jueves, noviembre 18, 2010

En el altiplano. Mitificando la Mitología.

Estuve tanto tiempo vacío de cualquier sentimiento; vacío de pasión por escribir, de ilusión por vivir, pero sobre todo anhelando sentirme caliente y con vida entrelazado junto a una mujer, amándola. Odio esa fase de la existencia en que la fiebre de la sensualidad decae y uno se convierte en “añoranzas de un pasado que nunca existió,” o en cucaracha desganada que subsiste para alimentarse de los desperdicios que la miseria le concede. Puedo asegurarlo, muchas veces me odio a mí mismo, sobre todo cuando me transformo en un patético y asexuado ser que observa a las parejas con aversión y envidia ¿de qué? ¿De que puedan acariciarse libremente mientras yo permanezco prisionero de mi ilustre y marcial reputación? Me repugna ese estado de mi mismo, soy joven aún, y todavía bulle dentro de mí la llama del amor...

Y desde luego, no pensaba en sucumbir a la desidia y la abstinencia, ni siquiera encontrándome extraño. Estaba allí, a cuatro mil metros de altura, quizá un poco menos, en la cuna de la cultura quechua, y aunque me sintiera aturdido mis ojos no eludían las miradas bien intencionadas o mal intencionadas que ciertas jóvenes indígenas me dedicaban. Estaba claro, yo era su objetivo, el forastero rico, y me sentía complacido por ello. Para ellas juntar varios soles al día ya era un milagro, pero ¿y si mediante un golpe de suerte lograban cincuenta o cien soles? Qué suponía ese dinero para mí. Nada. Y, además, cuando estuve en otro continente lo hice sin reparo con algunas diosas de ébano, hasta el punto de caer rendido, fue algo genial y excitante. Luego ¿cómo dejar escapar la ocasión de experimentar el placer de fusionar mi semen con sangre de una raza antigua y noble altiplánica?

Lo sé, puedo llegar a ser despreciable. Pero lo que voy a contar es la inmutable realidad de lo que sucedió en Puno, y no lo que podría haber sucedido.

A mi regreso relaté a todo el mundo que mientras yo aguardaba en el hotel, el pardillo que me acompañaba lo pasaba bomba tonteando con unas bellezas locales. Y así fue, pero no es del todo cierto. Yo también disfruté aquella noche. En realidad, sin saberlo, mi subconsciente aguardaba a que él despejara el camino. Éramos tan diferentes. Él, un joven salido de la nada, y que por obra mía por primera vez conocía su nación, sus misterios y poderes ocultos. Yo en cambio, era un viajero solitario, que siempre supe rodearme de las mujeres adecuadas en los momentos idóneos.
El hecho es que podía haber encargado al servicio que me hicieran el favor de subirme a una prostituta a la habitación, y asunto resuelto. Si los imperialistas del siglo XXI, los turistas norteamericanos lo hacían, por qué no iba a hacerlo yo. La cuestión radica en que no soy tan soez y prefiero llevar las cosas a mi manera, con discreción, no me agrada que más tarde ciertos imbéciles se rían a mis espaldas, aunque eso tampoco hiere ni debilita mis sentimientos.

Descubrí la salida de servicio del hotel aquella misma tarde, cuando bajé a registrarme. Pregunté por los servicios, seguí a un mozo que desapareció por un pasillo al fondo de un lujoso salón que exhibía paredes decoradas con planchas antiguas, las que pesan un quintal, y las que seguramente sirvieron además de para su utilidad para solventar la situación conyugal de unas cuantas parejas de inocentes... O quizá no tanto.

Eran las diez de la noche cuando salí. El mozo de recepción ni me olió. En cuanto a mi compañero me había dejado sobre las nueve. Me dijo que regresaría al hotel en unos instantes, yo en cambio sabía que no volvería de inmediato. Le había oído masturbarse las últimas dos noches en el baño y sagazmente le presté unos soles de más. De modo que estaba listo; y yo también.

Cualquiera que no haya visto Puno será incapaz de imaginarlo. Más que una ciudad es un laberinto de colinas como terrones de azúcar negrita que se desgranan hasta el lago Titicaca. Por la noche está muy, pero muy oscuro. Y además hace frío. De modo que lo mejor que uno puede hacer es ponerse un chullo (clásico gorro del altiplano), un abrigo arropado que te cubra de los pies a la nuca, unos guantes de piel de llama, sin olvidar que te encuentras a 3.827 metros de altura, y hacer esfuerzos indebidos puede resultar aventurado.

Me puse en marcha. Sobrepasé la Plaza de Armas y me interné en los aledaños de la calle de Lima, bordeándola, no deseaba que cualquier mirón se fijara en mí; se trataba de pasar inadvertido. De pronto me di cuenta, estaba en la Avenida del Puerto. Lo recordé de repente. Ese medio día el conserje del hotel nos recomendó no recorrer esa calle, sobre todo – insinuó – por la noche, podía resultar peligrosa. En cambio yo me sentí a gusto y tranquilo, como si estuviera en un lugar conocido; hasta el momento no había advertido más inseguridad que la que me inducía el hecho de imaginar al autobús despeñándose por un terraplén de los que ascienden al altiplano. Me agradaba depender de mí mismo, ¿quería eso decir que ya era adulto y racional? No estaba claro. Pues en mi historial contaba con unas cuantas heridas de arma blanca por estar donde no debía en el momento más inadecuado. Me sentí confuso y mareado. Quizá fuera el mal de altura o la decepción de descubrir que la oscuridad, una negrura total que me impulsó a preguntarme si habría un eclipse de luna, no resultaba tan peligrosa como todo el mundo imagina, pues el hecho de ser temida empuja a la multitud a evitarla de la forma que sea.
Doblé un chaflán, al otro lado de la calle había un local sombrío como una caverna, y encima estaba en obras. Duraron apenas un instante pero las escuché, se trataba de ¿respiraciones de sofoco? No lo voy a negar, pero inmerso en mi nube de silencio aquellos resuellos apagados se captaban como el fragor de un fuelle destemplado, y como por naturaleza soy curioso, caminando en silencio me adentré pegado a la pared. No deseaba que quien se encontraba allí descubriera mi perfil. Poco a poco mis ojos se acostumbraron al escenario y me revelaron el panorama. Cuatro hombres inmovilizaban a la víctima: una mujer, y daban cuenta de ella. La violentada estaba tan aterrorizada o tan agotada, que ni siquiera tenía fuerzas para gritar o siquiera moverse.
Tras unos instantes de desconcierto dieron fin a la cuestión y uno sacó una navaja. Lo vi claro, su intención era acabar con la vida de la desafortunada. Solo entonces, de forma impulsiva, intervine.
— ¡Basta! Déjenla en paz...
Tres de ellos farfullaron algo y sin siquiera echarme una mirada desaparecieron en las tinieblas. El cuarto, un ser maligno, no se arredró. Sostuvo el arma en sus manos y me plantó cara.
— Vete, le dije con voz temblona y sonora.
Su respuesta fue un jadeo ronco y entrecortado... nada más.
Sin saber evitarlo, murmurando un lenguaje que no recordaba haber pronunciado jamás, aunque tampoco me sonó ajeno, mi garganta articuló.
— Sinvergüenza. No escaparás esta vez. Soy Illapa.*
Nos separaban unos cinco metros cuando se abalanzó sobre mí. En caso de percance ya había previsto e incluso probado mi arma, pero no conté conque fuera a resultar tan impresionante. Saqué el pulverizador antimosquitos: Relec extra fuerte, situé el mechero delante, presioné y el reguero de un lanzallamas abrasó la cara del hombre. Se desplomó sin gritar, dando tumbos, no podía hablar. Aparte del rostro, tenía la lengua y la garganta abrasadas. Acto seguido mi actitud ¿me sorprendió? En absoluto. Impresionado ante mi nivel de agresividad lo rematé a patadas y pisotones, un ladrillazo de adobe resultó definitivo.

Me dirigí hacia la muchacha. Estaba sucia y desnuda, revuelta en el barro. Cuidadosamente saqué y desenvolví mis paquetes de clínex. En cuanto estuvo lista me encontré ante mí a una deidad indígena o ¿¡la hija del mismo Dios Viracocha!? Era... ¡bellísima! Exhausta, sus ojos almendrados y negros, me contemplaban extraviados en terror. Solo el hecho de examinarla me produjo un placer inexplicable, tan lujurioso, que antes de hacerlo pensé que con tal de evitar aquella mirada, prefería acabar con su vida. Pero no fui capaz, o algo me lo impidió. Sin contenerme, me abalancé sobre ella como el peor maleante y la besé y acaricié con lascivia. Cuando terminé me incorporé resollando. Ella ni siquiera me miró, había cerrado los ojos. Sin pensarlo deposité a su lado seiscientos míseros soles – una fortuna en aquel lugar – y huí como si me persiguiera el diablo.
Regresé al hotel sintiéndome sucio y miserable. Me di una ducha, me metí en la cama y permanecí dando vueltas sin sueño.
Un par de horas después la puerta se abrió. Inti* alzó los brazos y con voz alcoholizada, clamó.
— ¡Bravo! He encontrado chicas, chicas quechuas bellísimas. ¡Mañana saldremos con ellas!
Y se durmió.
Al día siguiente, Inti con resaca (de chicas nada) y yo con pánico y vergüenza, tomamos el autobús para Cuzco. Inti compró un ejemplar del diario: “Los Andes,” y como se sentía incapaz de leer, me lo entregó. Venía en la primera página. Decía así:

Misterioso “Criminal del Pulverizador” asesina al alcalde de Puno y libra de una muerte segura a su mujer, Doña Quilla.*
Según palabras de la esposa violentada, el ilustre Alcalde Señor Don Supay*, celoso de la relación – por supuesto inexistente – entre ella y Don Illapa,*(empresario textil) pretendía no solo vejarla, sino después asesinarla y....

Cuando terminé de leer me sentí mucho mejor pero permanecí pensativo. ¿Al mencionar al tal Don Illapa se referían a mí? ¿Me buscaban? ¿Cómo habían descubierto mi nombre de combate? ¡Imposible! No había dejado rastros, recordaba haber recogido meticulosamente uno tras uno todos los clínex con los que limpié a… ¿Doña Quilla? En cambio aquel nombre sí me sonaba... y de una forma sobrecogedora. Todo sucedió en unos instantes. Experimenté una sensación de descarga y entendí que de alguna forma había cumplido mi objetivo. Mi tensión interior se aplacó transformándose en relajante desahogo. Inti dormía placidamente, sus párpados despedían rayos de luz blanquecina. Oí la voz de Viracocha dándome su aprobación y me sentí tranquilo por fin. Tras un par de noches en blanco, mis ojos se cerraban, sentí un cosquilleo en mi entrepierna y volví a centrarme en el designio prioritario de mi milenaria existencia: ¡El sexo!

José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre. 2010.

Supay:* (Dios Zupay) Es un demonio de la mitología Inca. Era a la vez el dios de la Muerte y el señor del inframundo. Fue la personificación de toda la maldad.
Quilla:* Era la diosa de la Luna, también hermana y esposa del Dios Inti e Hija del Dios Viracocha. Mitos que rodean a Mama Quilla incluyen que lloró lágrimas de plata y que los eclipses lunares fueron causados cuando ella era atacada por un animal. Era representada en la forma de una bella mujer y sus templos en el Cusco eran atendidos por sacerdotisas dedicadas de los Acllahuasis.
Illapa:* (Dios Illapa) :Considerado como “Gran Señor del fuego”, también recibió el nombre de "Libiac" su colérica figura se identificaba con un guerrero celeste que al sacudir su onda producía un estallido que ocasionaba fuego. Se cree que era enormemente apasionado.
Inti:*Hijo de Viracocha, Dios del sol.





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