viernes, septiembre 11, 2009

Escalada y mutación.




Seguía exponiéndome, no había un cómo o un porqué, estaban las emociones, las reacciones internas y de autocontrol, eso era lo primordial. Ascendía con Arne, un noruego afable y silencioso; lo trascendente no era hablar entre nosotros sino sentir el feeling de que estábamos haciendo lo correcto y el organismo respondía.
El proceso de crecer y creer en uno mismo tomaba forma.
Todos me preguntaban por qué lo hacía, pero no había respuesta, estaba dentro de mí. E incluso Celia, mi novia, me reprochaba y consideraba que exponerme de esa forma era invitar a la muerte. Pero estaba dentro de mí…

Durante una temporada Arne y yo compusimos la cordada casi perfecta, todo cambió cuando le propuse dejar la Escalada Clásica y adoptar la Big Wall, consiste en atacar grandes paredes. Suele durar varios días, por lo que hay que subir hamacas de red para dormir, víveres, etc.; se puso algo huraño. Además estaba mi costumbre de descender realizando un Salto de Base; hasta la fecha lo ejecutaba desde las pequeñas alturas que coronábamos: Acantilados, farallones y peñascos. Desplegaba un paracaídas direccionable y me sentía yo mismo.

No sé por qué, pero me ocurría. Cada día que pasaba advertía un ansia y un hambre voraz por conquistar nuevas vías. Voracidad solo interrumpida cuando me detenía para entrenar y adoptar estilos inéditos.
Decidí poner en práctica mi experimento. Ascenderíamos la cara oeste del Karakorum practicando: Solo Integral; sin soga ni seguros, ni ningún tipo de protección que pudieran salvarnos si cometíamos un error. Tomar esa decisión supuso un mes de estancamiento y “cambio de piel.” En realidad llevaba años ensayando ese estilo, y aunque Arne me acompañaba, nunca pareció compartir mi afición con la misma ilusión que yo; estaba dentro de mí…

Esta vez la ascensión no iba a ser de doscientos o trescientos metros, sino de unos mil doscientos.
El primer tramo no fue sencillo, poco a poco fuimos progresando.
Mi primera noche echado sobre la hamaca de red fijada a la pared fue toda una experiencia. A la mañana siguiente me sentí diferente y escalé con más soltura.
La segunda noche pude ver la vía láctea refulgir con una claridad pasmosa y me di cuenta de lo solos que estamos en el universo y a veces, aunque tengamos los pies en el suelo, también sobre la tierra.
El tercer día de escalada ya no había miedo dentro de mí, pero tampoco hicimos cima como esperábamos. La siguiente noche un espíritu indomable habló con mi esencia doblegada, y me reveló que me faltaba convicción.
La séptima noche la pasamos refugiados, oyendo los bramidos de los truenos, viendo aterrados colisionar los rayos contra los escarpes y el golpeteo del granizo sobre nuestros sacos.
La cuarta semana, vencido por la fatiga, Arne comenzó a recular hasta que abandonó; yo en cambio, cada vez más involucrado, proseguí. No podía dejarlo; estaba dentro de mí...
Entonces sucedió. Comencé a sentirme realmente libre y diferente. Una mañana me deslicé sobre la húmeda pared de granito hasta hallar el lugar.
Al segundo mes mi crisálida estaba adherida junto a la cima. Con el paso de los días la visión dejó de ser tenebrosa y se tornó en translúcida.
El envoltorio se resquebrajó con el primer rayo de sol. Encogido y pugnando salí a la luz de la mañana.
Estiré mis brazos y extendí las alas; caminé unos pasos y estuve en la cima, batí un par de veces y dominé las cumbres más abruptas.
No volví a bajar nunca ¿para qué? Si había conquistado el universo…

Dedicado a Oscar Pérez. Montañista español fallecido el pasado mes de agosto en el Latok II en Pakistán.

José Fernández del Vallado. Josef. Sept 2009.





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