jueves, agosto 13, 2009

Mujer de otro siglo



Mujer de otro siglo
me consume no encontrarte
entre mis brazos,
haber perdido tu amor
saberme ente alado y penitente.

Sé que sin ti no soy nadie
en cambio pude haber sido
aquello que nunca fui ni seré.

Me recuesto en tu rincón
me abrazo como te abracé
la vez que sostuve tu sonrisa
sin que tú te cayeras,
y tampoco creyeras en mí.

Descubro universos que suspiran
melodías de amor susurrante
gimo entre sábanas blancas
y azules violetas sin luz.

Te echo de menos...

En la Tierra eres mi alma perdida,
en la mente una astilla
deshonrada de sangre muy tibia.

Y sigo escribiendo
hasta agotar el tintero
y rellenarlo con lágrimas
de sabor contrapuesto
a espirituosos besos de amor.

Te escapas y te recuerdo
te siento pero te escapas...

Escucho tu melodía
y te retengo un instante
entre mis brazos y nada;
juego con tus cabellos de aire
lamo tu piel de abenuz
beso tu cuello de ánfora
estás y no estás y te escapas...
y de nuevo no estás.

Lenguas de fuego incendian
terremotos de pasiones
Desastres, pérdidas, naufragios...

El baile de la vida ha comenzado
al albor de una noche encolerizada
acaricio tus cabellos de fuego
y piel sintetizada

Mujer de otro siglo
no piensas sino en sobrevivir
me dejaste a las puertas
de tu civilización intocable
Y te olvidaste de mí para siempre...

José Fernández del Vallado. Josef. Agosto 2009.






lunes, agosto 10, 2009

Mi nuevo libro de Relatos: Los Ojos Grises.




Bueno... Al fin saco de mi armario trapero el más esperado de mis libros (también por mí), un compendio de 40 de los que yo considero algunos de mis mejores relatos. Muchos los habréis leído aquí, en mi blog, algunos no. Creo que era hora; necesitaba desempolvar mis archivos de tanto olor a encierro y podredumbre y aquí está.


Pienso, y esto lo digo con toda sinceridad, que mi libro podrá no interesar por su temática, podrá aburrir porque no encaje con vuestro estilo, pero lo que aquí os presento no es basura literaria; está manuscrito con la dedicación de quien se ha comido horas de trabajo y esfuerzo en por lo menos tres o cuatro Talleres de Escritura de merecido crédito. Entre ellos el “Taller Fuentetaja,” o el “Taller de Escritura de Madrid Enrique Páez,” y alguno más...

Pero los Talleres no lo son todo; pues sobre todo está escrito por alguien a quien le fascina leer e implicarse en cada nueva lectura, y hacer de la imaginación y la fantasía algo más que herramientas olvidadas e incluso, infravaloradas. Creo que sin imaginación y fantasía no podríamos vivir, ni crear y mucho menos, amar. Creo que todas nuestras metas se apoyan en sueños o fantasías de nuestra imaginación, que para nuestra sorpresa, cierto día descubrimos se hacen realidad. Así pues, emulando al gran Calderón de la Barca, e introduciendo una variante en su conocida premisa, diré: “Porque la vida es sueño, y los sueños renuevan la vida en una maravillosa y apabullante, realidad.”

Espero que si lo adquirís lo disfrutéis.

Un abrazo.

José Fernández del Vallado. Josef.

si quieres el libro pinccha aquí: Los Ojos Grises

domingo, julio 26, 2009

La historia la hacemos nosotros. No ellos.



Antes yo escribía mi historia, hace tiempo mi historia la escribe mi subconsciente y otros. Los días caen como sablazos y el tiempo se me escapa de forma irreversible, partiéndome en dos...
Hay una vía de agua en mi línea de flotación y lentamente me sumerjo sin tener consciencia de si sabré bracear en una corriente que me aguarda lista para arrastrarme hacia un destino estúpido vacuo o esencial.
Estoy listo para afrontar lo que tenga que venir, salir a por ello o escapar…
Ha pasado mucho tiempo. Décadas desde que dejé algunos pensamientos y un amor enterrados en la Patagonia de mi alma. Hoy desfilo al ritmo de melodías que ya no son mías, escucho voces disonantes y una cadencia acelera y se abre paso entre las rocas enquistadas de mi cerebro y desciende hasta un corazón amortajado. Las sensaciones están frías y a la vez, demasiado calientes...

Lo confieso, temo al paso del tiempo y a la irreversibilidad de la naturaleza, también yo intento cambiarla y moldearla a mi gusto, tal como urde un arquitecto durante parte de su vida. Mi naturaleza arquitectónica ha comenzado su lento e imparable desmonte hace ya dos o tres años, lo percibo, y debo actuar con rapidez. Estoy a las puertas de la vida y de la muerte y sólo disfrutando de la primera opción podré llegar a la segunda feliz. Pero... ¿soy feliz? Ni siquiera lo sé. Antes era libre, o así me sentía; ya no. Quiero moverme en las direcciones posibles, pero la vida y el espacio para hacerlo se acaban.

Y sin embargo lo sé. Ahora puedo escribir mi historia ¿antes? escribía en base a ella. Tengo mucho legajo por crear y más por escribir, tengo los fundamentos para hacerlo, pues estoy en el planeta y tengo vida y no pienso quedarme alineado como la basa de granito de un templo sin antes entrar en el y rezar todo aquello que no sé. Rezar mi incultura en quinientas mil religiones para empezar, y abrazar el camino de la cultura interior, tal vez así vea lo que no supe ver o no he sabido descubrir. Pues una impresión personal me dice que la llave maestra de las cosas está mucho más cerca de lo que a veces pensamos y todo se reduce a una simplicidad aplastante, capaz de desbaratar la compleja trama que el pensamiento humano – nuestro pensamiento – imagina para dar sentido al indescifrable misterio de la vida.

Por eso necesito seguir caminando…

Ocurre que muchos nacen con alas y otros con un lastre a veces casi imposible de descargar. Yo soy de los segundos. ¿De qué está hecho mi lastre? De eterna indecisión. Nunca tuve nada claro hasta demasiado tarde y como nunca es demasiado tarde para morir hoy tengo clara una cosa: ¡Debo vivir! Pues en realidad nacer es la única oportunidad que tenemos para desarrollarnos y formar parte de la naturaleza. Necesito encontrar esa sintonía olvidada; no es sueño o utopía sino realidad. No es ingenuo tratar de escapar de la mugre y pretender volver a un trozo de lo que el miedo nos ha privado: Naturaleza, ecosistema, libertad de movimientos.
Debemos rechazar lo que somos, casi androides, e ir en contra del sistema. El sistema nos lleva de forma irreversible a la autodestrucción. No existen ya planes para reducir el crecimiento de la población porque la industria mundial se basa en producción y ventas y sin crecimiento sostenido no podrá haber “desarrollo sostenido.” Pero... yo me pregunto, desarrollo hacia dónde. ¿Hacia el suicidio colectivo? Creo que ellos – los que están arriba – saben que la máquina que han puesto en marcha es imparable, pero no les importa, son esa parte de humanos que aguantarán hasta el final atrincherados en búnkers, tras empalizadas de acero y cemento armado; y quienes nos privarán de lo último bello que quede, porque lo privatizarán para ellos y nos dejarán en pelotas con tal de salvarse antes que nadie, mientras extraen las últimas riquezas de los países pobres y se las llevan a sus remansos de riqueza…

Ahora estamos en sus manos y no podemos gritar porque nos han cerrado las bocas con el mismo miedo con el cual nos alimentan…
Mañana y quizás hoy nadie creerá y habrá una revolución. No sé como será pero derivamos hacia ello. Ya es algo casi inevitable. Y si tengo que estar allí estaré, en primera línea de los que no tienen nada, luchando por arrancarles el planeta a quienes nos lo roban día a día…


José Fernández del Vallado. Josef julio 2009.







jueves, julio 23, 2009

A los escritores no se les paga, se les cortan las manos.


Ahora, apenas escribo como antes. Antes era un escritor pasional pero ahora... ¡debo desprenderme de toda esa basura! me recomienda Alex, mi profesor de narrativa, mientras repudia como ridículos y falsos mis relatos y da un trago a su jarra de cerveza.
Tomarse un par de copas y escribir estúpidos tópicos de borracho sin ideas no es escribir. Tampoco hacerlo sobre crímenes pasionales que quedan impunes, ni temas que versan sobre la mafia en el suburbio de la ciudad. ¡Basta ya de alucinar! Hay que ser realista. Y la realidad es una: La ciudad, nuestra ciudad, no sólo es hermosa, es el lugar donde se aúna la sabiduría y la ciencia de la humanidad. En una palabra, en un lugar como Madrid puedes encontrarte con los hombres más ilustrados del planeta y más, donde ya no hay suburbios ni pobreza. ¡Ha sido erradicada! Doña “Espe y el Gallar” han cumplido. Madrid es una ciudad de futuro. Sin suburbios, pobreza, ni incultura; con Universidades, grandes museos y parques cada vez con menos polución y también, menos árboles.


Pero es cierto. Ahora apenas escribo como antes. Los parques rebosan de pulcras parejas de enamorados –nada de maricones – las calles están limpias y los empleados de la recogida de basuras, entre parada y parada, leen a Proust y degustan puros habanos. Tchaikovsky y Schuman suenan por la radio y el Real Madrid gana todas las ligas y copas de Europa. La cultura occidental ha demostrado, por fin (era obvio), ser la mejor. Las calles están limpias de negros y orientales y el ciudadano medio utiliza polos marca Lacoste, zapatillas Nike, está informatizado y vota al PP. Ah... Y menos hablar de guerras; nada de rescatar la memoria histórica y esas pamplinas. ¿Para qué queremos resucitar a los muertos? Los muertos están muertos, enterrados panza arriba y desnucados en sus bellas zanjas, que ahí es donde deben de estar. Los muertos ni se tocan...
La pregunta es absurda: ¿Hubo exterminio en la época franquista tal y como se entiende en la legislación moderna emanada de la Declaración de Derechos Humanos? Según ciertos amigos de “la Espe” no se debe volver al pasado.
Según cifras avanzadas, la cifra de víctimas ascendería a unas 130.000, a falta de profundizar más en la investigación de la mitad del territorio nacional. Lo que interesa destacar y me sobresalta – no, ¡ya no escribo como antes! – es el número de personas que quedaron sin inscribir en el registro y de cuya muerte no quedó una sola huella. ¿Misterio? ¿Tenemos matriz para un relato? Se sabe lo siguiente: Fueron detenidas ilegalmente, asesinadas y enterradas por lo general en fosas anónimas abiertas en los cementerios, en el campo, e incluso en fincas particulares.
Pero hoy también sabemos otra cosa: Donde triunfó el golpe militar encabezado por el “enano bigotudo” se aplicó de inmediato un calculado plan de exterminio que los sublevados tenían previsto desde el principio. ¿Le agradó la idea de Hitler al enano? Se ve que sí: ¿Solución final? No la llamó así, pero hoy sabemos que, de no ser por los americanos e ingleses (señores y dueños de nuestra sabia cultura occidental) jamás habríamos llegado hasta donde lo hicimos con el enano...

Por eso ya no escribo como antes porque en cierto modo aborrezco a los “sajones,” maestros en exterminios. Veamos... ¿A cuántos millones de indígenas exterminaron en el Oeste americano? Ni se sabe. Aunque presiento que ellos lo saben. Luego vino la segunda guerra mundial y fueron: SEIS millones de judíos y dos bombas atómicas. Insatisfechos, nos dejaron al “enano bigotudo” para que prosiguiera con su labor... de exterminio...

Desde luego creo que es cierto, apenas escribo como antes. Me he vuelto ¿partidista... político, defensor de la justicia o hipócrita?
Amigos, yo no sé vosotros, pero creo que entre el cansancio diario que este verano me produce, el calor y la desidia, todavía trato de conservar un gramo de racionalidad en un mundo puramente irracional y ¿eso es malo? Puede... y hasta contagioso tal vez.
De modo que pido otra jarra de cerveza, sonrío levemente a la cara complaciente de Alex, y se la estampo en la cabeza.
Ya no me importan los sajones, “mientras nos dejen vivir”, valoro más una buena sonrisa y una pradera verde e inculta lejos de la ciudad, donde recostarme y echarme una siesta veraniega a los pies de un buen pino.
Y no lo sabré –no lo sabré – mejor no saberlo y para qué recordar lo que pasó cuando quizá bajo mis pies repose (de mala manera) un pariente mío lejano al que le descerrajaron un tiro en la nuca...
Me levanto y me voy sin pagar. Invita la Espe. Creo que tiene razón. Después de lo visto, ya no merece la pena escribir, ni lo de antes ni como antes, ni nada. A los escritores no se les paga, se les cortan las manos. ¿Está claro?

José Fernández del Vallado. Josef. Julio 2009.








viernes, julio 17, 2009

Luces Opacas.


Amanecer, luces opacas
Interruptores que palpitan
Bocas abiertas... crujientes.

Sonidos sin bullicio… con brillo
Ladridos de rabia tranquila
Oscuridad clara, tintineante.

Torres sin filo, de pompa y farol
cual alfileres irónicos.
Apuntaladas, volumen sobre volumen
Cuadrículas secas de geometría ilusoria;
basuras perennes.
Organismos desechos
Muñones tersos, hambrientos…
Siglos de suficiencia y sordidez.

Lluvia ácida, marchita, regenerativa.
Brisa gélida… calcinante.
Mensajes de acento accidental ¿se diluyen…?
Estrategias de vida
donde eternamente hay muerte…

Amanecer, colores opacos
Puertas vacuas, saturadas
Torrenciales fragmentos de ausencia
Elevadores hacia submundos truncados…
Sombras de proyección desfasada
Aullidos decrépitos, abajo o encima
Callejones sin desembocadura
e infinitas vueltas de hoja.

Geometrías dispersas…
Espectros meciéndose
en angustias saturadas de
amores que apuñalan
del revés… sin cicatrizar...

Calles de alquitrán nauseabundo y excretado.
Y luces, luces opacas…


José Fernández del Vallado. josef Marzo 2007, julio 2009.






lunes, julio 13, 2009

De la noche a la mañana.



Sucedió de la noche a la mañana. El aire de encanto que envolvía mi pretendida aventura se esfumó. Abrí los ojos y ella, o su esencia, habían desaparecido. Y tan sólo se hallaba su carcasa…
El golpe lo recibí de su querido. Sí, de su auténtico amor. Me escribió comentándome que no pensaba renunciar. Fue cuando me di cuenta; supe que ella estaba jugando y que tarde o temprano, regresaría...

Hasta el momento había llegado a resultarme una mujer en cierto modo especial e incluso, fuera de lo corriente, pero de pronto advertí que no era así. ¿Y si era una cualquiera? El panorama se derrumbó para mí, lo supe con claridad. Era un duro golpe moral. Durante meses había estado preparándolo todo mentalmente y de repente el suelo, la base que sustentaba mis creencias, se desmoronaba y quedaba expuesta al más descarnado hielo glacial. Pero yo no era de los que renegaban con facilidad a mis sueños o creencias. Deseaba ver cumplida mi ilusión y luché para, a pesar de las trabas, convertirla en deliciosa realidad.

La decisión se gestó mientras volaba. Ya no cabía dar marcha atrás. Aquel ser maldito y todos cuantos se opusieran a mis designios habrían de caer; sólo así podría volver a recuperarla; a degustarla y saborearla en plenitud.
Ella no supo que yo volé a su país. No se lo dije, no sabría explicar el porqué… quizás ahora sí. El hecho es que de pronto estaba allí. Respiraba el límpido aire de sus montañas, sus lagos, volcanes y ríos. Pese a no haber estado nunca anteriormente, el lugar era perfecto, me conocía como la palma de la mano aquel terreno y me resultaba tan explorado, que no necesité de un guía para situarme en el centro de la ciudad; su ciudad. Un sexto sentido me orientaba y además, todo permanecía igual que las fotografías, películas, y vistas desde Google Earth.
Los frescos y casi modernos trazados de las calles, incluso el olor a pino, la aparente sencillez de la gente, los perros callejeros; como el que una vez... la mordió.

Ella no estaba. Se hallaba en otra ciudad, por supuesto. Lo sabía de sobra. Y también sabía donde encontrar a su querido. Se trataba de él o de mí. Evidentemente no me agradaban ni las circunstancias ni la situación; no eran las que yo había imaginado. Ya que siempre pensé que aquella gente me recibiría con los brazos abiertos, pero descubrí que no era así. Supe que todos me odiaban, o acaso me despreciaban, ella me lo dijo. Y yo los desprecié por eso mismo.
Y, ahora, cada uno de ellos, se cruzaban conmigo en la calle. En tanto yo identificaba sus rostros. ¿Cómo no reconocer unos semblantes que había visto retratados en las fotografías de otras tantas bacanales?

Asesinar a su querido fue como arrojar chinas sobre un pedregal. Una mentira enlazada a otra mentira, y detrás una nueva brillante y prometedora mentira. Luego, una cita a ciegas junto a un acantilado y ¡ya está!

Cuando me presenté a ella desconfiaba de mí. Como es natural la noticia de su amado “despeñado” se había hecho muy popular por aquellos andurriales. Pese a todo ella siguió afirmando, férreamente, que me quería. Aunque yo sabía que no era así. Me odiaba. Claro que ahora sabía quien era yo, y de lo que era capaz y también me temía.
Pero a pesar de que ahora estaba junto a ella, y no a más de diez mil kilómetros como antes, era capaz de seguirme engañando. Comencé a beber demasiado. O fue ella quien se percató de mi exquisito gusto por la bebida espirituosa.
Una noche salimos de juerga con sus amigos. Bebimos comimos y sobre todo reímos.


Desperté sintiéndome mareado; en realidad medio aletargado. Todo estaba oscuro. Sobre mí y a mis lados oí las respiraciones entrecortadas y ruidosas de quienes me sujetaban de los brazos y las piernas. Balbuceando, entre sonrisas etílicas, les pregunté a qué jugaban, nadie me contestó. Sentí un dolor punzante y grité, mi espalda había golpeado contra algo, presumiblemente una roca.

Me depositaron sobre una losa. Me ataron las muñecas y los tobillos y me cubrieron con un pañuelo la boca.
Entonces la vi.
Iba vestida con una especie de manto o túnica protocolar; había visto esa clase de túnicas en Internet, en los museos sobre la cultura y el folclor Mapuche; era una túnica dedicada a los actos religiosos. Se postró junto a mí y comenzó a recitar una letanía (con seguridad en Mapuche) ininteligible. Aquello me indujo cierto sarcasmo, seguía estando borracho o drogado.
Se alzó de pie sobre mí se retiró el manto que cubría su tórax y pude ver, aparte de sus preciosos senos, una daga… de plata.

La desenvainó, la tomó con ambas manos y pronunciando una frase que me resultó pintoresca, la impulsó hacia mi corazón y me la clavó, pero no en mi órgano; puesto que ya no estaba ahí. La luna llena acababa de salir, y en décimas de segundo recuperé mis fuerzas, rompí las ataduras y masacré a aquella panda de “indígenas excéntricos” que pretendían acabar de un soplo – como si resultara tan sencillo – con veinte siglos de existencia...

Despedacé a todos meticulosamente, y me dirigí hacia ella. Permanecía para lizada en el mismo lugar sin cesar de observarme con los ojos muy abiertos, como si de pronto hubiera recordado algo trascendental. ¡Y tanto!
Excitado rompí sus vestiduras volví sus piernas y copulamos. Permanecimos quince o veinte minutos apareándonos con mi órgano dentro de ella inseminando semen sin cesar.
Para cuando terminé ella por fin estaba rendida a mi influjo y babeaba de placer...
Me retiré deprisa y me abrí paso en las sombras. Volver a vernos podría resultar letal para ella… o para ambos.
Por primera vez en eras de existencia me sentí orgulloso. Había triunfado. Mi sucesión de licántropo estaba asegurado. Busqué una cueva. Me enrosqué hasta depositar mi hocico sobre mi nalga, cerré los ojos y descansé.

José Fernández del Vallado. Josef. 13 julio 2009.


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