lunes, noviembre 15, 2010

¿Señal de buena fe?

Puedo ver a través de la cristalera del bar como lentamente el relente y la oscuridad de la noche van ganando el terreno que durante algunos años mi organismo ha perdido frente a la luz de la vida. Y, sin embargo, ahora, acomodado a la mesa frente a ella, la juventud y la belleza vuelven de nuevo a impregnar mi interior de un calor desconocido. Escucho expandirse su timidez oculta tras la coraza de su belleza, deseo que el tiempo no transcurra, y borre la magia de unos instantes inapreciables, tal como suele ocurrir a menudo. Soñé con una mujer como ella muchas… demasiadas veces, y hasta redacté incompleto, porque nunca supe terminarlo, un relato que representaba a una mujer similar.

Recién regresado del Amazonas, donde mi organismo necesitó purgarse de la basura adherida a su anatomía y arterias, me encuentro limpio y nuevo otra vez como no lo he estado en años, e incluso joven, una vez más.
Me aventuro en la charla con ella inquiriendo con precaución, sin dejarla de escrutar con disimulo, deseando no herir sus sentimientos o su sensibilidad, conocedor de que la magia – semejante clase de magia – a veces solo dura unos instantes. Observo en sus pupilas despiertas colmadas de felicidad y de sueños, y las entiendo: Las mías fueron iguales.
Decidida a dar el gran salto a la vida ha elegido mi piso, aquel que habité durante unos años de felicidad irracional pero sincera, antes de que todo dentro de mí se fragmentara.
Cometo entonces el error de comenzar a hablar de mi pasado. Pues cada vez que lo hago, descubro que en mi juventud hubo de todo pero también mucho descalabro y sobre todo, tinieblas. ¿Cuanto tiempo anduve perdido? Años...
Me callo y doy un sorbo a la taza de café.
Ella permanece mirándome con ojos de asombro. Su capacidad de discernimiento aún no alcanza a desentrañar que se puedan cometer semejantes reveses; pero la vida pese a ser corta da para mucho, y yo los cometí creyendo que era feliz, cuando cada vez era más débil y dependiente de mi propia e inestable fragilidad…

Me limito a sonreír, ella hace lo mismo. No estoy dispuesto a romper el encanto de la noche relatando historias fragosas. Tampoco necesito ver otra vez a un rostro precioso, llorar. En cambio, aquella sonrisa... cada mueca suya de alegría suponen diez recuperaciones de mi corazón; diez aspiraciones de aliento; diez nuevos anhelos de vida; diez recargas de creencia ante la incredulidad; diez esbozos de pasmo infantil en mi rostro; diez inocencias recobradas; diez regresos a mi más tierna infancia... diez…
De golpe me encuentro a gusto y reconfortado, y no deseo acabar mal una historia nocturna de edades distantes. Miro la fecha de su carné. Podría ser mi hija; la hija que no tengo...
Saboreamos los cafés mirándonos satisfechos. Existe algo más que cordialidad entre nosotros. Firmamos la señal, me entrega el dinero y doy por concluido el momento.
Fuera, el frío y la lluvia me devuelven a la realidad. Caminamos hasta su moto.
Mirándome fijamente S se detiene, y como si temiera romper la fragilidad del momento coloca sus manos sobre mis hombros, se alza y me da un suave beso en los labios. Luego, mientras se pone el casco, me dice.

—Descuida, tu piso está en buenas manos.

José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre 2010.

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