía entre nosotros. Ellas, eran pequeñas damas clasistas, hijas de acaudalados, en cuanto a mí de familia quizá no tan pobre, pero en aquel intervalo atravesaba un mal momento. Si supieran acerca de ciertos parientes que tenía, pero que no frecuentaba, se asombrarían. Por ello, su manifiesta pose de superioridad en lugar de irritarme me llamaba la atención y entretenía. Había estado en ambos lados: Hombre rico hombre pobre. Y sólo pensar en las sorpresas que les deparaba la vida me inducía a sentir compasión por su situación ilusoria.
El verano llegó. Cruz no me dirigió una palabra durante lo que restaba de abril, mayo junio y julio. En agosto se fueron.
Una tarde de finales de agosto se presentó sin su prima, y no tuvo más remedio que acercarse a la barra. Lo curioso es que lo hizo muy tarde; era viernes, última hora. Meditaba qué haría esa noche, cuando terminara el trabajo de madrugada. Se acercó, me pidió una Coca Cola, una bolsa de patatas y un plato. Para mi sorpresa no regresó a la mesa sino que se sirvió las patatas, bebió un par de sorbos, volvió su mirada y me habló de la siguiente manera.
—¿No te aburre estar aquí tanto tiempo?
La miré con asombro y solté un “no” desganado, en absoluto convencido.
Sonrió. ¿Sonrió? Eso hizo. Estaba tan confundido de oírla dirigiéndose a mí tan de repente que apenas era capaz de balbucir.
—No te creo...
—Sólo es un trabajo.
—Pues los trabajos como el tuyo no parecen nada divertidos.
—¿Ah sí? Y tú, a qué te dedicas.
—Estudio veterinaria. A veces pasamos días diseccionando ranas. No me da asco, pero sí muchísima pena.
—Pues yo, la verdad, prefiero servir copas que abrir en canal a las ranas.
—Quizá…
Se volvió un instante, se frotó las manos como si tuviera frío. Mientras hablaba no había dejado de contemplarme de forma intensa y sentí como si sus ojos fueran capaces de radiografiar mi interior. Se volvió de nuevo, echó los cabellos hacia atrás, y me hizo la pregunta.
—Dime... ¿Por qué me mirabas?
—¿Yo?
—Sí, tú.
Me hice el imbécil y dije.
—Por que tú estás ahí y yo estoy aquí.
Se quedó observándome pensativa mientras yo ponía toda clase de rostros: De pocker, de oveja degollada, de pavo real, de despistado, de lunático...

—No. Eso no es cierto.
—El qué.
—Lo que dices. Tú me miras...
—¿Yo?
—Oye, no me tomes por una imbécil. He tenido tres meses para observarte.
La señalé y dije asombrado.
—Tú, a mí… ¿Me observabas? ¿Cuándo?
Tomó con ambas manos el vaso, y dijo.
—Mira... ¿Te llamas Jorge...?
—Sí...
—Jorge. Hay que saber hacer las cosas... Yo también te miraba, pero cuando no te enterabas...
—¿Cómo?
—Lo que digo. Si te gusta una persona, disimulas. No te quedas mirándola como un pasmarote. Y tú a veces...
—A veces ¿qué?
—Que te quedabas ahí, clavado, ¡mirándome!
—¿Yo?
—Sí, y ahora también.
Entonces lo hice, mentí.
—¡No! Te equivocas, no es cierto. Si te miro alguna vez es porque eres guapa, lo reconozco. Pero... ¿tú gustarme a mí? Si eres una niña. Cuantos años tienes. Dime...
—Veintidós.
—Ves, te saco once.
Contó por lo bajo.
—¿Tienes treinta y tres?
—Sí.
—No está mal.
—¿El qué?
—Me gustan los hombres hechos y derechos. ¿Tú... lo eres?
—¿Quieres probar?
Me miró de refilón y dijo.
—Yo... ¿con un camarero?
—No siempre fui camarero.
—Ah sí ¿Y qué más eras?
—Era afortunado.
Se rió. Hizo una mueca hermosa y permanecí fascinado.
—Ves… Otra vez
—Qué.
—Te quedas mirándome.
—Ya.
—Oye… ¿Tú has visto y conocido a muchas mujeres no?
—Sí, pero… ninguna como tú.
Se sonrojó. Me miró a los ojos y preguntó.
—Entonces ¿te parezco guapa?
—Guapa no, ¡hermosa!
—Gracias Jorge...

Me tomó de las manos, me las acarició. Entrecerré un breve segundo los ojos y oí los pájaros trinar, una brisa templada acarició mi semblante, no había duda estaba hechizado; enamorado como un idiota. Volví a abrirlos de nuevo, me había soltado se había dado la vuelta y terminaba de beber la Coca Cola. Había un hombre acomodado en el extremo la barra. Me pidió una copa de güisqui, Cruz pagó en silencio y se retiró sin despedirse. Aquel hombre siguió bebiendo, tomó cuatro o cinco copas más y al final, a eso de las doce, deliraba borracho en la barra; su mujer le había dejado… Se lo tuvieron que llevar los de seguridad.

Cuando agosto se terminó me despedí del trabajo; cuestión de incompatibilidad.
No volví a ver a Cruz, en cambio su cruz quedó impresa en mi corazón. Todavía la recuerdo. ¿Por qué si solo fueron unos instantes...? Jamás lo sabré, la vida es así: misteriosa, turbia, fascinante...


José Fernández del Vallado. Josef 2009.


jueves, febrero 26, 2009

Siempre en el mismo lugar.

Está siempre en el mismo lugar, inalterable, en “su refugio” de la parada del autobús de la umbría y popular calle Toledo de la que nunca salió. Usa chaquetilla gris de lana gruesa, zapatillas de fieltro y piel de conejo, un par de polainas de lycra picadas, falda de tejido grueso y una bolsa de plástico conteniendo su vida. A sus espaldas, la puerta azul turquesa del Barclays Bank resalta onerosa. Funcionarios trajeados entran, salen, hablan, echan cuentas, y ella prosigue invisible al locuaz proceso de conductas irrevocables que se maneja a su alrededor. Se arrellana ¿quizá a la expectativa de un nuevo y más confortable autobús de existencia? ¿Está exangüe en vida? Se me ocurre, que como la vida es un innegable proceso de muerte, ella sólo hace que arrogarse unas horas de empeño…
No habla, dormita y parece aguardar, aunque nunca toma el autobús. ¿Acecha? Tampoco dirige la palabra pide perdón reza suplica o se queja, y se fija en el bullicio que gira a su alrededor con el mismo desdén de quien vio desfilar una procesión hace décadas. Poco parece importarle haga frío calor llueva nieve hiele o sople un tifón. Bebe vino rancio, barato, y lo hace con dignidad. Ni siquiera es alcohólica de bulto, no habla sola y si masculla jamás la verás hacerlo en alto. Al ser preguntada, con amabilidad de salón, responde frases de elegante disuasión. “Está bien. No necesito ayuda. No estoy sola. ¿Si tengo a donde ir? Ya estoy aquí. Este es mi sitio. Mi sitio. Mi sitio… Estoy segura. Sí. No se preocupe. No estoy loca. No. Segura. Segura, por completo.”
En general la ciudad convive junto a ella con la misma naturalidad que lo hace con ratas, cucarachas y ladrones; pero ella no tiene que ver. Su cabello cano, su forma de desenvolverse, anuncian dignidad y un pasado, como mínimo, juicioso.

Termino el trabajo de madrugada; es invierno. Vuelvo deprisa, las manos en los bolsillos, el viento desbasta mis labios y silba en mis entrañas, la calle está en silencio y las estrellas titilan de frío. Entonces oigo cantar y la descubro: Es ella; mediante un clamor amortiguado, tenue y tierno, exquisito, abrazándose el pecho con sus brazos duros como rizomas, un par de mantas echadas sobre su abultada espalda de vieja, la botella a sus pies, mediada, y la cabeza ladeada, deja escapar notas que hablan sobre un lugar donde una vez hubo amor.
Paso a su lado, por un instante me detengo; pienso en llevármela, la noche es infame, cruel, todos los días pienso en lo mismo y ¿por qué no lo hago? ¿Por qué no sé reaccionar? ¿Soy insensible? Me comporto como la ciudad. ¿Formo parte ya del duro granito y metal? Sí, tal vez…
Está oscuro, algo brilla. Miro al cielo, a las marquesinas de los edificios, parecen retorcerse y agacharse hasta abrazarse entre sí, da la admirable impresión como si desearan resguardar la soledad y el silencio. Hace silencio, excepto la melodía. La miro. Alza la cabeza se vuelve y me contempla, nunca lo hizo antes. Revelo la procedencia del brillo, está en sus ojos. Resplandecen con incisa profundidad en la penumbra, un escalofrío arquea mi cuerpo. Una voz suave, delicada en exceso, me anima con inesperada placidez.
“Vete, regresa a casa. Tu mujer te espera.” Y añade más tensa.
“Lo sé. Sé lo que piensas. Todos lo creen. Pero yo estoy en la mía y No tienes nada que hacer.” advierte. Y sonríe. ¿Sonríe? ¿Está ebria? Cómo sonreír sin tener hogar ni familia sin… ¡nada! Aunque a lo mejor es lo que yo establezco.
La miro con miedo, recelo a lo desconocido, lo sobrenatural me aterra, me sobrepasa. Bajo la cabeza, me giro y balbuceo.
“Adiós. Hasta mañana.”
A mis espaldas oigo un bondadoso “hasta siempre.”
Luego, la misma melodía me acompaña durante la noche. Y a la mañana siguiente continúa implantada en mi mente.
Y hoy, tras más de treinta años de aquello, está dentro de mí. Se encuentra siempre en el mismo lugar, “inalterable”, pero a la vez muy tenue tierna y exquisita, abrazada en “su refugio” de la parada del autobús de la umbría y popular calle Toledo, de la que nunca tuvo necesidad de salir…


José Fernández del Vallado. Junio 2007. Arreglos 2009.

martes, febrero 24, 2009

Deseos.

A menudo siento deseos, otras veces supongo, que no. Están adheridos a mí, hibernados, acurrucados, comprimidos en el archivo zip de mi alma.
Antes los deseos se desbordaban, cristalizaban en excesos lúdicos, lujuriosos, incontrolables y muchas veces, adorables. Hoy he crecido y creo dominarlos, tampoco es así...

Deseo a la mujer cuando despliega su belleza física ante mi humanidad empantanada en miseria; deseo los aromas voluptuosos que en ciertos lugares capta mi pobre, pero útil sentido oloroso, y que por instantes, me desequilibran hasta perder la cordura. Deseo con cinismo, pues me gusta simular que no es así, cuando en realidad sucede al contrario. ¿Soy sobornable por deseo? Tal vez; dejarse engañar por dicha inclinación resulta sencillo. Aunque fui suficientemente entrampado y la verdad, tan sólo sirvió para derramar unas cuantas lágrimas de más. Aunque como cualquier humano puedo caer en la misma trampa más de dos veces; llevo dos...

Me gusta verla venir corriendo a trotes ligeros, sortear los charcos en una tarde lluviosa. Me agrada acompañarla a mi piso, a mi habitación, y mientras tomamos café y charlamos de cosas triviales, irla desnudando... Adoro el deseo sensual puro, limpio; y cuando se produce, me limito a dejar que irrumpa asalte y tome las riendas, si estoy junto a ella de nuevo, cierro los ojos, beso sus labios y como la primera vez aspiro el aroma de sus cabellos mientras la tomo de los hombros, mimo su espalda y mucho antes de desnudarla, ya lo está para mí. Me gusta cuando me besa en el cuello y me dice que raspa, me atrapa su desnudez limpia y tibia, y cuando lo hacemos oír a lo lejos, tras los visillos, el sonido quebrado de los truenos mezclarse con nuestras exhalaciones; me gustan las mujeres que en silencio, lloran de placer y hablan lo justo, ¿las habladoras? no me disgustan, encuentran el modo de enfocar la voz y trasladarla en caricia melódica.

Me gustan las mujeres, pero no soy Don Juan, para don juanes, existen galanes...
Soy ser humano y deseo la manzana de Eva con Eva; y junto a Eva acostarme y fornicar, aunque tampoco sea Adán y viva en ningún paraíso. Yo soy eso: ser humano. Me gustan las manzanas verdes y también las maduras. Me gustan las manzanas que penden del árbol de la vida... Siento deseos... a menudo... deseos incontrolables que controlo, porque no hay más remedio y porque ella no está a mi lado. ¿Mañana también o tampoco? Mientras haya vida el deseo y el amor entrelazados vagarán causando estragos en el inmarchitable universo de la lujuria...


José Fernández del Vallado. Josef 2009.



domingo, febrero 22, 2009

Federico Losada.

Federico Losada tenía hambre. Llevaba viviendo treinta años en un hogar silencioso y apartado. Tenía un setter de doce años que iba siempre tras él y se llamaba “Notepierdas.” Le gustaba remojar sus botas de agua en los charcos en los días de aguacero, disfrutaba de las siestas durante los calurosos atardeceres de verano, y nada más despertarse hablaba sin descanso a los pájaros y a la vida durante la primera media hora de estirones y recogía ramos de flores que enviaba a Dulce, la mujer que regentaba un burdel de un pueblo en A Coruña y de la que estaba perdidamente enamorado desde hacía diez años. Estaba empleado en la contabilidad y revisión de las líneas férreas de RENFE, su coche era un Wolkswagen escarabajo que arrancaba tosiendo improperios a las siete de la mañana.
Viajaba dos veces por mes a ver a Dulce, hacían el amor, paseaban por la Plaza Mayor del pueblo y soñaban con lo que harían si estuvieran en otra situación, pero ambos vivían en aquella situación, e imaginar que alguna vez podrían ser más felices les hacía muy muy felices.

Federico Losada tenía hambre. Llevaba viviendo treinta años en una choza silenciosa y apartada de la montaña. Tenía un sombrero panamá, un gato de ocho años y siete vidas que iba siempre tras él y se llamaba “Trabalenguas.” Le gustaba caminar las dos horas que había hasta el pueblo de Chicaguas – lugar más cercano. – Disfrutaba de los amaneceres en los que su cabaña aparecía establecida sobre un mar de cielo; entonces, sentado en el porche de su hogar, podía sentir el alma de la mujer a quien más amó sentada a su lado. Cuando despejaba emprendía rumbo al pico más alto y acurrucado, tocaba una melodía con su flauta de Pan mientras contemplaba el elegante vuelo del cóndor.
En el pueblo visitaba siempre a Angelita, una viuda mestiza y pecosa que regentaba un viejo tugurio. A veces se quedaba a dormir, hacían el amor y juntos soñaban con lo que harían si estuvieran en otra situación, pero ambos vivían en aquella situación, e imaginar que alguna vez podrían ser más felices les hacía muy muy felices.

Federico Losada tenía hambre. Llevaba viviendo treinta años en una cabaña junto al océano, oyendo el rumor de los cantos rodados removidos por el oleaje. Tenía un perro de aguas que pescaba escualos a bocados y se llamaba “Mordisco.” Le gustaba hacerse a la mar para ver si sacaba, además de buena pesca, una sirena.
Disfrutaba de esos días en que la mar estaba serena y parecía una enorme Avenida llena de tranquilos paseantes, mientras echaba sus redes con parsimonia podía oír las melodías de Fabiana, la mujer que conquistó su corazón, hasta que cierto día a la mar, que a veces es un poco lesbiana envidiosa, le dio por robársela. Cuando terminaba la faena emprendía rumbo a la isla de Cucaña donde vivía Carmela; entraba a su casa por la puerta de atrás, se encontraba con ella en secreto y hacían el amor. Y si el marido los sorprendía, salía corriendo desnudo, Mordisco saltando tras él, embarcaba en su velero y ponía rumbo a la vida. Una vez a salvo le gustaba soñar lo que haría si Carmela estuviera en otra situación, e imaginar que alguna vez podría ser más feliz le hacía muy muy feliz.

Federico Losada tenía hambre, era hora de comer y apenas tenía comida, pero mientras tuviera vida los sueños serían su alimento, abasteciéndole siempre de renovadas esperanzas y sobre todo, de felicidad.
Coció un par de patatas, las peló, las tomó e imaginó que eran un delicioso solomillo, un rico pollo a la criolla, una hermosa lubina...
Cuando terminó de comer Federico Losada no tenía hambre, estaba saciado de ansiedad pero continuaba hambriento de vida.
Se levantó canturreando, acarició al perro al gato y al perro, y puso rumbo a la vida...
José Fernández del Vallado josef 2009.

miércoles, febrero 18, 2009

Para siempre, contigo, Torosalvaje.



Querido Toro, alguien dijo una vez: Los caminos del (…) son inescrutables. Yo digo hoy: “Marcaste camino, supiste ser tú sin dejar de ser tú.” Estuviste con todos y nos acompañaste con tus poesías colmadas de frases turbadoras, bellas, tristes o simplemente sencillas y esperanzadoras, pero siempre, claras. Nunca te escondiste y menos te arropaste detrás del subterfugio verbal. Tu personalidad volaba de blog a blog dejando su sello irrepetible, lleno de sencillez y de afirmaciones llenas de sentido, pero sobre todo, de vida. 
Era bueno encontrarte y cuando alguien sentía comprobar que tú lo sentías tanto como quien fuera esa persona, que desconocías, pero en el fondo conocías. Tu perfil era un recuadro de oscuridad y sin embargo nunca me resultó triste sino esperanzador. Llevabas el estandarte negro que opaca la infelicidad y estabas ahí, sobrevolando el precipicio moral y mortal de muchos de los bloggeros cuando nos sentíamos abatidos en el día a día, sobrevolando blogs sin detenerte, leyendo, porque leías mucho eras un lector sin fronteras y como a los buenos lectores las fronteras de blogger quizá se te hayan quedado pequeñas, de momento, porque siguen creciendo. Vuela amigo salvaje, Toro, luchador incansable de la vida, y a dondequiera que vayas no olvides nunca que aquí nos acordamos de ti, nos acordaremos de ti durante una buena y larga temporada en la que nuestras almas estarán vacías de tu poesía incansable pero llenas de tu esencia inapreciable, vuela y déjate llevar por la brisa que expelen esos vientos naturales, de limpieza turbadora, cristalina y cortante, y cuando estés lejos, si alguna vez sientes nostalgia, no te olvides que algunos de tus mejores compañeros y amigos, seguimos aquí, hasta que la suerte, las fuerzas o el amor nos abandonen. Entonces buscaremos tu camino, ése camino apartado, fuera de las frecuencias de Internet para siempre… contigo.

Para siempre, contigo. Amigo Torosalvaje.


José Fernández del Vallado. josef 2009



YO NO ME VOY.  SÓLO ES QUE VOY A NECESITAR DOS O TRES DÍA PARA PREPARAR UN  RELATO QUE ME HAN PEDIDO. LO CUAL ME IMPEDIRÁ VISITAROS. SIGO ESTANDO AQUÍ Y CUANDO TERMINE VOLVERÉ A VISITAROS. UN ABRAZO A TODOS! DISCULPADME.

domingo, febrero 15, 2009

Mis ahorros.


Mi vida y mi hogar dependían de mis ahorros; los reuní durante el último trabajo. Estábamos en crisis. Pensé en volver a colocarme pero me di cuenta; a mi edad no iba a encontrar más empleos. Buscaban juventud y yo... sabía demasiado, necesitaban “operarios manejables.”Comencé a comprenderlo. Mi dinero tampoco estaba seguro con ellos. Día tras día me robaban una cuota, chupaban gota a gota, como vampiros sedientos. Desconfiaba de ellos, en cuanto pudieran me dejarían en la estacada. Decidí sacarlo poco a poco, sin dar parte, dudaba de que no estuvieran al tanto. El máximo que me permitía la tarjeta era de seiscientos euros. Les había confiado mis ahorros y ahora ni siquiera me autorizaban a disponer a gusto de ellos. Comencé a hacerlo un par de semanas, enseguida me di cuenta; demasiado poco y lento. ¿Qué tal rellenando talones? ¡Necesitaba más dinero!

Visité la sucursal. Era un lugar anodino, con demasiada luz, cualquiera de esas oficinas que construyen clonadas unas a otras. Tenía un salón amplio con suelo de baldosas de gres, paredes blancas de estuco, el techo de paneles fluorescentes y los mostradores de los funcionarios sin acorazar. No como los de antes, sino a cara descubierta. Por algún obtuso y desconocido motivo la vida ya no parecía tener valor, se me antojó pensar. La última hora de la mañana era la mejor para dejarse caer. El reducido número de clientes que encontré en sus dependencias me dio la razón. Además de mí en la fila aguardaban una pareja de viejos extranjeros, una chica joven, atractiva, de veintitantos y un hombre. Tras el mostrador de cobros y abonos había una cajera cuarentona y ojerosa, y en las mesas de atención al cliente, un par de tipos. Uno rondaría los treinta y otro de más edad, que por su aspecto debía de ser el jefe.
Yo estaba detrás de la chica, contemplaba con arrobamiento su cuerpo. El pelo de su cabeza negro corto y rojizo terminaba en la base de su cuello y formaba unos rizos que como pequeñas borlas de color negro y brillante, morían justo antes de que comenzara su espina dorsal. Sus hombros oscuros, torneados, su talle fino, acabado en una cintura estrecha y sus nalgas duras y perfectas. Volví a fijarme en la situación y con sorpresa e inquietud comprobé que tal vez me resultara sencillo. Abriéndome paso avancé hasta colocarme el primero. Los de detrás esbozaron unas quejas, me bastó una mirada teñida de ira y se callaron.

Volví la cabeza, mi voz salió de mí agresiva y gorgoteó unas palabras. Al mismo tiempo introduje mis manos bajo la gabardina, extraje un objeto negro y reluciente, y sin mediar palabra lo volví a la cajera. Al verlo, dejó escapar un grito estridente. Casi ala vez se oyó el estampido y la mujer, alzada manos en alto, se desinfló como un globo escupiendo colorante. Me costó darme cuenta. Lo que veía derramarse en profusión por su estómago no era colorante, sino su sangre.
De repente me vi vuelto hacia el personal, y apuntándoles con la recortada, grité.
- ¡A quien se mueva lo fundo…!
Bastó para que de las seis personas que quedaban (aparte de la cajera) la mitad comenzaran a correr.

Los estampidos tronaron mezclados con gritos de histeria, y cuando cesaron, el panorama no era alentador. Los extranjeros, tiroteados, yacían agarrados al tirador de la puerta de salida; otro tanto sucedía con el empleado más joven, que sentado en uno de los bancos de atención al cliente, parecía esperar con la boca entreabierta su turno. Era evidente, no le había tocado el número de la suerte. La chica, el empleado mayor y el hombre, se dejaron ver bajo el saliente de una mesa.
Ordené al empleado que se presentara ante mí. Cuando lo tuve delante me dio un par de noticias: La primera, que el director del banco no era él, sino el joven al que había dejado seco en el banco de atención al cliente; y por lo tanto, el máximo responsable y único conocedor de los códigos para abrir la caja fuerte. La segunda, que la alarma silenciosa había saltado y la policía estaba sobre aviso. Tras oír con atención quise saber otra cosa: Cuánto dinero había en efectivo fuera. Me contestó que alrededor de trescientos mil. Absorbida la información necesaria le descerrajé un tiro reventándole los sesos. Se trató de un espectáculo, cabe decir, desagradable de presenciar, y en especial para mentes sensibles; como por ejemplo la muchacha, que alarmada comenzó a gimotear.

Dejé aparcado el cigarro que había encendido, me acerqué a ella y alterado le di un par de bofetadas. Vigilados por la recortada evidentemente nadie se interpuso. Mientras, pensaba de forma confusa, preguntándome una cosa: ¿Era consciente de mis actos? Aunque ya no había mucho que hacer. Excepto coger el dinero y salir. Pero... necesitaba meditar: ¿Por qué matar a toda esa gente? Tal vez si hubieran obedecido… ¡No! La chica joven y ahora desgraciada, porque había sido abofeteada, seguía viva y el muchacho también. La culpa era, como siempre, de los banqueros. ¡Se apropiaban de todo y ahora se querían quedar con mi dinero! No lo conseguirían...
De pronto el chico, valiente, estaba frente a mí. Le dije:
- ¡Quieto! Adónde piensas que vas. No des un paso o te hago un costurón. ¿Con qué me vienes...?
Tragó un par de veces saliva y empezó.
- Verás… Tal como están las cosas ahora, no veo muchas esperanzas para ninguno...
- De vosotros. Añadí sonriendo.
- Claro... nosotros primero. Pero ¿y si nos asesinas? ¿Cómo esperas salir vivo? Y encima sin un euro.
“Es cierto, pensé.”
Continuó.
- Mira… Así es como veo yo la cosa. Debes dar una muestra de buena fe para que la policía y la sociedad, que están pendientes del caso, te crean.
Me acaricié la barba y dije interesado.
- ¡Sigue!
- Libera a la chica.
- ¿A la mujer? Pregunté vacilando.
Me miró receloso. Estaba asustado.
Sonriendo, le dije.
- Bien. No sabía de quién desembarazarme. Ahora ya no tendré problemas, digamos, de mujeres...
Me miró sin hablar. En realidad sintiéndose incapaz de hacerlo.
Seguí.
- Tú te quedas conmigo. Me ayudarás a prender fuego al banco. En cuanto a ella... es libre.
Estaba sentada en un diván, junto a una mesa. Él la abrazó y trató de consolarla. De pronto surgió de mi interior, y grité.
- ¡Iros! ¡Podéis iros los dos! Que no me canse de decirlo...
Retiraron los cadáveres de los extranjeros. Antes de salir ambos se dieron un abrazo y un beso. No había duda, amor a primera vista. Surge incluso en las situaciones más estresantes, pensé.
En cuanto a mí lo había intuido nada más despertar. Me acomodé en la butaca del jefe, se estaba bien allí. Afuera sonaban cientos de sirenas enloquecidas. La sociedad se había puesto en marcha. Yo no quería más sociedad, me había defraudado. Me incorporé, empuñé la recortada y sin vacilar gritando “¡Banqueros arribistas, usureros!” abrí la puerta de salida. Hice un disparo y sonreí. No me recibieron de una forma cordial...


José Fernández del Vallado. Josef. 2009.

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