martes, noviembre 30, 2010

Aterrizaje en Iquitos. Sigo Adelante.


Fotografía tomada por el Autor.

El avión es frágil y viejo, y las turbulencias del trópico lo manejan como a un juguete de papel. Aferrado y tenso en mi butaca vivo un momento de crisis. ¿Es un viaje aventurado, locura, o la vida quien me conduce a estas latitudes? Siento el estómago revuelto, lo cierto es que se necesitan vísceras de granito para afrontar esta vida de viajero. ¿Quién me ordenó embarcar en este suplicio? Mi subconsciente gira, se revuelve, da mil vueltas y habla por mí como si hubiera descubierto un asombroso disparate, y mientras permanezco en silencio surge la respuesta: ¡Fui yo quien quiso abrirse a la vida y optó por salir a experimentar epopeyas en carne viva! ¿Y lo estoy llevando a cabo? De pronto me siento heroico, una sonrisa bobalicona aflora en mi semblante. ¿Soy ya valeroso? ¿He dejado – por fin – de pertenecer al mundo de las ratas de cloaca?
— Señor... ¿Señor?
Giro la cabeza y descubro un rostro muy bello. El de una azafata. En realidad, pienso, quizá es demasiado bonita para aventurarse en semejante embrollo. Aunque tal vez sea...
— ¿Un whisky?
...Valerosa, audaz, sensual, ¿diferente...?
— ¿Un whisky...? Insiste.
Asiento sin hablar.
A la vez que me impregna con el aroma de sus axilas, me sirve un vaso de Jack Daniels cargado con un par de hielos de aspecto poco agradable, parecen temblorosos iceberg en medio de un océano infecto de orina. Abro el gaznate, un manantial de calor se derrama dentro de mí y renueva mi espíritu con un valor desenfrenado. Ya no me importa la vida, puede ser tan bella y alocada. Celebro los siguientes saltos del aparato con arres de jockey, ¡estoy en el punto álgido de mi carrera!

Transcurridos unos instantes, relajado e incluso adormilado, asomo mi nariz a la ventanilla de nuevo, y bajo las alas del aparato un mundo verde e infinito llena mis ojos de asombro. “Así que este es el famoso bosquecillo, pienso alterado.”
Cuatro botes, tres frenazos chirriantes, y estamos en tierra.
Fuera todo parece normal. La voz del capitán proclama: “Temperatura exterior 38º Centígrados. Humedad del noventa por ciento. Buen viaje.”
No siento inquietud alguna. En España he estado a 40º muchos veranos, y aquí no será diferente. Todo está bajo un aparente control.
Me pongo la chaquetilla y salgo decidido ¿al infierno? o se trata de un horno crematorio. Una oleada de calor provoca el ardor primero, de mis brazos y a continuación, de todo mi cuerpo. Me espanto y miro a los lados. ¿Es la turbina descontrolada del avión...? No. ¡Es calor, el calor del exterior! Tan real y martirizante como el de un infierno en miniatura. Me quito la chaqueta boqueando, la guardo en la mochila como puedo y solo distingo claro un objetivo. Alcanzar el edificio del aeropuerto, en su interior por lo menos dispondrá de aire acondicionado. Me abro paso entre la gente ansiando encontrar el refrescante paliativo, entro en tromba y me quedo boqueando como un pez. Observo el techo de la construcción ¡pero qué...! Como en la película Casa Blanca solo hay ubicado un anticuado ventilador, y el calor continúa haciéndose más y más insoportable...


Continúa.


José Fernández del Vallado. Josef. 30/11/2010
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
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